Sistema de Evolución Universal - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Rey dragón rojo
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20: Rey dragón rojo 20: Rey dragón rojo Tiempo atrás, el Palacio del Dragón Rojo se alzaba sobre una ciudad dormida.
Desde los balcones más altos, el Rey observaba las luces de las torres imperiales reflejarse en los canales del Espejo Carmesí.
El aire olía a hierro y lluvia próxima.
Los ministros aguardaban a la distancia, temiendo interrumpir el silencio del trono.
En el centro del salón, una sola vela permanecía encendida, iluminando los documentos imperiales con un resplandor amarillo.
Cada decreto, cada orden de caza, cada nombre tachado… era un intento de desfogar una ira que no tenía a dónde más apuntar.
El Emperador Drakar Kaelmir, llamado por todos como el Dragón Rojo, permanecía inmóvil.
La máscara de jade que usaba para las audiencias ocultaba el temblor leve en su mandíbula.
Su mirada, fija en la piedra roja que reposaba sobre un pedestal, era la de un hombre que no aceptaba el juicio de los cielos.
«Dicen que fue ella quien lo invocó… que el demonio respondió a su canto, que su corazón había cambiado» —Habladurías.
Eso se decía en los templos, en los clanes, en los salones donde los cultivadores susurraban entre copas de té y miedo, rumores que no se sabe quién inició, porque en algún momento la gente empezó a correr la voz sin un inicio claro.
Pero Drakar no creía.
No podía creer, esa no era la Vireya que él conoce.
Para él, Vireya no había sido la causa del desastre, sino una víctima.
Una pieza arrancada del tablero por las manos que ahora manipulaban al Consejo, quienes eran los únicos capaces de hacer algo así sin dejar rastro.
Un tiempo tras su desaparición, su esencia de qi fue hallada entre los campos de batalla de algunas ciudades atacadas por monstruos, habían sido interpretadas como un signo de traición.
Pero el Rey sabía que ese tipo de energía no podía nacer del alma de su esposa.
El qi de Vireya era luz, no corrupción.
Su cultivo del alma era uno de resplandor y pureza.
—Ella era la más sabia que conocí y siempre se preocupaba por el mundo.
Por años, fue reconocida como la cultivadora más pura del dominio occidental, una maestra de la introspección espiritual…
«Si fue usada… entonces aún queda algo de ella allí,» pensó.
«Y si fue usada, alguien deberá pagar el precio.» Esa fue la noche en que decretó el primer Edicto Carmesí, la primera orden de purga contra las madrigueras de bestias aledañas a las ciudades.
No por justicia.
No por fe.
Sino por rabia.
En aquellos años, la purga aún tenía forma.
Las órdenes se cambiaron pero eran precisas: vampiros, hombres lobo, minotauros y toda criatura que usara la noche como refugio tendría días para dejar el Reyno.
No se hablaba aún de exterminio, sino de “depuración contra herejes”.
El pueblo aceptaba esa palabra con calma; pero pronto escuchaban rumores de demonios que desaparecían personas, algunos dementes afirmaban ver que el mundo se partía y que un pelotón de magos lo cosía.
Drakar firmaba cada decreto con mano firme.
No sentía culpa, pero tampoco victoria.
Cada nombre borrado del registro imperial era un intento por borrar su impotencia por no encontrar a su esposa.
Él también estaba investigando al consejo, había perseguido los rumores y chismes que difamaban a la emperatriz de las mil lágrimas por mucho tiempo, pero los resultados siempre indicaban a una entidad fantasmal que desaparecía en la nada cuando estaba cerca de encontrarla, solo para volver a buscar en otro lugar y repetir el proceso.
Pronto el consejo de las voces del universo comenzó a informas de la aparición de grietas, de donde corrupción se infiltraba.
__________________________________________ Una tarde un mensajero del Consejo de la Voz del universo llegó a su palacio.
—Por generaciones crecimos temiendo este día…
—Suspiró Drakar — Por generaciones…
¿Pero me tenía que caer a mi?, incluso mis antepasados habían dejado de creer en esto —Drakar sentía que encaraba el apocalipsis.
