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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Ruinas bajo el espejo
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26: Ruinas bajo el espejo 26: Ruinas bajo el espejo El amanecer filtraba una luz débil por la grieta rocosa.

En el fondo de la cueva, el aire tenía densidad líquida; cada paso del grupo resonaba con un eco que no pertenecía solo a las paredes.

Maribel abrió la marcha, la antorcha extendida, el rostro iluminado en fragmentos dorados.

Aether iba detrás, olfateando el aire con nerviosismo, los sentidos crispados cuando se adentraron.

—Hay algo mal aquí —dijo en voz baja, casi un gruñido.

—¿Una bestia?

—preguntó Richard.

El semihumano negó con un movimiento rápido.—No… es como si el suelo cambiara mientras camino.

El aire se dobla.

Es muy difícil de describir…

no se si realmente pueda hacerlo.

Sofía observó las sombras, pero no vio distorsiones.

Solo el polvo que bailaba como ceniza suspendida.

Amara, atenta, tocó las paredes: estaban cubiertas de líneas finas, no naturales.

No eran grietas de piedra, sino trazos curvos, semejantes a escritura.

Cuando la luz rozó más, los símbolos cobraron vida: caracteres que no conocían ya deformados por la humedad y el tiempo, escritos de arriba hacia abajo.

Entre ellos, una pintura difusa mostraba un hombre con orejas puntiagudas sosteniendo una esfera luminosa, y a su alrededor, criaturas aladas de escamas negras.

—Esto… —Maribel miró con cuidado, asombrada, con el corazón pesado—.

No es de este mundo.

Los demás la miraron sin comprender.

Más adelante, el túnel se abría a una galería de piedra y metal corroído.

El suelo estaba cubierto de fragmentos grises que, a la luz de las antorchas, mostraron formas familiares solo para ella: suelas, hebillas, cierres.

Maribel se agachó y levantó uno: un zapato partido, de material sintético reseco.

Nadie más supo nombrarlo.

—¿Qué es eso?

—preguntó Sofía.

—Zapatos —dijo ella, apenas un murmullo.

El silencio fue inmediato.

La palabra sonó extraña, ajena.

Zapatos, en lugar de sandalias o botas reforzadas con qi.

Zapatos de una era que nadie más recordaba.

—¿Qué es un zapato?

—Preguntó Aether —Algo que se usa para caminar —Dijo simplemente Maribel y continuó el sendero.

Siguieron avanzando, y las paredes comenzaron a mostrar pinturas más elaboradas —Mira —Dijo Amara —un dragón azul volando sobre una ciudad de torres de vidrio —Ella soltó una risita de diversión, aunque sonó tan fuerte que se silenció de inmediato.

Richard levantó una ceja —mujeres con ropas de cultivador…

supongo, deben ser versiones muy antiguas, pero son buenos colores Sofía comentó —Sus rostros tienen ojos grandes, casi siento pena por quien dibujó esto, estas personas están amorfas —Luego señaló una imagen —Mira, niños señalando una caja mágica que muestra una criatura de fuego y otra de agua luchando.

Richard se detuvo frente a eso, desconcertado.

—Parece un registro de batallas… pero no hay qi en los trazos.

—Son tintes naturales —murmuró Amara, con los dedos manchados de ocre—.

De alguien que quiso dejar memoria, aunque no es buen artista, seguro que sería un valioso descubrimiento igualmente.

El corredor terminaba en un vestíbulo donde la piedra se mezclaba con metal y cristal opaco.

Allí, el grupo encontró ropas destruidas: restos de seda, fajas rotas, un trozo de uniforme de estudiante que a los ojos de los cultivadores parecía armadura ritual desgastada.

—Los antiguos cultivadores… —susurró Sofía, maravillada—.

Vestían así.

Maribel no los corrigió.

No sabía cómo explicar que esos colores, esas costuras, pertenecían a algo distinto: un mundo donde los dragones y los elfos existieron en la fantasía junto a trenes y luces eléctricas.

Mientras los demás revisaban el lugar, Aether se separó unos pasos.

