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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Discípulo interno
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16: Discípulo interno 16: Discípulo interno Maribel estaba confundida.

Un sirviente llegó para entregar el mensaje de que ambos habían sido aceptados como discípulos internos.

En solo dos días la secta había tomado acción, pero lo que ella esperaba era una reunión, no una ascensión directa.

Aun así no planeaba quejarse: le resultó mejor de lo esperado.

No solo aceptaron a Aether, sino que también los ascendieron a ambos.

Ahora lo que causaba confusión en Maribel era: ¿quién es el gran anciano misterioso que los ascendió y por qué?

Ella esperaba que el mandato viniera del líder de la secta, pero parecía que vino del gran anciano representante del consejo de ancianos; además, no hubo reticencia ni peroratas, sino que simplemente se hizo.

«O ese presidente tiene gran autoridad o hay gato encerrado», pensó Maribel.—De cualquier manera, ya te di el mensaje—, dijo el sirviente intentando evitar mirarla.

No porque fuera bonita, sino porque llevaba a un niño semihumano con ella y no había padre a la vista; además, las huellas del trabajo duro marcaban su piel quemada y la ropa era de baja calidad… Claramente era un estigma social: no seguía las cuatro virtudes ni las tres obediencias, y él no entendía cómo una mujer así había logrado ascender.

El repudio en sus ojos al pensar que logró seducir a alguien, pues sin antecedentes ni riquezas, con un cultivo sellado en el séptimo nivel de refinamiento de qi, lo consumía; ¿valía la pena que ella siguiera siendo un lastre para la secta?«Si yo fuera el líder de secta echaría a esta desgracia de persona y me quedaría solo con su hijo, que bondad por querer cuidarla a ella también, ya hiso suficiente teniendo un crío.

Nosotros también queremos ascender pero ella nos roba el puesto, simplemente inaceptable, además tiene el descaro de verse tan sorprendida como si ella no supiera lo que hiso, ¿Realmente cómo podría ascender si no hiso algo ella misma?» Maribel se quedó petrificada ante tanta envidia.

Antes no leía mentes y asumía lo peor de los hermanos en Puerta de Sal; ahora que escuchaba los pensamientos ajenos y no asumía cosas, se le apareció un envidioso de la fortuna que ella cargaba.—Ajem… de todos modos, gracias por entregar el mensaje; ya puedes irte—, dijo ella, y cerró la puerta de madera sin más.

No quería dirigirle más palabras.

Según el sistema, ella se cultivaba rápido para el estándar de la gente común, así que en algún momento le cerraría el pico a todos.

Así pues salieron y se dirigieron al patio interno.

Su identificación había sido actualizada automáticamente y la dejaron pasar.

Ella tomó el sendero hacia arriba; anteriormente esperaba llegar al mismo lugar donde estaba Amara, sin embargo, al preguntar resultó que debía dirigirse al Pico Espiritual de la Luna Reflejada, mientras que sus tres amigos estaban en el Pico de la Espada —algo que no se esperaba.

En el patio exterior parecían aglomerarse personas de todo tipo: algunos con afinidad elemental para un pico podían tener compañeros con afinidad para otro.

De cualquier manera, ella no tenía afinidad elemental, así que un pico centrado en lo espiritual no le parecía mala idea.

Su habitación ahora se encontraba en una montaña.

Aunque anteriormente, entre los discípulos externos, ella no compartía habitación con extraños —se suponía que debería haber sido así—, ahora tenía un espacio propio.

Solo que Aether aún solía pasarse a dormir junto a ella.

Maribel podía sentir la energía del mundo con mayor nitidez en ese lugar que en la ciudad a los pies de la montaña, pero la velocidad con la que podía absorberla no variaba en lo absoluto.

«La anfitriona absorbe el qi del universo, no de una montaña, vena espiritual, artefacto ni tesoro alguno», respondió el sistema con cierta incomodidad.

Aunque solía responder preguntas casuales, esta vez parecía molesto de tener que hacerlo.

