Sistema de Evolución Universal - Capítulo 124
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- Capítulo 124 - Capítulo 124: Formando Equipos (IV): Un lobo sin Nombre, Cien Corazones Revelados.
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Capítulo 124: Formando Equipos (IV): Un lobo sin Nombre, Cien Corazones Revelados.
Una piedra chocó contra otra roca y rebotó, lanzando chispas. Amara levantó la mano y la atrapó al vuelo. Suspiró.
—Realmente… debimos tomar todos los objetivos de búsqueda. Era más probable encontrar alguno.
Richard se llevó los dedos a las sienes.
—Como si pudieras memorizar los noventa y nueve objetos que piden.
Amara rodó los ojos.
—Solo junta todo lo que ves, alguno debe ser —dijo, mirando de reojo a Maribel.
Ella se encogió de hombros.
—Opino lo mismo que Richard.
Amara decayó instantáneamente. Lanzó la piedra, rebotó, y volvió a atraparla.
Maribel entrecerró los ojos.
—Cuidado con golpear a Maereth.
Amara atrapó la piedra con brusquedad. Estaba de mal humor.
Maereth se detuvo de pronto.
El grupo se tensó.
—¿Pasa algo? —preguntó Sofía.
Maereth asintió, sin hablar.
Todos se pusieron en guardia.
Maribel respiró hondo y comentó:
—Esta zona está cargada de impurezas.
Richard frunció el ceño.
—¿Igual que el río en el pueblo de esa noche?
Maribel asintió.
—Similar, pero más débil.
Maereth negó lentamente.
—Eso no es lo que quería decir. —Señaló hacia los árboles—. Allí hay alguien herido.
Maribel arqueó una ceja.
Caminaron con precaución.
Un rastro de sangre apareció entre la nieve. Lo siguieron hasta encontrar a un adolescente escondido entre las raíces de un árbol gigante, espada en mano. Tenía cola de lobo, orejas lupinas, y una expresión de ira salvaje. Al verlos, gruñó como un animal acorralado.
Richard observó con atención.
—No tiene funda para la espada. No se acerquen.
Todos mantuvieron distancia. El joven temblaba bajo la nieve, con la hoja apuntando a cualquiera que respirara.
Maereth fue la primera en darse la vuelta, regresando con pasos tranquilos. Sofía la siguió. Luego Richard.
Amara tomó suavemente la manga de Maribel.
—Vamos —pidió.
Un aliento de vapor escapó de Maribel. Ella se arrodilló, acercándose a gatas. El muchacho gruñía por momentos, pero no retrocedía.
Maribel dejó su arma atrás.
El joven bajó la espada solo unos centímetros.
Ambos se miraron. Ella habló con voz baja:
—¿Quieres que te ayude?
Desconfianza absoluta. El joven apretó la empuñadura.
Maribel retrocedió un poco.
—Está bien. No te haré daño.
Amara se tensó atrás.
—O-oye, Maribel… creo que debemos irnos pronto.
—¿Qué ocurre?
Amara tragó saliva.
—Muchos hilos se acercan al joven. Son hostiles.
Maribel se quedó quieta. Luego frunció el ceño.
La paciencia de Amara se quebraba.
—¡Vámonos! —rogó—. Ven conmigo. —Le extendió una mano.
Maribel mostró duda, pero terminó por levantarse.
Amara la tomó de la mano y corrió.
Todo iba como esperaba, con Maribel siguiéndola. Pero las expectativas se desmoronaron.
El crujido de los árboles. La nieve hundida, como si respirara. El viento soplando hacia atrás, como si algo invisible absorbiera el aire.
Maribel dio un paso hacia atrás… escuchó el primer gruñido.
Su decisión cayó como un trueno.
Su paso se detuvo. La mirada se oscureció.
Amara quedó estupefacta.
—¿Piensas volver por ese desconocido…?
El silencio duró un instante.
Maribel corrió.
Elevó la mirada. El muchacho seguía bajo el árbol. El viento levantaba su cabello; sus pasos apenas tocaban la nieve.
Lo tomó de la muñeca y lo jaló.
Amara se llevó ambas manos al rostro.
—¡Aaahhh, no me lo puedo creer! ¡¿Por qué no me obedeces?!
Sacó su lanza y la lanzó hacia un punto vacío. El arma salió disparada, atravesando el cuello de un jabalí que pasó por ahí un segundo después. Luego se elevó nuevamente, perforando otros cuerpos.
Saliva y sangre corrompida volaron.
Entonces el mundo se volvió caótico.
No un monstruo.
No diez.
Cientos.
La tierra tembló. Los árboles se inclinaron. La nieve se abrió en grietas.
—¡¿Qué carajo?! Estas cosas no deberían vivir aquí. ¡Incluso los animales deberían hibernar! —exclamó Richard, pálido.
Jabalíes del tamaño de caballos, con colmillos partidos y vapores negros saliendo de sus espaldas. Lobos con costillas expuestas y un segundo par de patas. Búhos gigantes, alas desordenadas como si hubieran nacido de un sueño enfermo.
