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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 El Camino que se Niega
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23: El Camino que se Niega 23: El Camino que se Niega El camino era algo que no se podía subestimar: Era arduo, sinuoso, y muchas veces debían volver sobre sus propios pasos.

Parecía que salir del reino era más difícil de lo anticipado.

—Sistema, ¿a dónde debemos ir?

Ya estuvo bastante larga nuestra caminata —preguntó Maribel en voz alta.

«Todo es parte del camino», respondió una voz en la mente de todos.

Solo Aether parecía aceptar aquella respuesta.

Caminaba con una alegría infantil, observando todo con curiosidad: El movimiento del agua en el río, los insectos que cruzaban el sendero, incluso las sombras que se alargaban sobre las piedras.

El calor era fuerte, aunque nada que no pudieran soportar.

Lo extenuante no era lo físico, sino lo mental.

Llevaban horas caminando.

Demasiadas.

—Ya me cansé —dijo Amara con un suspiro—.

Debemos buscar otra manera, simplemente esto no es lógico.

¿Cómo podemos perdernos así?

—Yo mismo no entiendo —respondió Richard, dejándose caer sobre una roca—.

Estuvimos siguiendo el camino todo este tiempo.

El aire era calmado y el río brindaba cánticos de unión para los presentes.

Durante un momento, todos se limitaron a escuchar el rumor del agua y las piedras sonando.

—Snif…

Tal vez simplemente debamos subir una montaña y ver si realmente vamos por el camino correcto —dijo Maribel, quitándose un moco—.

Eso y, de paso, buscamos comida.

—¿Tienes hambre a estas alturas de tu cultivo?

—preguntó Amara, arqueando una ceja.

—Mi cultivo es extraño —respondió ella, encogiéndose de hombros—.

Incluso este pequeñín puede pasar días sin comer, pero yo sufro de hambre… Amara negó con la cabeza, sonriendo.

—Entonces busquemos algo para la santa doncella de la comida.

Maribel levantó una ceja.

—Uf… bueno, eso es mejor que seguir caminando sin sentido.

Cacemos algo grande.

Sofía los miró atónita.

¿Esta gente simplemente se cansó de buscar y va a comer?

Realmente no parecen cultivadores.

Maribel la notó y dijo con calma: —Solo unos meses atrás éramos mortales comunes.

Tu expresión es lo que te delata.

—Relájate, Sofía.

Ya es mediodía —dijo Amara, apuntando al cielo donde el sol se hallaba justo en lo más alto.

—Déjenme preparar mi arma —dijo Richard, sacando una espada enorme.

La movía como si fuera de poliestireno, pero Maribel no podía estar más inconforme con esa cosa.

—Deja eso —lo detuvo—.

Queremos cazar, no ir gritando que matamos gente.

—¿Gente?

—preguntó Sofía.

—Quiero decir… animales.

Ya sabes, son capaces de comunicarse entre sí.

Si se enteran de nosotros, estarán en guardia.

No se ven humanos a menudo por aquí.

El grupo se miró entre sí, confundido.

—¿No quieres preguntarle a los árboles si hay víctimas para nosotros, entonces?

—bromeó Richard.

Maribel sonrió oscuramente.—Lo haría… si no quisieran comernos.

Todos la miraron con sorpresa y un toque de pánico.

—Es broma —dijo seca, suspirando—.

Supuse que algo de humor ayudaría al ambiente, pero creo que no estoy en condiciones de hacer un buen chiste.

Aether le dio palmaditas en la espalda y le frotó la mano con cariño.

—Señor Richard, usted busque madera.

Maribel y yo deberíamos ir a cazar —dijo el niño de pronto, sorprendiendo a todos con su iniciativa.

—Yo… debería ayudar también —añadió Sofía—.

Maribel, ¿puedo acompañarte a cazar?

—Umu… si eres sigilosa —respondió ella.

—Chicas —llamó Richard, señalando un peñasco cercano—, estaremos allí.

Amara, ¿prefieres juntar agua o ayudarme a transportar leña?

—Prefiero que no ignoremos el peligro y vayamos todos juntos —dijo con tono firme.

