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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Pastor perdido
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21: Pastor perdido 21: Pastor perdido El amanecer posterior al Castigo Celestial llegó envuelto en neblina.

Las campanas del puerto aún tañían con el eco del desastre.

En los barrios altos, los ciudadanos hablaban de milagro; en las calles bajas, de castigo.

Pero en el Palacio Carmesí, nadie hablaba.

Drakar yacía en su lecho imperial, los ojos cerrados, el cuerpo tenso.

El círculo mágico bajo la habitación seguía respirando con él, expandiéndose y contrayéndose en un pulso rojo que parecía imitar los latidos de un corazón ajeno.

Dormía… pero su alma no descansaba.

El hechizo seguía detectando sangre sucia entre los suyos.

El sueño comenzó con un mar oscuro, sin viento, sin horizonte.

Entre sus aguas inmóviles emergió una figura de neblina, sin rostro, apenas delineada por una luz verdosa que se movía como un fuego líquido.

—El mundo gime… su carne enferma no soporta más —susurró una voz que no provenía del aire, sino del pensamiento mismo—.Los hombres dudan, los dioses callan.

Pero tú, Dragón… tú ardes todavía.

Drakar no podía responder.

Intentó moverse, pero el sueño lo ataba, y de pronto vio las imágenes como si emergieran de su propia memoria: Ciudades ardiendo bajo relámpagos, bestias arrodilladas ante columnas de fuego, y entre todas ellas el rostro de Vireya, mirándolo en silencio, sin reproche, pero sin amor.

—No temas al fuego —dijo la voz—.

El fuego no destruye… revela.

Solo en la pureza del ardor el alma regresa a su forma perfecta.

Quema el error, y el cielo te seguirá.

El sueño se quebró en un destello de luz carmesí.

Drakar despertó sobresaltado, el cuerpo cubierto de sudor frío.

Tardó unos segundos en entender que estaba en su habitación.

Las velas se habían extinguido, el aire olía a ozono, y en el silencio solo se oía el retumbar distante del trueno.

Se llevó las manos al rostro; sus dedos temblaban.

Durante un instante sintió horror —no por el sueño, sino porque había sentido placer en él.

Cayó de rodillas junto al lecho.

Buscó su respiración, pero el aire le costaba entrar; el pulso de la piedra verde, guardada bajo tres sellos, parecía responder a su agitación.

—No… no era real —murmuró, casi suplicando al vacío—.No puede ser voluntad de los cielos… Permaneció así un largo momento, hasta que un sonido comenzó a colarse desde el exterior: Los cuernos de los templos, sonando al unísono en toda la capital.

El clamor del pueblo seguía, grave, organizado.

Plegarias por la “purificación” del mar, por el “regreso del orden”, por el “Dragón del Trueno que había respondido al clamor de los justos”.

Y con cada nota, algo dentro de Drakar se enderezó.

El miedo se disipó lentamente, reemplazado por un peso sereno, familiar.

El eco de las plegarias penetraba su mente como un río tibio, llenando el hueco que el sueño había dejado.

Se puso de pie y caminó hasta la ventana.

El amanecer teñía el cielo con un rojo sucio, como hierro recién forjado.

Desde las terrazas del templo mayor se alzaban columnas de humo aromático.

El pueblo, de rodillas, lo nombraba con fervor.

Una chispa de poder recorrió su columna, subiendo hasta la nuca.

El aire se volvió pesado, cargado de intención.

Los ojos del Rey reflejaron el horizonte encendido.

El temblor de sus manos cesó.

—Los cielos no destruyen —dijo despacio, repitiendo las palabras que ya no sabía si eran suyas o del sueño—.Revelan.

Y yo… solo seré su instrumento.

El tono de su voz ya no era humano: sonaba como el rumor distante del trueno sobre el mar.

En el trono, los magos y generales lo esperaban en silencio.

Cuando cruzó el salón, nadie se atrevió a alzar la vista.

El círculo imperial, bajo el suelo, vibró como un corazón que latía al compás de su paso.

