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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 125

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  4. Capítulo 125 - Capítulo 125: Corazón Quebrado, Mundo Perfecto.
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Capítulo 125: Corazón Quebrado, Mundo Perfecto.

—¿Qué carajos pasa contigo? —gritó Sofía.

Maribel se lamió los labios.

—Solo intentaba salvarlo. —respondió.

La mano de Sofía se movió velozmente, golpeando el rostro de Maribel. Sofía hizo una expresión de dolor, Maribel respiró profundo. La mano dolía, el corazón sufría.

La nieve se levantó cerca de Amara, ella se la lanzó con enojo. Con tristeza e impotencia, su voz reclamaba.

—Deja de ignorarme cuando te digo algo. Yo veo el futuro, tú no. ¿Podrías confiar más en nosotros?

Maribel bajó la cabeza, decaída. Una amargura se gestó en su corazón mientras miraba al joven lobo en el suelo.

Su piel había tomado un color morado. La respiración del sujeto era leve. La nieve y la sangre de las bestias habían cubierto sus heridas, infectándolas; el aire negro se había instalado en sus pulmones. Ella entrecerró los ojos.

Unas manos heladas la tomaron por la fuerza y redirigieron su mirada. Maribel encontró ojos conocidos.

Amara apretó los labios, mirándola profundamente. No sabía qué decir.

Maribel suspiró.

—Está bien, no te enojes. No volveré a hacerlo. —dijo con fingida calma.

Amara apretó los dientes.

—¿Quieres que te crea? Claro que no te creo… no esta vez.— soltó un suspiro adolorido. —¿Por qué me ignoras cuando te hablo? Incluso Sofía te pidió que confiaras más en nosotros.

Maribel abrió ligeramente la boca, sorprendida. Tragó saliva, con la garganta seca.

—Yo… lo hice por él.

Amara negó vehementemente.

—No. Obedéceme a mí, cuando te digo que hay peligro, escúchame a mí. Yo… yo soy la encargada de que no muramos…

Los ojos de Maribel cayeron.

—Perdón.

Amara la abrazó, su preocupación era nítida para Maribel. Incluso podía sentirla ella misma.

Inconscientemente miró al joven, pálido, demacrado, con una hemorragia abierta y sin instrumentos de curación cerca. Una sensación de resignación llegó.

Sus manos se levantaron lentamente. Recorrió la espalda de Amara, dudosa. Finalmente, ella le dio un abrazo, pero no logró sentir nada. Una sensación de asfixia le apretó el cuello, pero era solo una incomodidad; ella la había sentido mucho, muchas veces.

Maereth se aclaró la garganta

—¿Hasta cuándo planean abrazarse? Eso es extraño.

Amara se separó a la velocidad del rayo. Sacudió su ropa.

—Bueno. Espero que puedas entender. —dijo mirándola de reojo.

Maribel asintió, soltando un suspiro.

Maereth por su lado levantó una ceja.

—Dime una cosa… ¿Por qué te sacrificas por otros?

La pregunta cayó en un silencio espeso. Todos parpadearon, sorprendidos.

—¿Eh? Ah… bueno… —Maribel se encogió de hombros. —porque me gusta ayudar, supongo.

La mirada de Maereth se volvió severa.

—Conocí a alguien como tú antes. ¿Sabes cómo está?: muerta.

Los ojos de Maribel se entreabrieron. Su respiración se detuvo.

El viento sopló trayendo el frío de la nieve.

El corazón de Maribel estaba realmente disgustado.

Ella se reclinó ligeramente, con una sonrisa torcida.

—Así que… Vireya ¿verdad?

El mundo de Maereth se detuvo.

Su rostro palideció. Las manos le temblaron levemente.

Maribel notó la reacción, pero no dijo nada más. Maereth tampoco continuó.

«¿En que está pensando? ¿Cómo supo que hablo de Vireya?»

Ante lo desconocido, Maereth prefería no avanzar.

