Sistema de Evolución Universal - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Apego a la carne
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24: Apego a la carne.
24: Apego a la carne.
La carne que comían era sabrosa, más sabrosa de lo que Maribel hubiera probado antes.
Un sentimiento tenebroso surgió en ella: «Podría comerme a todas las bestias del mundo», pero rápidamente se detuvo, pensando en lo doloroso que es morir.
Darle muerte a una bestia (más aún, una inteligente) por mera glotonería le parecía realmente abominable, tanto que casi deja de comer y escupe la carne, pero no pudo; el sabor era simplemente demasiado bueno, cosa que solo hacía que su culpa aumentara.
Se sentía como si fuera un zombi desesperado por consumir al mundo.
El pensamiento anterior le terminó por enfriar la mente.
«Esas dos bestias tenían físicos especiales, pues el jabalí era como el guardián del bosque, así que deberían ser una excepción.» Con ese pensamiento, Maribel logró controlar su corazón, el cual parecía estar más inestable de lo que ella misma conocía.
Ese día el sol de la tarde era bueno; tras terminar de trabajar se volvía plácido y complaciente, sin que sus rayos fueran muy candorosos.
Además de la tranquilidad del lugar, la vegetación no muy frondosa y los aromas naturales del entorno, todo parecía hecho para la calma.
Pero no lo era realmente.
Maribel había logrado adaptarse al ritmo de vida de ese nuevo mundo, tanto que finalmente su ritmo circadiano se sumó a esa adaptación.
Ahora, con la caída del sol y la inexistencia de luces LED o luces azules, su ritmo de sueño se había modificado enormemente, aunque no fue cómodo al principio, pues en la noche acechaban fieras que esperaban devorarte.
Pero esos primeros días en Puerta de Sal Village fueron adecuados para eso; pese a dormir en paja y heno, finalmente cuando aprendió a hacer fuego ella misma, consiguió un refugio que usaba la luz para espantar a las bestias salvajes.
Lo mejor era que el fuego no malograba su sueño.
Eso de dormir parecía haberle sentado bien, pues combinado con sus entendimientos desarrollados le brindó más calma y seguridad con el tiempo; cosa que se rompió con la presencia de un ser dominante en el alma naciente: un demonio semihumano.
Maribel era lo suficientemente madura como para no culpar ni temer a todos los semihumanos solo por esa experiencia, así que ahora mismo solo le temía al poder.
Maribel soltó un suspiro.
El sol era realmente bueno hoy.
Sus compañeros de al lado meditaban mientras ella vigilaba.
No es como si pudiera hacer mucho más; también meditaba un poco de vez en cuando, pero eso era para su propia mente y no para su cultivo.
No solo era que su cuerpo tuviera una maraña de caminos interconectados, sino que el sello impedía su cultivo.
Una cosa interesante fue la siguiente: —Anfitriona se ha elevado espiritualmente —dijo el sistema con voz monótona.
Claramente no era el ser vivo detrás del sistema, del cual es imposible pronunciar su nombre.
—¿Qué más da si me elevo espiritualmente?
Mi cultivo no se mueve.
—La anfitriona tiene el límite de su cultivo ligado a la unificación de su ser con las características cósmicas.
Lo más cercano al cosmos entero que la anfitriona tiene es el séptimo universo donde se encuentra.
Maribel levantó una ceja.
—¿Eso significa que si me elevo espiritualmente, mi límite de cultivo aumenta?
—Error… procesando… error, espere un momento, analizando… —El sistema se quedó en silencio un minuto entero—.
La anfitriona tiene un desvío de entendimiento con la espiritualidad.
Las palabras pueden ser las mismas, pero el significado interno que les da la anfitriona está completamente desviado.
—Eso…
no me sorprende…
realmente nunca le presté atención a esas cosas.
¿Cómo aumenta mi límite de cultivo?
El sistema… bueno, quien te creó, antes me dijo que su método de cultivo tiene ese poder y que estaba aumentando mi límite en el periodo en que no puedo cultivar.
—El responsable del sistema se refiere a la capacidad del ser humano de asimilarse a las características cósmicas, lo que normalmente predispone a comprender el cielo y finalmente ser uno con el universo.
En niveles más altos, la persona se unifica con el cosmos mismo… error, fallo de entendimiento, buscando reorganizar explicación —El sistema se quedó en silencio mucho más tiempo—.
No se puede explicar.
La anfitriona está muy lejos en su comprensión.
Si el sistema habla del rojo sin que la anfitriona vea el rojo, el sistema cree que entendería más que si le explicara este asunto.
Maribel no sabía qué pensar.
Nunca la habían llamado tonta de manera más cruel que esa… bueno, en realidad sí: cuando era interna apenas, en diversas ocasiones se lo dijeron de diversas maneras.