El grupo quedó en silencio.

Habían olvidado por completo esa posibilidad.

En los últimos días, la sensación de fortalecerse tan rápido los había hecho sentir invencibles.

Pero seguían existiendo bestias en el rango del Núcleo.

—Bueno, ¿pero qué posibilidad hay de estar en peligro real ahora?

—preguntó Richard.

«Te sorprenderías, Richard.

Este mundo está desviado.

No es imposible que alguien en la Trascendencia de la Tribulación simplemente vague por los bosques.» Richard levantó una ceja.

—¿Desviado?

¿Eso qué significa?

«Significa que está contaminado.» —¿Cómo se relaciona eso con un desvío?

—dijo Amara, confundida.

—Simplemente se refiere a que el mundo no es como debería —respondió Sofía—.

Solo piensa en esas enormes grietas.

Es inaudito.

¿Quién sabe dónde más pueden salir?

Tal vez sale una ahora y trae a alguien con ese poder.

—Shhh, no pongas la mala suerte en la mesa —dijeron todos al unísono.

—¿Por qué me callan?

—reclamó Sofía.

—Yo… tenté a la suerte antes —dijo Richard—.

Y nos encontramos un alma naciente que casi nos mata.

—Ya estuvo —intervino Maribel—.

Lo haremos así: El equipo de caza llevará a Aether, y él, con su percepción espacial, nos mantendrá a menos de doscientos metros del equipo de tala.

—¿Qué son los metros?

—replicaron todos a la vez.

—Uh… simplemente que Aether nos mantenga cerca del otro equipo.

—Aún no me acostumbro al nombre —comentó Sofía—, pero me parece bien.

—Supongo que no tengo opción —suspiró Amara.

Richard se colgó de nuevo la enorme espada en la espalda.

Antes la había cargado Amara durante la huida, pero ahora volvía a su dueño.

Con unos pocos movimientos, dos árboles pequeños cayeron.

Fueron troceados con rapidez, y pronto hubo leña suficiente para toda la noche.

Luego recolectaron agua.

Fue entonces cuando el suelo tembló.

Un rugido sordo, lejano, cruzó el bosque.

Amara levantó la vista y suspiró.—Se divierten sin nosotros —murmuró con tono arrepentido.

El grupo de caza se internó en el bosque, siguiendo un sendero de raíces que parecían moverse apenas cuando uno las pisaba.

El aire era húmedo y espeso; con los sentidos alerta cada sonido se escuchaba demasiado cerca.

Aether caminaba delante, con los ojos entrecerrados.—Hay algo… grande —dijo, señalando hacia el este—.

Respira bajo la tierra.

Sofía frunció el ceño.

—¿Una madriguera?—No… no se mueve como un animal que duerme.

Es como si… pensara.

Sofía se inclinó, apoyando una mano sobre el suelo.

El qi de la tierra se arremolinaba, denso, casi sólido.—Una bestia de cristalización —murmuró—.

Debe alimentarse del qi del subsuelo.

—Perfecto —dijo Maribel, intentando sonar entusiasta y fallando—.

Vamos a cazar algo que piensa.

El terreno comenzó a temblar.

Primero fue un crujido, luego un sonido seco, como si se rompiera una capa de piedra.

Del suelo emergió una criatura inmensa, un ciervo hecho de minerales translúcidos, su cuerpo atravesado por vetas de luz azul.

Cada respiración suya dejaba escapar fragmentos de qi que flotaban como polvo luminoso.

Sus ojos eran dos gemas opacas, pero en su interior había movimiento, como si una conciencia los observara desde muy lejos.

Aether retrocedió instintivamente.

—Nos ha sentido.

Maribel alzó la mano.

—No lo ataquen todavía.

Pero la bestia ya había bajado la cabeza.

De sus astas, tan grandes como ramas de un árbol, surgió un destello —una onda que hizo vibrar el aire—, y el suelo se partió en una red de grietas.

Sofía rodó hacia un lado, esquivando una ráfaga de qi que cortó tres árboles a la vez.—¡Eso fue solo aire!

—gritó—.

¡Nos va a convertir en polvo!