Su respiración se volvió irregular.

—Algo… algo no está quieto —dijo de pronto.

El suelo vibró.

Un sonido bajo, apenas perceptible, corrió por la piedra.

No fue un temblor común; era como si la realidad se estirara.

Maribel sintió el qi del entorno cambiar: líneas que antes fluían rectas comenzaron a curvarse, a enroscarse sobre sí mismas.

—No toquen nada —ordenó—.

Este lugar… no está completo.

Pero era tarde.

Amara, que había estado jugando con lo que encontraba, había encendido una de las antiguas lámparas incrustadas en el muro.

Un resplandor azul inundó la cámara, revelando un pasadizo lateral, más estrecho, demasiado bajo para un humano adulto.

—¿Qué es eso?

—preguntó Richard, intentando mirar dentro.

—Un túnel —respondió Maribel, miró más de cerca y dijo con ironía—.

Pero no parece estar hecho para nosotros, tal vez solo Aether pueda pasar.

La abertura parecía una madriguera reforzada con piedra.

Dentro, el aire olía a polvo metálico y tierra seca.

Los bordes mostraban marcas pequeñas, como si garras diminutas hubieran trabajado la roca.

Mientras contemplaban aquello, una voz retumbó, tan profunda que pareció venir desde dentro de sus cuerpos en lugar del medio externo.

No era la voz de Drakar en persona, sino la resonancia del hechizo del Rey, un aviso del Espejo recordando su soberanía.

“Toda alma bajo mi cielo debe rendir tributo.

Quien intente cruzar sin nombre será deshecho.” La cueva tembló.

Trozos de piedra cayeron de las paredes.

Aether lanzó un gruñido, los ojos dorados brillando.

—Nos encontró —dijo Maribel.

—¿Qué hacemos?

—preguntó Sofía, con la lanza alzada.

El eco de la voz se repitió, ahora más distante, pero aún presente, como si el mundo mismo hablara.

Richard observó hacia el túnel lateral y señaló.

—Por ahí.

Si seguimos adelante, quizá el hechizo no alcance.

Maribel dudó un instante, mirando hacia la entrada.

Allí, la grieta de luz que marcaba el acceso a la superficie se contraía lentamente.

El aire era pesado, casi sólido.

—Entraremos —dijo finalmente—.

Hasta que el eco deje de seguirnos.

El grupo se internó más.

El pasillo descendía, las paredes se volvían lisas, talladas con precisión mecánica.

Entre los escombros, vieron estructuras metálicas derruidas, fragmentos de vidrio, una estatua partida de una mujer con orejas de elfo y un dragón dormido en su regazo.

Se sentía como si hubieran entrado a un mundo en ruinas.

Aether susurró con preocupación.

—No entiendo… —susurró—.

El aire me empuja.

Maribel no respondió.

Sabía que esa sensación significaba algo profundo: el espacio estaba doblándose en algún punto.

—Tal vez por eso el Rey no nos encuentra —Dijo.

Caminaron hasta que la luz de las antorchas apenas vencía la oscuridad.

Detrás, la voz de Drakar se disolvió como un trueno lejano.

El Espejo ya no los alcanzaba.

Frente a ellos se extendía una ciudad subterránea dormida, cubierta de ruinas y símbolos de una civilización olvida.

Y por primera vez en mucho tiempo, Maribel sintió miedo verdadero, incluso más que cuando entendió que estaba en otro mundo.

El miedo no hacia el Rey.

Sino del pasado que acababan de despertar.

________________________________________________________________ El aire dentro de la cueva era más frío de lo que debía.

Cada paso del grupo resonaba contra las piedras húmedas como si la montaña devolviera su presencia en susurros.

Aether, que iba al frente, mantenía las orejas tensas y la respiración baja; el flujo del qi lo perturbaba.

Había algo vivo en las paredes, una vibración que no era espiritual ni natural.

Las antorchas apenas bastaban.

Los muros, a ratos lisos, mostraban líneas talladas con precisión imposible para simples herramientas de piedra.

En otras secciones, la roca parecía haber sido fundida y moldeada por un fuego demasiado intenso.

