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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 122

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  4. Capítulo 122 - Capítulo 122: El Asalto de Rin (I): El Demonio Menor del Vacío.
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Capítulo 122: El Asalto de Rin (I): El Demonio Menor del Vacío.

Un ave blanca miraba al cielo con desconcierto.

Rin apenas podía creerlo, su corazón estaba acelerado.

Ante sus ojos verdes, Maribel parecía haber limpiado las impurezas de un venado, con solo agitar la mano.

«¡¿QUÉ CARAJOS?! ¡Esa mujer podría quitarme mis poderes si quisiera!»

Se sentó sobre sus patas, sintiendo que el mundo empezaba a girar. Entonces algo cambió.

Fue imperceptible, pero él lo sabía instintivamente: estaban mirándolo.

«¿Qué te trae a mí esta vez?» —preguntó con voz sombría.

«Vine a darte la última instrucción para cumplir nuestro trato.»

La voz era tranquila. Rin se puso de pie, algo sorprendido.

«¿Qué? Pensé que me explotarías más, ¿pero este es el último?»

El sistema se rio suavemente.

«Si acaso llego a explotarte más, será por lo que decida Maribel en la próxima semana. Pero personalmente espero no llegar a eso y regresarte a tu hogar pronto.»

Rin parpadeó. Su pecho plumífero se hinchó.

«Dime, ¿qué debo hacer?»

La voz sonó oscura.

La respuesta del sistema, en cambio, era calmada.

«Vas a masacrar a quienes detestas. Ahí arriba, en la órbita de esta mota de polvo.»

El viento se elevó con ferocidad, como si alguna clase de inevitabilidad hubiera surgido.

Los ojos de Rin brillaron en verde.

«¿Dices que puedo aniquilar a los inservibles de arriba?»

«Así es, eso dije. Pero ten en cuenta que algunos de ellos ya no están ahí arriba, a esos no los busques. Pero a los demás… mátalos. Además, no hagas nada demasiado cruel.»

Rin asintió. Dirigió su mirada al cementerio.

La tierra fértil se pudrió, las bacterias murieron bajo la luz verde, incluso las proteínas se desnaturalizaron por completo.

Bajo las alas de una paloma que circundaba los cielos, manos empezaron a surgir de los ataúdes. Los cuerpos se arrastraron, amontonándose unos sobre otros, disolviéndose en una masa oscura como petróleo.

Lo primero en salir fueron las alas: enormes, oscuras. El cabello residual se entretejió como si fueran plumas. Un cadáver reseco se puso de pie, la piel seca, ojos muertos y hundidos; el aliento y ojos verdes. Cuando el ave blanca se abalanzó sobre el cadáver, se disolvió hasta morir.

Repentinamente, la monstruosidad estiró las alas con un brillo esmeralda esparciéndose por el lugar. Desapareció. Solo un fuerte aleteo se escuchó en el lugar, empujando el viento.

Lejos, en la formación de transmisión, Vaelithra vio todo con sospecha, sus ojos mirando al consejo.

Su voz sonó profunda.

—Oras.

—Aquí estoy, majestad. —respondió el enviado.

—Espero que no tengas nadie a quien extrañar en el consejo.

Una sonrisa fría se formó en el hombre.

—Sí que los tengo, pero ellos fueron enviados a sus respectivos territorios. —su voz dudó un poco. —Esa criatura ¿es un dios de la muerte?

Vaelithra apartó la mirada del cielo, desdeñosa.

—Esa criatura es una pequeña nada.

Oras la miró confundido, pero no hubo aclaración. Regresó la vista a la escena, preguntándose ¿qué reacción tendría el mundo ante lo que vieron en las imágenes?

En lo alto, los sirvientes que atendían a los miembros altos del consejo estaban limpiando todo. Una sirvienta barría las hojas de un árbol plantado cerca de un oasis artificial.

Se acercó al contenedor de desperdicios y lo vació, regresaría al azar en un lugar del mundo.

La sirvienta sonrió con ironía.

—Pronto… ya no quedará mundo. Solo nosotros para gobernarlo.

Suspiró, imaginándose como la gobernante de uno de los sectores bajo el cielo. Con riquezas hasta la cabeza.

Ella abrió los ojos. Abajo, una sensación ominosa se formó. No lo vio, pero su corazón palpitó con temor. Levantó una ceja.

—No sabía que la purga iniciaría tan pronto. —se encogió de hombros.

Al salir del oasis artificial, se encontró con otras sirvientas.

—¿Sentiste eso? —preguntó una.

—Así es. Parece que algo ominoso se acerca. —respondió otra.

La primera levantó una ceja.

—¿Dices que se acerca? Según sé, la purga ocurre abajo.

Un alboroto se escuchó en otro pasillo.

La sirvienta que limpiaba se detuvo, desconcertada. Una gota de sudor cayó por su frente.

—¿Qué es eso? Se escucha como…

—Una masacre. —completó otra, con la voz helada.

Unos guardias pasaron corriendo, con espadas mágicas en las manos. Extendieron un papel que se llenó de energía, vibró enviando una señal que abrió la puerta.

Del otro lado, una peste horrible asaltó las fosas nasales: el olor a metal, a heces, a descomposición…

Uno de los guardias levantó su espada, la cual emitió una ola de calor que barrió con el lugar. La temperatura aumentó y tras la puerta, todo se volvió una sala de cremación. Una barrera de contención se activó en la puerta, evitando la fuga de calor lo más posible. Pero era como estar frente a un horno.

El silencio se apoderó del lugar. Lo que sea que estaba detrás de la puerta se carbonizó. La carne hirvió, se volvió ceniza, finalmente desapareció.

Los guardias suspiraron aliviados.

Demasiado pronto.

Por la ventana, una bola verde apareció del vacío. Atravesó las paredes de aleación como si no existieran, explotando en el lugar.

Las sirvientas inhalaron el vapor.

Tosieron.

Tres segundos.

Sus pieles empezaron a burbujear. Los brazos se extendieron con sonidos de huesos crujiendo. Las mandíbulas se dislocaron, creciendo hasta proporciones grotescas.

Gritaron. Pero los gritos se volvieron gemidos guturales, inhumanos.

Los guardias se pusieron las máscaras al instante, pero con las manos ocupadas y el vapor por todos lados, la vista era inútil.

—¿Qué está pasando? —preguntó uno.

Un gemido horrible llegó, el sonido de un hueso roto acompañado del grito destrozado de una voz femenina.

El guardia abrió los ojos aterrorizado. Corrió en dirección a la voz.

—¡Camila, Camila! —llamó a ciegas en el pasillo.

—Aquí estoy. Hermano me duele… —respondió la voz entre sollozos.

El guardia corrió hacia ella, con el corazón en la garganta.

—Ya voy, Camila. Aguanta.

Entre el vapor, distinguió su silueta. El cuerpo estaba roto, ensangrentado. Piel quemada y ennegrecida.

Ella levantó la cabeza. Sus ojos brillaban en verde esmeralda.

Sonrió.

—Sálvame…

No era la voz de su hermana.

El hombre llevó la mano a su espada.

Demasiado tarde.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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