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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 27

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27: Tras el portal 27: Tras el portal Un grupo de personas yacía en el suelo, los ojos cerrados, mirando hacia el cielo.

El aire estaba cargado.

No sabían qué era exactamente, pero sentían que quería invadirles el cuerpo.

—¿Qué es esto?

—preguntó Sofía, frunciendo el ceño.

Levantó la mano, tanteó el aire… y se estremeció.

—¡Nos largamos de aquí, rápido!

No esperó respuesta.

Tomó a Richard del brazo y lo obligó a levantarse.

Maribel escuchó la advertencia y reaccionó al instante, incorporándose y ayudando a Aether a ponerse de pie.

Richard y Amara la siguieron poco después; ambos mostraban una incomodidad creciente, frunciendo el entrecejo sin poder explicarlo.

—¿Preguntas para después?

—dijo Maribel, sin entender qué les inquietaba tanto.

—Nos vamos —ordenó Richard, sujetando a Amara.

Luego lanzó una mirada urgente a Maribel, y ella entendió.

Miró a Aether.

El niño lobo cerró los ojos un momento, concentrándose, y luego señaló una dirección.

No tardaron más de medio minuto en abrirse paso por el techo.

Al salir, el hardiente los golpeó de frente.

Pero lo que realmente los paralizó fue lo que vieron: las ruinas de una civilización que alguna vez había construido maravillas.

Maribel cayó sobre sus rodillas, sin poder contener el impacto de la visión.

Sofía la imitó, sus piernas cediendo.

Amara abrió la boca con asombro, mientras Richard tropezaba hacia atrás, cayendo sentado.

Solo Aether permanecía en pie, con la mirada fija, fascinado.

El entorno era una mezcla de grandeza y desolación.

Edificios derrumbados, estructuras a medio colapsar, una atmósfera ruinosa… y, sin embargo, la gente parecía vivir en paz entre los escombros.

Hombres y mujeres caminaban de un lado a otro.

Algunos llevaban la ropa sucia, el cuerpo cubierto de polvo, pero sin dar muestras de preocupación.

Otros, en cambio, vestían atuendos tan extraños que el grupo sintió un escalofrío solo al verlos.

No había magia en ellos, simplemente lo que vestían era muy extraño.

Ropa colorida con combinaciones caóticas de negro y arcoíris, pantalones sujetos apenas por tiras laterales que partían desde las camisas, sin ajustes en la cadera, otras prendas que eran poco más que cuerdas o bisagras metálicas articuladas.

Las mujeres, especialmente, lucían diseños provocativos: blusas sin mangas con aberturas amplias entre los pechos, minifaldas que solo cubrían el frente y el trasero, y algunas muchachas con simples pegatinas sobre los pezones caminaban por las calles como si fuera lo más natural del mundo.

El contraste era tan extremo que Maribel sintió una punzada en el pecho, aquellas personas se movían con la seguridad de quien se sabe a la moda, pero el lugar donde vivían… se caía a pedazos.

—¿Qué… deberíamos hacer?

—preguntó Maribel, recuperándose antes que los demás.

La vista le resultaba ligeramente más familiar que al resto.

Richard frunció el ceño con disgusto.—Por ahora, escondernos.

Debemos entender dónde estamos.

Todos asintieron.

Se dieron la vuelta en busca de un lugar apartado.

A unos kilómetros divisaron un río, y corrieron hacia allí.

El agua era marrón, espesa, y olía a podredumbre.

Aether vomitó apenas se acercó.

Así que se alejaron del río.

—¿Estás bien, chico?

—le preguntó Richard cuando se alejaron algunos cientos de metros.

El pequeño lobo agitó la cabeza, el rostro contraído.—Todavía siento ese olor en la nariz… Amara suspiró, asqueada.—Esta aventura no es como esperaba.

No es emocionante… es asquerosa.

Desde que ese maldito…

desde que el dragón rojo empezó a acosarnos, todo fue cuesta abajo.

El respeto en su voz se desvanecía poco a poco.

Se cruzó de brazos, frustrada.

—Como sea —intervino Richard—, tenemos que hacer algo.

No sabemos qué clase de gente vive aquí.

—Podemos intentar conocerlos —sugirió Aether.

Sofía negó de inmediato.—No sabemos si hablamos el mismo idioma.