Sofía se detuvo frente a una pared ancha.

Entre el moho y el polvo, se intuían figuras humanas y criaturas aladas, trazadas con pigmentos rojizos y azulados, apenas conservados por la humedad constante, había siluetas hechas con color negro en los bordes tenían el cuerpo sin pintar y no se veían rasgos faciales ni diferenciación entre dónde iniciaba el torso y las extremidades, pues no estaba pintaba y simplemente se observaban sus ojos verdes donde iría el rostro.—Parece… un mural —murmuró, pasando los dedos sobre la superficie—.

Pero los hombres… usan túnicas, y esos círculos detrás de ellos… —Richard la observó en silencio.

No se atrevió a responder; las figuras lo inquietaban.

Algunas tenían ojos demasiado grandes, otras sostenían objetos de metal brillante que reflejaban las llamas de las antorchas, no parecían espadas.

Amara, siempre más atenta al entorno, tocó el suelo.

—Hay un descenso —dijo, señalando una grieta oscura a pocos metros.

El aire que emanaba de ella era más cálido y traía un leve aroma metálico, como si bajo la tierra se ocultara un taller abandonado.

Bajaron por un túnel estrecho.

Las paredes empezaron a mostrar fragmentos de lo que alguna vez fueron cerámicas, restos de recipientes con símbolos grabados: círculos cruzados por líneas rectas, rostros sonrientes de tinta negra, flores imposibles.

En una esquina, Maribel se inclinó y levantó algo cubierto de lodo: una sandalia de tejido fino, rota en el talón.

La miró en silencio y sentía nostalgia por algo que no era suyo.

Más adelante, un pasillo de piedra desembocaba en una cámara amplia.

Allí, el sonido del agua era constante: un pequeño arroyo subterráneo fluía por el costado, cayendo sobre placas metálicas dispuestas de manera irregular.

El lugar olía a humedad y a óxido.

Entre los restos de madera, había una mesa derrumbada y, encima de ella, un objeto que aún emitía un resplandor débil: un cristal de bordes pulidos, del tamaño de una mano, que flotaba a pocos centímetros de la superficie, girando lentamente sobre sí mismo.

El grupo se detuvo.

Ninguno habló durante varios segundos.

Richard fue el primero en acercarse y Maribel lo detuvo con un gesto.

Pero al final decidieron que no hay peligro, se acercaron y activaron el cristal, un destello azul recorrió la habitación.

En las paredes, líneas luminosas se encendieron de golpe, formando una red de símbolos desconocidos.

Parecían letras, pero ninguna pertenecía a un idioma conocido.

Sofía retrocedió un paso.

—¿Qué es eso…?

—Un registro —respondió Maribel casi en un susurro, sin pensar.

La palabra se le escapó como si alguien más la hubiese dicho por ella.

Amara giró hacia ella, con el ceño fruncido.

—¿Cómo lo sabes?

Maribel no respondió.

Miraba el cristal, y en el interior veía imágenes breves: personas caminando sobre un suelo liso, luces que no provenían del fuego, torres que atravesaban la neblina.

Junto al cristal, en una repisa semiderruida, había un cuaderno cubierto por un cristal de vidrio.

Las páginas estaban endurecidas, pero aún se distinguían los caracteres: líneas finas, verticales, dibujadas con una precisión casi obsesiva.

Maribel extendió la mano, pero se detuvo a pocos centímetros.

El sistema le tradujo un fragmento al instante: “Si el mundo no puede sostenernos, debemos anclar la memoria.

Que los dioses nos encuentren cuando vuelvan las estrellas.” Cerró la mano, temblando, y retrocedió.

—No quiero saber más —dijo en voz baja.

El grupo guardó silencio, ellos no eran historiadores.

El agua seguía cayendo con un ritmo constante, y la débil luz del cristal oscilaba como si respirara.

Aether se movía inquieto, mirando el techo.

—Algo está mal.

Este lugar… no está dormido —gruñó, casi inaudible.

El flujo de qi se había vuelto errático mientras más se adentraban.

