Sistema de Evolución Universal - Capítulo 126
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Capítulo 126: Cabello Cortado, Corazón Liberado.
Los sonidos de las botas sonaban con pesar.
Maribel caminaba lentamente, la nieve filtrada en su calzado empezaba a pesar. Miró sus pies.
«No te pongas melodramática.» —se recordó a sí misma. —«Un poco de nieve no pesa tanto.»
Sus pasos la llevaron donde un gran árbol. Ella levantó la mirada.
Un suspiro pesado llegó. Saltó un poco y empezó a trepar.
«Esto es vergonzoso, podría simplemente subir de un salto… quiero irme, dejar de hacer esto…»
Agitó la cabeza, expulsando esos pensamientos.
«No. Debo hacerlo. Si no hago esto… tal vez lo eché a perder.»
Maribel llegó a la copa, el viento agitaba con tal fuerza que amenazaba con perder el equilibrio. Sus ojos se abrieron con temor. Una sensación ilógica de vértigo, un recuerdo de su vida como humana normal.
Respiró lentamente, con una mano en el pecho. Calma.
Miró al sol por unos largos minutos, soportando los azotes del viento sobre las ramas.
Finalmente, su corazón se quedó vacío. La voz salió reticente, sus labios apenas se movieron. Su corazón vacío, parecía ocultar algo.
—Quiero… quiero… —su voz se cortó. Reticentemente bajó la cabeza.
Su cabello ondeaba al viento, como si una bandera proclamara un territorio, pero esta bandera estuviera por caer.
La fuerza del aire aumentó, agitando la copa del árbol con furia.
—Quiero ser amada. —dijo como si tuviera prisa.
No hubo cambios, el aire seguía soplando. Ella apretó los labios.
—Quiero un propósito, uno que no dependa de mí. Pero eso… me está matando. Quiero que mi vida tenga sentido de nuevo.
El viento sopló nuevamente, el silencio y la soledad no dieron respuesta.
Suspiró.
—No… en realidad siempre tuvo sentido ¿Verdad?. —ella se tiró el cabello con fuerza, como si intentara hacerse daño. —Realmente, solo quiero una excusa para… tener sentido.
El árbol pareció inclinarse. La copa pedía que ella se bajara, como si se quitara un animal pegado.
Ella tiró de su cabello, dejándola delante de su rostro. Los minutos pasaron, tal vez fueron horas. Con el rostro cubierto, admitió.
—Busco validación.
El árbol retomó su postura erguida, orgulloso en lo alto.
Maribel miró el sol a través de los mechones. Entonces se soltó.
Cayó desde la cima, las ramas golpeaban su cuerpo, sin hojas para tapar la visión. Ella veía el mundo girar sin control, ella misma giraba sin control. Hasta que llegó el impacto.
El mundo se detuvo.
Maribel yacía en la nieve, mirando el cielo a través de las ramas rotas. Una grieta se había formado en el suelo por la fuerza de su caída. Fragmentos de corteza, nieve y tierra por doquier.
Pero no sentía dolor.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía nada.
Y en ese vacío… encontró claridad.
Maribel miraba el sol, con una expresión de incredulidad. Entonces una ligera sonrisa se formó. El recuerdo de las palabras de su maestro volvieron a su mente.
«Ya entiendo lo que me dijiste aquella vez. Creía que solo me consolabas. Pero es verdad: tú me buscaste a mí, yo soy suficiente. Aunque… incluso si nadie me busca, debería ser suficiente con ser yo.»
Ella soltó un suspiro antes de sentarse. Entrecerró los ojos, con una ligera tensión entre los dientes.
—Entonces seré suficiente.
Elevó sus manos, tomando su cabello. Una luz amarilla brotó, extendiéndose con filo desde su mano.
El viento se llevó los mechones largos, volando como si fueran pétalos de flores caídas.
Maribel se puso de pie, ajustando su ropa. Luego volvió a mirar sus botas, se tragó los comentarios sarcásticos.
—Están empezando a romperse. —admitió con resignación.
Caminó nuevamente. Siguiendo el sendero del río.
Mientras llevaba un pie delante de otro, una cosa llamó su atención. Al otro lado de las aguas turbulentas, en un pequeño agujero formado bajo el borde del río: las hojas codiciadas brillaban con un tono plateado.
Maribel las miró por un largo momento.
Hace días, habría saltado desesperadamente. Habría arriesgado todo por demostrar su valor.
Ahora…
Una ligera sonrisa nació.
Ahora simplemente las tomaría. No para probar nada. Solo porque era lo correcto.
Soltó un suspiro, como si dejara ir un peso que había cargado toda su vida.
—Chicos… ahora les llevaré las buenas noticias. —dijo antes de correr en dirección al campamento.
Lejos en la nieve, Maribel corría con una sonrisa.
