Sistema de Evolución Universal - Capítulo 130
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Capítulo 130: Corazón Quebrado, Mundo Perfecto.
—¿Qué carajos pasa contigo? —gritó Sofía.
Maribel se lamió los labios.
—Solo intentaba salvarlo. —respondió.
La mano de Sofía se movió velozmente, golpeando el rostro de Maribel. Sofía hizo una expresión de dolor, Maribel respiró profundo. La mano dolía, el corazón sufría.
La nieve se levantó cerca de Amara, ella se la lanzó con enojo. Con tristeza e impotencia, su voz reclamaba.
—Deja de ignorarme cuando te digo algo. Yo veo el futuro, tú no. ¿Podrías confiar más en nosotros?
Maribel bajó la cabeza, decaída. Una amargura se gestó en su corazón mientras miraba al joven lobo en el suelo.
Su piel había tomado un color morado. La respiración del sujeto era leve. La nieve y la sangre de las bestias habían cubierto sus heridas, infectándolas; el aire negro se había instalado en sus pulmones. Ella entrecerró los ojos.
Unas manos heladas la tomaron por la fuerza y redirigieron su mirada. Maribel encontró ojos conocidos.
Amara apretó los labios, mirándola profundamente. No sabía qué decir.
Maribel suspiró.
—Está bien, no te enojes. No volveré a hacerlo. —dijo con fingida calma.
Amara apretó los dientes.
—¿Quieres que te crea? Claro que no te creo… no esta vez.— soltó un suspiro adolorido. —¿Por qué me ignoras cuando te hablo? Incluso Sofía te pidió que confiaras más en nosotros.
Maribel abrió ligeramente la boca, sorprendida. Tragó saliva, con la garganta seca.
—Yo… lo hice por él.
Amara negó vehementemente.
—No. Obedéceme a mí, cuando te digo que hay peligro, escúchame a mí. Yo… yo soy la encargada de que no muramos…
Los ojos de Maribel cayeron.
—Perdón.
Amara la abrazó, su preocupación era nítida para Maribel. Incluso podía sentirla ella misma.
Inconscientemente miró al joven, pálido, demacrado, con una hemorragia abierta y sin instrumentos de curación cerca. Una sensación de resignación llegó.
Sus manos se levantaron lentamente. Recorrió la espalda de Amara, dudosa. Finalmente, ella le dio un abrazo, pero no logró sentir nada. Una sensación de asfixia le apretó el cuello, pero era solo una incomodidad; ella la había sentido mucho, muchas veces.
Maereth se aclaró la garganta
—¿Hasta cuándo planean abrazarse? Eso es extraño.
Amara se separó a la velocidad del rayo. Sacudió su ropa.
—Bueno. Espero que puedas entender. —dijo mirándola de reojo.
Maribel asintió, soltando un suspiro.
Maereth por su lado levantó una ceja.
—Dime una cosa… ¿Por qué te sacrificas por otros?
La pregunta cayó en un silencio espeso. Todos parpadearon, sorprendidos.
—¿Eh? Ah… bueno… —Maribel se encogió de hombros. —porque me gusta ayudar, supongo.
La mirada de Maereth se volvió severa.
—Conocí a alguien como tú antes. ¿Sabes cómo está?: muerta.
Los ojos de Maribel se entreabrieron. Su respiración se detuvo.
El viento sopló trayendo el frío de la nieve.
El corazón de Maribel estaba realmente disgustado.
Ella se reclinó ligeramente, con una sonrisa torcida.
—Así que… Vireya ¿verdad?
El mundo de Maereth se detuvo.
Su rostro palideció. Las manos le temblaron levemente.
Maribel notó la reacción, pero no dijo nada más. Maereth tampoco continuó.
«¿En que está pensando? ¿Cómo supo que hablo de Vireya?»
Ante lo desconocido, Maereth prefería no avanzar.
Una ligera sonrisa se filtró en los labios de Maribel.
—¿Qué te hace pensar que acabaré así?
—Tsk. ¿Preguntas luego de esto? —dijo indicando al joven.
Mientras hablaban, el joven tosió débilmente.
Luego… silencio. Su débil corazón ya no se escuchaba en los agudos oídos de los cultivadores.
Maribel volteó bruscamente.
Los ojos del lobo, vacíos, miraban al cielo gris.
Maribel suspiró.
—No pude salvarlo. Pero esta misión no era suicida. —dijo sombríamente.
—Tú no lo sabías. —reclamó Sofía.
Maribel miró a Richard.
—¿Qué opinas?
El hombre negó lentamente.
—Esto fue en toda regla una estupidez, Maribel. —dijo con ojos filosos. —No nos arrastres a cosas que no podemos lidiar, solo porque tú puedes solucionarlo.