Nunca escuché de una nación que vista así.

Richard miró a Maribel y a Aether.—¿El espíritu que los acompaña dijo algo?

Ambos negaron.—Está incómodo —respondió Maribel—, pero no ha dicho nada más.

El grupo intercambió miradas inquietas.

Ese espíritu era un misterio, pero al menos no parecía que corrieran peligro inmediato.

De pronto, Maribel y Aether abrieron los ojos al unísono.

Un estruendo lejano retumbó desde la ciudad, seguido por una columna de humo color mostaza que se elevó al cielo.

Corrieron de regreso, y lo que encontraron los dejó sin palabras.

La ciudad estaba en silencio.

No por miedo, ni por ausencia de vida: la gente seguía allí, pero con los ojos verde oscuro, apagados, dejando tras de sí un leve rastro luminoso.

Todos miraban en dirección al lugar donde ellos habían aparecido.

Muchos edificios aledaños estaban derrumbados, sus escombros ocultos tras un humo denso.En el centro de atención, donde antes estuvo su portal de llegada, solo quedaba un agujero… y los cuerpos retorcidos de enanos monstruosos luchando contra la multitud humana.

Algo estaba terriblemente mal.

Los enanos, deformes y cubiertos de qi negro, atacaban sin descanso, pero ningún humano retrocedía.

Aunque los cortaran en pedazos, esos cuerpos rotos se arrastraban de nuevo, y un líquido negro como petróleo unía las partes otra vez.

—¿Qué… qué demonios estoy viendo?

—susurró Sofía, cayendo de rodillas—.

Esa gente se está suicidando… Un grito desgarrador atravesó la multitud.

Era una voz distorsionada, chirriante, como si alguien gritara sin control de su propio cuerpo.

Ese sonido le resultaba muy familiar a Maribel, con pesadumbre se volteó y miró.

A Maribel le recorrió un escalofrío tan profundo que por un instante sintió algo moverse bajo su piel y se sacudió los brazos.

Una advertencia resonó en su mente: «Advertencia: se detectó la aparición de un demonio en la ascensión de la tribulación.» El grupo miró hacia donde Maribel tenía la vista fija… y todos se quedaron petrificados.

Un hombre —o lo que quedaba de él— emergió entre la multitud, saltando con una ferocidad inhumana.

No parecía tener vida, pero se movía con la fuerza de un coloso.

Su mera presencia generaba ondas de presión en el aire, amplificadas por sus golpes.

En segundos, los enanos fueron dominados.

Golpeó a uno y lo lanzó contra un edificio, derrumbándolo por completo.

A otro le rompió la armadura con las manos desnudas y lo arrastró por la barba antes de estamparlo contra el techo de otro edificio.

Cuando los demás intentaron huir, les rompió las piernas con un simple gesto del dedo.

Uno de los enanos intentó esquivarlo, pero el muerto apareció a su espalda y lo mordió con tanta fuerza que atravesó el metal.

Con brutalidad, lo sujetó de los hombros y tiró hasta arrancarle un brazo.

La escena era grotesca.

El muerto reunió los cuerpos de todos los enanos y los devoró con una sonrisa amplia, casi satisfecha, desgarrando pedazos de carne mientras los gritos resonaban por toda la ciudad.

Partes de armadura caían ensangrentadas mientras devoraba vivos a los enanos, los consumió sádicamente hasta matarlos, luego vomitó y volvió a comer los restos en el suelo.

Repitiendo hasta quedar satisfecho.

Cuando terminó, apenas quedaban restos reconocibles.

La multitud humana estalló en vítores y aplausos, gritando con euforia, celebrando la masacre.

Poco a poco, los cuerpos de la multitud comenzaron a deformarse… el muerto giró en dirección al grupo.

Pero antes de que la transformación completara, un estruendo ensordecedor retumbó.

El suelo vibró, el aire se volvió pesado.

Todos, incluso los monstruos, se detuvieron.

Por primera vez, compartían una emoción común: miedo.

Y entonces, el cielo se oscureció.

Una sombra colosal se extendió sobre todos.

El cielo se volvió negro, y las nubes giraron con violencia, arrastradas hacia un punto central como si algo las devorara desde lo alto.

Una columna de luz azul descendió del firmamento a una velocidad imposible.

El suelo tembló, el aire se llenó de chispas que danzaban sobre un radio de cincuenta metros.