Una ligera sonrisa se filtró en los labios de Maribel.

—¿Qué te hace pensar que acabaré así?

—Tsk. ¿Preguntas luego de esto? —dijo indicando al joven.

Mientras hablaban, el joven tosió débilmente.

Luego… silencio. Su débil corazón ya no se escuchaba en los agudos oídos de los cultivadores.

Maribel volteó bruscamente.

Los ojos del lobo, vacíos, miraban al cielo gris.

Maribel suspiró.

—No pude salvarlo. Pero esta misión no era suicida. —dijo sombríamente.

—Tú no lo sabías. —reclamó Sofía.

Maribel miró a Richard.

—¿Qué opinas?

El hombre negó lentamente.

—Esto fue en toda regla una estupidez, Maribel. —dijo con ojos filosos. —No nos arrastres a cosas que no podemos lidiar, solo porque tú puedes solucionarlo.

Maribel miraba el cadáver cubierto con nieve.

—Hice todo lo posible. —Sus manos temblaban. —¿Por qué…? —susurró. —¿Por qué no fue suficiente?

Nadie tenía respuesta.

Ella apretó los puños.

—Debí haber hecho más. Debí…

—No. —Amara la interrumpió. —Ya hiciste demasiado.

Maribel la miró con ojos vidriosos.

—¿Entonces para qué sirvo si no puedo salvarlo?

El silencio fue aplastante.

Maribel suspiró, conteniendo las lágrimas por primera vez.

La boca de Amara se abrió, pero no supo qué decir.

Fue Richard quien habló.

—¿Por qué valdrías algo si lo salvas? —Un vapor blanco salía de su boca al hablar.

Maribel se achicó, ocultando su rostro tras su cabello. Su cuerpo tembló, pero no de frío. Su voz salió quebradiza, temerosa.

—Porque… si no salvo a otros, no tengo sentido ¿Quién me lo daría? ¿Quién me agradecería? Si nadie me necesita, soy nada.

Richard contrajo el ceño, con preocupación. Retiró su espada con vigor, el acero brillando al rojo vivo bajo el sol.

Los ojos de Maereth temblaron, tragó saliva.

Amara ya empuñaba su lanza.

Sofía estiró la mano, indicando que se calmaran.

Pero lo que él hizo no fue atacar. Clavó la hoja en el suelo, derritiendo la nieve alrededor de la piedra donde Maribel se sentaba.

—Sin ti, no hubiera un Richard que haga esto. Así que incluso si no salvas más gente, tu vida ya tiene sentido: en todos nosotros.

La mirada de Maribel se levantó con sorpresa. Forzó una sonrisa mal disimulada y asintió.

—Claro. Gracias por decírmelo.

Pero en su interior, las palabras resbalaban sin penetrar.

«No es verdad. Si no ayudo a nadie, volveré a ser nada. Tantas personas se curan en un hospital, lo que dices no tiene sentido.»

Pensó decepcionada.

La espada regresó a su funda. Richard entregó una leve mirada y se alejó soltando un suspiro.

—Te dejaremos un momento para pensar, no hagas nada que te exponga al peligro.

Amara dio una última mirada antes de marcharse, buscando algún río cercano que pudiera tener la hoja.

El tiempo pasó lentamente bajo el frío aliento del bosque.

Una sombra de nieve se arremolinaba sin orden sobre su cabeza.

Maribel estaba sentada sobre la misma roca, con la mirada perdida. No se había movido en mucho tiempo.

Un pulso en su corazón la llevó a preguntar.

«Sistema ¿El mundo es realmente justo?»

«¿Justo?» preguntó la voz masculina «¿Por qué quieres saber si es justo?»

Maribel contrajo el ceño.

«Mira lo que pasa en este examen de selección, esto no puede ser justo.»

El viento sopló, trayendo un escalofrío.

«Creo que te estás desviando un poco, por decirlo amablemente.»

Ella se cubrió los ojos, exasperada.