—¿Majestad…?
—Preguntó el mensajero del consejo —¿Se siente bien?
Drakar estaba pálido, con la respiración agitada y sudando de temor, incluso un alma naciente tiembla, así que los de abajo deberían preocuparse.
—Llama al equipo de investigación, diles que la era de la incursión a llegado.
Los murmullos en la sala no dejaron de sonar, muchos incrédulos incluso querían levantar la voz para concentrarse en cosas importantes, no en profecías de la antigüedad que los ancestros usaban para asustar a sus hijos.
—Mis disculpas su majestad, pero por años muchos sabios coincidieron en que la teoría de la incursión es falsa, los hallazgos demostraron el rasgo evolutivo de todas las especies y se declaró que esa es la razón de tanta variabilidad en el mundo.
El Rey lo miró, sus ojos lo retaban a continuar dudando de él, para ver si valoraba más su vida o su creencia.
El hombre se quedó en silencio, nadie quería enfadar al Rey desde que la Reyna Vireya desapareció, no sería la primera vez que mata a alguien con sus propias manos, pero si la primera vez que mata a un funcionario y nadie quería ser ese primero.
—Esto fue enviado por el consejo de la voz del universo, este asunto es oficial y es un secreto de estado, los representantes de los mayores gremios de magos del dominio humano del espejo deben acudir a mi en tres días.
Sus investigaciones en el funcionamiento de la magia y su manipulación son…
las únicas que pueden salvarnos, como mínimo ganar tiempo hasta que el consejo haga algo.— Drakar miró a los escribas con autoridad— ¿Entendieron?
—Si mi Rey— Respondieron poniéndose firmes y sacando los papeles.
—Entonces anoten mis palabras y envíenlos a los principales gremios de estudios mágicos, no permitiré que miles de humanos mueran para que unos pocos caigan en un mundo desconocido.
¡No toleraré el ocio cuando nuestro maldito mundo se va a acabar!.
La movilización pronto incluyó a los líderes de secta para suministrar de poder a las enormes e intrincadas formaciones de poder, muchas veces cerraban una fisura pero simplemente aparecía otra en menos de un mes, los maestros de secta empezaron a trabajar sin descanso por turnos y cuando uno salía no hacía más que reponer fuerzas en meditación hasta que volvía a ser su turno de trabajar.
—Mi señor…
la movilización de tantos magos llama la atención de la gente, no podremos mantener todo esto en secreto a este ritmo.
—*Tsk* ¿Si pudiera movilizar a los cultivadores crees que no lo haría?
—Drakar tenía las manos temblorosas y no había mucha más energía en él, necesitaría un descanso pronto.
—Si tan solo usted hablara…
más abiertamente del tema con los Reinos vecinos…
podríamos recibir ayuda externa de los otros dominios.
—¿Te estás escuchando?
Yo soy quien los quiere fuera de mi territorio, no podemos arriesgarnos a que las criaturas de la noche hagan algún boicot.—Drakar se puso de pie y acusó al consejero — En mi Reino todas las cosas serán puras, incluso la naturaleza debe ser adorada y como tal ni las hierbas secas deberán quemarse, porque para eso está la madera.
El nuevo cielo que proclamo tiene la pureza como ley y a mi como bastión, yo la gobierno y yo digo lo que está bien y lo que está mal, no tú— Drakar estiró los brazos como para abrasar el interior de su castillo, respiró el aire y dijo —Mira todo esto…
cuando encuentre a Vireya, ella misma se alegrará por mi, finalmente sentirá alegría de mi obra al ver la pureza de mi Reino, donde no hay riesgo de generar maldad.
—*Toc toc* Discúlpeme majestad…—Un hombre entró a la sala —Traigo una petición del frente de sellado de grietas.
El hombre alcanzó el mensaje sellado Drakar leyó la carta — Necesitamos poder estratégicamente localizado para filtrar las fugas de corrupción, las bestias mágicas corrompidas cada vez están más cerca de llegar a las ciudades.
