Sistema de Evolución Universal - Capítulo 127
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Capítulo 127: El Ritual Del Dragón.
En la capital, una serie de pasos avanzaban en silencio. Corrían sin tocar el suelo, con una ligera distorsión separando el piso de los pies.
En el cielo: Un conjunto de magos sobrevolaba en formación circular de luz. Arrodillados, camuflados, apenas una ligera distorsión en el aire delataba su presencia. Al frente, un anciano de barba blanca encabezaba la avanzada, apoyado por un hombre de aproximadamente cuarenta años.
En tierra: Los cultivadores avanzaban a pie sin líder aparente. Sus cuerpos aparecían y desaparecían como espejismos, saltando de una calle a otra antes de poder ser percibidos.
El destino: el bosque del examen.
Cuando llegaron a campo abierto, las túnicas celestes bajo el sol parecieron fundirse con el entorno. El aire corrió cerca de ellos, agitando cabellos y ropas; siguiendo el soplo del mundo, cada hebra de tela, cabello, carne y hueso parecía disolverse.
Finalmente, solo podía verse una ligera brisa avanzando sobre el suelo, levantando apenas un rastro de polvo.
Desde arriba, los magos vigilaban todo. El mínimo rastro de energía que no perteneciera a sus camaradas bastaba para provocar una reacción en el círculo. Como una vibración súbita, el bastón del anciano se agitó levemente. Sus ojos perdieron color por un instante; al recuperarlo, miró en una dirección concreta. Levantó una varita de hielo y susurró unas palabras.
—Encontramos una huella de Qi. Sigan a nuestro grupo.
La ráfaga de viento se desvió, apenas visible.
El grupo avanzó en silencio, con absoluta seguridad. El cielo les pertenecía; la tierra era un patio de juegos. Incluso las bestias espirituales no los percibían. Las más fuertes se limitaban a apartarse del camino, demasiado ocupadas huyendo de territorios que no comprendían.
El mago de barba larga frunció el ceño, incómodo. Estiró el brazo para señalar a sus asistentes.
—Organización: formación de rastreo. Siento una mirada.
Ambos grupos, cielo y tierra, se detuvieron al mismo tiempo. Ocultos entre las brisas del bosque, casi fundidos con la madera, los cultivadores de Qi a ras del suelo vigilaban el follaje.
Desde arriba, la luz en el centro de la formación envió señales al bastón. El anciano dirigió la mirada hacia las sombras; sus cejas se contrajeron.
Agitó las manos, enviando instrucciones a los de abajo. Uno de ellos se reveló entre el viento y asintió.
El cultivador dio un paso al frente, rompiendo formación y mostrándose.
—Me presento. Soy miembro de la división especializada en misiones de reconocimiento y acción rápida del Reino de la Libertad Eterna.
El silencio apenas duró unos instantes. Las sombras no se movieron. Los magos en el cielo tensaron sus formaciones.
Entonces, finalmente, una figura emergió de las sombras.
Un mago vestido de rojo y negro. Posó un puño sobre el corazón, cruzó las manos y luego las giró con lentitud y elegancia, juntando las palmas.
—Saludos. Soy parte de la guardia secreta del Reino del Espejo. ¿Qué asuntos trae a colación su visita?
Arriba, el anciano señaló con un dedo. El subalterno descendió. El hombre de casi cuarenta años atravesó la barrera y saltó al suelo. En cuanto lo hizo, sus ojos se entreabrieron y la piel se le erizó. Muchas miradas lo observaban, como si aguardaran algo de él.
Se irguió, juntó los puños y luego dio una palmada suave, acompañada de una leve reverencia.
—Un gusto saludarlos. Soy subalterno de la división de magos especializados en reconocimiento y acompañamiento a larga distancia.
El guardia asintió.
—Los vimos antes. Asumo que, si los enviaron, es para vigilar a la princesa.
El hombre asintió. El guardia suspiró.
—Informe. Las entidades que buscan a la princesa son seres surgidos de la grieta. Pueden poseer cuerpos. No bajen la guardia: permanezcan juntos y háganse preguntas rutinarias entre ustedes.
El guardia de las sombras alzó la cabeza, revelando un grabado circular: una formación morada que provocó un escalofrío en el mago.
El subalterno calmó su mente antes de preguntar:
—¿Hay alguna señal clara de posesión?