«Debí suponer que esto pasaría, no hay nada perfecto en la vida. Pero si me respondieras con claridad, consideraría mi evaluación…»

El silencio fue su respuesta.

—Tsk… claramente el mundo es imperfecto.

«¿Qué sería un mundo perfecto?»

Ella descuidadamente dijo:

—Es cuando todos pueden ser felices.

Él se rio entre dientes.

«Pero… todos pueden ser felices tal como es el mundo.»

Maribel se quedó sin palabras.

Instintivamente miró al cielo, buscando qué decir.

Luego de unos segundos, no encontró palabras.

Entonces la voz del creador del sistema sonó en su mente:

«Perfecto, no es sin fallas, sin carencias»

«Perfecto, terminado, completo»

«Perfecto, está perfecto, es como debe, es cual es»

«Perfecto, no es aceptación, no es concepto: es estado original»

«Perfecto es como debe ser»

Maribel suspiró resignada.

—Nuevamente no dices las cosas claras.

Una risita llegó desde arriba.

«Lo dije tan claro como es admisible. Deberías empezar a mirar hacia adentro.»

—¿Y qué encontraré?

No hubo respuesta. Solo una vaga sensación de despedida. Un sentimiento de alguien acariciando su cabeza. Una mirada que desapareció en el vacío.

Maribel se quedó sola con sus pensamientos.

«Mirar hacia adentro… ¿Qué encontraría ahí? ¿Qué hay dentro de mi que necesito ver?»

Sus ojos se abrieron, su corazón tembló.

La respuesta la aterró más que cualquier monstruo.

Los sonidos de las botas sonaban con pesar.

Maribel caminaba lentamente, la nieve filtrada en su calzado empezaba a pesar. Miró sus pies.

«No te pongas melodramática.» —se recordó a sí misma. —«Un poco de nieve no pesa tanto.»

Sus pasos la llevaron donde un gran árbol. Ella levantó la mirada.

Un suspiro pesado llegó. Saltó un poco y empezó a trepar.

«Esto es vergonzoso, podría simplemente subir de un salto… quiero irme, dejar de hacer esto…»

Agitó la cabeza, expulsando esos pensamientos.

«No. Debo hacerlo. Si no hago esto… tal vez lo eché a perder.»

Maribel llegó a la copa, el viento agitaba con tal fuerza que amenazaba con perder el equilibrio. Sus ojos se abrieron con temor. Una sensación ilógica de vértigo, un recuerdo de su vida como humana normal.

Respiró lentamente, con una mano en el pecho. Calma.

Miró al sol por unos largos minutos, soportando los azotes del viento sobre las ramas.

Finalmente, su corazón se quedó vacío. La voz salió reticente, sus labios apenas se movieron. Su corazón vacío, parecía ocultar algo.

—Quiero… quiero… —su voz se cortó. Reticentemente bajó la cabeza.

Su cabello ondeaba al viento, como si una bandera proclamara un territorio, pero esta bandera estuviera por caer.

La fuerza del aire aumentó, agitando la copa del árbol con furia.

—Quiero ser amada. —dijo como si tuviera prisa.

No hubo cambios, el aire seguía soplando. Ella apretó los labios.

—Quiero un propósito, uno que no dependa de mí. Pero eso… me está matando. Quiero que mi vida tenga sentido de nuevo.

El viento sopló nuevamente, el silencio y la soledad no dieron respuesta.

Suspiró.

—No… en realidad siempre tuvo sentido ¿Verdad?. —ella se tiró el cabello con fuerza, como si intentara hacerse daño. —Realmente, solo quiero una excusa para… tener sentido.

El árbol pareció inclinarse. La copa pedía que ella se bajara, como si se quitara un animal pegado.

Ella tiró de su cabello, dejándola delante de su rostro. Los minutos pasaron, tal vez fueron horas. Con el rostro cubierto, admitió.

—Busco validación.

El árbol retomó su postura erguida, orgulloso en lo alto.

