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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Sombras en el reflejo
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25: Sombras en el reflejo 25: Sombras en el reflejo El eco de los truenos distantes aún no había nacido cuando el Rey del dominio del Espejo, Drakar, se encontraba frente a la ventana del salón real.

Los ventanales de obsidiana reflejaban la luz pálida de las lunas, y el suelo, hecho de una piedra tan pulida que parecía agua congelada, proyectaba su sombra como una grieta.

A su alrededor, los ministros esperaban con tablillas flotantes repletas de sellos y escritos.

El aire olía a tinta, a papel seco y al incienso que ardía lento sobre un brasero de plata.

Drakar firmaba documentos con la mano izquierda mientras con la derecha dibujaba sellos arcanos en el aire.

Cada firma alteraba el destino de una ciudad, cada trazo movía una frontera, cada palabra sellaba un acuerdo.

El Reino del Espejo no era solo un territorio: había sido un tejido de pactos entre razas que rara vez convivían.

Los humanos eran la raza de aquí, visitantes de su propio suelo; los gobernantes de los reinos vecinos —elfos oscuros, bestias semihumanas, una dinastía de espíritus acuáticos— ahora observaban cada decisión del rey con desconfianza, buscando una grieta que les permitiera volver a la guerra.

Y Drakar lo sabía.

De hecho, lo calculaba.

—Mi señor —dijo una ministra, inclinándose levemente—, los enviados del Reino de Bruma solicitan una audiencia.

Quieren discutir la reapertura de los puertos en el norte.

—Diles que esperen dos días —respondió Drakar sin mirarla.

Su voz era grave, profunda, como si arrastrara ecos de algo más antiguo—.

La última vez que discutimos con ellos, tres pueblos desaparecieron del mapa.

Que esperen.

—Como ordene.

El rey continuó firmando hasta que su pluma se detuvo a medio camino.

Su mirada, dorada y profunda, se alzó hacia el vacío.

En el aire comenzó a vibrar una esfera transparente, como un espejo líquido.

Dentro, se formaban líneas y sombras: trazos de movimiento, presencias que no deberían existir.

Un leve temblor recorrió su mano.

—…Otra vez.

—El tono no fue de sorpresa, sino de irritación contenida.

Con un gesto, la esfera se expandió hasta cubrir el salón entero.

Los ministros retrocedieron, acostumbrados a las excentricidades de su rey.

En el reflejo aparecieron cinco siluetas caminando entre árboles.

El paisaje se deformaba, como si una niebla viva los envolviera.

No importaba cuántas veces Drakar ajustara el enfoque del hechizo: las figuras volvían a perderse.

—Intrusos —susurró—.

O prisioneros… El espejo vibró, distorsionando su rostro por un momento.

Un consejero dio un paso adelante.—Mi señor, ¿es necesario intervenir?

Puede que solo sean bestias de qi alto.

Drakar lo ignoró.

La runa grabada en su palma brilló con un resplandor azulado.—Nadie sale de mi reino sin mi permiso —murmuró—.

Nadie.

Alzó ambas manos.

La sala se oscureció.

Afuera, los relámpagos rugieron en el horizonte aunque no había tormenta alguna.

Cada destello era una extensión de su conciencia, lanzada al mundo para rastrear la vibración de esas cinco presencias.

Pero el reflejo del hechizo rebotó contra algo invisible, un sello que él mismo había diseñado: un circuito de espejos ocultos que distorsionaba las rutas no autorizadas.

Drakar frunció el ceño.—Son míos… pero no pueden salir.

—El aire vibró con la furia contenida del rey—.

Qué ironía tan miserable.

Cuando intentó forzar su percepción para romper la distorsión, un resplandor escarlata apareció en el centro de la sala.

El espejo se fragmentó con un sonido cristalino, y una voz, neutra pero con autoridad antigua, resonó en su mente: «No es asunto tuyo, Drakar».

El silencio lo cubrió todo.

Los ministros no oyeron nada, pero vieron cómo la mano del rey se crispaba, rompiendo la pluma.

Drakar cerró los ojos.—Sistema… —Adivinó un nombre.

«Ellos están bajo observación superior.

No interfieras».

—¿Superior?

—Drakar rió sin humor—.

Todo en este mundo está por debajo de mí.

Pero la voz no respondió.

Solo el eco de su propia respiración quedó suspendido en el aire.

El espejo, roto, se desvaneció como humo.