Drakar se detuvo frente a sus hombres, con el amanecer reflejándose en su armadura.

—Ayer, el mar obedeció —dijo con calma—.Hoy, lo hará la tierra.

Proclamad el segundo decreto.

Que cada híbrido, cada bestia, cada sombra, sea purificada en el fuego.

Que el trueno guíe nuestras manos.

El escriba dudó, pero las palabras salieron igual, temblorosas, al trazar el nuevo decreto en papel sagrado.

Y mientras la tinta se secaba, un relámpago rasgó el cielo sobre la capital, aunque no había nubes.

El trueno que siguió no vino de arriba, sino del interior de la tierra.

Drakar sonrió apenas.

—Los cielos… responden.

______________________________________________________ El tercer día después del decreto imperial, el Pico Espiritual de la Luna Reflejada ya no respiraba igual.

Los discípulos hablaban en susurros, y las escaleras de piedra que antes se llenaban con conversaciones matinales ahora resonaban solo con la naturaleza.

Maribel caminaba despacio junto al lago, donde los reflejos se quebraban con cada viento del norte.

Su qi no fluía —el sistema había sellado sus meridianos para estabilizarla—, pero el límite de su cultivo se expandía en silencio.

El grupo que una vez compartió risas y promesas la seguía de lejos, dividido por la desconfianza.

Richard fue el primero en hablar:—No deberíamos quedarnos aquí.

Las inspecciones del Reino llegarán antes de la próxima luna.

—¿Y dónde quieres que vayamos?

—replicó Amara—.

En todos lados buscan a los semihumanos.

Si nos descubren ayudándolos, terminaremos igual.

Sofía, que había permanecido callada, clavó la mirada en Maribel.—Podríamos evitar todo esto entregando al niño.

No tiene culpa, pero… tampoco tiene futuro aquí.

Su voz temblaba apenas, pero el peso de la frase cayó como un martillo.

Richard frunció el ceño.—¿Escuchas lo que dices?

¡Maribel nos salvó antes!

Sin ella estaríamos muertos.— La sensación de ser una deshonra social si no regresaba ese favor lo impulsaba.

Sofía lo miró con los ojos cansados.—Y si el rey descubre que lo ocultamos, moriremos igual.

No entiendes, Richard… esto ya no se trata de justicia, sino de sobrevivir.

—El dragón rojo no encontrará a Aether, el sistema lo está escondiendo —Dijo Maribel intentado convencerlos de ayudar.

—¿Esa voz que los sigue?

Te recuerdo que el dragón rojo es un enviado divino, un espíritu no puede protegernos si él nos descubre.

Maribel no habló.

El silencio entre ellos era más cortante que cualquier discusión.

El sistema proyectó una notificación tenue en su mente: [Estado actual: inactividad espiritual.

Expansión del límite interno en progreso.

Proyección: nivel de fundación superior posible tras desbloqueo.][Recomendación: evitar estímulos emocionales intensos durante el sellado.] Pero era inútil.

El estímulo ya estaba ahí: miedo, culpa, desconfianza.

Todos respiraban ese aire enrarecido.

Incluso Amara empezó a volver poco a poco a su antigua personalidad cohibida.

Al caer la noche, Richard y Amara la buscaron fuera del dormitorio.—Tenemos un plan —dijo Richard en voz baja—.

Tres días más y el inspector llegará desde el sur.

Podríamos sacarte antes de eso.

Le mostró un mapa marcado con un punto azul en las montañas del oeste: el Refugio del Alba.

Amara lo miró todo el tiempo, sin decir palabra, pero sus manos temblaban.

—Gracias —dijo al fin—, pero si me voy, los pondré en la mira.

—Ya lo estamos —respondió Richard con una sonrisa amarga—.

La diferencia es que algunos aún creen que pueden mirar hacia otro lado.

Desde la colina superior, Sofía los observaba.

No los delató.

Sus labios se movieron en una plegaria silenciosa, sin fe.