O tal vez así lo interpretó ella en su momento; ya no sabía.
Maribel respiró profundo para llenarse del tranquilo entorno, ignorando los leves temblores que venían de lejos.
Luego continuó con su comida, algo reticente a comer al principio por el efecto casi narcótico de la carne, pero más accesible a comer después, luego más voraz, hasta que se detuvo de nuevo a pura fuerza de voluntad.
«Nunca había comido algo tan delicioso, y nunca me habían torturado con algo tan bueno», pensó, con el corazón tembloroso por la sensación de perder el control.
Ella podía imaginarse a sí misma como una carnicera comiendo a los animales cultivadores, pero lo que le llenaba de pavor era que, debido a su habilidad ahora sellada, había logrado entender a esos mismos animales, comprender mejor sus sistemas sociales y finalmente verlos como seres muy similares a los humanos, sino incluso iguales, especialmente algunas especies.
Eso le daba pavor porque sentía que terminaría siendo un monstruo como el alma naciente que los atacó.
No era que ella simplemente estuviera teniendo problemas de confianza, porque cuando miró a sus compañeros comer, vio lo que más temía: era como si estuvieran dispuestos a comerlo crudo si era necesario, voraces e insaciables, realmente como si viera un círculo del infierno donde caen los glotones.
—Nunca más volveré a comer a las bestias que cultivan —dijo.
Casi no lo termina de decir porque ya se estaba llevando la carne a la boca.
Pero resistió y la tiró por el acantilado.
Acto seguido, volcó el resto en un impulso de terror.
Eso le valió una pelea con todos contra ella.
El trozo de carne aún caía cuando el sonido seco de su impacto contra las rocas retumbó en el fondo del acantilado.
Por un instante, solo hubo silencio.
Luego, el aire se rompió.
—¡¿Qué demonios haces?!
—rugió Richard, su voz impregnada de una furia desmedida.
El qi a su alrededor vibró, distorsionando la luz; sus ojos parecían tener un reflejo rojizo.
Amara se puso de pie con el ceño fruncido, el aura dorada de su cultivo filtrándose sin control.
Sofía, en cambio, no dijo nada: sus manos temblaban, apretadas en puños, la mirada fija en el vacío donde había desaparecido la carne.
Maribel se incorporó lentamente, con una calma tensa, el viento agitándole el cabello.
—No podía dejar que siguiéramos comiendo eso.
Mírense…
apenas pueden contenerse.
—¡Eso no era tu decisión!
—gritó Amara, dando un paso al frente.
El suelo bajo sus pies se resquebrajó, su qi serpenteando como luz líquida.
Richard desenfundó su espada, el filo exhalando vapor espiritual.
—Te estás comportando como si fueras nuestra maestra.
¡No lo eres!
El aire se volvió pesado.
Incluso las hojas temblaban, susurrando como si el bosque temiera intervenir.
Maribel no respondió.
Cerró los ojos y respiró profundo.
El sello interior zumbó, ardiendo en su pecho, impidiéndole canalizar qi.
Aun así, su cuerpo se movió: instinto puro.
El primer golpe vino de Richard.
La espada descendió con violencia, pero Maribel giró apenas a tiempo, el filo rozándole la mejilla y abriendo una línea carmesí.
Usó el impulso para impulsarse hacia adelante, golpeando con la palma en el abdomen del hombre.
El impacto sonó como un tambor hueco; Richard retrocedió varios pasos, pero su mirada se mantuvo vacía, enceguecida por la rabia.
Amara levantó la mano, formando un círculo de luz dorada.
—¡Sello de contención!
—gritó, lanzando el talismán que brilló como un sol pequeño.
Maribel lo esquivó por un pelo.
El talismán chocó contra el suelo, dejando una marca ennegrecida.
—¡Están locos!
—gritó—.
¡Esto podría matarme!
—Eso detuvo a Aether, quien parecía a punto de pelear contra Maribel.
Sofía por fin se movió.
Su lanza silbó en el aire, veloz y precisa.
Maribel la desvió con el antebrazo; el metal rozó su piel y arrancó un hilo de sangre.
Pudo sentir cómo algo quería infiltrarse y debilitarla tras el golpe, pero ella no tenía puntos débiles: todo su cuerpo se cultivaba sin dejar espacio fuera.
La mirada de Sofía era vidriosa, como si algo dentro de ella ya no la escuchara.
Maribel retrocedió unos pasos, sin dejar de observarlos.
El qi de los tres estaba desbordando.
El sistema habló en su mente, esta vez con tono urgente: «Anfitriona, ellos están fuera de sí.
Una inspección a sus corazones revela que el apego a la carne los controla; a este paso te comerán a ti en lugar de a la bestia.» —Entonces… —murmuró ella, levantando la mirada— no me dejan otra opción.