El rey respiró hondo, regresando lentamente a su escritorio.—Entonces los encontraré sin magia —susurró—.

Si el espejo se niega a mostrarme su reflejo, arrancaré el reflejo del mundo mismo.

Y el sonido de los truenos continuó, lejano, buscando su blanco entre los bosques, tanteando.

_____________________________________________________________ El amanecer fue gris, húmedo y frío.

Las hojas destilaban gotas de agua que caían sobre la tierra blanda con un sonido rítmico.

Maribel despertó entre las ramas de un árbol ancho, con las piernas colgando y el cabello enredado por el viento.

Abajo, el campamento era un conjunto de formas desordenadas: mantas arrugadas, piedras negras aún tibias del fuego, y el aire pesado de una noche sin reconciliación.

Richard avivaba las brasas en silencio.

Amara, con los ojos entrecerrados, meditaba sobre una roca cubierta de musgo.

Sofía afilaba su lanza con un trozo de piedra húmeda.

Aether, el pequeño lobo, los observaba a todos, inquieto.

Maribel descendió sin decir palabra.

Su expresión era neutra, pero su qi fluctuaba con irregularidad; cada paso que daba hacía que el aire se curvara levemente, como si el bosque reconociera su disgusto.

Nadie habló.

El sonido del río cercano era lo único que llenaba el espacio entre ellos.

Finalmente, fue Aether quien rompió el silencio.—Madre… —su voz era baja, casi temerosa—.

Lo siento.

Maribel lo miró, sin dureza pero sin ternura.—No te disculpes por miedo.

Hazlo porque entiendes.

El niño bajó la cabeza.

Su cola, apenas visible, se agitó con nerviosismo.

Richard se aclaró la garganta.—Encontré rastros de una bestia al norte.

Algo pequeño, nada peligroso.

Pensamos que… —miró a Amara— que podríamos cazarla y preparar algo.

—¿Para qué?

—preguntó Maribel.

Sofía respondió.—Para compartir.

Para enmendar lo de ayer.

Por un momento, el aire pareció detenerse.

Luego, Maribel suspiró.—No necesito una ofrenda.

Pero si van a comer, que sea algo limpio.

Aether asintió y se adelantó.

Se internó en el bosque con movimientos suaves, casi felinos.

Su olfato percibía lo que los demás no podían: el sudor, la savia, el metal de la tierra.

Se movía sin hacer ruido, un cazador nato.

El resto lo siguió con cautela, intentando no quebrar ramas ni perturbar el silencio.

Tardaron poco en hallarla: una bestia de cuatro patas, parecida a un ciervo, con cuernos cubiertos de musgo y ojos dorados.

Aether se agazapó entre los helechos, esperó el momento exacto y, con un salto veloz, hundió las garras en su cuello.

Un rugido breve, un espasmo, y luego el silencio.

Richard lo ayudó a cargar el cuerpo de vuelta al campamento.

Allí lo desollaron, limpiaron y asaron lentamente sobre brasas suaves.

El olor a carne llenó el aire, pero no era el mismo aroma tentador de la vez anterior: era más terroso, más real.

Comieron poco, casi con solemnidad.

Nadie mencionó el incidente, pero la tensión se disolvió poco a poco, como vapor.

Amara levantó la vista del fuego.—Maribel, ¿aceptas nuestra disculpa?

Ella masticó despacio, sin mirarla.—Acepto el esfuerzo.

No la disculpa.

Aether bajó la cabeza, y Richard suspiró.—Supongo que es lo más cerca que estaremos del perdón.

El resto del día transcurrió entre la búsqueda de frutas y raíces.

El bosque ofrecía lo justo: bayas dulces, hongos blandos, cortezas comestibles.

Al mediodía el grupo descansó junto al río.

Maribel observaba el agua, su reflejo distorsionado por las ondas.

Su ropa —el manto tradicional de los cultivadores, de color blanco con ribetes azules— estaba manchada y rasgada en los bordes.

Sus sandalias, humildes, habían resistido más de lo que deberían gracias a su qi.

Miró sus pies, cansada.—¿Así viviré?

—susurró.

«La anfitriona puede reforzar el material con qi concentrado» —respondió el sistema.

—¿Y si no puedo recuperarlo después?

«Será un desperdicio, pero no fatal».

Maribel respiró hondo.

Extendió la mano sobre la sandalia y canalizó el qi.