Maribel miraba el cadáver cubierto con nieve.
—Hice todo lo posible. —Sus manos temblaban. —¿Por qué…? —susurró. —¿Por qué no fue suficiente?
Nadie tenía respuesta.
Ella apretó los puños.
—Debí haber hecho más. Debí…
—No. —Amara la interrumpió. —Ya hiciste demasiado.
Maribel la miró con ojos vidriosos.
—¿Entonces para qué sirvo si no puedo salvarlo?
El silencio fue aplastante.
Maribel suspiró, conteniendo las lágrimas por primera vez.
La boca de Amara se abrió, pero no supo qué decir.
Fue Richard quien habló.
—¿Por qué valdrías algo si lo salvas? —Un vapor blanco salía de su boca al hablar.
Maribel se achicó, ocultando su rostro tras su cabello. Su cuerpo tembló, pero no de frío. Su voz salió quebradiza, temerosa.
—Porque… si no salvo a otros, no tengo sentido ¿Quién me lo daría? ¿Quién me agradecería? Si nadie me necesita, soy nada.
Richard contrajo el ceño, con preocupación. Retiró su espada con vigor, el acero brillando al rojo vivo bajo el sol.
Los ojos de Maereth temblaron, tragó saliva.
Amara ya empuñaba su lanza.
Sofía estiró la mano, indicando que se calmaran.
Pero lo que él hizo no fue atacar. Clavó la hoja en el suelo, derritiendo la nieve alrededor de la piedra donde Maribel se sentaba.
—Sin ti, no hubiera un Richard que haga esto. Así que incluso si no salvas más gente, tu vida ya tiene sentido: en todos nosotros.
La mirada de Maribel se levantó con sorpresa. Forzó una sonrisa mal disimulada y asintió.
—Claro. Gracias por decírmelo.
Pero en su interior, las palabras resbalaban sin penetrar.
«No es verdad. Si no ayudo a nadie, volveré a ser nada. Tantas personas se curan en un hospital, lo que dices no tiene sentido.»
Pensó decepcionada.
La espada regresó a su funda. Richard entregó una leve mirada y se alejó soltando un suspiro.
—Te dejaremos un momento para pensar, no hagas nada que te exponga al peligro.
Amara dio una última mirada antes de marcharse, buscando algún río cercano que pudiera tener la hoja.
El tiempo pasó lentamente bajo el frío aliento del bosque.
Una sombra de nieve se arremolinaba sin orden sobre su cabeza.
Maribel estaba sentada sobre la misma roca, con la mirada perdida. No se había movido en mucho tiempo.
Un pulso en su corazón la llevó a preguntar.
«Sistema ¿El mundo es realmente justo?»
«¿Justo?» preguntó la voz masculina «¿Por qué quieres saber si es justo?»
Maribel contrajo el ceño.
«Mira lo que pasa en este examen de selección, esto no puede ser justo.»
El viento sopló, trayendo un escalofrío.
«Creo que te estás desviando un poco, por decirlo amablemente.»
Ella se cubrió los ojos, exasperada.
«Debí suponer que esto pasaría, no hay nada perfecto en la vida. Pero si me respondieras con claridad, consideraría mi evaluación…»
El silencio fue su respuesta.
—Tsk… claramente el mundo es imperfecto.
«¿Qué sería un mundo perfecto?»
Ella descuidadamente dijo:
—Es cuando todos pueden ser felices.
Él se rio entre dientes.
«Pero… todos pueden ser felices tal como es el mundo.»
Maribel se quedó sin palabras.
Instintivamente miró al cielo, buscando qué decir.
Luego de unos segundos, no encontró palabras.
Entonces la voz del creador del sistema sonó en su mente:
«Perfecto, no es sin fallas, sin carencias»
«Perfecto, terminado, completo»
«Perfecto, está perfecto, es como debe, es cual es»
«Perfecto, no es aceptación, no es concepto: es estado original»
«Perfecto es como debe ser»
Maribel suspiró resignada.
—Nuevamente no dices las cosas claras.
Una risita llegó desde arriba.
«Lo dije tan claro como es admisible. Deberías empezar a mirar hacia adentro.»
—¿Y qué encontraré?
No hubo respuesta. Solo una vaga sensación de despedida. Un sentimiento de alguien acariciando su cabeza. Una mirada que desapareció en el vacío.
Maribel se quedó sola con sus pensamientos.
«Mirar hacia adentro… ¿Qué encontraría ahí? ¿Qué hay dentro de mi que necesito ver?»
Sus ojos se abrieron, su corazón tembló.
La respuesta la aterró más que cualquier monstruo.
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