El sistema volvió a hablar, su voz apenas un eco entre los pensamientos de Maribel: [Fluctuación grupal detectada.

El juramento “Mientras respiremos, nadie caerá” estabiliza el vínculo de manera parcial.] Maribel miró al horizonte.

El cielo estaba limpio, pero se oía un trueno lejano, constante, como un recordatorio de que incluso las montañas podían temer.

—El juramento resiste —susurró—, pero ellos… ellos ya están cayendo.

___________________________________________________ El trueno aún resonaba en los cimientos del palacio.

Aunque la tormenta había cesado hacía horas, el aire seguía oliendo a ozono y ceniza.

Las torres de obsidiana destilaban gotas rojizas que caían como sangre diluida sobre los patios, y el estandarte imperial ondeaba entre jirones de humo.

Drakar dormía en el trono, la cabeza apoyada sobre un brazo cubierto de runas.

Su respiración era irregular, como si en cada exhalación tratara de expulsar algo que lo desgarraba por dentro.

El sueño lo arrastró de nuevo hacia el mismo lugar.

Un campo blanco, sin horizonte ni cielo.

Allí, entre la bruma, una voz sin cuerpo le habló.

No tenía tono ni forma; era como si el universo mismo se hubiese inclinado para murmurar.

—“El orden ha fallado.

Las razas se mezclan.

El fuego de los cielos debe renacer.” Drakar intentó responder, pero su voz no salió.

Solo escuchó su propio corazón latiendo con fuerza, y el crujido de algo abriéndose dentro de su pecho.

—“Purga lo que es impuro.

La simiente del caos se oculta bajo la piel de los hombres.”—“Tú eres el portador del equilibrio.

Eres el eco del primer rugido.” El aire se volvió más denso.

En la distancia, vio un mar de cuerpos que ardían sin sonido, una marea de rostros —humanos, bestiales, híbridos— devorados por la luz.

Y en el centro de todo, una figura de piedra sostenía una esfera verde: un corazón latiendo, cubierto de grietas.

La visión lo paralizó.

Sintió miedo.

No el miedo a morir, sino el miedo de recordar.

La sensación de haber amado, de haber perdido, de haber sido algo más que un símbolo.

Y detrás de esa memoria, un dolor agudo, como un diente enterrándose en su alma.

—“Rey Dragón… el cielo te observa.” El rugido del trueno lo despertó.

Drakar se incorporó con violencia.

El sudor le corría por la espalda, empapando el manto real.

Durante un momento, no supo dónde estaba.

Vio el mármol rojo, las antorchas, los círculos mágicos grabados bajo el trono.

Todo parecía más pequeño, como si el palacio entero se hubiera encogido en su ausencia.

Se llevó una mano al pecho.

El corazón latía con fuerza desmedida.—Era solo un sueño —murmuró, casi convenciéndose a sí mismo—.

Solo… un sueño.

Pero cuando miró por la ventana del salón, vio algo que lo detuvo.

El pueblo se había congregado en las plazas, miles de voces entonando oraciones en su nombre.

Los cuernos de los templos sonaban desde las colinas, un llamado grave y constante, mezclado con cantos que pedían justicia, pureza, protección.

Y Drakar escuchó esas plegarias.

Sintió cómo el aire temblaba al compás de los rezos.

Las palabras humanas entraban en su mente, una tras otra, encajando en los restos del sueño como piezas de una máquina divina.

El miedo se disolvió.

Lo reemplazó una calma antinatural.

Sus pensamientos se torcieron apenas, lo justo para creer que aquella voz no era una pesadilla, sino una confirmación.

—El cielo… me ha hablado.—Y yo… obedeceré.

Se enderezó.

Sus ojos, aún oscuros por el desvelo, reflejaron un destello carmesí cuando los rayos del sol atravesaron los vitrales.

Afuera, los cuernos sonaron de nuevo, y el eco de su tono se confundió con el rugido distante de una tormenta que no debía existir.

__________________________________________________ El trueno perpetuo resonaba incluso en los planos donde el tiempo no transcurría.