Maribel miró el sol a través de los mechones. Entonces se soltó.

Cayó desde la cima, las ramas golpeaban su cuerpo, sin hojas para tapar la visión. Ella veía el mundo girar sin control, ella misma giraba sin control. Hasta que llegó el impacto.

El mundo se detuvo.

Maribel yacía en la nieve, mirando el cielo a través de las ramas rotas. Una grieta se había formado en el suelo por la fuerza de su caída. Fragmentos de corteza, nieve y tierra por doquier.

Pero no sentía dolor.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentía nada.

Y en ese vacío… encontró claridad.

Maribel miraba el sol, con una expresión de incredulidad. Entonces una ligera sonrisa se formó. El recuerdo de las palabras de su maestro volvieron a su mente.

«Ya entiendo lo que me dijiste aquella vez. Creía que solo me consolabas. Pero es verdad: tú me buscaste a mí, yo soy suficiente. Aunque… incluso si nadie me busca, debería ser suficiente con ser yo.»

Ella soltó un suspiro antes de sentarse. Entrecerró los ojos, con una ligera tensión entre los dientes.

—Entonces seré suficiente.

Elevó sus manos, tomando su cabello. Una luz amarilla brotó, extendiéndose con filo desde su mano.

El viento se llevó los mechones largos, volando como si fueran pétalos de flores caídas.

Maribel se puso de pie, ajustando su ropa. Luego volvió a mirar sus botas, se tragó los comentarios sarcásticos.

—Están empezando a romperse. —admitió con resignación.

Caminó nuevamente. Siguiendo el sendero del río.

Mientras llevaba un pie delante de otro, una cosa llamó su atención. Al otro lado de las aguas turbulentas, en un pequeño agujero formado bajo el borde del río: las hojas codiciadas brillaban con un tono plateado.

Maribel las miró por un largo momento.

Hace días, habría saltado desesperadamente. Habría arriesgado todo por demostrar su valor.

Ahora…

Una ligera sonrisa nació.

Ahora simplemente las tomaría. No para probar nada. Solo porque era lo correcto.

Soltó un suspiro, como si dejara ir un peso que había cargado toda su vida.

—Chicos… ahora les llevaré las buenas noticias. —dijo antes de correr en dirección al campamento.

Lejos en la nieve, Maribel corría con una sonrisa.

Lejos en la nieve, donde solo estaba ella.

Lejos en la nieve, Maribel regresaba a la civilización siguiendo el sol. Así ella corrió, buscando el bosque del examen.

En lo salvaje, el frío había suavizado a los animales.

Thot estaba trabajando en su tienda, cuando un sonido extraño robó su atención.

Un grupo de semi humanos se asomó entre los árboles.

Thot los vio. El grupo tenía las marcas de distintas familias.

—¿Qué rayos?… no importa, vengan acá y díganme en qué ayudo.

Las personas se miraron entre sí.

Thot ladeó la cabeza.

Uno de ellos se acercó. Cola y orejas de gato. Ojos verdes sin pupila.

«¿Qué es esto? Sus ojos son una esfera verde.»

Una imagen familiar llegó a él. Levantó una ceja.

—¿Rin? ¿Eres tú?

El felino sonrió suavemente, con esfuerzo.

—Sí, ese soy yo. Dime ¿Dónde encuentro a alguien llamada Maereth?

—¿Maereth? —Thot suspiró. —Parece que es muy conocida. Incluso tú la conoces.

El hombre asintió, aún con esa sonrisa extraña.

Thot lo miró detenidamente.

—¿Te gustó el maíz?

—Bastante. —aseguró. —Mis perros lo agradecen. —la voz salió lenta, como si le costara hablar.

Thot se quedó helado.

«Los perros no comen maíz. Además Rin está en el cuerpo de un ave…»

Una sonrisa profesional se formó.

—Lo sé ¿Verdad? Son las mejores. —él apuntó en dirección al inicio del examen. —Maereth regresó, dicen los rumores que estaba cansada.