El aire parecía moverse en direcciones imposibles, como si el espacio se doblara sobre sí mismo.

Maribel sintió un tirón en el pecho: una vibración que provenía de lo profundo, un eco que acosaba al grupo.

—Debemos irnos —dijo Richard, pero Amara negó.

—Si subimos ahora, el dragón rojo nos encontrará.

Aquí el qi interfiere con su hechizo, ¿lo sienten?

Es como si el mundo nos escondiera.

Sofía observó los símbolos en las paredes, fascinada y temerosa.

—¿Quién pudo construir esto…?

Nadie respondió.

El grupo se acomodó en el suelo, cerca del arroyo.

Había restos de utensilios metálicos, y una lámpara con cristales rotos que aún parecía contener luz atrapada en su interior.

Mientras los demás descansaban, Maribel permaneció despierta, mirando el cuaderno desde lejos.

La traducción del sistema seguía brillando en su mente, como si insistiera en que continuara leyendo.

Pero ella solo cerró los ojos.

El murmullo del agua se volvió un arrullo, y, por un momento, volvió a un mundo de risas, globos, parques, carros y voces que hablaban otro idioma… voces de un tiempo que ya no existía.

_________________________________________________________ El amanecer no existía en ese lugar, pero la antorcha de Amara se apagó, así que encendieron otra.

El fuego se reflejó en las gotas que caían desde el techo, iluminando una grieta que descendía aún más profundo.

El grupo avanzó con cautela.

No tardaron en descubrir un corredor secundario, apenas insinuado tras un derrumbe parcial.

Aether, siempre el primero en olfatear lo oculto, apartó unas piedras con las manos desnudas y dejó al descubierto un pasaje bajo y estrecho.

El aire que salió de allí olía a polvo, pero también a humo y a aceite rancio, como si alguien hubiese cocinado allí alguna vez.

Maribel se inclinó, tocando la pared: no era solo roca.

Estaba cubierta por una fina capa de arcilla endurecida, marcada con líneas y símbolos.

Dibujos de figuras humanas, manos pequeñas, trazos torpes que parecían hechos por niños.

—Aquí vivieron personas —susurró Sofía—.

No solo pasaron por aquí… vivieron.

Entraron.

El primer refugio no era más grande que una habitación.

En un rincón quedaban restos de esteras de fibras vegetales, petrificadas por el tiempo.

Había cuencos partidos y una vasija en cuyo interior todavía descansaban semillas negras.

Richard las levantó y las olió.

Maribel sentía una presencia tenue, un rastro de emoción incrustada en el aire, como una tristeza que no terminaba de marcharse.

El sistema permanecía en silencio, aunque cada tanto brillaba una runa azul en la periferia de su visión: Registro parcial detectado.

Ella evitó mirar.

Siguieron avanzando hacia un túnel lateral que ascendía ligeramente.

Allí encontraron el segundo refugio.

Era más grande, y en el centro había un objeto que parecía un brasero hecho con piezas de metal ensambladas a mano.

Alrededor, un círculo de piedras talladas con inscripciones finas, como oraciones o promesas.

Una de las paredes tenía grabados más detallados: hombres con espadas, mujeres sosteniendo lámparas, niños mirando hacia una puerta abierta que se perdía en la oscuridad.

Sofía tocó una de las figuras.

—Intentaban salir… —dijo—.

O huían de algo.

Amara inspeccionó las esquinas y encontró huesos.

Pequeños, humanos.

Tal vez un niño.

No dijo nada, pero Maribel lo notó por la rigidez en sus hombros.

El tercer refugio estaba más adelante, tras una curva amplia donde el suelo se hundía.

Allí, el grupo se detuvo.

Las paredes estaban cubiertas por trozos de tela descolorida: lo que quedaba de banderas o prendas colgadas.

Algunas tenían bordados con hilos metálicos apenas firmes, formando caracteres curvos, elegantes.

En el centro había un banco de piedra y, sobre él, algo semejante a una caja hecha con paneles de madera y alambre, casi desintegrada.

Dentro, Maribel encontró fragmentos de papel… y un colgante de metal con una cruz.

