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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 ¿Por qué una avestruz
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17: ¿Por qué una avestruz?

17: ¿Por qué una avestruz?

En la vida, pocas cosas seguían interesándole a Maribel.

Una de ellas, por supuesto, era su nivel actual de cultivo; la otra, los rumores que llegaban del lado sur del Reino.

Se decía que hordas de demonios atacaban las aldeas, pero nadie lo sabía con certeza.

Todo lugar por donde pasaban quedaba aniquilado, sin un solo sobreviviente.

—Realmente el destino me protegió al haber ido hacia el este —murmuró, mirando el horizonte.

Pronto, los tableros de misiones comenzaron a llenarse de solicitudes.

—¿Me estás pidiendo refuerzos para proteger ciertas zonas de las ciudades?

—reclamó un cultivador, visiblemente molesto.

Eran ciudades apartadas, lejos del norte donde ellos se encontraban.

Aun así, de vez en cuando llegaban informes sobre bestias mutadas: primero una especie, luego otra completamente distinta.

Los discípulos internos solían encargarse de las misiones más peligrosas, las relacionadas con el combate.

Por eso, Maribel no tuvo más opción que aceptar una.

De todos modos, ya acostumbraba salir a cazar, así que pensó que no estaría mal hacerlo con una excusa oficial.

Aunque, si era sincera consigo misma, lo que realmente quería era tener una historia que contar.

Quizás era por la atmósfera del lugar, las personas, o las leyendas… pero en ese mundo, pocas cosas resultaban entretenidas.

No había tecnología como en su vida anterior: ni videos, ni novelas, ni nada.

Allí, los admirados eran los que sabían blandir mejor el cuchillo.

Así que, en el fondo, sentía el impulso de aventurarse en una de esas historias épicas.

No hacía falta decir a quién iría a buscar: había una chica con un espíritu de aventura incluso más grande que el suyo.

—Toc, toc.— Cuando Maribel estaba por marcharse, después de haber llamado y esperado varios minutos, la puerta por fin se abrió.

—¿Quién es?…

Oh, qué sorpresa que me vengas a buscar.

La primera vez fue porque necesitabas algo de mí.

¿Así que puedo asumir que es así otra vez?

—dijo Amara con una media sonrisa.

—No sé qué clase de persona crees que soy, pero… tienes razón —respondió Maribel, devolviéndole el tono—.

Quiero algo de ti: acompáñame a cazar las bestias salvajes del tablero de misiones.

Amara parpadeó, desconcertada.

No esperaba que la reservada Maribel tomara la iniciativa.

—¿Por qué?

Pensé que preferías la tranquilidad de estas montañas.

Maribel sonrió.

—Alguien me dijo que, si puedo hacer las cosas bien en mi nivel, entonces lo haga.

Y justo esas bestias espirituales están alborotadas y matan gente… así que ayudarlas está dentro de mi nivel, ¿no?

Amara soltó una risa suave.

No se la creyó ni un poco.

Sabía que lo que Maribel realmente quería era salir de aventura.

En los últimos meses, Amara había pasado de ser una simple mortal a una refinadora de qi de décimo grado.

Estaba a un paso de un gran avance, pero, sinceramente, lo que más le importaba era vivir experiencias.

¿De qué servía alcanzar la cima si no disfrutaba el camino?

—Está bien, iré contigo.

Pero dime, ¿Qué harás con tu pequeño guardaespaldas?

—preguntó señalando a Aether, que observaba en silencio.

—Por supuesto que lo llevaré —respondió Maribel con naturalidad—.

Aunque no lo creas, me ayudaba a cazar cuando podía.

Incluso logra alcanzarme cuando salgo sola.

—Señaló una montaña a lo lejos—.

Cuando me encuentra cazando, solemos ir a descansar allí.

Amara miró al niño con curiosidad.

—Ya veo… un pequeño depredador.

Los hombres lobo son famosos, ¿sabías?

Dicen que están en la cima de la cadena alimenticia.

—No compares a este lobezno con esos feos de pelaje tieso —replicó Maribel frunciendo el ceño—.