El sonido era ensordecedor, en el centro una sinfonía de mil relámpagos concentrados en un solo punto.

El muerto viviente, el demonio, fue reducido a nada.

Ni cenizas quedaron que llevara el viento.

Los que estaban a punto de transformarse retrocedieron a sus formas humanas.

En cuestión de segundos, la multitud volvió a caminar con normalidad, hablando, riendo…como si nada hubiera ocurrido.

El grupo permaneció oculto, paralizado.

Aether intentó articular una palabra, pero la mano fría de Maribel le tapó la boca.—Retrocedamos —susurró.

Su voz sonaba hueca, como si viniera desde un pozo.

Nadie discutió.

Sin embargo, cuando intentaron moverse, el miedo les ancló los pies al suelo.

Richard fue el primero en intentar dar un paso… pero el crujido de una piedra bastó para detenerlo.

El silencio era tan absoluto que cualquier ruido se sentía como un grito.

Pasaron varios minutos así, en un mutismo sofocante.

Entonces, un sonido suave rompió la quietud: alguien se movía entre los escombros.

Un hombre emergió del último piso de un edificio parcialmente derruido.

Se arrastraba, con las piernas ensangrentadas, y gemía de dolor.

Estiró una mano, y una tenue luz verde limpió el aire a su alrededor antes de envolver sus heridas.

El grupo observó en silencio, conteniendo el aliento.

El hombre gritó, un sonido gutural, mitad rabia, mitad agonía.

Bajo el sol inclemente, el calor debía ser insoportable.

El polvo flotaba en el aire, casi invisible, pero bastaba una inhalación para sentir que el pecho ardía.

El cielo tenía dos tonos: un azul profundo al oeste y un gris oscuro al este, como si el día y la noche hubieran quedado atrapados a mitad de una disputa.

El hombre jadeaba, con el rostro cubierto por una mascarilla rota.

Se quitó los restos con torpeza y respiró con alivio.

Un rifle descansaba en su espalda, reforzado con piedras espirituales incrustadas en su estructura.

Una gema más grande reemplazaba el visor, brillando con un pulso tenue.

—Malditos monstruos… —escupió una bocanada de sangre—.

Ojalá el demonio se los lleve y ardan en el infierno.

Una nueva luz verde recorrió su cuerpo; sus heridas cerraron poco a poco, aunque el proceso fue doloroso.—¡Aaahhh, maldición!

—gritó, mientras los huesos chasqueaban y volvían a su sitio.

El esfuerzo lo dejó exhausto.

Respiró hondo, su visión nublándose.

El calor lo envolvía, y la sed era insoportable.

—Esto es lo peor… —murmuró, casi delirando—.

Algún día… voy a comerme su corazón… voy a quitarles su poder… debo hacerlo… Sus palabras eran más un instinto que pensamiento.

Tomó el rifle, usándolo como apoyo, y avanzó tambaleante.

El camino estaba destruido: grietas profundas, casas reducidas a polvo, acantilados donde antes hubo colinas.

Caminó sin rumbo, solo porque quedarse quieto equivalía a morir.

«Sé que es inútil» pensó «No llegaré a ningún lado».

Una voz interior respondió:«¿Pero piensas rendirte por eso?» Él sonrió con amargura.

«Es eso o rendirme… así que no tengo opción».

Siguió descendiendo la colina, los pasos pesados, el alma cansada.

Se detuvo frente a un árbol solitario, sin frutos.

Dejó caer su cuerpo al suelo.

«A quién engaño… si alguien viniera a matarme ahora, ni siquiera podría oponer resistencia».

El calor le devoraba las fuerzas.

No sudaba, pero su piel ardía como fuego.

Miró el horizonte: donde alguna vez hubo casas, ahora solo quedaban montones de polvo y piedra.

El cielo, increíblemente, aún era azul.

Un ruido seco lo despertó del sopor.

El agua comenzó a caer del cielo en una lluvia repentina y feroz.

El hombre juntó las manos y bebió como un animal sediento.

Después se recostó otra vez… y se durmió.

Cuando despertó, el sol volvía a brillar, y las hojas del árbol aún estaban húmedas.

Pero su rifle había desaparecido.

El pánico lo atravesó.

Buscó alrededor, con los ojos enrojecidos.