En el vacío suspendido del Salón del Loto Estelar, siete tronos de energía orbitaban un núcleo invisible.

No eran hombres ni mujeres, sino presencias antiguas, remanentes de quienes habían mirado los cielos demasiado tiempo.

El Consejo de las Voces del Universo deliberaba.

Durante un lapso indefinible, solo habló el trueno.

Finalmente, la Voz del Norte rompió el silencio: —El Dragón Rojo ha declarado la cruzada.

En menos de tres días, sus decretos alcanzaron cada dominio humano.

Las plegarias de los templos amplifican su qi.

Los magos han vinculado el poder de los círculos elementales al trono…y las sectas callan por miedo.

Una luz azul, serena, habló desde el Oeste: —Callan, sí.

Pero no todas obedecen.

Los emisarios de los reinos del Sur y del Este protestaron abiertamente.

En el Reino de la Espora Blanca, la reina elfina suspendió los pactos de intercambio espiritual.

Y en el Dominio del Coral, el regente leviatán amenaza con romper los acuerdos marítimos.

Drakar no ha declarado la guerra solo a los semihumanos… sino al orden del continente.

Desde el trono púrpura —una presencia densa, casi humana— sonó una risa seca: —Los reinos no humanos siempre han esperado una excusa para retirarse del pacto.

No lo olviden: sin los humanos, este mundo habría caído hace siglos.

Drakar solo hace lo que muchos piensan y nadie se atreve a pronunciar.

La Voz del Sur, envuelta en humo dorado, respondió con dureza: —¿Y eso justifica el genocidio?

Si extermina a los regentes no humanos, ¿Quién controlará las barreras marítimas o las líneas de niebla?

Sin ellos, el flujo del qi se desestabilizará.

Las grietas se expandirán.

El Púrpura contestó sin emoción: —Las grietas ya existen.

Solo las disfrazábamos con pactos.

Los híbridos, los elfos, los bestiales… todos ellos son residuos de la Gran Decepción.

Si el mundo va a renacer, debe hacerlo desde la pureza.

Una voz femenina, tenue como un cristal, habló desde el Este: —Pureza…Esa palabra fue la que selló la ruina de siete mundos.

Los códices del Archivo Primigenio advierten que las razas híbridas surgieron tras la colisión de universos; son manifestaciones de adaptación, no corrupción.

Negarlas es negar al propio espíritu del cosmos.

Un murmullo recorrió los tronos.

Mencionar los códices era casi un sacrilegio: las copias originales estaban prohibidas fuera del Consejo.

La Voz Central —la mediadora— intervino: —El conflicto se extiende.

Las sectas de los dominios fronterizos se dividen: unas juran lealtad al trono del Dragón Rojo, otras declaran neutralidad, y unas pocas envían discípulos a los reinos no humanos para ofrecer refugio.

El equilibrio se rompe y el qi mundial se distorsiona.

Si el rey continúa su cruzada, la resonancia del continente podría fragmentarse en tres polos irreconciliables.

La Voz del Norte añadió con gravedad: —Ya hay templos en el Dominio del Amanecer que veneran a Drakar como “Eco del Cielo”.

El pueblo lo considera un emisario divino.

El qi del reino responde, pero no por armonía… sino por miedo.

La luz del Este tembló: —Los cielos verdaderos no responden al miedo.

Lo que lo fortalece no es el favor divino, sino una imitación.

Algo… o alguien… está usando su alma como canal.

El Púrpura sonrió, invisible: —¿Insinúas posesión?

Entonces sería su destino.

¿Y no es destino la herramienta predilecta de los cielos?

El silencio cayó sobre el Consejo.

La Voz Central alzó la mano.

El vacío se estabilizó.

—El Consejo no declarará posición.

Aún.

Pero sellaremos el Archivo Primigenio.

Si el rey descubre que sus cruzadas contradicen los registros antiguos, su furia se volverá incontrolable.

El mundo necesita orden, aunque sea uno en ruinas.