Ella sintió que era como una niña fastidiosa con preguntas del tipo “¿por qué la manzana es roja?”, y el sistema no supiera qué más decirle.

Después de todo, el método que le otorgó provenía del Sistema de Evolución Universal, pero ella había olvidado la parte de “universal”.

En la puerta de entrada había una inscripción.

Usó su habilidad para leerla, pero resultó que la escritura estaba incompleta, lo que significaba que había más inscripciones como esa cerca.

No quería especular el significado sin tener una visión completa de todos los grabados, pero le daba pereza anotar cada inscripción y ordenarlas para hallar sentido léxico.

Además, ella era médica, no lingüista.

El ambiente de la habitación era sereno.

Estaba decorada con plantas espirituales, incienso, un cofre de madera y tapetes apilados en una esquina para meditar.

En el área de estudio había una mesa con pergaminos; aunque no había tinta, sí había una pluma de escribir y una lámpara de aceite llena de combustible.

La habitación era más cómoda que la anterior, aunque el frío seguía golpeando fuerte.

Al menos podía dormir alejada de la pared sin temor a que el frío le congelara.

La cama, como siempre, era baja, y había esteras de bambú para invitados, aunque con ese frío preferiría compartir calor.

—Maribel, necesito ayuda —la voz de Aether sonó tras abrir la puerta.

Ella se sorprendió, pues estaba contemplando el interior y no había notado algo: no podía escuchar el bullicio del exterior después de cerrar la puerta, tampoco los pasos de Aether antes de que entrara.—Realmente mágico… Digo, dime, ¿en qué te ayudo?—No sé cómo abrir la puerta de mi habitación.

Ella sintió que esas palabras sonaban un poco —o mucho— más maduras de lo que debería decir un niño.

Durante los días siguientes, Maribel recibió una asignación de unas pocas piedras espirituales.

Sin embargo, absorber una era como agregar una mota de polvo a la playa: demasiado lento.

Para ella, incluso no representaban el más mínimo cambio.

Sentía que no entendía el propósito de esas piedras más allá de la decoración, así que decidió colgarlas del techo, tal como lo hacían en la entrada de recepción al público.

Su lobezno hizo lo mismo; tampoco sintió cambios.

Maribel vendía algunas de sus piedras cada ciertos días.

Ya no trabajaba más, sino que se dedicaba a cazar, recolectando algunas memorias de las bestias.

Aquello la sorprendió, porque esas criaturas eran absurdamente poderosas.

Si no fuera por su sigilo y la habilidad de calmar a las bestias, habría muerto en innumerables ocasiones.

Algunos días regresaba sin ningún botín; en esos casos, tomaba recuerdos de sus cacerías anteriores y los vendía en el edificio llamado Aventuras, donde los artesanos valoraban esas memorias.

No entendía por qué llamaban así a la sala de misiones.

Pero pensaba que, para los cultivadores poderosos, matar a esas bestias debía ser tan fácil como jugar con hormigas en el patio de recreo.

Eso justificaría el nombre.

Así pasó un mes.

Durante ese tiempo escuchó la noticia de que habían desintegrado todo el sector de los discípulos externos: todos fueron devueltos a la sociedad.

Un evento sin precedentes.

Incluso los ciudadanos de afuera levantaron la voz.

También notaba que los ancianos empezaban a rotar de puesto con mayor frecuencia; luego de una semana, simplemente cambiaban de lugar y otros desaparecían, para volver dos semanas después.

Una cosa que agradecía era que no le impedían cocinar.

Aunque la comida de la secta era mejor, no estaba dispuesta a volver a comer en esos salones.

Para su sorpresa, había otras personas que hacían lo mismo: cazaban animales y los intercambiaban por puntos en la calle, como en el mercado del patio exterior, aunque en menor medida.

«Maribel, no aflojes en tu cultivo», le recordó el sistema cuando pasaron más de tres días sin que practicara.

Ella suspiró.—*Suspiro* No necesitas regañarme por tomarme un descanso de unos días.