Entonces, una voz lo hizo alzar la vista.

—¿Dónde estamos?

—preguntó alguien desde arriba.

El hombre levantó la cabeza y se quedó helado.

Sobre las ramas del árbol había cinco figuras: un joven de unos veinte años, tres mujeres, y un niño que ocultaba el rostro bajo una capucha.

El hombre los miró con recelo.—¿Me lo preguntas a mí?

—escupió al suelo—.

Como si no tuvieran nombre para este lugar.

Lo tenía antes de que llegaran… lo tendrá cuando sigan aquí y me maten.

Sus ojos destilaban rabia y desesperanza.—Pero hay algo que nunca debieron hacer… —sonrió con una mueca salvaje—.

Exponerse tan abiertamente.

Su mano se movió con velocidad, y una daga silbó por el aire.

Una de las mujeres —de rasgos europeos, mirada fría— la esquivó antes de que él siquiera completara el lanzamiento.

—Tsk.

El hombre giró sobre sí mismo y echó a correr, metiendo algo en la boca: una pastilla.

—¡Espera!

—la voz de Maribel sonó detrás de él, firme pero calmada.

El hombre se detuvo, dudando.

Giró apenas a tiempo para verla caer del cielo, silueteada contra el sol.

Aterrizó frente a él con ligereza, sin levantar polvo.

Él levantó los puños, desconfiado.—Veo que estás a la defensiva… —dijo Maribel con voz serena—.

Supongo que es normal.

El viento movía suavemente su abrigo, austero pero limpio.

A diferencia de los demás, este grupo no parecía pertenecer a ese mundo.

—Sé que es… sospechoso —continuó—, pero realmente necesitamos información básica.

—Extendió la mano con una leve sonrisa—.

No queremos hacerte daño.

El hombre apretó los dientes.

Intentó morder la pastilla, pero de pronto una figura se movió a su lado con una rapidez imposible.

Sofía.

Le sujetó la mandíbula con fuerza, obligándolo a escupir el veneno.

Por más que intentó morderla, fue como si sus dientes chocaran contra hierro.

—Hmph… ¿cianuro?

—murmuró Sofía, curiosa—.

Nunca había visto una pastilla así en persona.

Maribel sonrió tranquilizadoramente.

El hombre la miró con horror.A sus ojos, esa sonrisa amable era peor que la muerte: ya no tendría escapatoria.

—Por tu ropa y tus armas —dijo Maribel, analizando su uniforme—, asumo que eres militar.

Por increíble que suene, nosotros somos civiles.

El hombre no respondió.

Su mente giraba buscando una salida.

De repente, gritó y se lanzó con la daga, dispuesto a suicidarse antes que ser interrogado.

Pero Aether apareció a su espalda, silencioso como una sombra, y lo derribó antes de que pudiera reaccionar.No entendió cómo ese niño se había movido tan rápido hasta su espalda sin ser detectado.

Lo ataron con cuerdas y lo llevaron a un bosque ennegrecido cercano.

El aire allí olía a madera quemada y óxido.

Pasó un rato antes de que alguien hablara.

—Oye… ¿por qué no lo obligamos a hablar?

—sugirió Amara—.

Somos más fuertes que él.

Sofía asintió con ironía.—Con la ayuda del espíritu que te acompaña, puedes entender cualquier idioma, Maribel.

Qué conveniente… ¿por qué no lo usamos para interrogarlo?

Maribel los miró con una mezcla de cansancio y decepción.Su semblante estaba sereno, pero sus ojos reflejaban algo más profundo: miedo.Miedo a ese mundo donde los muertos caminaban.

—Si encontramos a alguien que no es uno de esos… —dijo al fin— prefiero ganarme su amistad.

Los demás se miraron, dudosos.

Richard suspiró y sacó su espada.—Ya esperamos suficiente.

No va a hablar por las buenas.

Maribel le tomó el brazo con calma.—La gratitud es una mejor cadena que el miedo.

—Su tono fue tan firme que Richard detuvo el movimiento.

Aether se adelantó y miró al prisionero.—No queremos hacerte daño.

El hombre soltó una risa áspera.—Sí, se nota.

Si no quisieran, ese chico estaría sacando flores, no una espada… —Sonrió con sarcasmo—.

Ah, espera, sí está sacando una espada.

Maribel mantuvo la calma.—Sé lo que parece, pero no mentimos.