Una red de luz blanca recorrió el tejido, fortaleciéndolo.

El proceso era lento y doloroso: el sello en su pecho se oponía a cada intento, drenando más energía de la que podía reponer, la dificultad con la que hacía el trabajo era inaudita, sentía como si quisiera hacer un dibujo maestro con los huesos de las mano rotas no solo era difícil de hacer, sino también doloroso e increíblemente ineficaz, desperdiciando su qi como agua fluyendo con solo unas gotas llegando al destino deseado.

Después de varios intentos, se desplomó contra el tronco más cercano, sudando.—Esto es… humillante —murmuró, con la voz quebrada.

«La anfitriona está en recuperación.

Debe aceptar sus límites temporales».

—Mis límites siempre fueron temporales.

—Sonrió, cansada—.

Pero este… se siente eterno.

¿Cuánto tiempo tomará mi recuperación?

«Algunas personas toman centenas de años, pero la anfitriona se recuperará en menos que eso» —Debes estar jediéndome —Dijo con completo desaire.

El resto la observaba desde la distancia, sin atreverse a interrumpirla.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, Amara entró en meditación.

Su cuerpo emitía una luz dorada ligeramente opaca con grumos muy gruesos; el qi se condensaba a su alrededor como una corona luminosa.

Richard y Sofía hicieron lo mismo, intentando estabilizar sus propios avances.

Solo Maribel permaneció despierta, mirando las sombras alargarse sobre el suelo.

Al caer la tarde, decidieron turnarse para bañarse en el río.

El agua estaba helada, pero limpia.

Los sonidos de las ranas y los insectos nocturnos acompañaban el silencio del grupo.

Cuando todos estuvieron listos y el fuego volvió a encenderse, el cielo comenzó a tornarse púrpura.

Fue entonces cuando el primer trueno retumbó.

Un zumbido eléctrico recorrió la atmósfera.

Las hojas temblaron.

Luego, otro.

Y otro.

Aether levantó la cabeza, los oídos tensos.—No huele a lluvia.

Maribel se incorporó lentamente, mirando el horizonte.

Entre los árboles, a lo lejos, un resplandor azulado iluminaba el cielo como una tormenta naciente.

Pero el aire estaba seco.

—No es una tormenta —susurró.

Sofía se levantó.—¿Entonces qué es eso?

Maribel no respondió.

Su mirada se endureció, el instinto apretándole el pecho.—Es una búsqueda.

_______________________________________________________________ La sala del trono del Palacio del Dragón Rojo olía a cera fría y hierro bruñido.

Drakar Kaelmir permanecía de pie detrás del respaldo de jade, la figura erguida y las manos cruzadas sobre el pecho.

La máscara ceremonial le cubría la mitad del rostro; desde la sombra del vidrio tallado sus ojos oscilaban entre la calma de un juez y la quietud de quien guarda rabia en seco.

Afuera, la ciudad del Espejo vibraba con la tarde: carretas, pregones, plegarias que subían y se enredaban con el humo de las hornillas.

Dentro, todo era cálculo.

—Informe de los selladores —pidió sin alzar la voz.

Un hombre encorvado se adelantó con un tablón repleto de sellos y anotaciones; su mano tembló apenas cuando lo presentó.

Drakar leyó en silencio: puntos de fuga, cierres temporales, fracturas menores que los equipos de sellado habían estabilizado con esfuerzo.

En los márgenes, una nota manuscrita llamaba la atención: «Intentos de salida del sur —dirección indefinida—».

Drakar levantó la vista.

Una línea de tensión se dibujó en la parte posterior de la mandíbula sin ser cubierta por la máscara.

El Rey notaba las consecuencias en la diplomacia del Espejo: caravanas que demoraban, regentes no humanos que llamaban por explicaciones, gremios de magos inquietos por la pérdida de recursos.

Cada fisura que se abría desviaba poder y alimento espiritual hacia zonas fronterizas; cada rumor de piedras verdes encendía mercados y templos por igual.

En menos de una semana, lo que antes era secreto se convirtió en moneda política.

—¿Cuántos intentos?

—preguntó, frío.

—Varios, mi señor.

Asentamientos enteros han intentado salir, pero la mayoría vuelve desorientada.

Es como si… se perdieran en el propio terreno.

Drakar cerró los ojos unos segundos.

Las palabras le picaron.