El guardia asintió.
—Los ojos se vuelven completamente verdes, sin pupilas. Se asemejan a la piedra que respira.
Arriba, el flujo de energía se agitó. Un murmullo mental recorrió la formación: pensamientos cruzados, conversaciones desordenadas.
El cultivador de túnica celeste entrecerró los ojos.
—Circulan rumores de que el Dragón Rojo podría ser el objetivo de quien abre las grietas. Ustedes dicen que estas criaturas buscan a la princesa. ¿Qué planean hacer con ella?
El guardia torció los labios.
—¿Qué más? Planean matarla.
El cultivador suspiró.
—Entonces vamos a defenderla.
—Si lo hacen, mantengan distancia. Vigilen el asalto de los corruptos. No confíen en los cuerpos caídos: ya vimos cómo pueden arrancarles los músculos y aun así siguen caminando.
Un asentimiento silencioso respondió.
Entonces, una explosión distante rompió la calma.
Una nube de vapor blanco se elevó hasta el cielo, seguida de una luminiscencia que se extendió por kilómetros. Cuando la luz se disipó, una onda expansiva azotó la zona, sacudiendo los árboles cercanos.
Todos abrieron los ojos con asombro. El mago a ras del suelo trazó líneas en el aire; un lazo amarillo vibró y se conectó con la formación en el cielo. Una imagen se proyectó ante los cultivadores.
Todos tragaron saliva.
Una mujer de cabello largo y castaño, liso hasta la perfección. Ojos grises. Una túnica blanca que reflejaba la luz del sol como un espejo. En ese instante, la luz descendió del cielo como un río siguiendo su cauce, la envolvió por completo. El entorno se deformó levemente, como si la realidad misma vibrara. Cuerpos deformes se hinchaban, brotaban tumores; las plantas mutaban y la radiación se volvía visible.
Varios cultivadores cayeron de rodillas, incapacitados por la profunda impresión.
Uno de ellos, con túnica celeste, tembló violentamente.
—V… Venerable de la Luz —murmuró, con la voz ahogada.
Las manos del anciano temblaron, sacudiendo el bastón. La técnica era de predicción quirúrgica. La imagen osciló, mostrando a otras tres figuras… y una hendidura en el vacío que dejó las mentes entumecidas.
Muchos desviaron la mirada.
Una voz quebrada emergió del guardia de las sombras.
—¿Qué hacen los cuatro aquí…? —negó con la cabeza—. No importa. Nuestras prioridades están claras. Debemos sacar a la princesa de aquí.
Sus ojos brillaron con determinación. La marca morada en su ojo resplandeció mientras enviaba una señal.
La señal atravesó montañas nevadas y ríos caudalosos, cruzó arcoíris y cumbres nubladas, superó una cordillera y se internó en un territorio verde y frondoso. Llegó a un castillo silencioso, donde ni los ecos se atrevían a resonar y nadie osaba hablar.
Un hombre sufrió un espasmo en la mano y tomó un bastón.
Drakar caminaba con su bastón rojo como la sangre. Se sentó en el trono con una sonrisa sincera, casi infantil.
La misma proyección que veía el guardia apareció ante Drakar. Reclinó la cabeza sobre la palma, tarareando suavemente, observando a los cuatro con deleite.
—Oh… perfecto. ¿Qué estás haciendo, Vael? Me entristece ver cómo desarmas el balance de poder del mundo —dijo, con ironía.
Una sonrisa se estiró de oreja a oreja.
—Qué fácil resulta todo esto.
Extendió las manos. Una formación apareció y pulsó… pero el pulso regresó hacia él. Drakar frunció el ceño.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué el Consejo de la Voz Universal no responde?
Se acercó a la ventana. Una esfera se elevó hacia los cielos, ascendiendo hasta su límite. Entonces, un hilo guinda surgió de la nada y la detuvo en seco, como si no pudiera subir más.
Drakar miró la proyección con incredulidad. Más de la mitad del consejo había desaparecido, sin rastro alguno. La zona restante parecía desprovista de vida.
Amplió la imagen. Su ceño se tensó al ver un cadáver caminando en su interior, un cuerpo muerto que exhalaba aliento verde.
—¿Qué significa esto…?
Apretó los dientes. Su mano se cerró con fuerza.