Lejos en la nieve, donde solo estaba ella.
Lejos en la nieve, Maribel regresaba a la civilización siguiendo el sol. Así ella corrió, buscando el bosque del examen.
En lo salvaje, el frío había suavizado a los animales.
Thot estaba trabajando en su tienda, cuando un sonido extraño robó su atención.
Un grupo de semi humanos se asomó entre los árboles.
Thot los vio. El grupo tenía las marcas de distintas familias.
—¿Qué rayos?… no importa, vengan acá y díganme en qué ayudo.
Las personas se miraron entre sí.
Thot ladeó la cabeza.
Uno de ellos se acercó. Cola y orejas de gato. Ojos verdes sin pupila.
«¿Qué es esto? Sus ojos son una esfera verde.»
Una imagen familiar llegó a él. Levantó una ceja.
—¿Rin? ¿Eres tú?
El felino sonrió suavemente, con esfuerzo.
—Sí, ese soy yo. Dime ¿Dónde encuentro a alguien llamada Maereth?
—¿Maereth? —Thot suspiró. —Parece que es muy conocida. Incluso tú la conoces.
El hombre asintió, aún con esa sonrisa extraña.
Thot lo miró detenidamente.
—¿Te gustó el maíz?
—Bastante. —aseguró. —Mis perros lo agradecen. —la voz salió lenta, como si le costara hablar.
Thot se quedó helado.
«Los perros no comen maíz. Además Rin está en el cuerpo de un ave…»
Una sonrisa profesional se formó.
—Lo sé ¿Verdad? Son las mejores. —él apuntó en dirección al inicio del examen. —Maereth regresó, dicen los rumores que estaba cansada.
El joven asintió.
—¿Estás acompañado?
El corazón de Thot se enfrió.
Un largo momento pasó.
—¿Y bien? Responde.
Él titubeó.
—Ah… bueno… sí. Estoy acompañado, a-algo así. —sacó un papel dorado. —Es un talismán de teletransporte. Apenas esté en peligro me llevará de regreso al inicio del examen.
El hombre gato no mostró reacción.
—Ya veo. Eso es bueno. —dijo negando con la cabeza.
—Sí. Es bueno. —dijo Thot asintiendo. —Así que puedes ir a buscar a Maereth ahora, estoy a salvo.
El felino caminó de regreso. Sus pasos eran perfectos.
Thot notó una extrañeza: Tenía el pantalón y el polo al revés.
Cuando desaparecieron, no se atrevió a soltar un suspiro. Continuó haciendo las cosas con un ojo pegado a la espalda. Solo media hora después, cuando sintió que había pasado el peligro, se dejó caer al suelo.
En ese momento escuchó gente acercarse. Sus nervios se tensaron.
El alivio recorrió su cuerpo cuando vio una apariencia familiar.
Amara abrió la tienda.
—¿Hola? Parece que hay menos gente ahora.
Thot estaba en el suelo, pero se puso de pie como si nada hubiera pasado. Se aclaró la garganta.
—Hola Amara. ¿Qué pasó?
Ella sonrió con vergüenza.
—Bueno… me preguntaba si aún tienen agua.
Él levantó una ceja.
—¿Pasa algo?
Ella asintió.
—Maereth está cansada. Buscamos por todo el perímetro asignado, pero no encontramos la hoja.
—Ya veo… Dime una cosa ¿Rin vino con ustedes?
Amara ladeó la cabeza.
—¿Rin? Ese pájaro se quedó en la ciudad. ¿Por qué preguntas?
Thot se lamió los labios.
—Creo que… deben venir a escuchar esto.
La petición sonó extraña. Tensa.
Thot miró afuera.
—¿No está Maribel? —preguntó.
En ese momento, su figura llegó corriendo desde lejos.
Los ojos de Amara, Richard y Thot casi se salen de sus cuencas oculares. Amara en especial se llevó las dos manos a la cabeza.
—¡¿Qué le hizo a su cabello?! —exclamó con incredulidad.
Maribel se tocó los mechones cortos, casi sorprendida de encontrarlos así.
—Ah… esto. —Una pequeña sonrisa. —Necesitaba un cambio.
Amara abrió la boca para protestar, pero algo en los ojos de Maribel la detuvo.
Había algo diferente. Algo… más ligero.
Thot suspiró negando lentamente.
—Olvídalo, ya podemos preguntarlo luego. Entremos.
Amara entró moviendo la tela que servía de entrada.
El resto de personas lo siguieron. Finalmente, Maribel también entró. Notando las disposiciones de asientos, entendió que Thot debía decir algo. Se sentó en la silla sobrante.
Thot tomó aire, como si reuniera valentía.
—Te están buscando. —dijo mientras miraba a Maereth. —Y no parece ser para nada bueno. Son criaturas que salen de las grietas. Te recomiendo abandonar el examen.