Te aseguro que nadie tiene un sentido de orientación mejor que el suyo.

Amara sonrió divertida.

—Entonces, que los enemigos no nos vean venir.

Por cierto, ¿aún practicas esa técnica rara que te permite sellar tu cultivo?

Maribel sonrió con ironía.

—¿Cuál sello?

Eso solo parece un sello.

Tú misma lo dijiste: que los enemigos no nos vean venir.

Amara abrió los ojos de par en par.

Esa técnica era monstruosa.

Si el enemigo pensaba que su cultivo estaba sellado, la subestimaría… y no viviría para contarlo.

—Por cierto, ¿en qué nivel estás?

—preguntó con curiosidad.

—Ni idea —respondió Maribel sin rodeos—.

No puedo saberlo con exactitud porque el sello lo oculta, pero ya entré en Fundación Dorada.

—¿Qué?

—Amara tosió—.

¡Y yo que pensaba haberte alcanzado!

Con todo lo que la secta ha invertido en mí… Bueno, estoy a punto de llegar a un gran avance, así que ya estoy cerca de atraparte.

Aether la miró con una sonrisa tranquila.

—No te preocupes.

Nosotros empezamos antes que tú.

El comentario resonó como una provocación, aunque viniera de un niño…

no, precisamente porque venía de un niño que no debería poder cultivarse.

Amara suspiró, obligándose a aceptar la realidad.

—Sí, es verdad… ustedes empezaron antes.

Guardó silencio un momento, luego preguntó: —Bueno, ahora tengo una duda.

¿Crees que Sofía y Richard querrán venir?

Aunque pensándolo bien… también tengo otra: ¿la secta siquiera nos dejaría salir?

Tengo entendido que ustedes tres son prodigios que los ejecutivos aprecian.

Amara alzó una ceja.

—¿De dónde sacaste eso?

—Deducciones —respondió Maribel, encogiéndose de hombros—.

Encontré un pergamino que quemé después.

Era de un envidioso que se quejaba de tres “genios” que alcanzaron el refinamiento de qi en poco tiempo gracias explotar a los recursos de la secta.

Afirmaba que él era el verdadero número uno.

Amara hizo una mueca de desagrado.

—Típico.

Siempre me cayó mal ese estúpido.

—Toc, toc.—Una conversación distinta ocurrió con Sofía.

Ella abrió la puerta medio dormida, con el cabello despeinado y un bostezo que podía espantar demonios.

—Uf… Bueno, supongo que no está mal ganar algo de experiencia —dijo sin mucho interés—.

Pero no me gusta ir a entregar el cuello para que me maten, así que solo llámenme si consiguen a alguien que haga de guía.

Les cerró la puerta sin más contemplaciones, rompiendo las expectativas de ambas.

Maribel se quedó mirando la madera frente a ella, sin saber si enojarse o suspirar.

Quiso criticarla por su falta de iniciativa, pero su mente le recordaba que, en realidad, entendía su razonamiento.

Su corazón, sin embargo, no sabía de razones.

—Dejar a sus compañeros ir solos… qué poca camaradería —murmuró Maribel.

Luego añadió en voz más baja—.

Además, le salvé la vida.

Amara la miró de reojo, sin decir nada al principio.

Sabía lo que su amiga pensaba.

Maribel no se sentía del todo cómoda hablando de eso, porque en realidad no sentía que había sido una “hazaña heroica” como para presumirla, ahora que entendía mejor sus poderes sabía que incluso pudo salvar a muchos más.

Siete hombres se encargaron de eliminar a los captores, y otros tres las protegieron.

Pero aún así, si no fuera por Maribel, esos siete no habrían logrado ni la cuarta parte de lo que hicieron.

—Es verdad —dijo finalmente Amara, cruzándose de brazos—.

Sin ti ya estaríamos muertas.

Deberíamos hacérselo saber… a ver si así le da un poco de conciencia y nos acompaña.

Maribel se sonrojó.

—No digas eso.