Cada uno dejaba estelas de impureza: venas de humo negro que se arrastraban por la nieve.
Sofía desenvainó con molestia. Richard avanzó tras ella, más estoico.
—Maribel, deja al niño. Vienen muchos más —exigió Amara.
Su lanza cortaba el aire como un rayo.
Atravesó un jabalí; luego, girando como si tuviera voluntad, pasó entre los árboles para atravesar a cuatro bestias más.
Maribel cargó al joven. Los animales mutados corrían hacia ellos. Ella lanzó cortes de aire, pero eran demasiados. Poco a poco empezaban a superarlos.
El bosque entero retumbaba.
Sofía dibujó un círculo; los talismanes salieron volando como cometas rojos.
Amara dio un paso adelante, juntando la nieve para formar un piso de hielo. Richard pisó fuerte. Un pilar de hielo y tierra se elevó, dejando un agujero en el suelo.
Los monstruos chocaron, se quebraron, se aplastaron.
El grupo formó una muralla viviente. Pero la avalancha seguía aumentando.
Entonces Maereth apareció.
El fuego iluminó el campo. El viento se volvió loco. Una ráfaga de aire frío recorrió la nieve, persiguiéndose con el aire caliente. Amara tomó ambos elementos con las manos, dándoles forma de torbellino, elevándolo unos veinte metros.
Maereth agitó las manos en un ritmo extraño.
Su fuego interno surgió primero como una chispa… luego una llama… luego un vendaval abrasador.
—Que el mundo sepa: mi aliento lleva mi corazón dracónico.
El aire cambió de color: del blanco helado al naranja volcánico.
El fuego se contorsionó en filamentos. El viento helado se calentó de golpe. La nieve se derritió. El agua se elevó en un vapor sofocante.
El grupo sonrió.
—Buen truco —dijo Amara, levantando el pulgar. Su expresión se ensombreció de inmediato.
Un animal arremetió entre el caos, directo hacia Maereth.
Amara corrió impulsada por el viento, pero no llegaría.
Entonces vio sombras.
La noche se tragó una pequeña región. Desde arriba, la luz descendía… pero no tocaba el suelo.
Una lluvia de los cinco elementos cayó de manera coordinada.
Fuego — arde en espirales.
Agua — cae con presión desquiciada.
Madera — secó la piel hasta desgarrar.
Metal — la sangre caída se volvió flechas.
Tierra — surgió en estacas que perforaron la nieve.
Cada columna encontró un monstruo. Cada impacto creó un cráter humeante. Cada golpe eclipsó el anterior.
El bosque se llenó de luces imposibles, destrozando a cada criatura que amenazaba sus vidas.
Sofía casi perdió el aire.
Amara perdió la compostura.
—¡¿Qué carajo?! ¡Tienes control sobre tantos elementos!
El aliento de Maereth salió como una exhalación ígnea. La nieve se derritió en segundos. Una luz roja estalló desde sus manos, recorrió su cuerpo y se concentró en su boca. Luego gritó con una voz inhumana. Las sombras se disiparon. Aniquiló a todos los animales en un gran radio.
Maereth respiraba entrecortadamente, sus pupilas con forma de reptil. La energía roja se escapaba sin control.
Un talismán salió volando y golpeó su frente. Brilló en rojo. La energía calórica retrocedió.
—No te sobreexijas, señorita —pidió Sofía.
Maribel frunció el ceño. Tomó al joven y lo lanzó sin cuidado detrás del grupo.
—Tsk… poniéndonos más trabajo —gruñó Richard.
Atrapó un búho por las alas; la flama azul se elevó como una columna de fuego, reduciéndolo a carbón.
—¿Por qué no simplemente purificas estas cosas? —preguntó Sofía.
Solo obtuvo un resoplido.
—¿Cómo haría eso? Estos… no lo superaron. No pueden ser curados.
—¿Qué significa eso? —chilló Sofía.
Maribel inhaló. Una onda invisible se expandió.
«Ustedes no saben moverse.» Su voz resonó en las mentes de todos.
El mundo perdió sonido. La nieve pareció detener su caída.
Su respiración se volvió lenta.
Su mirada bajó. Luego subió.
El campo se llenó de una presencia que hizo crujir el hielo.
Maribel extendió un dedo, apuntando a los monstruos.
Entonces…
POP—POP—POP—POP—POP
Los cuerpos estallaron. Pero no como explosiones corrientes: Sus corazones crecieron hasta sobresalir de sus pechos. Luego explotaron en manantiales de sangre que tiñeron la nieve como un río rojo.
El campo quedó vacío. Inmóvil.
La respiración del grupo se atoró en sus gargantas.
Los espectadores en los diferentes reinos miraron sus propios pechos… y luego sintieron cómo sus corazones caían al estómago.
Perdón por cambiar tanto el título, es que no me convencen xd. Pero este ya no lo cambiaré lo prometo :,3
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