En mi mundo existían los feriados —dijo mientras tomaba un pergamino al fondo de la mesa—.

Es una pena que en este lugar solo encuentre cosas de espiritualidad.

Siento que me volveré filósofa a este ritmo… Veamos qué dice este pobre pequeñín.

El pergamino era de papel, nuevamente no estaba ni de cerca a ser tan blanco como el que ella conocía, y tenía un escrito a mano: “Aquí escribo las etapas de mi ascenso al poder alcanzadas hasta la fecha, para poder cumplir todos mis caprichos y formar un gran harén de bellezas.

Alégrate, lector, porque estás contemplando la escritura de un futuro dios.” Maribel rodó los ojos con indignación.

El sistema parecía burlarse en silencio.

1.

Refinamiento del cuerpo “El inicio del camino.

Me tomó un gran esfuerzo, pero logré fortalecerme gracias a un elixir que le robé a un cultivador cuando se distrajo después de salvarme de un monstruo.

Se fortalece el cuerpo para soportar el qi espiritual.

Por meses sentí que me estallaba la cabeza.

Dividido en subniveles: carne, huesos, médula y sangre .Meta: alcanzar la perfección física y energética.

¿Quién necesita demorarse siendo yo?

Duración: de 3 a 10 años para un mortal promedio.

Yo lo alcancé en solo dos.” 2.

Refinamiento del Qi / Condensación del Qi “El cultivador comienza a absorber energía espiritual (qi) del entorno.

Aprende a circularla por los meridianos y purificarla.

Su cuerpo empieza a superar los límites humanos —fuerza, sentidos, longevidad—.Equivale al nivel de los discípulos externos o novatos de esta secta, y pronto dejaré este nivel.

Soy un genio que llegó a este punto en solo seis años, no como esos tres que llegaron recientemente y recibieron todos los recursos como si fuera agua corriente.

¡El verdadero genio soy yo!

Si los cielos me vieran, lo sabrían.” Maribel levantó una ceja.

Podía sentir el resentimiento y la envidia impregnados en esas últimas líneas.

No hacía falta mucha indagación para adivinar a quiénes se refería: los mortales que habían llegado casi al pico del refinamiento de qi en tan poco tiempo.

Sin duda hablaba de aquellos tres de la caravana.

Aunque ella no se había cultivado mucho en aquel entonces y no prestaba atención a los niveles, resultaba que en realidad se había saltado por completo la primera etapa de refinamiento corporal… o la completó en un instante.

Entonces, ¿qué pensaría ese sujeto de ella?

Continuó leyendo.

3.

Establecimiento de la Fundación / Fundación Dorada “Se forma la base espiritual que sostendrá todo el cultivo posterior.

Me costó mucho reunir lo necesario.

El qi se vuelve estable y denso, y el cuerpo debe resistir su poder.

Representa la transición entre mortal y cultivador real: las armas convencionales ya no pueden dañarme.

Mi vida útil aumentará a 300 años.

En esta etapa demostraré mi verdadero potencial con técnicas avanzadas de manejo del qi.

Al fin podré usar habilidades, y los ancianos de la secta se lamentarán haberme menospreciado.

Solo los perdonaré si comen sus zapatos.” —¿Eh?

¿Así que no se supone que alguien pueda usar habilidades antes de este nivel…?

—murmuró Maribel.

Se miró a sí misma, luego recordó algo.

Según lo que decía ese texto, las armas convencionales no deberían poder dañarla ahora.

Pero en la caravana todos ya pensaban eso desde antes.

Tal vez fue por haber usado habilidades mentales.

Sin embargo, en retrospectiva, solo se salvó de las heridas más graves porque la única lesión que recibió fue infligida a distancia, por aquella maga cuando la capturaron.

—De todos modos, no importa —dijo, y quemó el pergamino—.

No quiero volver a verlo ni sentir lo que sentía el escritor.

Toc, toc, toc.

Maribel llamó a la puerta de Aether.