Maribel concentró su qi en las piernas, pero el sello interior le respondió con un dolor seco.

Aun así, saltó sobre una raíz, deslizándose por el costado del monstruo.

Cada golpe suyo apenas dejaba una marca sobre la superficie cristalina.

—Su qi se condensa sobre la piel —dijo entre dientes—.

No podemos herirlo directamente.

—Entonces hay que romper el flujo —respondió Sofía, girando el arma que llevaba: Una lanza corta, tomó una hoja al azar, la despellejó y la usó para dibujar una formación de interrupción en el centro de esa lanza corta.

Mientras tanto Maribel distraía a la criatura mientras Aether lo analizaba con su percepción espacial.

Finalmente la lanza estaba lista.

El lobezno cerró los ojos, el aire a su alrededor se curvó; pequeñas líneas de luz aparecieron sobre el suelo, guiando a Sofía como si el mundo mismo le trazara un mapa.

—¡Ahí!

—gritó el niño.

Sofía lanzó la lanza; impactó justo detrás de la pata delantera del ciervo, donde el cristal era más oscuro.

El golpe resonó como una campana.

El qi del monstruo se agitó; su cuerpo empezó a cambiar de color, del azul al rojo.

—¡Va a liberar energía!

—advirtió Maribel.

El estallido llegó un segundo después: Una ola expansiva de calor y viento los arrojó al suelo.El bosque se llenó de polvo brillante; por un instante, solo existió la luz.

Cuando el resplandor se disipó, el ciervo seguía viva, aunque sus astas estaban quebradas.

Su respiración se volvió irregular; el qi comenzó a filtrarse por las grietas de su cuerpo, formando pequeños cristales que caían como lágrimas.

Aether dio un paso adelante, pero la bestia se retorció de miedo, pateando mientras intentaba ponerse en pie.

Maribel sintió un escalofrío, esta vez sin usar su habilidad ella podía imaginarse claramente lo que el ciervo sentía.

El entorno vibraba, como si las raíces bajo ellos buscaran acercarse al cuerpo de la bestia.

—Retirada —ordenó con firmeza—.

No la maten.

Sofía la miró, incrédula.

—¿Después de casi explotarnos?

—…—Maribel guardó silencio 2 segundos, pensando una excusa rápida, así que dijo al ver los cristales caídos —No está viva de la forma que crees.

Está conectada al flujo del qi del lugar.

Si la destruimos, el equilibrio del bosque se romperá.

El ciervo levantó la cabeza por última vez, mirándolos con esos ojos de piedra.

Luego se derrumbó lentamente, disolviéndose en polvo brillante que el viento dispersó entre los árboles.

Durante un largo rato, nadie habló.

—¿Qué… fue eso?

—preguntó Sofía finalmente.

“Una forma antigua de vida” Dijo la persona detrás del sistema a los 3 “Hoy en día cuando los mortales hablan de espíritus, ya no mencionan a las bestias guardianes, como esta bestia” Aether miró el polvo suspendido a lo lejos, invisible para el resto.—Tal vez enojamos al guardián…

“Esta vez no lo hicieron” Aseguró el sistema.

______________________________________________________________ El bosque parecía haberse tragado el sol.

La luz se filtraba apenas entre las hojas altas, moteando el suelo con parches dorados.

Maribel caminaba al frente, con Sofía detrás y Aether moviéndose entre los árboles con una naturalidad que no pertenecía a un niño.

El aire estaba cargado de aromas: Tierra húmeda, savia fresca, y un olor metálico que Maribel reconoció de inmediato.

—Sangre —murmuró.

Aether ya lo había notado.

Se agachó, apoyando una mano en el suelo.

Su respiración se volvió lenta, casi animal.

Las pupilas se le estrecharon hasta volverse finas como cuchillas.

—Hay una bestia cerca —dijo con voz baja, más grave de lo habitual—.

Es grande… pero está herida.

Sofía tragó saliva.

—¿Qué tan grande?

Aether alzó la vista, y una sonrisa apenas curvó sus labios.

—Lo suficiente para cenar dos noches.