Su hechizo de confinamiento, la red de distorsión que mantenía la cohesión del dominio, había funcionado hasta ahora como barrera y como prueba de su autoridad: quien no obedeciera la voz imperial se vería desorientado y retornaría.

Pero con lo que había pasado con su espejo, descubrió intentos aislados… si había fuerzas que intentaban romper esa malla, era peligro.

—Convóquenme a los artesanos de formación —ordenó, con voz lisa—.

Aérion, que diseñe los círculos; que traigan a los mejores del gremio de conductos.

Los ministros se retiraron apresuradamente.

El Rey se quedó solo un instante más, mirando la piedra verde que llevaba semanas sobre el pedestal, latente.

No había todavía sospecha sobre la actitud desbocada de su propio corazón; solo un dolor frío que él convertía en política.

El odio por la pérdida de Vireya le había dado dirección.

Esa noche, cuando las luces del palacio se encendieron en fila, Drakar no durmió.

Concibió un plan: si el mundo no obedecía, habría que forzar la obediencia.

Si las grietas no se podían cerrar con manos, se les arrinconaría con sonido y luz.

En la cámara de diseño, los magos se arremolinaron alrededor de planos y símbolos tallados en mármol.

Aérion, con dedos manchados de tinta y polvo espiritual, colocó piezas de obsidiana y sellos de bronce en el suelo.

Formaron un círculo complejo, una red de conductos que conectaba a la piedra del trono con una serie de focos distribuidos en las torres.

No solo era un ritual de amplificación: era una declaración.

Drakar dirigiría una voz que sonara como cielo sobre su pueblo.

Esa noche, justo antes de ordenar la puesta en marcha, su mente se enturbió con una interferencia: una sensación, un parpadeo como si alguien tapara una ventana por fuera.

No fue una alarma técnica; fue una ausencia.

Drakar frunció el ceño: intentó centrar su percepción y buscar el pulso de varios puntos fronterizos.

En ese instante, una voz —vaga, imprecisa— resonó en su cabeza, una frase como un velo.

—Interferencia… bloqueo de acceso… campo externo detectado.

La voz no tenía fondo humano; más bien sonaba a un mecanismo que rompía el hilo de la vigilancia.

Drakar apretó los dedos en el respaldo del trono.

Por primera vez desde el edicto, la técnica que usaba para pescar presencias tropezó.

No por falta de poder —su formación del alma le permitía coordinar los rituales— sino porque algo, allá afuera, le devolvía la mano.

Convencido de que no podía depender solo del alcance de su magia, Drakar hizo lo único que le parecía sensato: lanzar un muestreo.

Ordenó a los magos encender focos selectos en las zonas rurales donde se reportaron intentos de salida.

Rayos, luz concentrada, impulsos que dividieran la noche en testigos.

No pretendía destruir —aún—; solo rasgar la oscuridad para ver qué se movía en ella.

____________________________________________________________ La madrugada en el bosque no tenía la misma urgencia que la ciudad.

Las hojas soltaban vapor y el río, bajo la última estrella azul, murmuraba como siempre.

El grupo había reanudado la marcha con silencio pesado: la pelea por la carne había dejado marcas.

Maribel había decidido dormir apartada sobre las ramas de un pino, vigilante y rígida; la madera crujía bajo su peso, pero la altura la protegía mejor de la espontaneidad humana.

Aether, acurrucado sobre el relleno de hojas que habían juntado para él, dormitaba con la máscara de hueso.

Sus orejas, ocultas por la capucha, apenas se movían.

Sofía, Richard y Amara compartieron un pequeño fuego junto al cual se calentaban las manos y la vergüenza.

Cada uno, a su manera, buscaba rehacer la tregua rota por el gesto abrupto de Maribel.

A media mañana, decidieron cazar otra presa: no por necesidad estricta —cada uno tenía suficiente reserva de energía por la base de su fundación— sino por la lógica humana de reparar.

La caza sería el acto de reconciliación, la ofrenda para quien había rechazado la carne.

Aether, como siempre, fue el guía.

Su olfato llevaba a un rebuzno quebrado, un soplo de sangre en la tierra.

Encontraron una criatura menor: un corzo común, pero su pelaje brillaba con motas de qi que se encendían cuando corría.

Aether se movió silencioso; su cuerpo, pese a la apariencia de niño, se inclinaba con la intención de un lobo.

Saltó desde donde un tronco lo impulsó, atrapó al animal por la nuca y dejó que el cuchillo de Maribel consumara un final limpio.