Él abrió en poco tiempo.

—Ya me voy de cacería.

Si necesitas algo, puedes tomarlo ahora mismo.

Él negó con la cabeza.—Solo necesitaba una piedra espiritual más.

Mira: un hombrecito.—¿Oh?

¡Qué bonito!

Amarradas con alambres, las piedras espirituales formaban la silueta de un hombre.

Si fuera más pequeño, a Maribel le gustaría tenerlo como llavero.

—Te lo doy, puedes llevarlo como un adorno.—… Gracias.

Maribel solo pudo agradecer.

Sabía que esas piedras eran inútiles para ambos, pero seguían siendo terriblemente valiosas; era como si le regalaran una escultura hecha de diamantes.

No se atrevió a rechazarlo: lo cuidaría bien.

Pasó una cuerda de fibra de hojas por la figura y la colgó a su cintura, como un amuleto.

—Ya me voy, ¿sí?

No te metas en problemas.—No lo haré, papá me regaña si lo hago.

Ella sonrió.

Claramente el sistema había elegido a su favorito, pero no sentía envidia de su lobezno.

Maribel bajó de la colina y siguió el camino del riachuelo, tal como lo hacía cada mañana.

El aire era fresco, y el sonido del agua chocando contra las piedras acompañaba el murmullo de las hojas.

Caminó un rato antes de notar que, junto a la ribera, alguien había colocado una pequeña mesa de madera.

Sobre ella reposaban varias raíces secas, frascos con líquidos de colores y una tetera que desprendía un vapor agradable.

Un anciano de cabello gris, barba corta y mirada apacible estaba sentado detrás, moliendo algo con un mortero.

Vestía una túnica marrón raída, y su piel mostraba las arrugas de quien había pasado demasiado tiempo expuesto al sol.

—Buenos días, jovencita —dijo el anciano sin mirarla—.

No todos los días se ve a alguien venir desde tan lejos.

¿Buscas algo?—Solo estaba caminando —respondió Maribel—.

¿Usted vende hierbas?—Más bien las comparto.

Pocos aprecian las propiedades de una planta seca; todos buscan el resplandor, no la esencia.

Maribel se acercó, curiosa.

El anciano tomó una raíz retorcida y se la mostró.—Esta es la raíz del alma marchita.

La mayoría la tira, pero si se deja secar por completo y se mezcla con polvo de piedra espiritual, puede usarse para estabilizar el flujo de qi.—¿De verdad?

—preguntó Maribel, tomando la raíz con cuidado.—Claro.

Aunque… no creo que la necesites.

Maribel lo miró, sorprendida.—¿Por qué dice eso?

El anciano sonrió.—Porque tu energía está demasiado tranquila.

Los que buscan estabilizar el qi lo hacen porque se desborda, pero tú… es como si lo contuvieras todo el tiempo, como un lago en calma.

El sistema permaneció en silencio, pero Maribel sintió que la observaba atentamente.

—Me recuerdas a un discípulo que conocí hace mucho —continuó el anciano, mientras vertía el líquido del mortero en una vasija de barro—.

Tenía tu misma mirada.

Cultivaba con serenidad, sin ambición, y por eso alcanzó una pureza que otros jamás tocaron.—¿Y qué fue de él?—Murió en paz —respondió el hombre, sin tristeza—.

Alcanzó su límite y lo aceptó.

El viento sopló, moviendo las hojas y levantando un poco de polvo.

—Tú no eres de aquí, ¿verdad?

—preguntó el anciano de pronto.

Maribel vaciló.—… No exactamente.—Lo imaginé.

Este mundo no te reconoce como suya.

No es malo; solo significa que vienes con tu propio destino.

Maribel se quedó en silencio unos segundos.

Finalmente, el anciano le tendió una pequeña bolsita de tela.—Llévatela.

Son raíces del mediodía.

No sirven para cultivar, pero al hervirlas desprenden un aroma que ahuyenta a las bestias espirituales menores.—Gracias.