Sonaría como si le estuviéramos echando en cara los favores que no pidió.

“Ya te salvé la vida, así que eres mía”, ¿no te parece horrible?

no sabría como mirarla a la cara.

Amara soltó una risa leve.

—Bueno, visto así… sí, suena mal.

Pero aún así ella tiene una deuda y deberá cumplir.

Ya sabes como es, solo te deshonras si te atrapan siendo deshonesto, entonces incluso si ella no apoya le haré pasar por lo mismo que nosotras, tomando tu palabra por supuesto.

Así ella paga su deuda, aunque sea en palabras.

—Mira —continuó Maribel, suspirando—, creo que ella tiene un punto.

Sería mejor si encontramos a un anciano o un discípulo mayor dispuesto a acompañarnos.

Nuestra experiencia de combate real es poca.

Yo puedo arreglármelas si se trata de bestias, pero nunca he estado en una pelea con tanta gente a mi lado, ni eh peleado con demonios si acaso aparecen.

Amara asintió, más seria.

Ambas sabían que fuera de los muros de la secta, el mundo no tenía piedad.

—Si tenemos suerte, encontraremos a alguien dispuesto a ayudarnos —dijo Maribel tras unos segundos de silencio—.

Pero no vale la pena arriesgar nuestras vidas.

Solo quiero aventuras… no escapar de la muerte.

Amara sonrió, divertida por su honestidad.

—Eso suena a plan.

Aventuras, pero con regreso asegurado.

Y sin Sofía.

Maribel asintió.

—Exacto.

Espera ¿Sin Sofía?

«Bueno, no es que me importe si ella no va.

Pensaba ir entre solo las dos de cualquier manera.» Y con eso, ambas pusieron rumbo hacia la zona de residencia masculina.

—Toc, toc.—Richard abrió la puerta y vio afuera a un sirviente que se inclinó con respeto.

—Dos damas lo buscan, joven maestro —anunció, antes de marcharse con otra reverencia.

Richard alzó una ceja.

Era temprano para recibir visitas.

Caminó hasta la entrada esperando ver a Sofía, pero, para su sorpresa, quienes estaban allí eran Maribel y Amara.

—¿Hola?

Pareces muy sorprendido… —dijo Amara, divertida.

—Es que… bueno, no es nada.

¿Qué las trae por aquí?

—respondió él, tratando de mantener la compostura.

—Queremos salir de aventura —dijo Amara sin rodeos, cortando cualquier explicación que Maribel pudiera dar.

—Ah, ¿otra de tus locuras?

—Richard la miró con una mezcla de cansancio y resignación, luego se volvió hacia Maribel—.

No tienes que seguirle el juego si no quieres.

Ambas mujeres se miraron y soltaron una risa al mismo tiempo.

—En realidad, yo se lo pedí —dijo Maribel, divertida—.

Hay informes de bestias salvajes atacando.

Escuché que están causando problemas a la gente.

Richard arqueó una ceja.

—¿Solo por eso?

Podrías quedarte tranquila aquí, ¿sabes?

—¿Solo por eso?

Claro que no —replicó Maribel con una sonrisa traviesa—.

Quiero salir, ver qué hay más allá de las montañas… y llevar a mi lobezno conmigo.

—Señaló a Aether, que observaba desde un costado.

—Así que la misión es una excusa —comentó Richard con media sonrisa.

—No exactamente —replicó Maribel—.

Realmente quiero acabar con esas bestias, pero también lo considero un viaje para Aether.

Evaluaré el peligro, y si es demasiado, lo dejaré en la ciudad cuando salgamos a cazar.

Aunque no lo creas, es muy bueno ocultando que es un lobo.

Aether, sin perder el ritmo, agregó: —Cuando Maribel se dio cuenta la primera vez, estuvo casi todo el día con la boca abierta.

Maribel agachó la cabeza, apenada.

En ese entonces, ni siquiera sabía que existían los semihumanos, elfos o enanos.

Ahora que lo sabía, se daba cuenta de que eran más comunes de lo que imaginaba, aunque la mayoría había sido cazada o expulsada del reino por órdenes del rey.