—Había un mapa adjunto del posicionamiento estratégico —Los pocos cultivadores que tengo ya están en uso y los más débiles deben cazar a los cultistas de demonios.
Él sintió que una nueva jornada de trabajo llegaba, finalmente dijo: —Manden un mensaje al Consejo de las Voces del Universo, díganles que estoy dispuesto a aceptar ayuda humanitaria, solo si envían a humanos.
__________________________________________ Una tarde, tras muchos años de búsqueda, el trono imperial se encontraba en penumbra.
Solo una piedra verde iluminaba la sala, respirando con un pulso irregular, casi humano.
Drakar la observaba desde el estrado, inmóvil, con la quietud que solo se logra cuando el alma ha dejado de temblar.
A sus pies, los magos del Consejo Imperial permanecían arrodillados.
Nadie se atrevía a alzar la vista.
Todos sabían lo que esa piedra contenía.
La voz del general de exploración quebró el silencio: —Majestad… la operación fue un éxito parcial.
La piedra fue asegurada, y el resto del enclave, purgado.
Drakar no respondió.
Esperó.
El general tragó saliva antes de continuar.
—El campamento pertenecía a una secta no registrada.
Lobos del Bosque Sombrío, según las marcas y los fragmentos de qi.
Se habían establecido en los valles del norte, bajo cobertura de niebla perpetua.
Algunos practicaban una forma de alquimia espiritual… con sangre.
Cuando llegamos, la mayoría había huido.
Lo que quedaba eran cuerpos, jaulas y… —vaciló— un recipiente vacío en el centro del altar.
El informe se detuvo un momento.
El hombre respiró hondo.
—Era el cuerpo de la Emperatriz Vireya.
Los murmullos cesaron de inmediato.
Drakar siguió sin moverse.
Su voz, cuando habló, fue baja, firme: —Detalles.
—Había sido retenida por décadas, según los registros de la mazmorra donde se encontraba.
Pasaba por rituales prolongados, Cada ciclo de luna se usaba su sangre para alimentar la piedra.
Creemos que la piedra verde era el núcleo del experimento.
Servía como contenedor de energía vital.
Nuestros estudios indican que… su alma fue fragmentada en repetidas ocasiones para mantener el ritual activo, hasta que finalmente toda su conciencia fue absorbida en la piedra, solo su inconsciente quedó en el cuerpo.
El silencio pesó como hierro.
—¿Y los responsables?
—preguntó Drakar.
—Uno de los líderes fue identificado.
Un hombre lobo con garras de piedra.
Mató a diecisiete soldados antes de que pudiéramos asegurar el perímetro.
Escapó cuando llegaron los cultivadores del núcleo dorado.
Los rastros de qi se desvanecieron antes del amanecer.
Los sobrevivientes del campamento huyeron hacia el oeste, no identificamos lo que buscan ahí.
Drakar cerró los ojos y puso una mano sobre una esfera.
Lo vio todo en su mente: La escena del rescate, los cuerpos aún tibios, el humo, la piedra respirando entre cenizas.
No hubo lágrimas ni ira visible.
Solo esa calma contenida que presagia tormentas.
—¿Qué ocurrió durante el intento de extracción?
—dijo finalmente.
El mago principal se inclinó, la frente casi tocando el suelo.
—La piedra… reaccionó.
—Drakar tuvo esperanzas de recuperar a su Vireya, por amargo que fuera y por muchos años que tome, sin embargo lo siguiente lo dejó completamente perdido.
—Cuando comenzamos el proceso, la piedra se agitó.
Creímos que su conciencia intentaba regresar al cuerpo, pero no era ella.
Una entidad respondió desde dentro.
Algo… que no entendemos que es, consumió la esencia restante y colapsó el altar.
Solo quedó este fragmento estable.
—Levantó la piedra con manos temblorosas—.
La llamamos la piedra que respira, por su flujo interno.