¿Cómo se llama usted?—Puedes llamarme “el señor soberano de las hierbas secas”.

Así me conocen los que aún recuerdan mi tienda.

Ella asintió y se despidió con una leve reverencia.

Al alejarse, el anciano murmuró en voz baja:—No todos los que parecen débiles lo son.

Algunos simplemente aún no han decidido quién necesitan ser.

El sistema habló después de unos minutos de silencio:«¿Por qué no le preguntaste más?

Parecía saber mucho sobre el cultivo y estaba dispuesto a decirte los entresijos de ello en la vida humana.» Maribel sonrió.—Porque no me interesaba saber más, es solo una persona agradable.

Maribel caminó por el sendero que se extendía entre las viviendas de los discípulos internos.

El aire era fresco y el silencio del amanecer la envolvía.

A veces, el viento traía consigo voces lejanas, risas o el eco de una espada chocando contra otra.

Apretó el pequeño colgante de piedras espirituales que Aether le había dado.

Sentía una calidez tenue emanando de él, una sensación parecida a la de una caricia distante.

«Curioso», murmuró el sistema en su mente.—¿Qué cosa?

—preguntó ella.

«El niño no lo sabe, pero al unir las piedras formó un circuito espiritual incompleto.

Si me lo pidieras podría hacer algunos trucos.» Maribel lo miró con una sonrisa divertida.—Supongo que es un regalo más valioso de lo que pensé.

Pero no quiero alterarlo.

Está bien así.

El sistema no respondió enseguida, y ella aprovechó el silencio para disfrutar del paisaje.

Había aprendido que, cuando el sistema callaba, era porque analizaba algo que prefería no compartir aún.

Más adelante, la ruta se abría hacia el camino principal.

Desde allí podía ver los siete picos de la secta, cada uno envuelto por una ligera neblina que parecía flotar por voluntad propia.

En el más alto, un resplandor dorado del sol cruzaba el cielo como una columna transversal.

Algunos discípulos la observaban desde la distancia con expresión reverente.

—Aún no entiendo por qué todos desean tanto ascender —susurró Maribel—.

Si el cielo es tan brillante, debe doler mirarlo por demasiado tiempo.

«Porque el brillo les promete poder.

Y el poder, libertad.»—¿Eso crees tú?

«No, solo es lo que creen las personas.

Es lo que los humanos durante siglos intentaron demostrar, pero desde el punto de vista del sistema siempre siguen siendo esclavos.»—Entonces me temo que no soy una humana común —respondió con un tono tranquilo, casi burlón—.

No quiero libertad para dominar a nadie, solo para dormir sin que me despierten con gritos de sectas, duelos o decretos absurdos.

El sistema guardó silencio otra vez, pero Maribel sintió algo distinto: una pequeña vibración en el aire, como si una emoción vaga —quizá algo parecido a la risa— se hubiera filtrado en su tono mecánico.

Se sentó en una roca y dejó que el silencio se extendiera.

Había aprendido a disfrutar de esos momentos: eran los únicos en los que el mundo no exigía nada de ella.

«Has estado pensando demasiado», dijo el sistema, su voz resonando como un eco lejano, aparentemente con solo calma en ella.—Quizá —respondió Maribel, sin voltear.

«También podrías meditar.

Tus canales energéticos aún son pequeños en diámetro.» —A veces olvido que no eres humano.

Me respondes con una calma que nadie en este mundo podría mantener.

«La “humanidad” es necesaria para que el humano pueda comprender el cielo», replicó el sistema, sereno.» «Maribel», dijo el sistema tras un largo silencio.—¿Sí?

«Si algún día alcanzas la cúspide del cultivo, ¿Qué harás?» Ella lo pensó un momento antes de responder.—No se, simplemente no puedo imaginarme en ese punto, ni cuánto tiempo me tome, así que no lo se.

El sol se había escondido detrás de las nubes, que avanzaban lentamente, como si tuvieran pereza, llevadas por la brisa de los cielos.