El sello del pecho ardió, liberando una ínfima cantidad de energía.
Era doloroso, pero suficiente.
El suelo se agrietó bajo sus pies y el viento giró en espiral mientras sus atacantes se posicionaban.
Richard cargó primero.
Maribel esperó.
Cuando el golpe descendió, ella lo bloqueó con el antebrazo y giró su cuerpo, usando la fuerza del impacto para lanzarlo contra Amara.
Ambos chocaron, derribando ramas y levantando polvo.
Sofía intentó aprovechar el momento, lanzándose hacia ella con un grito seco.
Maribel la esquivó y, con un movimiento fluido, tocó sus meridianos con la punta de los dedos: una interrupción breve, un golpe de precisión médica.
Sofía cayó de rodillas, jadeando, el qi desordenado desvaneciéndose como humo.
Maribel retrocedió hasta quedar a la orilla del acantilado.
—Si quieren matarme, háganlo.
Pero miren primero sus propias manos.
—Su poder de controlar conceptos funcionó al máximo para liberar sus mentes.
Richard se detuvo a medio paso.
Amara parpadeó.
La furia en sus ojos se disolvió por un segundo… y entonces lo vieron: sus dedos manchados de sangre seca, sus auras aún teñidas de la determinación de matar.
El silencio volvió, espeso.
Maribel respiró con dificultad, sintiendo el pulso acelerado.
Su corazón dolía, pero más por lo que había visto que por los golpes.
—Esto… es lo que la carne hace —susurró—.
Si hubiéramos seguido comiendo, ya no seríamos nosotros.
Amara soltó la lanza y cayó de rodillas.
Richard miró sus propias manos como si fueran ajenas.
Sofía, aún temblando, susurró: —Casi… te matamos.
Maribel sonrió con alivio.
—Entonces, casi sobreviví.
El viento se llevó el resto de las palabras, y durante un rato solo quedaron los cuatro, jadeando entre las brasas de una pelea que ninguno quiso empezar.
Pero aunque la comprensión se asentó, la claridad no había llegado completamente.
El enojo seguía volviendo por momentos.
Finalmente se calmaron un poco; incluso Aether había parecido confundido sobre si atacarla o no, y aunque no lo hizo, el solo hecho de considerarlo ya era algo terrible.
«¿Qué diferencia tengo de su mamá ahora mismo?
Por esa carne él considera atacar a su madre…» «¿Tenebroso, no?
A mí tampoco me agrada la idea de que aquellos que no están listos prueben algo como eso.
Incluso los elevados pueden caer de sus alturas por culpa de carne, más aún una carne de cultivador» —la persona detrás del sistema dijo; la tensión en su voz delataba que no estaba nada satisfecho con la situación actual, su calma perturbada como pocas veces.
Maribel suspiró y contempló el lugar.
«Si no fuera un entorno calmado y tus emociones compartidas directamente hasta mí, tal vez no me hubiera dado cuenta y estaría devorando al animal incluso crudo ahora mismo», pensó.
«Esta vez tuve suerte.» Maribel se dio la vuelta y regañó: —No se enojen más.
En lugar de hacerlo, es mejor si se miran ustedes mismos —dijo mientras apuntaba a la ropa de sus compañeros—.
Tienen sangre seca pegada; ni siquiera esperaron a que se cocine la carne y ya la comían cruda antes de meditar…
Y véanse lo rabiosos que son, incluso tú, Aether —apuntó al niño lobo con expresión sombría—.
¿Realmente consideraste atacarme?
Eso es temible, que por culpa de esa carne nos pongamos así…
¿Qué pasa si nos convencemos de quedarnos aquí y masacrar a todas las bestias con cultivo?
Podríamos…
no, ¡definitivamente nos encontrarán!
Así que déjense de estupideces y compórtense todos.
Las miradas se suavizaron.
Sabían que, si los encontraban, estaban en graves problemas; incluso podrían morir.
Ser genios que aparecen cada diez mil años no los salvaría.
El Dragón Rojo no tendría piedad, porque después de todo ocultaron a un semihumano.
Sopló desde el este, trayendo un aroma limpio, como si la tierra respirara aliviada.
Las brasas que aún quedaban en el suelo parpadearon una vez y luego se apagaron sin humo, dejando solo un leve resplandor que se desvaneció con el crepúsculo.
Nadie dijo nada, pero todos lo sintieron: alguien había estado observando.
No sabían si era el espíritu que acompaña a Maribel o el mundo mismo.
Maribel alzó la vista hacia el cielo y creyó ver algo entre las nubes, reconoció el concepto de una promesa no era una promesa nueva, sino un recordatorio antiguo.
“Mientras respiremos, nadie caerá.”
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