Estamos perdidos… y asustados.

El hombre los observó con cautela.—¿Quiénes son?

Maribel pronunció unas palabras en un idioma extraño, y el grupo asintió.—Yo soy Maribel.

Este pequeño es Aether.

Él es Richard, y ellas son Amara y Sofía.

El hombre bufó.—Qué rápido inventan nombres.

Maribel alzó una ceja.—¿Por qué dices que los inventamos?

—Porque los que son como ustedes no tienen nombres.

—Su voz sonaba entre asco y miedo—.

Si acaso, solo gruñidos o movimientos sin sentido.

Aether se tapó la cabeza con las manos, las orejas bajo la capucha.—No somos como ellos.

—Su voz temblaba, pero era sincera—.

Ellos son monstruos… nosotros somos personas.

El hombre lo observó largo rato.—¿De dónde son?

—Del Reino del Espejo —respondió Aether—.

Un lugar gobernado por el rey dragón rojo.

El hombre se tensó.—Nunca escuché de ese sitio.

Maribel intervino con tono tranquilo.—Seguro que no.

Es de otro mundo.

Por tu rostro, diría que eres… asiático, ¿verdad?

Él la miró con sorpresa.—Así es… —respondió, un poco más calmado—.

Así que son humanos.

Eso es… bueno.

Maribel lo observó con desconfianza.—¿Por qué lo dices ahora?

—Porque esas cosas no distinguen entre humanos.

Nos ven a todos iguales —contestó él—.

Como nosotros a las cucarachas.

Maribel hizo una mueca de asco.—No menciones cucarachas.

Él rió por lo bajo.—Entonces… ¿quieren saber dónde están?

Maribel asintió.—Exactamente eso.

El hombre miró al suelo, pensativo.—Están en territorio enemigo.

Me enviaron a investigar fluctuaciones de energía anómalas.

Cuando llegué, esas criaturas aparecieron.

Intenté escapar… y terminé aquí.

Maribel lo miró fijamente.—¿No te atacaron?

—No —dijo él tras dudar un momento—.

No me atacaron.

Creo que ustedes vinieron por esa puerta del vacío.

Maribel frunció el ceño.—Así es.

¿Por qué no te atacaron a ti?

Él sonrió con cierta satisfacción.—Porque deben fingir ser humanos.

Maribel y Aether intercambiaron una mirada.—¿Por qué?

—preguntó ella.

—Porque si no lo hacen… Dios los castiga.

El silencio cayó entre ellos.

Maribel se apartó unos pasos, hablando en voz baja con Richard.

El hombre, sin comprender el idioma, esperó.

Ella volvió y le preguntó:—¿Qué “Dios”?

—Dios —repitió él, como si fuera obvio—.

¿Quién más podría ser?

Maribel asintió lentamente.—Así que lo llama Dios… ¿Cuál es su nombre?

En su mente, la voz del sistema respondió mecánicamente: «Los nombres verdaderos no pueden ser enseñados.

Este ser no desea que sepas de su existencia.» Maribel apretó el puño.—Entonces iremos contigo.

Debes entregar tu informe a tus superiores, ¿Verdad?.

El hombre soltó una carcajada amarga.—Ojalá pudiera.

Pero ni siquiera puedo regresar.

Maribel lo miró fijamente, y una presión invisible cayó sobre sus hombros.El hombre tragó saliva.—Está bien… no puedo prometerles acceso, pero pueden acompañarme.

El grupo reanudó la marcha.

De vez en cuando, atravesaban zonas donde el qi se volvía patogénico, corrompido.

El hombre purificaba el aire con su magia verde, aunque eso lo debilitaba cada vez más.

—Rayos —murmuró Sofía, mirando el cielo plomizo—.

¿El cielo nos abandonó realmente?

Parece que volvió solo para torturarnos.

—Huir de un mundo opresor para llegar al apocalipsis… —dijo Amara con sarcasmo.

Maribel no respondió.

Aunque su mente coincidía, su corazón no sentía nada.

Era como si algo dentro de ella… se estuviera apagando.

Una pregunta le carcomía la mente: ¿Qué pasó aquí?.

El sistema no parecía querer responder.

—Todo es parte del camino —Se repitió ella misma, recordando las palabras del sistema, suponiendo que no la querría ver muerta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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