La vista de las montañas frente a ellas era majestuosa; parecía que con solo la mirada se podía tocar todo lo que estaba delante.

Era nítida la diferencia entre lo que se perdía detrás de la montaña y lo que se extendía ante ella, visible, tangible.

La línea entre la cima y el cielo se dispersaba apenas, pero era más clara que nunca.

La calma que sentía Maribel era un bálsamo para su corazón.

Poco a poco, su vida parecía cobrar sentido otra vez.

Quizás, con el paso de los días, lograría deshacerse de ese desagradable sentimiento de vacío que habitaba en su pecho.

Tal vez dejaría de sentirse perdida.

Tal vez, al fin, tendría algo por lo cual vivir que no dependiera de lo externo.

—Quizás se puede decir que soy una mala persona —pensó—.

Después de todo, me estoy aprovechando de este niño para poder llenar mi carencia emocional.

Aunque intento buscar su bienestar, sigue siendo impulsado por motivos egoístas, ¿no?

Entonces… ¿realmente soy una buena persona?

—La bondad y la maldad no pueden ser medidas por usted misma —respondió el sistema, con voz serena—.

Solo las reglas del universo, y solo las reglas del cielo, pueden decidir.

La verdadera maldad y la verdadera bondad están fuera del juicio humano.

Solo pueden ser medidas por el corazón, y solo pueden ser comprendidas mediante leyes que están más allá del alcance de los mortales.

Maribel suspiró.—Sabes que eso no responde a mi ansiedad, ¿verdad?

Después de todo, ¿Qué sé yo de las reglas del universo?

Además, si el universo decide que soy una mala persona… aun así seguiré pensando que puedo ser una buena persona.

—Las leyes del universo no pueden ser dichas —contestó el sistema—.

No revelaré secretos celestiales.

Sin embargo, las leyes de los grandes dioses fueron adaptadas para que los humanos pudieran vislumbrar un reflejo de esas verdades.

De otro modo, solo podrían aprenderse mediante la iluminación.

Enseñarlas directamente impediría el aprendizaje.

—¿Y qué pasará una vez que lo entienda?

—preguntó ella con un dejo de ironía—.

¿Alcanzaré algún tipo de nivel alto?

¿Seré uno con el universo… o alguna tontería como esa?

—No.

Lo dicho en el sentido que interpreta la anfitriona es demasiado bajo.

La iluminación que entiendes está demasiado alejada de la verdad.

La verdadera iluminación se encuentra más allá de tu comprensión actual.

No intentes dar palabras humanas a las leyes del cielo.

Maribel guardó silencio.

El viento movía su cabello como si quisiera borrar su inquietud.

—Maribel —llamó el niño de pronto—, ¿Qué hay más allá de las montañas?—No lo sé —respondió ella, mirando el horizonte—.

Puede haber más ciudades… o puede no haber nada.

Quizá solo lo sabremos el día que vayamos.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Dejaron reflexionando no solo al niño, sino también a Maribel.

Aquella respuesta, tan simple, no calmaba la curiosidad de Aether.

Entonces comprendió que ella y el niño hacían la misma pregunta pero en diferente contexto.

—¿Por qué preguntas?

—inquirió Maribel.—Es simplemente… que me dio curiosidad.

Resulta que nunca había conocido nada más que a mi mamá… o a mi papá y sus amigos.

Y también el bosque al que escapé por tanto tiempo, y el lugar donde estaba mi aldea.

Maribel se dio cuenta de que había pasado por alto algo importante: nunca se había preguntado cómo entendía el niño el mundo.

Sabía que comprendía algo del espacio, sí, pero… ¿Cuánto realmente había visto?

El sol, filtrado por una ligera niebla, proyectaba destellos dorados sobre las hojas.

Parecía que el mundo indicaba que ya eran cerca de las cinco de la tarde.

Pronto tendrían que cazar para la cena.

Ese momento tan sereno, gobernado por la calma, pronto sería interrumpido.

En su lugar, llegaría la prisa… y la desesperación.