La superficie del papel estaba corroída.

Lo sostuvo en silencio, sintiendo una punzada en el pecho.

Por un instante, el sistema proyectó una traducción incompleta: “Para que recuerdes el cielo cuando no haya sol.” Aether, inquieto, giró la cabeza hacia el pasillo por donde habían llegado.

—No estamos solos —dijo.

El eco de su voz se perdió, y de nuevo solo se oyó el agua goteando.

—Nadie podría vivir aquí —susurró Sofía, con el rostro pálido—.

Y sin embargo, ellos lo hicieron.

—O intentaron hacerlo —añadió Richard, agachándose para examinar el brasero roto —.

Tal vez fue su último refugio antes de volver a la superficie.

Maribel cerró la mano en torno al colgante.

El metal estaba frío, pero al contacto, por un momento, creyó sentir un latido.

El grupo permaneció en silencio largo rato.

El aire en la cueva era espeso, cargado de memoria.

Cada respiración parecía despertar murmullos lejanos, pasos que no eran suyos.

Más adelante, una corriente de aire les indicó la salida a una cámara mayor, aún más profunda.

Allí, el qi se movía como una corriente viva, deslizándose entre las rocas.

Aether lo sintió vibrar dentro de su pecho y frunció el ceño.—El espacio aquí es…

extraño —dijo, bajando la voz.

—Como si algo faltara.

Maribel no respondió.

Miraba el vacío, el colgante aún en su mano.

Por un instante, el fuego de la antorcha titiló, y el reflejo del metal dibujó en su mente una visión: siluetas de personas que ya no estaban, corriendo hacia una luz…

desesperados buscaban la salida a gritos.

Esa visión dejó a Maribel completamente temerosa, el frío de la caverna no ayudaba para nada a calmarla.

____________________________________________________________________ El aire dentro de la cueva tenía un espesor casi líquido.

Maribel lo notó apenas avanzaron más allá de la cámara del cristal: el qi se movía con lentitud, como si cada respiración tirara de un hilo invisible.

No había viento, y sin embargo, las antorchas de sus compañeros titilaban con intermitencia, proyectando sombras que parecían deformarse cada vez que alguien parpadeaba.

El suelo descendía en pendiente irregular.

Piedras húmedas, restos de herramientas oxidadas, fragmentos de vasijas de barro con símbolos tallados que el tiempo había hecho ilegibles.

En las paredes, trazos de tinta natural representaban rostros humanos con orejas puntiagudas y ojos almendrados, vestidos con ropas extrañas, algunas similares a las que llevaban los cultivadores antiguos.

Maribel se detuvo a observar una de esas figuras: tenía en las manos un artefacto que despedía líneas, como si fuera un rayo congelado.

No sabía por qué, pero sintió que esa pintura contenía un grito.

El grupo avanzó en silencio.

Richard al frente, su espada envuelta en un resplandor pálido; Amara detrás, cuidando el flanco con un talismán de detección en mano; Sofía cerrando la formación, el ceño fruncido; y Aether, con los sentidos del lobo temblando bajo su piel.

Él era el único que murmuraba de vez en cuando.

—Hay algo vivo aquí abajo —dijo por tercera vez, con el olfato crispado—.

No sé qué es… pero huele como una persona sucia.

Maribel no respondió.

El sistema, en cambio, sí lo hizo, su voz resonando directamente en sus mentes:—El flujo del qi aquí no existe, es una energía concentrada de malicia que hace una función similar al qi.

La salud del espacio se encuentra alterada.

Peligro inminente.

—Ya lo siento… —Respondió ella—.

El aire está enfermo.

Las ruinas se extendían como un laberinto.

Entre pasadizos se encontraban pequeñas estancias que daban testimonio de vida: fogones apagados, ropa convertida en polvo, utensilios de metal corroído.

En tres de esas habitaciones hallaron señales recientes: cenizas aún tibias, huellas diminutas y un olor a sudor humano mezclado con humedad mineral.

Cuando se detuvieron a examinar una de las cámaras, las antorchas iluminaron rostros nuevos.