El joven asintió.

—¿Estás acompañado?

El corazón de Thot se enfrió.

Un largo momento pasó.

—¿Y bien? Responde.

Él titubeó.

—Ah… bueno… sí. Estoy acompañado, a-algo así. —sacó un papel dorado. —Es un talismán de teletransporte. Apenas esté en peligro me llevará de regreso al inicio del examen.

El hombre gato no mostró reacción.

—Ya veo. Eso es bueno. —dijo negando con la cabeza.

—Sí. Es bueno. —dijo Thot asintiendo. —Así que puedes ir a buscar a Maereth ahora, estoy a salvo.

El felino caminó de regreso. Sus pasos eran perfectos.

Thot notó una extrañeza: Tenía el pantalón y el polo al revés.

Cuando desaparecieron, no se atrevió a soltar un suspiro. Continuó haciendo las cosas con un ojo pegado a la espalda. Solo media hora después, cuando sintió que había pasado el peligro, se dejó caer al suelo.

En ese momento escuchó gente acercarse. Sus nervios se tensaron.

El alivio recorrió su cuerpo cuando vio una apariencia familiar.

Amara abrió la tienda.

—¿Hola? Parece que hay menos gente ahora.

Thot estaba en el suelo, pero se puso de pie como si nada hubiera pasado. Se aclaró la garganta.

—Hola Amara. ¿Qué pasó?

Ella sonrió con vergüenza.

—Bueno… me preguntaba si aún tienen agua.

Él levantó una ceja.

—¿Pasa algo?

Ella asintió.

—Maereth está cansada. Buscamos por todo el perímetro asignado, pero no encontramos la hoja.

—Ya veo… Dime una cosa ¿Rin vino con ustedes?

Amara ladeó la cabeza.

—¿Rin? Ese pájaro se quedó en la ciudad. ¿Por qué preguntas?

Thot se lamió los labios.

—Creo que… deben venir a escuchar esto.

La petición sonó extraña. Tensa.

Thot miró afuera.

—¿No está Maribel? —preguntó.

En ese momento, su figura llegó corriendo desde lejos.

Los ojos de Amara, Richard y Thot casi se salen de sus cuencas oculares. Amara en especial se llevó las dos manos a la cabeza.

—¡¿Qué le hizo a su cabello?! —exclamó con incredulidad.

Maribel se tocó los mechones cortos, casi sorprendida de encontrarlos así.

—Ah… esto. —Una pequeña sonrisa. —Necesitaba un cambio.

Amara abrió la boca para protestar, pero algo en los ojos de Maribel la detuvo.

Había algo diferente. Algo… más ligero.

Thot suspiró negando lentamente.

—Olvídalo, ya podemos preguntarlo luego. Entremos.

Amara entró moviendo la tela que servía de entrada.

El resto de personas lo siguieron. Finalmente, Maribel también entró. Notando las disposiciones de asientos, entendió que Thot debía decir algo. Se sentó en la silla sobrante.

Thot tomó aire, como si reuniera valentía.

—Te están buscando. —dijo mientras miraba a Maereth. —Y no parece ser para nada bueno. Son criaturas que salen de las grietas. Te recomiendo abandonar el examen.

Maereth apretó sus dedos, pensando. Siempre sosteniendo la mirada. Entonces su voz sonó decisiva.

—No.

El silencio llegó. Maribel ladeó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque aún no encontramos la Hoja del Río Aullador.

Maribel sonrió ligeramente.

—Acabo de encontrar su ubicación, solo queda llamar al equipo de extracción… y volver a buscar en la zona hasta encontrarla.

Todos parpadearon sorprendidos.

—Así que no necesitas exponerte más, Maereth. —dijo Maribel.

La mirada de Maereth oscureció.

—Aún así, si esas criaturas me buscan entonces no me contendré. Los enfrentaré, yo también tengo mi gente.

Maribel la observó en silencio.

Días atrás, habría insistido. Habría argumentado. Habría intentado salvarla de sí misma.