Pero la energía no es humana.
El sonido del corazón de Drakar se detuvo por unos instantes.
Todo en él, todo lo que aún quedaba, se contrajo.
Sentía que el mundo empezaba a dar vueltas.
La Emperatriz no había muerto de inmediato.
Había sido consumida, reemplazada.
Su cuerpo fue devuelto, pero su alma había sido alimento de algo que no debía existir.
El silencio se prolongó.
Finalmente, Drakar habló con esa voz suya que no alzaba el tono, pero que ningún soldado se atrevía a interrumpir: —Quemen el campamento.
Todo.
Incluso las raíces.—¿Majestad?—Nada debe quedar.
Ni los ecos.
Si alguien pregunta, fue una operación rutinaria contra una secta de lobos del bosque.
El general asintió con rigidez.
Nadie más habló.
Cuando el último guardia salió, Drakar permaneció solo con la piedra.
La sostuvo entre los dedos y observó cómo su brillo titilaba, como si lo llamara por su nombre.
Ya no podía llorarla, ella ya no existía.
Solo podía odiar al mundo que permitió aquello.
Recordó entonces la visita de un hombre La sala del trono estaba desierta aquella noche.
Las antorchas no ardían con fuego, sino con una llama azul, silenciosa, alimentada por polvo espiritual.
El Rey Drakar había despedido a todos sus consejeros; los últimos informes sobre las grietas hablaban de la destrucción de aldeas enteras y de la expansión de sectas prohibidas.
El ambiente olía a bronce y a lluvia vieja.
El silencio se quebró por un sonido leve: pasos que no producían eco.
Un hombre de túnica gris, sin insignias ni marcas visibles, se detuvo frente al trono.
No se inclinó, pero tampoco mostró desafío.
Su rostro estaba cubierto por una máscara de cristal opaco.
—Vuestra Majestad —dijo con una voz tan serena que parecía venir desde otra habitación—.
Vengo en nombre de aquellos que escuchan lo que el cielo calla.
Drakar frunció el ceño.—¿De qué orden vienes?
No hay registro de embajadas hoy.
—No soy emisario de un reino —respondió el hombre, avanzando lentamente—.
Pertenezco a una fuerza que no aparece en los mapas ni responde a los dominios.
Escuchamos la voz que yace detrás de las estrellas… y esa voz me ha pedido hablar con usted.
El Rey se enderezó.—Si es otra secta que predica la salvación, pierde su tiempo.
Ya tengo suficientes fanáticos en mis mazmorras.
El emisario sonrió apenas.—No hablo de fe, hablo de propósito.
El mundo se está pudriendo, Majestad.
Las grietas son síntomas de un cuerpo que rechaza su carne enferma.
Los semihumanos, los demonios, los híbridos… todos son parásitos del diseño original.
El universo pide purga.
Una pausa.—Y usted, el Dragón Rojo, ha sido elegido para encender el fuego que lo purifique.
Drakar lo observó con frialdad.—¿Elegido?
No soy instrumento de dioses.
—No —replicó el emisario con calma—.
Pero el cielo necesita una voz, una que los hombres puedan oír.
Una que dé forma al miedo.
El rey lo contempló largo rato, recordando los días en que su esposa aún vivía, antes del secuestro, antes del silencio de los templos.—¿Y si me niego?
El emisario alzó una mano.
Una piedra verde flotó sobre su palma, vibrando con una luz enfermiza.—Entonces otros hablarán en su lugar.
Ya lo hicieron con Vireya.
El aire del trono se heló.
Drakar se levantó de golpe.—¿Qué sabes de Vireya?
El hombre bajó la mano.—Solo que aún la escuchan, en lugares donde el Cielo Verdadero ya no mira.
Usted puede hacer que esa voz se calme, o puede seguir negando lo inevitable.
El mundo no necesita más piedad, necesita orden.
Hubo un silencio tenso.
—Si piensas que el Consejo puede ayudarte, no te lo recomiendo, si intentas algo que nos delate…
más pronto de lo que esperes el consejo te declarará disonante con la voz universal.