—Aun así, podrían descubrirlo —dijo Richard con tono serio—.

Si le quitan la capucha o notan la cola, lo sabrán.

Aunque dudo que la gente común pueda hacerle daño, hay magos que, sin cultivar, pueden usar técnicas para lastimarlo.

—No te preocupes —dijo Aether con una sonrisa misteriosa—.

Papá me enseñó algo.

Los dos adultos se giraron al unísono hacia Maribel.

—¿Qué?

—preguntó ella, sospechando.

—Nada —respondieron ambos al mismo tiempo.

De pronto, las orejas y la cola del niño desaparecieron.

Claro que aún debía usar capucha o dejar caer su cabello, porque no tenía orejas humanas.

—¡Guau!

—exclamó Amara, genuinamente impresionada—.

Eso es lo más convincente que he visto.

—Papá dice que en el futuro podré convertirme en lo que sea —dijo Aether con orgullo.

—¿En lo que sea?

—repitió Richard, entre curioso y divertido.

—Sí.

Dijo que incluso puedo ser una fruta o una mota de polvo si llego a cultivarme lo suficiente.

Los tres adultos se quedaron en silencio.

—Bueno… —dijo Amara con una sonrisa tensa—, si lo dice así, debe de ser cierto.

Maribel se encogió de hombros.

—No es broma.

Yo misma vi cosas que creí imposibles.

Una vez me hizo alucinar que hablaba conmigo misma en el reflejo de un estanque bajo la luna.

Amara arqueó una ceja y soltó una risa pícara.

—Amiga, no necesitas presumir que tuviste un… “compañero” tan espectacular que incluso te hacía escucha a tu reflejo junto al estanque.

Aether frunció el ceño, sin entender.

—¿De qué hablan?

Maribel se sonrojó violentamente.

—¡No!

¡De verdad hablé con mi reflejo!

—Ah, sí, claro… “hablar con el reflejo” —repitió Amara con tono burlón—.

Eso suena muy… “espiritual”.

—¡Amara!

—protestó Maribel —¿Podrías pensar en el niño?

—Oh claro, ¿Cómo arreglaste para con el niño?

¿Va afuera o adentro?

Aether pensaba que él se quedaría sin era muy peligroso, así que no entendía porqué volvían a sacar el tema.

Richard solo se reía a un costado, disfrutando el espectáculo.

Poco después, tres adultos y un lobezno caminaban hacia el salón de misiones, conocido como Aventuras.

Cada pico tenía su propio pabellón, así que no tuvieron que desplazarse mucho.

—Así que… ¿quieren morir?

—preguntó un anciano de la secta, mirándolos con incredulidad al escuchar su solicitud.

—Claro que no —replicó Richard con calma—.

No iremos solos.

Buscamos a un anciano o a un discípulo mayor que nos guíe.

El viejo los observó en silencio.

Dos mujeres, un hombre y un semihumano.

En condiciones normales no habría problema, pero ese niño… era el famoso pequeño que cultivaba cuando nadie de su edad podría hacerlo.

Además, dos de los jóvenes eran considerado un talento prometedor, y la mujer… bueno, probablemente la sirviente del lobezno.

Desde que los cielos abandonaron a los mortales de este mundo y la división entre mundos empezó a fracturarse, no habían aparecido grandes genios regularmente, ninguna raíz celestial.

Si algo les pasaba, ni cien vidas pagarían la deuda con la secta.

Entonces, una voz tranquila interrumpió sus pensamientos.

—Déjalos ir —dijo un hombre de cabello gris y barba corta.

El anciano lo miró, confundido.

No lo reconocía, pero Maribel sí.

—Yo los acompañaré —añadió el recién llegado—.

Hace tiempo que no salgo de la secta, y… la verdad, tengo algunas cosas que investigar fuera.

—¿Con qué autoridad dice eso?

—preguntó el recepcionista, frunciendo el ceño.

El hombre parecía tener poco más de treinta años.

El anciano sonrió.