No hubo grandes apuestas, no hubo ostentación.

Solo la precisión de quien sabe poner fin sin alargar el sufrimiento.

Al volver al campamento, la atmósfera era más ligera.

Sofía presentó la carne cocinada como disculpa.

Ather se acercó a Maribel con ojos redondos y cierto pudor.

—Lo siento —murmuró el niño—.

No ayudé cuando lo necesitabas.

Maribel miró su rostro, suave en la flama.

No dijo nada por un instante; entonces, sin dramatismo, dejó escapar una risa contenida.

Un sentimiento de autocrítica apareció, recriminándose por hacer pasar por esto a un niño.

—No era solo cosa tuya.

Pero gracias.

—Tomó un trozo de carne y lo dejó junto al fuego—.

Está bien.

Lo acepto.

La comida se comió con menos intensidad que la vez anterior.

Hubo frutas, semillas, hervidos que calentaron más que el estómago.

Amara se quedó al margen con la frente entre las palmas; más tarde, mientras meditaban, su respiración se volvió estable.

Un destello azul parpadeó en su entrecejo: la noticia pequeña y esperada.

Había avanzado; su fundación se asentó un escalón más —Fundación, etapa 3—.

Un murmullo de alivio recorrió el grupo.

Richard y Sofía practicaron después a la sombra; su progreso fue evidente: Richard, firme en la etapa 1; Sofía, con respiraciones más largas, rozando la etapa 2.

Hablaron de la huida, de la ruta.

Ninguno de ellos mencionó la mezcla de orgullo y miedo que sentían: habían avanzado, pero no eran inmunes.

Maribel, por su parte, se sintió incómoda en su ropa.

Los antiguos hábitos de la narradora de historias fantásticas —túnica tradicional, sandalias humildes reforzadas con hilo de qi— le pesaban ahora de un modo distinto.

La idea de calzado más robusto la rondó con insistencia.

Con timidez volvió a pidir al sistema que le enseñara el reforzamiento de qi en las sandalias: una técnica práctica y sencilla, parecía.

El sistema aceptó, pero no sin advertencias.

Su gasto activo de energía debía ser medido.

Maribel, con el sello que entorpecía su cultivo, pudo canalizar algo de qi por un momento —lo suficiente para sentir la costura arder en la palma—, pero no recuperó lo gastado.

El agotamiento la golpeó con crudeza: un cansancio real, no espiritual.

Afortunadamente algo de reposo la puso en forma de nuevo.

Tumbada boca arriba sobre la hierba, sintiendo el pulso en todas las venas que no eran sangre sino canales añadidos, Maribel frunció el ceño.

Tener abundancia no ayudaba cuando la salida del flujo estaba atada.

Su cuerpo le recordaba de manera petulante cuántas vías tenía —más que los vasos sanguíneos de una persona normal— y que cada canal era a la vez bendición y condena: mucho qi a disposición, pero incapacidad para reponerlo con rapidez.

El sistema no podía arreglar esa limitación sin rasgar sellos programados para protegerla.

Ella, sin embargo, no podía dejar de frustrarse.

—Es idiota —murmuró para sí—.

Puedo sentir todo y no puedo usarlo.

Amara, que meditaba cerca, abrió los ojos y miró con pena.

Nadie dijo más; no hacía falta.

El grupo se movía con la gravedad de quien entiende que la huida no es gesto heroico sino decisión tomada a fuerza de miedo.

Ese día tampoco encontraron la frontera del Reyno.

— Es muy frustrante —Dijo Amara con rabia — Se que estábamos cerca, pero de alguna manera solo nos alejamos más —Ella golpeó una roca y dejó su puño en esta — Cuando nos damos cuenta simplemente estamos de nuevo lejos del camino…

«El Rey dragón rojo hiso un hechizo en su territorio, no es fácil salir si no es legalmente» Le respondió la voz del sistema, ese espíritu que acompaña a Maribel.

—¿Entonces qué hacemos?

—Preguntó Maribel.

«Sigan buscando, encontrarán cierto lugar que les permitirá evadir ese hechizo»  —¿Dónde?

—Preguntó Amara con curiosidad.

«Todo es parte del camino, ya están en ello» —Entendido —Dijo Aether con seguridad —Seguiremos buscando hasta encontrar.

El grupo se volteó a verlo, este niño simplemente aceptó esas palabras, pero ellos no lo harían.