El emisario dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
Antes de desaparecer entre las sombras, dejó una última frase: —Recuerde esto, Majestad: Los cielos no se caen… se reemplazan.
Cuando la puerta del trono se cerró, Drakar sintió que el aire pesaba más que antes.
Durante horas, se quedó allí, mirando el lugar donde había flotado la piedra verde.
En ese momento Drakar no creyó en el emisario.
Tampoco sospechó de la piedra que respira en se momento.
Aunque ahora sigue sin creerle, si cree en el dolor.
Y el dolor… necesitaba una dirección.
Drakar sostuvo la piedra en sus manos y la apretó hasta sangrar, se levantó y dijo —Haré un decreto y se va a sellar esta misma noche: Los semi-humanos serán cazados sin tregua.
Primero fueron los lobos, luego los vampiros, ahora cualquiera que no sea humano por completo.
La versión oficial hablaba de purga espiritual y unidad imperial.
Pero la verdad era más simple, más humana, más peligrosa: Drakar solo quería devolverle al mundo el dolor, porque le habían arrebatado a Vireya.
____________________________________________ El amanecer había llegado teñido de gris.
En la sala del trono, las antorchas aún ardían, aunque el día ya asomaba tras los ventanales de ónice.
Los ministros esperaban de pie.
En el centro, sobre los escalones que conducían al trono de jade carmesí, Drakar sostenía en sus manos un rollo de pergamino sin sello.
No lo había firmado todavía.
A su alrededor, los rumores de los últimos días seguían flotando: Pueblos enteros destruidos, sectas desbandadas, y piedras verdes que absorbían las almas de los caídos.
Lo que durante décadas fue un secreto del Consejo ahora ardía en cada mercado y en cada taberna del Imperio.
El mago consejero, Lord Aerion, se inclinó ante él.
—Majestad… los informes ya no pueden ocultarse.
Los burgueses poseen copias, las sectas las discuten, incluso los templos han recibido descripciones exactas de la piedra.
Si no damos una versión oficial, el pánico— —¿Pánico?
—interrumpió Drakar—.
No.
Lo que habrá es dirección.
Si el pueblo va a temer, que tema algo útil.
Sus ojos, rojos como brasas apagadas, no mostraban ira visible, pero había una quietud que helaba la sala.
El canciller de guerra, un anciano de barba gris, carraspeó con cautela:—Los registros del Consejo mencionan grietas naturales… rupturas del flujo espiritual, no provocadas por ningún linaje.
Con el debido respeto, no deberíamos— Drakar levantó una mano y el hombre calló.—¿Naturales?
¿Y qué de las zonas donde surgen?
—preguntó, bajando la voz—.
Ciudades con sangre mezclada, aldeas donde los semihumanos viven entre humanos, templos que aceptan híbridos.
¿Coincidencia?
El silencio se volvió un arma.
Ninguno se atrevió a responder.
—Durante años confié en su prudencia —continuó el rey, más frío—.
Ocultaron las grietas.
Callaron las desapariciones.
Pagaron a mercenarios para enterrar la verdad bajo templos vacíos.
¿Y con qué resultado?
—dio un paso hacia adelante, la luz del fuego tiñéndole el rostro—.
¡Un demonio se alza con el poder de un alma naciente…
y mi nombre se arrastra por el fango!.
No más secretos.
No más indulgencias.
El consejero Aerion bajó la cabeza.—¿Vais a hacer pública… toda la información?
—No —dijo Drakar—.
Solo la parte que el pueblo necesita para elegir a su enemigo.
Con una seña, ordenó que trajeran el cofre de obsidiana.
Dentro reposaba la piedra verde, aún vibrante con un qi enfermo.
Los ministros retrocedieron ante su resplandor.
Drakar la miró sin pestañear.
Aún recordaba cuando le dijeron que habían hallado dentro los últimos rastros del alma de Vireya.