—Con la autoridad del maestro del Pico Espiritual de la Luna Reflejada.

El recepcionista casi se atraganta con su propia saliva.

—¿E–el maestro del Pico Espiritual de la Luna Reflejada?

—repitió el anciano, tartamudeando.

—El mismo —respondió el hombre, sonriendo con calma—.

Y tengo autoridad suficiente para sacar a estos cuatro a entrenar fuera de la secta.

El recepcionista tragó saliva y asintió rápidamente.

—C-claro, maestro… por supuesto.

—Maestro soberano de las hierbas secas… —susurró Maribel, reconociéndolo —.

No sabía que usted rondaba aquí.

—No suelo aparecer mucho en estos lugares —respondió él con serenidad—.

Pero escuché tu nombre en el viento, pequeña.

Y cuando el viento me habla, suelo escucharlo.

Llámame Nadir.

Amara le dijo directamente: —Qué forma tan rara de decir “me dio curiosidad y quise ver qué tramaban”.

Richard se quedó frío con esa osadía, incluso Amara.

Nadir no pareció ofenderse.

—Tienen buen espíritu.

Eso me gusta.

Partiremos mañana al amanecer volando en un ave.

—¿Tan pronto?

—preguntó Maribel, sorprendida.

—Las oportunidades no esperan —respondió él, dándose la vuelta—.

Y tampoco las bestias.

El amanecer siguiente trajo consigo un cielo teñido de dorado.

El aire era fresco, y el murmullo de los discípulos matinales llenaba los patios.

Frente al grupo, una enorme bestia alada esperaba impaciente.

Sus plumas tenían un brillo metálico, y cada vez que movía las alas, una ráfaga de viento sacudía el polvo del suelo.

—¿Vamos a volar en eso?

—preguntó Amara, retrocediendo un paso.

—¿Tienes miedo?

—bromeó Richard.

—No.

Solo… respeto.

Bastante respeto.

—Amara tragó saliva mientras observaba el tamaño de las garras.

Aether, en cambio, estaba encantado.

—¡Quiero subir adelante!

El ave giró la cabeza, como si entendiera, y soltó un graznido profundo que hizo eco por todo el valle.

—Tranquilo, pequeño —dijo Nadir, posando una mano sobre el pico del ave—.

No lo molestes, o podrías convertirte en su desayuno.

Aether sonrió nervioso, pero no se movió ni un paso atrás.

—Maestro Nadir, ¿a dónde iremos exactamente?

—preguntó Maribel mientras el viento agitaba su capa prestada.

—Hacia el sur —respondió él, con la vista puesta en el horizonte—.

Donde los rumores nacen y los demonios no duermen.

El ave extendió sus alas con un estruendo.

Maribel sintió cómo el corazón le latía más rápido.

No estaba segura de esto, en su corazón solo se preguntaba si esa ave volaría realmente.

—Prepárense —ordenó Nadir, subiendo de un salto sobre la bestia.

Richard ayudó a Amara a subir, mientras Maribel levantaba a Aether y lo acomodaba frente a ella.

El ave dio un salto poderoso y se elevó entre corrientes de aire dorado.

Debajo de ellos, la secta se hacía pequeña, envuelta en neblina y luz.

Amara gritó, mitad por miedo, mitad por emoción.

Richard reía a carcajadas.

Aether agitaba los brazos, encantado.

Y Maribel…

bueno, Maribel sentía que iba a desmayarse.

Si la turbulencia de un avión ya le aterraba solo de imaginarla, ahora prefería mil veces un vuelo con aire acondicionado antes que esto.

«¿Por qué…?

¿Por qué una avestruz?

¡Estas cosas no se supone que vuelen!» —El mundo está desviado, anfitriona.

Muchas cosas que no deberían estar en un lugar…

están ahí.

La voz del sistema resonó en su mente, una sensación que no se mostraba en su voz se le compartió: El sistema se divertía.

Maribel cerró los ojos, apretó los dientes y se agarró más fuerte del plumaje brillante.

Definitivamente, no estaba preparada para volar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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