—No teman —dijo una voz profunda, grave, que provenía de la oscuridad—.

Nosotros también nos refugiamos aquí.

De entre las sombras emergieron figuras bajas, robustas, con ropas cubiertas de tierra y cicatrices en los brazos.

Tenían el cabello trenzado y ojos de un gris ambarino.

Enanos.

Había cuatro de ellos.

Uno de los hombres, de barba trenzada, sonrió mostrando dientes mellados.—Somos mineros del este, atrapados aquí desde hace semanas.

Hay caminos que se hundieron por los temblores, y el aire arriba está envenenado —explicó—.

Ustedes parecen gente fuerte… quizás podamos ayudarnos.

Necesitamos gente que vaya adelante por los monstruos que aparecieron antes.

Sofía intercambió una mirada con Richard; no era desconfianza, sino cautela .Aether se mantuvo rígido, los ojos entornados y sus rasgos semihumanos escondidos con la técnica de transformación.

Maribel, sin embargo, sintió algo distinto.

El sistema no habló, en vez de eso un profundo rechazo vino de él, incluso asco, algo que no era normal para alguien que básicamente era casi imperturbable, solo hubo una ocasión que sintieron algo similar del sistema: El alma naciente corrupto.

El mensaje implícito fue un susurro helado, incluso Maribel se esforzó por no mostrar sorpresa, era como si un movimiento de la mente del sistema recogiera miles pensamientos, pero ninguno era bueno.

Y aunque Maribel no lo transmitió, Aether giró la cabeza bruscamente hacia los recién llegados.

El sistema también estaba dentro de él.

Pero los enanos actuaron con naturalidad.

Encendieron lámparas hechas de minerales lumínicos y guiaron al grupo por un corredor amplio, donde las paredes se abrían en arcos tallados.

Los símbolos cambiaban: ya no eran figuras humanas, sino remolinos, ojos y líneas que parecían moverse si uno los miraba demasiado tiempo.

—Esto era un santuario —dijo uno de los enanos—.

Los antiguos adoraban al corazón del mundo.

Maribel sintió un escalofrío.—¿Y dónde está ese corazón ahora?

El enano rió.—Ah… sigue latiendo, solo que más abajo.

—Tal parece que la mejor manera de encontrar la salida ahora mismo es llegar a ese lugar, porque emite una energía que provoca resonancia, si lo absorbemos en esta gema entonces podremos usarla para mapear el entresijo de caminos.

—Fue muy difícil encontrar esta piedra —Agregó otro enano —Estuvimos cavando por mucho tiempo, incluso me cansé de contar.

Además de que debíamos tener cuidado de los peligros fuera de estas ruinas.

El grupo continuó avanzando con la guía de los enanos.

Adentrándose más profundo vieron cosas tenebrosas, grabados con sangre seca y unos esqueletos, Maribel podía sentir que algunas cosas en esos cráneos no eran como deberían, tal vez no eran de humanos.

—¿Qué pasó aquí?

—Preguntó Richard.

—Como dijimos, este lugar es peligroso.

No se sorprendan, no es la primera vez que verán esto, veremos más mientras sigamos bajando.

Sinceramente si ustedes no llegaban no sabríamos cómo hacer para obtener esa resonancia.

Un ambiente de inquietud llenó a todos, era normal después de haber visto aquello, además el grupo pese a estar en establecimiento de la fundación no eran precisamente versados en peleas, menos aún en ambientes cerrados —por espacioso que sean las cámaras— Pero Maribel se inquietó por otra cosa, el olor a sangre no coincidía con los vestigios de la habitación.

Sofía le mandó una mirada de reojo, parecía que ella también sospechaba, pero los Enanos no tenían atención alguna en ese leve intercambio, era normal que los grupos usaran señas para coordinar rápidamente actividades, una simple mirada de tensión no era nada en este ambiente.

Así pensaron ellos.

Aether apretó sus labios con fuerza, sentía cada vez más que el lugar era extraño, estaba seguro ahora que deberían volver.

El sistema sentía rechazo a esta gente, nada menos que rechazo, eso ya era una gran bandera roja.