Hubo un breve destello púrpura, seguido de palabras que helaron la cámara: —Demasiado tarde.

Los oídos del Dragón Rojo ya están entre nosotros.

El trono púrpura se apagó.

Los otros seis permanecieron inmóviles, mientras el trueno volvía a rugir, profundo, lejano, casi humano.

______________________________________________ Drakar no estaba realmente en el puerto, pero lo veía con claridad.

Su cuerpo permanecía en el trono, pero su conciencia vagaba kilómetros más allá, suspendida sobre el mar.

Desde las alturas, veía las brasas del pueblo pesquero aún humeando, como si el fuego celestial se negara a apagarse.

Nada se movía, ni siquiera el viento.

El mago observó la devastación con ojos que no eran del todo humanos.

El Ojo del Horizonte, su hechizo más usado estos días, le permitía ver los resultados que su propio castigo había dejado: líneas de luz retorcida, edificaciones y templos derrumbados sobre si mismo.

Por un momento no sintió orgullo ni remordimiento.

Solo un cansancio que parecía venir de muchas vidas atrás.

Al momento siguiente el horror lo invadió al recordar…

el renacimiento.

Había sido en un santuario oculto, cubierto por siglos de polvo.

El aire olía a cera y a piedra vieja.

Las runas, grabadas en un círculo de obsidiana, aún conservaban el calor de un fuego ritual.

Su alma —si es que aún podía llamarla así— se reconstituyó lentamente, como si un hilo invisible la tejiera desde la nada.

Una figura encapuchada se inclinó sobre él.

No había amenaza en su voz, ni oscuridad en su gesto.

Solo reverencia.

“Despierta, Gran Mago del Alba Carmesí.” “El cielo te ha elegido de nuevo.” Y Drakar creyó y Drakar volvió a nacer.

Creyó que el cielo le daba una segunda oportunidad.

Creyó en que su poder existía para proteger el mundo.

Ese recuerdo, pulido por los años, era su ancla.

Su pasado como un miembro de un antiguo linaje de magos antes de esta vida, la razón por la que cada mañana hasta ahora se levantaba sin cuestionar los gritos que oía a lo lejos.

La razón por la que nació como heredero e hijo único.

Volvió en sí.

El amanecer teñía las nubes de rojo sobre la capital.

Desde la torre, su vista y su conciencia se superpusieron: el mar ardiente y la ventana del trono eran uno solo.

En ese momento de calma había abandonado por un momento el dolor que lo había cegado, recordó que su objetivo en el principio era guiar con compasión, que su longevidad era por su propósito en esta vida, que él tenía que llevar el mundo por buen camino como el legendario Mago del Alba Carmesí renacido en esta época.

Por un instante, sintió miedo —el reflejo de lo que alguna vez fue compasión—, pero los cuernos del templo rompieron el silencio, deteniendo su reflexión en el momento perfecto.

El sonido le recorrió la espina, profundo y solemne, seguido por las plegarias del pueblo.

Miles de voces lo llamaban.

Miles lo alababan.

Y con cada palabra, el eco de su duda se apagó.

Intentó repetirse las fórmulas mentales de calma.

Intentó recordar que su propósito era mantener los sellos sobre las grietas, que esa era su tarea.

Pero las voces lo envolvieron como un manto.

“Purifica…” El susurro no venía de fuera, sino de adentro.

Sonaba idéntico al del día de su renacimiento, pero con un timbre más grave, más vasto.

Drakar cerró los ojos.

El miedo se disolvió.

Su espíritu volvió a fundirse con el fervor del pueblo.

—Sí… el mundo será uno.

Un pulso recorrió los cimientos del trono.

El aire chispeó con magia azul y las torres del reino se iluminaron en respuesta.

El trueno rugió, profundo y persistente, como si los cielos confirmaran su palabra.

El gran mago Drakar del Alba Carmesí, conocido en esta vida como el Dragón Rojo redentor del Reino del Espejo, sonrió con serenidad.

Con cada trueno una semilla crecía en su alma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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