Maribel asintió, ocultando una sonrisa.

—Entonces tenemos suerte.

Muéstranos el camino, pequeño cazador.

El niño avanzó en silencio.

Cada paso suyo parecía medido.

Se deslizaba entre raíces y hojas secas sin hacer el más mínimo ruido.

Por un momento, Sofía sintió que no caminaba con ellos, sino con un espíritu del bosque.

Aether levantó una mano.

Se detuvieron.

Entre los arbustos, el aire vibraba con un gruñido bajo.

La criatura apareció poco después: Un Jabalí de Cristalización de Qi, una bestia cubierta de placas traslúcidas que reflejaban el entorno como si estuviera hecha de vidrio.

Cada respiración suya lanzaba destellos de luz azulada, y las grietas en su lomo ardían con energía.

—Tiene el núcleo dañado —susurró Maribel—.

Pero aún puede matarnos si embiste.

—Déjamelo a mí —dijo Aether, dejando caer la bolsa que llevaba.

Sus uñas se alargaron apenas.

No era una transformación completa, pero bastaba para notar lo que era: Un híbrido entre humano y lobo, nacido para la caza.

Sofía levantó la mano.

—Solo distráelo.

No lo mates, necesito ese núcleo intacto.

Aether asintió y desapareció entre los árboles.

El jabalí olfateó el aire, inquieto.

Dio un paso, luego otro.

De pronto, algo silbó entre las ramas: Una piedra golpeó su flanco.

La bestia giró furiosa hacia el sonido y embistió con fuerza, rompiendo arbustos, levantando hojas y polvo.

Pero Aether ya estaba detrás.

Saltó, impulsándose desde un tronco, y le clavó una daga corta justo detrás de la oreja.

La bestia bramó, girando con violencia.

El impacto lanzó al muchacho por el aire, pero cayó de pie, flexionando las rodillas como un felino.

Sofía miraba con los ojos muy abiertos.

—No se mueve como un niño… —Nunca lo fue —respondió Maribel, preparando su alabarda.

Esperó el momento justo.

Cuando el jabalí giró para cargar otra vez, disparó.

La cosa atravesó una de las placas de cristal y se hundió en el punto blando del cuello.

La bestia tambaleó unos segundos antes de caer de lado, resoplando, hasta quedar inmóvil.

Aether se acercó, tocó el lomo de la bestia y cerró los ojos.

Maribel recuperó su lanza y se permitió un pequeño suspiro.

Sofía se acercó, observando la magnitud del animal.

—¿Esto… se puede comer?

—Si sabes cómo cortarlo, sí —dijo Maribel, sacando un cuchillo delgado—.

Su carne es fuerte, pero el qi en los tejidos ayuda a la recuperación.

Aether ya estaba ayudando, con movimientos precisos, casi rituales.

No había asco ni violencia en su manera de trabajar, solo respeto.

Cada trozo que separaba lo colocaba con cuidado sobre hojas limpias.

Sofía lo observaba fascinada.

—Eres todo un cazador… El niño levantó la vista y sonrió apenas.

—Maribel me enseñó a cazar, mi papá me ayudó a perfeccionarme.

Maribel levantó una ceja, ella sabía que Aether se refería al sistema como papá…

pero no sabía que el sistema daba clases de casería.

Cuando regresaron al campamento, Richard y Amara ya habían encendido una fogata.

—Vaya, eso sí que fue rápido —dijo Richard, impresionado al ver el enorme trozo de carne que subieron a la montaña.

—¿Dónde lo consiguieron, en un mercado celestial?

—bromeó Amara.

Maribel arrojó una rama al fuego.

—Nuestro pequeño cazador tiene instintos y percepción espacial, claramente es bueno en esto.

Aether, con la mirada fija en las llamas, se encogió de hombros.—Solo seguí el olor.

El grupo rió, y por un momento, el peso de la huida pareció desvanecerse.

La noche se llenó de chispas, aroma a carne asada y una tranquilidad extraña.

Maribel levantó la vista hacia la luna que asomaba entre las copas.

Sabía que la calma era un espejismo, pero aún así… por esa noche, decidió creer en ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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