—Pensé que surcarían los universos hasta encontrar a su creador. Que conquistarían los cielos para él.
Su voz descendió a un susurro peligroso.
—¿Acaso perdieron el control… o nunca lo tuvieron?
El aire se tensó. El castillo tembló. Las mucamas tropezaron, los platos se hicieron añicos, pero nadie se atrevió a emitir sonido alguno.
—Tsk. Supongo que no puedo preverlos por completo —murmuró, observando la transmisión—. Son más caóticos de lo que pensé. Aun así, mis piezas ya están en marcha. Solo queda dejar que la reina devore al peón… incluso si no pretende hacerlo.
Las campanas comenzaron a sonar, inundando el palacio. Afuera, el júbilo se elevó como una marea. El cielo adquirió un tono más brillante, más carmesí.
Drakar sonrió y avanzó hacia el balcón.
Una columna de luz roja y ardiente se alzó hacia los cielos, arrastrando una brisa violenta que obligó a todos a cubrirse.
Poco después, los gritos de asombro llenaron la capital. Manos se alzaron, las campanas repicaron con más fuerza.
Desde lo alto, Drakar contempló cómo un vapor rojo emergía desde el interior del palacio, extendiéndose hacia abajo… y más allá aún.
Atravesó las murallas. Se derramó por las calles. Cubrió la capital entera.
Y siguió expandiéndose.
No era solo celebración.
Era una señal.
Y en todo el reino sintieron un tirón en sus almas. Los tres signos del dragón salieron en sus pechos.
Algo había comenzado a moverse en el mundo.
Y esta vez, no había vuelta atrás.
Los ancianos de la secta se estaban desplazando. Buscaban el origen de la luz.
Las banderas se levantaron en el campamento a las afueras de la ciudad.
La milicia fue desplegada. Artefactos voladores podían verse en el cielo. Personas tallaban signos en un amplio radio de al menos cien metros.
La ciudad se volvió bulliciosa. La gente corría de un lado a otro.
—Es el cielo… La voz del cielo nos hizo una advertencia —dijo un hombre, con las manos sobre la cabeza.
Un guardia tomó al ciudadano del brazo.
—Ten cuidado con lo que dices, si deseas conservar la lengua.
Lo empujó y siguió su camino, en dirección al campamento exterior.
Su corazón palpitaba con violencia. Una ligera mueca torció su rostro. Se cubrió la boca y se reclinó, conteniendo las ganas de vomitar. Frente a él yacían los cuerpos putrefactos de un grupo de mortales. Niños, en su gran mayoría.
Un líquido negro goteaba de heridas profundas y abiertas, tan grandes que incluso los huesos quedaban expuestos. Pero eso no fue lo que lo asqueó.
El aire estaba cubierto por una penumbra espesa, como si la oscuridad fuera tangible. Con cada paso, el color cambiaba sutilmente: era el miasma desplazándose junto a él.
El guardia arrugó el rostro. Salió del refugio del campamento, chasqueó los dedos y un pilar de fuego se elevó, consumiéndolo todo.
Miró al horizonte con los ojos entrecerrados y vacíos. Entonces recordó aquel suceso… una mujer. Agitó el brazo y limpió por completo a una bestia de la putrefacción.
Apretó los labios. Un ligero brillo humedeció sus ojos. Tomó su espada por el pomo con una fuerza terrible; su brazo temblaba.
—La anterior habló con el cielo… y ésta puede salvarnos y regresarnos a su seno. Si tan solo tuviera el poder de limpiar a todos…
Su mirada se dirigió al interior del campamento, donde los gritos se intensificaban. El aire volvió a teñirse de impurezas. Contuvo la respiración cuando vio a uno de los magos salir corriendo.
Sus ojos se abrieron con horror.
Los brazos del mago comenzaban a mutar, contagiados por aquella infección terrible. Sacudió uno de ellos contra una roca, cortándose, pero la corrupción no se detenía. La sangre caía oscura, espesa, apestosa. Entonces, con desesperación, miró en su dirección.
El guardia sintió que el tiempo se detenía. Pero no lo hacía. Nunca lo hacía.
Ante sus ojos, el rostro del mago fue cubierto por la contaminación. Sus brazos se alargaron, las uñas se desprendieron y el hueso las reemplazó. El cuello se extendió mediante una estructura ligamentosa casi sólida. El cabello se desprendió y fue absorbido por la piel de los hombros.