Maereth apretó sus dedos, pensando. Siempre sosteniendo la mirada. Entonces su voz sonó decisiva.
—No.
El silencio llegó. Maribel ladeó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque aún no encontramos la Hoja del Río Aullador.
Maribel sonrió ligeramente.
—Acabo de encontrar su ubicación, solo queda llamar al equipo de extracción… y volver a buscar en la zona hasta encontrarla.
Todos parpadearon sorprendidos.
—Así que no necesitas exponerte más, Maereth. —dijo Maribel.
La mirada de Maereth oscureció.
—Aún así, si esas criaturas me buscan entonces no me contendré. Los enfrentaré, yo también tengo mi gente.
Maribel la observó en silencio.
Días atrás, habría insistido. Habría argumentado. Habría intentado salvarla de sí misma.
«Cada persona tenía el derecho de elegir su propio camino.» —se recordó —«Incluso si ese camino llevaba a la destrucción.»
—Entiendo. —dijo simplemente. —Entonces te apoyaremos.
Thot levantó una ceja, pero no comentó nada.
Maribel suspiró y guardó silencio, mirando al vacío. Perdida.
—Disculpen un momento, debo ir a hacer algo. No tardo. —dijo.
Se alejó un momento del grupo. Entre los árboles y hierbas marchitas. Los espíritus la miraban. Los hombres la miraban.
—Así que… ¿Qué esperan? Deberían ir a donde esos sujetos.
Las sombras temblaron.
De una cercana se reveló un joven. Aunque Maribel apostaría que sus años eran muchas veces los de ella.
—¿Por qué? Nuestro deber es otro.
Tomó aire, enojada.
—¿No es su deber proteger a la princesa? Esos impostores la buscan. Deberían ir a eliminarlos antes de que la encuentren.
El joven se estremeció.
—¿Cómo supiste quiénes somos?… no importa. —Miró brevemente hacia la tienda donde estaba Maereth. —Nuestro deber es protegerla, así es. Por eso mismo, no podemos alejarnos de ella. No la dejaremos con desconocidos mientras cazamos sombras.
Maribel lo miró detenidamente. El hombre tenía una marca púrpura en el ojo izquierdo. Un círculo rúnico, tal vez. Solo su rostro estaba descubierto.
—Si quisiera matarla, ya no viviría.
—Olvídalo. —exigió el joven. —No la dejaremos sola.
Maribel suspiró. Volteó, mirando al vacío.
Una entonación salió: triste, tenebrosa, pero hermosa. Los guardianes sintieron sus corazones tocados, emocionados por algo que no comprendían.
Entonces la canción terminó.
El silencio que siguió era peor que cualquier sonido. Hasta que algo más que el silencio llegó.
La noche misma asomó su presencia en pleno día. Una sed de sangre contenida, como si un depredador les respirara en la nuca, pero decidiera que no comería hoy.
Uno de ellos salió de la sombra despavorido.
—¡Vampiros! ¡Son muchos, abandonen las sombras! —sacó un cuchillo de plata aterrado.
El resto también lo hizo. Todos estaban tensos. La luz del sol se reflejaba como un espejo en el filo del metal.
Maribel apretó la mandíbula. Levantó la mirada.
—¿Qué opinan de esto? —preguntó al vacío.
El viento se movió. Ella no.
El silencio tras su pregunta era total, nadie sabía a quién preguntaba. Ella soltó una sonrisa amarga.
—¿Son tantos? Entonces busquen a Abby y adviértanla. No quiero que esté en peligro. —susurró. —Sáquenlos a ambos de aquí. Los alcanzaremos pronto.
Todos perdieron el aire cuando sintieron que algo invisible los atravesaba. Algunos cayeron al suelo, pálidos.
—Mi esencia Yin… —gimió uno.
Maribel se llevó los dedos a las sienes.
«Estos sujetos… no aprenden.»
Lo invisible se movió. Las personas en el camino se estremecieron. La ciudad se sintió lúgubre.
A lo lejos, cerca de un círculo mágico. Vaelithra entrecerró los ojos.
El reflejo en el cielo mostraba diferentes perspectivas, pero ella tenía una percepción distinta.
Las criaturas de la noche, desde vivos y muertos, empezaron a movilizarse. A donde se movían, no era otra cosa que un lugar invisible, un fallo en la realidad, una inexistencia que obligaba a ignorar su presencia, una grieta; pero ella lo miró directamente, no era la única. Cuatro personas estaban frente a aquella cosa.
Desde el interior de la grieta, unos enormes ojos rojos, lupinos, de casi cinco metros, se asomaron. De fondo, una letanía de siluetas informes. Todos ellos congelados… frente a los cuatro fuera de la grieta.
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