Le habían contado que la reina vivió los últimos minutos dentro de esa piedra, devorada una y otra vez por los rituales de los licántropos que la mantenían prisionera.
Que su voz se había escuchado pidiendo ayuda, incluso cuando su cuerpo dejó de reaccionar por completo.
Que la entidad del vacío la había sustituido al final, usando su forma como cebo para burlarse.
Drakar no creyó ninguna de esas acusaciones.
Ahora estaba convencido que él tenía razón.
—Vireya… jamás sirvió a los demonios por voluntad propia —susurró, más para sí mismo que para el resto—.
La corrompieron.
La arrastraron al abismo, igual que arrastran todo lo que tocan.
Cerró el cofre con un golpe seco.
Entonces el Canciller de Fe, un hombre de túnica blanca y ojos vacíos, habló: —El pueblo necesita esperanza, Majestad.
Si les decís que la corrupción puede ser purgada… os seguirán hasta el fin del mundo.
—Eso haré —respondió Drakar—.
Les daré un enemigo común.
Les daré una causa.
Tomó el pergamino, lo desenrolló lentamente y comenzó a escribir con la pluma de plumas rojas.
Cada trazo era preciso, sin temblor alguno.
Cuando terminó, su voz resonó entre las columnas como el eco de un trueno lejano: “Por mandato del Trono del Dragón Rojo, toda forma de linaje híbrido será declarada enemiga del cielo y de la tierra.
Ninguna mezcla de razas deberá subsistir dentro del dominio humano.
Aquellos que oculten, alberguen o defiendan semihumanos compartirán su destino.
Por la pureza del qi, por la estabilidad del mundo y por la paz del alma de la Reina Vireya.
A partir de este día, se funda la Orden de las Tres Cabezas, instrumento de la voluntad imperial y guardiana del nuevo cielo.” Selló el decreto con el anillo de fuego y el rugido del dragón grabado en su sello pareció despertar algo en las paredes del salón.
Las antorchas parpadearon.
Algunos ministros inclinaron la cabeza en silencio; otros se retiraron con el rostro blanco.
Nadie se atrevió a hablar.
Drakar observó cómo el humo del pergamino se disipaba y, por un instante, creyó ver el contorno de una mujer con el cabello plateado en la bruma.
Su corazón se endureció.
—Que todo arda si debe arder —murmuró.
En ese momento, el sonido de una puerta abriéndose interrumpió el silencio.
Entró un hombre encapuchado, su túnica marcada con el símbolo en espiral del Consejo.
Era un emisario.
—Majestad —dijo con una voz calmada y grave—.
Vengo en nombre de una Facción secreta del Consejo.
No para oponernos, sino para advertiros.
El mundo no está muriendo… está renaciendo.
Las grietas no son castigo, sino parto.
El universo busca equilibrio, no exterminio.
Drakar lo miró, con una calma que solo el odio podía sostener.
—Equilibrio… —repitió—.
¿Y cuántas vidas se pierden mientras el universo “equilibra”?
¿Cuántas reinas devoradas en su nombre?
No.
Si el mundo renace, será bajo mi fuego.
El emisario lo observó un momento más, luego bajó la cabeza y se retiró sin una palabra.
Cuando la puerta se cerró, Drakar habló para sí mismo, en un susurro que se perdió entre las columnas del trono: —Dirán que fue por fe.
Dirán que fue por justicia.
Pero solo yo sé la verdad…Lo hago porque no puedo perdonarlos.
El sonido del sello imperial marcó el final de la sesión.
Afuera, las campanas de guerra comenzaron a sonar, y en las calles del Imperio, los primeros edictos fueron clavados en piedra.
El Dragón Rojo había hablado.
Y el mundo tembló.
El Trueno había resonado durante siete días cuando el edicto del Rey Dragón Rojo alcanzó todos los confines del Dominio Occidental del Espejo.
En cada ciudad, las campanas fueron golpeadas tres veces, y los escribas del palacio distribuyeron tablillas con una sola orden grabada en caracteres llameantes: “El mundo debe ser purificado.