Al llegar se encontraron con una cámara vacía con muchos caminos en los laterales, al menos así era para la mayoría, pero Maribel sintió algo extraño, una presión externa hiso que su corazón se acelerase y le doliera un poco, pero esa sensación se sentía ajena, algo que no debería poder pasar con sus habilidades selladas.

La mayor reacción vino de Aether, quien se tensó e inhaló profundo para tomar valor.

El aire cambió.

El qi se tornó pesado, vibrante, y un leve zumbido empezó a escucharse desde el fondo del pasadizo.

Entonces el sistema habló otra vez:—Distorsión detectada.

Fuente: Resonancia del “inexistente”.

Maribel sintió un golpe en el pecho.—¡Atrás!

—gritó.

El primer ataque vino de la derecha.

Uno de los enanos, el que los guiaba, se estremeció violentamente y sus ojos se tiñeron de un verde oscuro, apagado.

Su piel se agrietó y de las fisuras comenzó a brotar un qi denso, negro y aceitoso.

Los otros tres lo siguieron: sus cuerpos se deformaron, las venas sobresalieron, los dientes se ennegrecieron, y sus voces se volvieron ecos descompuestos.

—No debieron entrar aquí… —gruñeron al unísono.

El túnel se llenó de vapor oscuro, incluso la luz de la antorcha se perdió, aunque quemaba como siempre.

Richard alzó su espada; por un momento la luz del arma se volvió débil como si algo la devorara, pero una fuerza misteriosa la hiso brillar con fulgor.

Amara activó un círculo de protección, pero el qi negro lo perforó desde abajo.

Sofía lanzó una ráfaga de llamas azules, que solo consiguió iluminar brevemente los rostros de los enanos antes de que volvieran a la oscuridad.

Aether rugió, un sonido gutural que hizo vibrar el aire, y se lanzó sobre uno de ellos, hundiendo los colmillos en su cuello.

Pero el enano no sangró; una sustancia negra lo recubrió y lo envolvió hasta hacerlo estallar en una nube de humo corrosivo.

Pero antes de que eso pasara Amara tomó al niño por el cuello en pleno salto y evitó que este mordiera al enano.

—¡Atrás!

¡Por aquí!

—Maribel señaló un corredor lateral.

El sistema gritaba en su mente, no con voz, sino con pulsos de energía que se confundían con los latidos de su corazón.

Corrían a través del laberinto, las sombras persiguiéndolos, los pasos de los enanos resonando con golpes metálicos y pesados de su armadura.

Cada giro del pasillo parecía idéntico al anterior, pero había algo que los guiaba, un instinto sutil en el entorno que Maribel podía sentir aunque no comprender.

Y entonces la vieron.

O mejor dicho no lo vieron.

Una grieta suspendida en el aire.

No era una abertura física, sino una fractura que cortaba la realidad, como si el espacio mismo se hubiera rajado.

Era imposible entender aquello, era como si al pasar la vista por ese lugar sus ojos dejaran de ver, literalmente, no había nada…

como si dejaran de tener ojos, incluso el color dejó de existir, solo sabían que había algo porque de su interior salía una bruma translúcida que se movía contra el viento, por lo demás era imposible percibir lo que tenían delante, como si sus sentidos no existieran.

El sistema habló con voz monótona:—La anfitriona se a encontrado con una incursión de un mundo inexistente.

Detrás de ellos, los enanos emergieron.

Sus cuerpos se contorsionaban, las voces se mezclaban con risas que no eran suyas.

Maribel miró a los suyos.—Es eso o morir aquí.

Nadie respondió, pero todos lo entendieron.

Cruzaron la grieta.

El mundo se dobló sobre sí mismo.

El suelo se volvió líquido por un instante, el aire ardió en frío, y los sonidos desaparecieron.

La última imagen que Maribel alcanzó a ver antes de perder el sentido fue la de los ojos verdes de los enanos apagándose uno por uno, luego por un momento las cosas perdieron sentido, como si intentara despertar su conciencia dentro de un sueño.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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