Un rugido inhumano brotó, acompañado de saliva corrosiva.
El corazón del guardia casi se detuvo cuando el mago absorbió las impurezas. Una presión se expandió desde su cuerpo, como si las hubiera cultivado.
No… cosechado.
El infierno se desató dentro del campamento.
Las carpas volaron. Las armas se elevaron como si tuvieran vida propia. Las personas huyeron.
En la entrada de la ciudad, cultivadores llegaron portando una infinidad de talismanes. Reflejando la luz del sol, un brillo amarillo se concentró y una formación de contención fue desplegada.
El guardia escapó.
Las criaturas no podían entrar. Ni salir.
Al menos así fue… al principio.
Un mago corrompido levantó sus cuatro brazos, empuñando un bastón en cada uno. Alas negras brotaron de su espalda: pequeñas, rudimentarias. Sin embargo, un miasma espejado lo elevó, como si el batir de esas alas fuera irrelevante.
Un disparo simultáneo de los cuatro bastones hizo parpadear la formación.
Un humo negro escapó, atravesando apenas la barrera para sorpresa de todos. Se arremolinó y tomó forma humana: una figura con capa negra y azul, completamente mutada.
Golpeó un solo talismán. Éste ennegreció; la luz se convirtió en oscuridad.
El guardia lanzó su espada, cortando al monstruo en varios fragmentos. La espada regresó a su mano. Miró con horror cómo la formación comenzaba a colapsar.
Tragó saliva.
Dentro del círculo, el miasma empezó a aumentar, brotando del suelo. Un rugido unificado estalló desde el interior. El miasma se movió… y fue absorbido por los cuerpos corrompidos.
La barrera entera fue consumida.
El sonido de armaduras temblando llegó desde los mundanos, apenas en fortalecimiento corporal.
—Esto… es estúpido —dijo uno, con la voz quebrada—. Yo solo vine a brindar soporte… ¿por qué está pasando esto?
El guardia miró al nuevo recluta. Escupió al suelo. La saliva salió negra, y eso lo hizo dudar de su propia exposición. Desenvainó la espada, con una expresión lúgubre.
—Realmente parece que voy a morir —admitió—. Pero me llevaré a tantos como pueda.
Apretó el arma y se lanzó.
No fue el único.
Una veintena de magos desató ataques a distancia. Cinco cultivadores de Qi en el nivel del núcleo aparecieron, ejerciendo presión espiritual.
El guardia apenas podía ver entre la sangre. Su rostro estaba medio cubierto. Los cuerpos no dejaban de llegar. Él no dejaba de cortar. Pero esas cosas solo sabían aumentar… y curarse.
Entre todo lo rojo del mundo, distinguió un emblema.
El clan Zhao.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Ya… esto es todo —murmuró.
Entonces, una enorme ola de calor arrasó el lugar.
Las cenizas se elevaron.
La sangre flotó, formando una esfera.
El guardia miró, confundido.
—¿Sigo vivo?
De repente, el mundo quedó en calma. Una calma antinatural. Su corazón, que latía ensordecedor en sus oídos, se aquietó de golpe.
Entre el polvo, una silueta femenina avanzaba con serenidad. Una sombra roja la seguía, como un reflejo tardío, disipando el miasma.
Por donde pasaba la silueta, pasaba la sombra.
Por donde pasaba la sombra, el mundo quedaba limpio.
Cuando el sol le permitió verla con claridad, el guardia abrió los ojos con asombro.
Era la Maga del Buey Caído.
No hubo sonido, conjuro ni gesto. Ella simplemente suspiró. El miasma se encogió y se arremolinó en su dedo, como si una nube se hubiese reducido a un poco de vapor.
La sombra roja pasó.
El miasma desapareció.
Los ojos del guardia se llenaron de lágrimas.
Entre los escombros, el joven maestro del clan Zhao emergió. El calor de su cuerpo distorsionaba el aire, y la sangre a su alrededor se elevó, sanando sus heridas.
La mujer abrió la boca.
—Ten cuidado cuando hagas eso. No me gustaría que te hicieras daño por tratar con la sangre.
El joven maestro sonrió.
—Vine a tratar con la corrupción, pero me ayudaste. ¿No es tratar con la sangre lo menos que puedo hacer?