El sistema no volvió a hablar después de eso, lo que causó que un hombre y una mujer le mandasen miradas frías.

Al caer la tarde se turnaron para purificarse.

El río corría limpio y la piedra pulida a su alrededor parecía un altar.

Uno a uno se metieron; la primera inmersión fue de Richard, cuyos hombros tensos se desmadejaron al contacto del agua.

Luego Amara, Sofía, Aether.

Maribel esperó en la orilla, las manos hundidas en el agua, el frío reparador.

Se limitó a mojar las plantas que reforzaban sus sandalias, notando el hilo recién tejido con la fuerza del qi que no recuperaba.

Cuando la noche comenzó a cerrar, otro trueno apareció en la lejanía, como si alguien golpeara al mundo con una palma enorme.

No era habitual: era un trueno que venía desde el norte, desde la dirección de la capital.

Al principio pareció un rumor.

Luego, con minutos, se repitió más cerca; no era una tormenta común sino golpes rítmicos que cortaban la noche.

—El Rey está probando su red —susurró Amara, apoyada contra un tronco—.

Sienta el peso.

Aether se enderezó, los ojos fijos en la línea negra del horizonte.

En la distancia, relámpagos aislados rasgaban la cúpula del cielo.

No buscaban iluminar el bosque: caían en claros al azar.

Era como ver hogueras que se encendieran para ver quién se movía.

El sonido de los truenos se intensificó por la madrugada siguiente; no hubo tiempo para recuperar.

A las primeras luces, una oleada de animales surgió del bosque con el terror de la alarma: espíritus y bestias, figuras que arrastraron la destrucción de una estampida con ellas.

Un qilín herido, gritos de un gumiho que huyó entre sombras; del sur llegaron bestias tipo garuda y dragones menores de la estatura de un caballo, con escamas que parecían de jade tosco.

Tantas otras bestias que Maribel no conocía pero la dejaban con miedo a las historias de un tiempo antiguo, cruzaron el sendero con la intención de alejarse; algunos, asustados, intentaron arrastrar cadáveres a los claros para alimentarse.

La atmósfera se tensó: la presencia de Drakar no solo provocaba búsquedas; movía a la fauna mítica.

—Vienen hacia nosotros —avisó Aether, el tono bajo y grave—.

No todos son hostiles.

—Ni tampoco todos pacíficos —dijo Sofía con reproche, blandiendo la lanza—.

Manténganse juntos.

Los troncos cercanos temblaron cuando un grupo de bestias cristalinas cruzó el claro, sus cuerpos jadeaban con residuos de qi.

El grupo corrió en busca de un lugar fuera de la estampida.

Así como vinieron a la vista de los buscadores, también desaparecieron en la fronda; la caza de la ciudad comenzaba a saturar el bosque y las criaturas buscaban refugio.

Richard tomó la delantera, espada en mano, abriendo paso con estocadas que no pretendían masacrar sino apartar.

La estampida perduró dos horas.

La marcha fue una huida en pequeño.

Aether, con su oído y olfato sobrenaturales, encontró a media mañana una rendija en la roca: una cueva cuya boca escupía un vapor frío.

Sobre la piedra hubo runas antiguas, pequeñas marcas de qi que interrumpían la corriente normal.

Aether olfateó, y su expresión se iluminó con la mezcla de alivio y alarma.

—Aquí —dijo—.

No hay ruido en la cueva.

Maribel examinó las marcas con las yemas de los dedos.

La línea de qi que irrumpía la barrera imperial era tenue, pero real: la cueva mantenía un flujo propio de qi que confundía los conductos de la red.

No sabían si era un límite permanente, pero el curso interior de la caverna mezclaba corrientes hasta anular la señal externa.

Si se internaban lo suficiente, podrían pasar sin ser devueltos por la ilusión del Rey.

«Si se internan lo suficiente, pasarán sin ser detectados por el Rey» Dijo el sistema en la mente de todos, confirmando sus sospechas.

_____________________________________________________ Entraron con cautela.

La cueva se tragó la luz como una boca amplia y fría.

Las paredes estaban cubiertas de musgo que titilaba con brillo espiritual, hongos de colores que soltaban humo azulado cuando los rozaban.

El sonido del mundo se apagó y dio paso a un latido más lento, como si el flujo de qi dentro de la roca regulase el tiempo.