Aunque Maribel había vivido en calma, en realidad no lo estaba.

No solo por el entorno caótico de aquellos días, sino también por las personas, por los animales que sacrificaban, por las plantas que se cosechaban y las que se secaban, por los árboles que se talaban y los que resistían los enfrentamientos diarios entre cultivadores poderosos.

Como ex médica, estaba acostumbrada a la idea de la muerte.

Pero nunca así.

Era como estar en un campo de guerra y solo poder salvar a unos cuantos.

Ver cómo una multitud muere a cada instante.

Incluso los insectos que se arrastraban por el suelo, los que eran devorados por las hormigas… todos los sentía y…

aunque no como propio, notaba cuando sus vida simplemente desaparecían.

Al final, solo pudo pedirle al sistema que bloqueara esa habilidad.

Pero incluso sin sentirlo, seguía siendo consciente de lo que hacía.

Tal como cuando mató a aquella serpiente: había sentido, en carne propia, como si ella misma muriera junto a su enemigo.

—Cada forma de vida en este universo tiene su ambiente propio —dijo el sistema con calma—.

Uno no puede dejar de comer, ni dejar de respirar, ni dejar de dormir.

No puedes ocuparte de cada pequeña cosa, Maribel.

Pero si puedes hacer las cosas bien en tu propio nivel, entonces hazlo.

Maribel lo escuchó y luego miró al niño, preguntándose si realmente hacía las cosas bien.

Después de todo, suponía que, si no hubiera llegado a este mundo, el niño nunca la habría encontrado.

¿Eso no cambiaba el curso original de las cosas?

—Tu llegada cambió el destino —respondió el sistema—.

Sin embargo, no habías habilitado la interfaz de comunicación en ese momento.

Así que simplemente no avisé.

No queriendo desperdiciar el tiempo, Maribel dejó para después las charlas ociosas.

Por muy importantes que fueran las cuestiones del alma, ahora debía atender algo más urgente: la comida.

Maribel se levantó.

Sus piernas estaban adoloridas.

Por algún motivo, cada vez que cultivaba, el sistema regresaba su cuerpo al nivel de un mortal.

Aunque sus sentidos no cambiaban, su cuerpo seguía siendo el mismo que aquella noche en el hospital.

—Así que las cosas crecen hacia adentro —dijo, mirando el sol tocar las montañas—.

Pero hoy… siento que mis sentidos se expresan hacia afuera.

—La afirmación de la anfitriona es correcta —replicó el sistema—.

Sin embargo, es de nivel muy bajo.

Necesitas ver las cosas de manera más amplia.

No se concederá habilidad alguna.

—Una lástima —respondió ella, estirándose—.

Pero al menos esta vez acerté con una afirmación correcta.

En realidad, empiezo a preguntarme… ¿existirá acaso alguna frase para explicar esto?

—La frase está dicha.

No importa cómo la cambies: no es la frase, ni la redacción.

Es el entendimiento.

Incluso si cambias las palabras, la verdad sigue siendo la misma.

Y esa verdad es que las cosas que crecen hacia adentro, sean materiales o no, también crecen hacia afuera.

Nada es estático.

Incluso el universo se mueve y gira.

Entonces, todo crecerá hacia adentro, y todo crecerá hacia afuera.

Las palabras del sistema no están dichas para reinterpretar, sino para entender.

Maribel se enfurruñó un poco.—Algo me dice que, si quisieras, simplemente podrías hacerme entender.—No pienso romper las reglas del cielo.

Si quieres entender, será mediante tu propio libre albedrío, no por imposición.

Unas horas después, la noche ya había caído.

Maribel solo se encargaría de lo que debía hacer: comer, dormir… y vivir un día más.

La brisa nocturna levantó su cabello.

En el cielo, las estrellas parecían titilar al compás de su respiración.

El colgante de piedras espirituales emitía un leve resplandor, y el lobezno dormía a su lado, enroscado como una sombra.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Lux_Foti Ayuda…

me volví loco al escribir esto :,v

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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