El guardia observó la escena con el sol descendiendo ante sus ojos.
La mujer… no.
La santa.
Sonrió con ligereza. Con un movimiento suave de la muñeca, llevó el cabello corto detrás de la oreja y realizó una leve inclinación de la cabeza, dejando ver apenas los pliegues de su cuello, como si el gesto no tuviera intención alguna.
—Gracias por ayudar, Jiāng Róngxuān.
El joven mostró una sonrisa elegante. Ella la ignoró, desviando la mirada hacia el vacío.
Tras un breve silencio, como si hablara con alguien invisible, asintió.
Los ojos del guardia se abrieron con sorpresa. Una ligera sonrisa se formó en su rostro.
«La esclarecida es de acá… es de un clan antiguo.»
Ella se acercó al guardia con pasos tranquilos. Al girarse hacia él, una sonrisa irónica se dibujó en su rostro.
—No pertenezco a ningún clan —aclaró—. Solo pasaba por aquí y me encontré con un conocido.
Un zancudo rojizo se posó sobre su oreja. Era algo grande, pero sorprendentemente hizo una torpe reverencia.
El guardia dejó escapar una risa irónica.
—Un familiar de sangre… Como es la juventud. El amor es complicado.
La esclarecida sonrió levemente y agitó una mano, dándose aire. Una brisa suave respondió, como si el viento aceptara la petición.
—¿Verdad que sí? Yo misma sufro porque alguien muy cercano me ama… pero yo solo lo veo como una amistad.
El joven del clan antiguo apartó la mirada. Ella rodó los ojos.
—No hablo de ti.
El guardia rió entre dientes. Alzó la vista al cielo y vio la transmisión, en la que él mismo aparecía.
Suspiró.
Extrañamente feliz.
Extrañamente triste.
Cuando volvió a mirar, la esclarecida había desaparecido. El joven también.
Rascándose la cabeza, levantó la vista otra vez. En la transmisión los vio caminando a su derecha. Pero al voltear… no había nadie.
Ladeó la cabeza, sonriendo.
—Jóvenes…
El campamento fue levantado al amanecer.
Las carpas chamuscadas fueron retiradas una por una. Los talismanes rotos se recogieron en silencio. Nadie habló de lo ocurrido con demasiada precisión; los informes eran breves, torpes, incompletos. Palabras como corrupción, contención fallida y intervención externa se repetían sin convicción.
El guardia se sentó sobre una roca, lejos del bullicio. Se quitó el casco y lo dejó a un lado. Tenía las manos limpias, demasiado limpias. Las miró largo rato, como si esperara ver algo aún adherido a la piel.
No había miasma.
No había sangre.
Ni siquiera olor.
Eso fue lo que más le inquietó.
Cerró los ojos un instante. Recordó el calor, la presión en el pecho, el momento exacto en que había aceptado morir. No con heroísmo, sino con cansancio. Con una especie de alivio.
Y luego… el silencio.
Abrió los ojos y miró al cielo. Las formaciones de vigilancia ya no estaban. Solo quedaba una transmisión residual flotando, parpadeante, repitiendo fragmentos inconexos: luz, ceniza, una silueta femenina avanzando sin prisa.
Desvió la mirada.
—Así que esto es seguir vivo —murmuró.
Nadie respondió.
Un recluta pasó cerca, lo saludó con respeto exagerado y siguió de largo. El guardia no lo detuvo. No tenía nada que enseñar. No sabía cómo explicar que había visto algo que no debía existir, y que aun así había sido… amable.
La imagen de la mujer caminando con una lanza volvió a su mente.
«¿Qué importa si usa un arma de guerra? Sigue teniendo una hermosa sonrisa.»
Se levantó, sacudiéndose el polvo de la ropa. Antes de marcharse, miró una última vez el lugar donde la mujer había estado de pie. El suelo estaba intacto. Ni marcas, ni quemaduras, ni residuos de poder.
Solo tierra.
Sonrió, cansado.
—No eras de ningún clan —dijo en voz baja—. Claro que no.
Tomó su espada y se alejó con el resto de la milicia.
Detrás de él, el mundo continuó como si nada hubiera ocurrido.
Pero esa noche, al dormir, por primera vez en años, no soñó con espadas.
Soñó con viento.
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