El ambiente dentro ofrecía otra promesa: aquí, temporalmente, la voz del Espejo no tenía control.

Cuando salieron a una cámara más amplia, el grupo acordó acampar.

Era media tarde.

Hicieron un fuego a la entrada, no por calor —la caverna era templada— sino por señal.

Cultivar allí tendría ventajas: el flujo era interrumpido por el manto rocoso y ofrecía una bolsa de qi estable, raro en la superficie en esos días.

Se sentaron alrededor de la fogata, y uno a uno comenzaron la práctica.

Amara fue la primera en asentarse; su respiración se volvió más profunda, sus luces internas se ordenaron.

Richard y Sofía trabajaron con disciplina: su progreso no fue tan intenso, pero la posibilidad de avanzar los empujó.

Maribel se quedó al margen; el sello la ataba, pero dentro de la cueva sintió la presión disminuir apenas.

Pidió al sistema que le permitiera un pequeño ejercicio de reforzamiento en las sandalias para no estar tan descalza en la marcha.

Esta vez la lección fue más práctica: un hilo de qi entretejido que anclaba la suela al viento y la tierra.

Cuando acabó, el dolor del gasto fue punzante; no había amortiguación para restituir lo consumido.

La frustración la dejó rígida un rato.

Incluso si la caverna tenía abundancia de qi ella no podría absorber más de lo que ya hacía naturalmente al descansar.

Las horas en la caverna fueron lentas y precisas.

Se turnaron para vigilar; Aether, sin dormir, casi no pestañeaba.

Afuera, debajo de la piedra, los truenos persistían, cada vez más cercanos, como si el palacio hiciera un patrón tras otra.

Drakar no había dejado de lanzar relámpagos de prueba que caían en claros dispersos.

Cada descarga recogía datos y le devolvía un mapa parcial en la mente; pero cada vez que intentaba fijar una localización concreta, la misma interferencia —esa voz imprecisa— volvía a erguirse entre sus sentidos y le dejaba sólo fragmentos.

—Interferencia: linealidad rota.

—resonó la frase en su interior por tercera vez, más áspera.

Frustrado, ordenó que más focos se encendieran.

Los magos reaccionaron como brazos: se desplegaron arquitecturas de símbolos.

Las torres del Espejo chisporrotearon.

Pero la cueva, lejos en la media tarde y luego la noche, fue un agujero en el mantel de su visión.

Pasó la noche entre cultivos tímidos, comidas sencillas y el consuelo del calor.

En la caverna, cuando por fin se recostaron, la respiración de todos se volvió un pulso largo.

Maribel cerró los ojos, el juramento que había formulado al cielo mientras huían del semihumano demonio, flotaba en su mente como una armadura delgada.

El sistema había confirmado la resonancia grupal y, por eso, el bosque se había adaptado en su favor.

No sabían quién protegía la línea: si el mundo mismo o una voluntad oculta.

Solo sabían que, por ahora, la cueva les daba tiempo.

Hacia la madrugada siguiente, el sonido cambió.

Los truenos se acercaban y ahora dejaron de ser aleatorios; tenían punzones, ligeras descargas que golpeaban la roca a lo lejos como si alguien tanteara una puerta.

El Rey no tenía la precisión que quería, pero tenía alcance.

En la humedad de la caverna, la percepción de Maribel se tensó: notó el movimiento del qi en el suelo, los latidos que anunciaban la llegada de un poder humano que quería a otros humanos como presa.

Aether se despertó primero, con la mirada afilada.

Amara se incorporó sin ruido; el resto, aún lento, percibió que la hora del movimiento se acercaba.

No era el final, ni la huida absoluta, pero era el aviso de que la caza de este día comenzaría sin tregua.

En el Palacio, Drakar observaría el mapa desplegado sobre el mármol y vería espacios en blanco que le irritaban.

Las interferencias le negaron una localización exacta; le dieron, eso sí, un anillo aproximado de posibles movimientos.

No era suficiente para apuntar directamente a la cueva.

Pero para un hombre que convertía su dolor en política y su política en terremotos, no era un mal comienzo: las piezas se seguían moviendo, y la red que él tensaba con los magos pronto cobraría nuevas formas.

En la caverna, mientras el amanecer asomaba pálido entre las rendijas de la roca y los humos azules se apagaban con la luz de los hongos, reemplazados por el sol, el grupo se levantó.

El aire dentro olía a promesa mezclada con peligro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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