Ninguna sangre mezclada respirará bajo el cielo humano.” El pueblo respondió primero con miedo, luego con fe.
Algunos cayeron de rodillas al oír el retumbar constante, creyendo que el trueno era la voz de los cielos aprobando el decreto.
Otros, los más instruidos, sabían que aquel estruendo no tenía fuente natural.
Había nacido en el Salón del Dragón Carmesí, donde círculos mágicos tallados en el suelo de mármol alimentaban una red de conductos de qi refinado, diseñados por magos del Consejo.
Desde su trono, Drakar se elevaba como una estatua viviente, los ojos enrojecidos por el resplandor del círculo maestro.
No cultivaba el qi como un monje, sino que lo comandaba como un soberano: los magos absorbían la energía ambiente, la estabilizaban mediante ecuaciones simbólicas y la transferían al trono.
Así, el Rey imitaba al cielo, proyectando su voluntad sobre la naturaleza.
No obtenía iluminación… sino dominio.
El primer “Castigo Celestial” cayó sobre un poblado costero acusado de albergar híbridos marinos.
El mar se abrió con un rugido y las aguas se tornaron negras como tinta.
Los pescadores huyeron, pero las olas los alcanzaron como si obedecieran a un designio consciente.
Desde entonces, las multitudes lo llamaron “el Dragón que el Cielo obedece”.
________________________________________________ El Trueno Perpetuo seguía resonando, marcando el ritmo de los días.
En los campos, los campesinos ya no levantaban la vista al oírlo; lo tomaban como parte del aire.
Solo los cultivadores sentían el estremecimiento detrás del sonido, un pulso que no provenía del cielo, sino de los círculos mágicos imperiales.
En el Pico Espiritual de la Luna Reflejada, Maribel meditaba junto al lago que guardaba la tumba de Nadir, su única forma de guardar luto.
Aether observaba el agua en silencio.
Su reflejo era humano, pero a veces —cuando el viento cesaba— su sombra mostraba colmillos y ojos de pupila vertical.
El niño levantó la mirada.—¿Por qué seguimos aquí?
—preguntó con voz baja—.
Dijiste que cuando el trueno se calmara podríamos salir.
—El trueno no se calmará —respondió Maribel, sin abrir los ojos—.
No mientras el Rey siga creyendo que habla por los cielos.
Aether bajó la cabeza.
Su qi interno vibraba con una mezcla de energía humana y bestial; no podía controlarlo del todo.
Cuando dormía, su respiración alteraba el flujo del lago, y los peces huían.
Maribel sabía lo que él era.
Sabía también que el sistema lo protegía por razones que ni ella comprendía.
—Escucha —dijo de pronto, abriendo los ojos—.El Rey cree que puede controlar el cielo, pero solo imita su voz.
Tú debes permanecer oculto pues pocos en el interior de la secta saben de tu identidad real, además tendremos que buscar la manera de salir sin ser detectados…
tal vez necesitemos ayuda de nuestros amigos nuevamente.
El niño asintió, pero su expresión se endureció.
[Advertencia: memoria resonante detectada.][Origen: linaje híbrido.
Nivel de riesgo: alto.] El sistema interrumpió la conversación con su tono neutro.
Maribel cerró el flujo de qi mental y susurró en silencio: “Entonces… el juramento aún nos cubre.” El sistema respondió con un zumbido suave: [Confirmación: la resonancia grupal persiste.
Interferencia de rastreo celeste: neutralizada.] El lago se agitó, y el trueno volvió a sonar.
Lejos, en la capital, Drakar sintió un desequilibrio mínimo en la red espiritual del reino: una vibración imposible de rastrear, apenas un error estadístico.
Apretó los puños.
—Los híbridos aún respiran —murmuró—.Y mientras lo hagan, el cielo no será puro.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Lux_Foti Hice cambios en el capítulo anterior, y pienso hacer una revisión de este luego.
Pero ya no por hoy, simplemente ya me cansé :<
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