«Cada persona tenía el derecho de elegir su propio camino.» —se recordó —«Incluso si ese camino llevaba a la destrucción.»

—Entiendo. —dijo simplemente. —Entonces te apoyaremos.

Thot levantó una ceja, pero no comentó nada.

Maribel suspiró y guardó silencio, mirando al vacío. Perdida.

—Disculpen un momento, debo ir a hacer algo. No tardo. —dijo.

Se alejó un momento del grupo. Entre los árboles y hierbas marchitas. Los espíritus la miraban. Los hombres la miraban.

—Así que… ¿Qué esperan? Deberían ir a donde esos sujetos.

Las sombras temblaron.

De una cercana se reveló un joven. Aunque Maribel apostaría que sus años eran muchas veces los de ella.

—¿Por qué? Nuestro deber es otro.

Tomó aire, enojada.

—¿No es su deber proteger a la princesa? Esos impostores la buscan. Deberían ir a eliminarlos antes de que la encuentren.

El joven se estremeció.

—¿Cómo supiste quiénes somos?… no importa. —Miró brevemente hacia la tienda donde estaba Maereth. —Nuestro deber es protegerla, así es. Por eso mismo, no podemos alejarnos de ella. No la dejaremos con desconocidos mientras cazamos sombras.

Maribel lo miró detenidamente. El hombre tenía una marca púrpura en el ojo izquierdo. Un círculo rúnico, tal vez. Solo su rostro estaba descubierto.

—Si quisiera matarla, ya no viviría.

—Olvídalo. —exigió el joven. —No la dejaremos sola.

Maribel suspiró. Volteó, mirando al vacío.

Una entonación salió: triste, tenebrosa, pero hermosa. Los guardianes sintieron sus corazones tocados, emocionados por algo que no comprendían.

Entonces la canción terminó.

El silencio que siguió era peor que cualquier sonido. Hasta que algo más que el silencio llegó.

La noche misma asomó su presencia en pleno día. Una sed de sangre contenida, como si un depredador les respirara en la nuca, pero decidiera que no comería hoy.

Uno de ellos salió de la sombra despavorido.

—¡Vampiros! ¡Son muchos, abandonen las sombras! —sacó un cuchillo de plata aterrado.

El resto también lo hizo. Todos estaban tensos. La luz del sol se reflejaba como un espejo en el filo del metal.

Maribel apretó la mandíbula. Levantó la mirada.

—¿Qué opinan de esto? —preguntó al vacío.

El viento se movió. Ella no.

El silencio tras su pregunta era total, nadie sabía a quién preguntaba. Ella soltó una sonrisa amarga.

—¿Son tantos? Entonces busquen a Abby y adviértanla. No quiero que esté en peligro. —susurró. —Sáquenlos a ambos de aquí. Los alcanzaremos pronto.

Todos perdieron el aire cuando sintieron que algo invisible los atravesaba. Algunos cayeron al suelo, pálidos.

—Mi esencia Yin… —gimió uno.

Maribel se llevó los dedos a las sienes.

«Estos sujetos… no aprenden.»

Lo invisible se movió. Las personas en el camino se estremecieron. La ciudad se sintió lúgubre.

A lo lejos, cerca de un círculo mágico. Vaelithra entrecerró los ojos.

El reflejo en el cielo mostraba diferentes perspectivas, pero ella tenía una percepción distinta.

Las criaturas de la noche, desde vivos y muertos, empezaron a movilizarse. A donde se movían, no era otra cosa que un lugar invisible, un fallo en la realidad, una inexistencia que obligaba a ignorar su presencia, una grieta; pero ella lo miró directamente, no era la única. Cuatro personas estaban frente a aquella cosa.

Desde el interior de la grieta, unos enormes ojos rojos, lupinos, de casi cinco metros, se asomaron. De fondo, una letanía de siluetas informes. Todos ellos congelados… frente a los cuatro fuera de la grieta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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