Sistema de Evolución Universal - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Un día que casi fue distinto
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2: Un día que casi fue distinto 2: Un día que casi fue distinto 3AM Maribel seguía mirando el techo del hospital.
Ella seguía recordando qué le llevó a esto, mirando el techo del hospital, el día había sido ajetreado…
como nunca de hecho…
casi como si Dios mismo estuviera jugándole una broma extremadamente mala.
Ya no sabía si el frío era por su presión arterial o porque solo comió en la cena, pero si sabía que incluso si intentaba no podría calmarse —¿Por qué diablos tengo tanto frío?, El día había sido una sucesión de decisiones que no había elegido del todo.
El frío la atravesaba.
Sus labios temblaban, en parte por el frío, en parte por impotencia.
—Ojalá tuviera a alguien con quien quejarme ahora mismo —susurró.
Se abrazó a sí misma.
Había aceptado el turno.
Había aceptado la responsabilidad.
Había aceptado quedarse.
Y aun así, no podía dejar de pensar: — Realmente, REALMENTE, de veras y te juro…
¡Quisiera poder irme ya!
Se abrazó a si misma y tembló un poco Sostenía una carpeta con expedientes.
La punta de sus dedos estaba entumecida.
Se frotó los brazos, pero el aire seguía siendo seco e indiferente.
Sus labios temblaban, por el frío y por la impotencia.
La paciente detrás de la puerta no mejoraba.
Demasiado joven.
Respiración superficial.
Una voz quebrada llamando a alguien.
No había más médicos disponibles.
No había tiempo.
No había opción.
«Otra vez yo».
—Podrías irte —se dijo—.
Nadie te lo impediría.
Era cierto.
Podía dejar el expediente y desaparecer.
Pero no lo hizo.
No porque fuera buena.
No porque quisiera.
Sino porque era incapaz de abandonar.
La culpa era peor que el cansancio.
Peor que el dolor.
En la sala de descanso, su celular vibró.
Lo miró sin emoción.
Supo lo que era antes de leerlo.
[Mensaje: Mamá] ¿Vas a venir hoy?
Dijiste que sí.
Ya son casi las 20 horas aquí.
Maribel apoyó la frente contra la pared.
Hoy era el día.
El día en que debía ver a sus padres.
Habían hecho planes.
Ropa lista desde la noche anterior.
La esperaban.
Y ella… Ella estaba aquí.
Se quedó mirando el mensaje largo rato.
Luego respondió: «Lo siento.
Hoy no puedo.
Me necesitan aquí».
Tres segundos después llegó la respuesta: «Claro.
Está bien».
Pero no estaba bien.
Y ambas lo sabían.
Maribel guardó el teléfono.
Sin darse cuenta comenzó a rememorar lo sucedido.
La calidez de la mañana, ese sueño ligero en el pecho, parecía ahora un recuerdo de otra vida.
Respiró hondo.
La habían llamado desde temprano, en su día libre.
Y no había sabido decir que no, no porque fuera imprescindible, sino porque la idea de negarse le producía más culpa que quedarse.
Miriam se había ausentado y nadie quiso asumir la responsabilidad de una paciente que, según todos, moriría pronto.
Solo después Maribel entendió en qué se había metido.
«La paciente de la cama A6 quizá no sobreviva… no, es casi seguro que ya está muerta mientras pienso esto».
Había querido irse tras el tratamiento inicial, pero empezaron a llegar más personas.
No podía dejar a nadie a su suerte.
Estaba suplantando a una compañera.
Moralmente, no podía irse.
12:30 p.
m.
Cuando por fin iba a comer, un amigo de la universidad la encontró y la invitó a un restaurante.
El lugar era amplio, construido sobre la montaña, con una vista abierta al valle.
El aire corría libre y el calor se volvía más llevadero allí arriba.
Era un sitio bonito.
Demasiado bonito para el día que llevaba.
Maribel se sentó sin entusiasmo.
—Se supone que la comida ya debería estar lista cuando llega la gente —murmuró, mirando alrededor.
—Depende del lugar —respondió él—.
Algunos empiezan a cocinar cuando pides.
Espero que no tarden, luego tengo que irme.
—¿A dónde?
—preguntó ella, sin demasiado interés—.
Con este calor, salir otra vez debería ser ilegal.
Él sonrió.
—Tengo una cita.
Maribel negó con la cabeza.
—Siempre supe que terminarías así.
—Estás de mal humor —dijo él, observándola con atención—.
No sueles quejarte tanto.
Ella no respondió de inmediato.
—No es por ti —dijo al final—.
Estoy estresada.
—¿Por qué?
Maribel dudó.
Luego, suspiró.
—¿Sabes cómo está la paciente de la cama A6?
Él negó.
—Cáncer hepático.
Infección severa.
SIRS.
Está en hemodiálisis —dijo sin rodeos—.
Podría estar muerta ahora mismo.
Su amigo dejó de sonreír.
—¿No lo sabías antes?
—Solo sabía de la sepsis.
El silencio se instaló entre ambos.
—Si lo hubieras sabido, no habrías aceptado —dijo él.
—No —respondió Maribel—.
Pero me llamaron igual.
Pasó el tiempo.
La comida no llegó.
Su amigo miró el reloj, incómodo.
—Tengo que irme —dijo—.
Lo siento.
Maribel asintió.
Lo vio levantarse y alejarse entre las mesas.
La silla frente a ella quedó vacía.
El murmullo del restaurante se volvió ajeno, distante.
Cuando finalmente preguntó por su pedido, le dijeron que se había perdido.
No discutió.
Se levantó y regresó al hospital.
Al regresar no le quisieron dar una comida, pues no era su día laboral, así que tomó sus cosas y se dispuso a irse a casa cuando vio a un estudiante en rotación, recordando sus días de estudiante le echó una mirada de lejos antes de marcharse, cuando observó que el muchacho se puso tenso y no se movía, con la mano del paciente de la cama B24.
De un vistazo al monitor ella supo qué pasaba, vino por detrás y le tendió un abraso ligero al chico, sus hombros temblaban y los sollozos no esperaron más.
Maribel salió de su ensueño cuando sintió el mundo moverse en un ángulo imposible, instintivamente levantó la cabeza.
—Uff…
—Se frotó los ojos y bostezó— Camina, Maribel… no te duermas —se ordenó, sin saber si era disciplina o castigo.
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