Sistema de Evolución Universal - Capítulo 28
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28: Tras el portal 2 28: Tras el portal 2 El cielo era gris, denso, como una sábana que sofocaba la luz.
Sin embargo, aquel tono apagado no traía frescura alguna.
El calor continuaba pegándose a la piel, pesado, seco, casi enfermizo.
El grupo avanzaba cansado, respiraciones cortas, cuerpos tensos.
Cada paso se sentía como una carga añadida a la espalda.
Maribel observó el entorno con un gesto de desagrado, limpiándose el sudor de la frente.
—¿Qué le pasa a este lugar?… Es demasiado caliente.
El hombre que los guiaba, el desconocido del rifle, no se detuvo ni miró atrás.
—El mundo ha sido así desde siempre, princesa —respondió con naturalidad.
Entonces, sin transición, apuntó el arma hacia Aether.
—Si fuera ustedes, también usaría capucha.
Por algo yo llevo una… Solo esas cosas no necesitan protegerse del sol.
Maribel tradujo al resto en su lengua compartida, manteniendo el tono neutro, aunque sus ojos permanecieron atentos, sospechosos.
Pocos minutos después llegaron a un pequeño estanque.
El agua era turbia, oscura, estancada.
El hombre sacó un filtro de mano y comenzó a verter agua lentamente a un envase, dejando que el líquido pasara a través del mecanismo y se acumulase limpio en el interior.
El grupo lo miró sorprendido.
Aquel objeto parecía demasiado útil, demasiado avanzado para alguien que afirmaba sobrevivir aquí por años.
Maribel frunció el ceño.
—No pretenderás beber eso… ¿verdad?
El hombre soltó una carcajada baja.
—Claro que no.
Extendió la mano, y una luz verde brotó de su palma.
Un brillo suave recorrió el envase, purificándolo.
—Ahora sí pretendo beberlo.
Maribel asintió.
No tenía nada sólido con qué cuestionarlo… El hombre bebió y luego añadió, sin cambiar el tono: —Dile a tu gente que se reabastezca ahora.
Desde aquí en adelante será duro.
Maribel arqueó la ceja.
—¿Por qué?
Él señaló el límite borroso del horizonte.
—Entraremos en una zona sin magia.
—Golpeó su arma con la palma—.
Esto no servirá para nada allí.
Pero al menos me servirá para caminar.
—¿Ya estamos cerca?
—preguntó Maribel.
—Sí.
Justo después del Desierto de Magia.
Ella regresó con su grupo y transmitió la información.
Los rostros se tensaron.
—He escuchado que esos lugares pueden absorber el qi de un cultivador… dejándolo seco —comentó Amara, asustada y feliz por conocer ese lugar.
—Esos son solo mitos —respondió Sofía, con un suspiro forzado.
Richard la miró de reojo.
—Los mitos nacen de algún lado.
Sofía apretó los labios, ofendida, como si hubiera acusado a alguien de traición.
—De cualquier forma —dijo—, es sospechoso.
¿Un refugio justo detrás de un desierto sin qi?
¿Quién haría algo así?
Maribel asintió.
Antes de que pudiera responder, una voz adicional cortó el aire.
—Papá dijo que no quedan entidades del nivel humano en este mundo.
Por eso está perdido.
Todos se giraron hacia el guía.
El giro fue casi mecánico.
Rígido.
Como si sus cuerpos hubiesen actuado antes que sus mentes.
El lobezno continuó: —No hay elfos, ni enanos, ni humanos, ni dríades, ni dragones, ni hadas.
Ni monstruos del mismo nivel.
Tampoco fantasmas o cosas que normalmente se escuchan de rumores en los pueblos.
Nada de eso existe ya.
El silencio que siguió fue espeso, áspero.
Si esas eran “entidades del nivel humano”…Y ya no existían… ¿Qué habitaba entonces este mundo?
Maribel sintió un golpe en el pecho, suave pero profundo.
Su conocimiento sobre el cielo, la tierra y el infierno le daba una respuesta que no quería pronunciar.
«Sistema… ¿estás diciendo que este mundo está lleno solo de demonios?» «Afirmativo.
Incluso el que tienes delante apenas conserva la forma humana.
Está a un paso de dejarla atrás.» El recuerdo de la carnicería anterior cruzó su mente como un rayo helado.
Su respiración se aceleró.
Sus manos temblaron.
Pero ella había visto la muerte antes.
Inspiró lento.
«Vi a muchos hacerlo antes… ahora me toca a mí enfrentar esto, otra vez.» Recuperó el control.
—Hey… —dijo, con voz más suave de lo que esperaba— ¿No hay algún camino alterno?
Ese lugar del que hablas… parece demasiado peligroso.
El hombre negó sin emoción.
—Hace años hubo un asedio allí.
Ganamos, pero usamos un arma que destruyó el área.
El terreno quedó… vulnerable.
Los monstruos crecieron desde entonces.
Maribel regresó junto al grupo.
Su mente ardía, pero su voz fue estable.
—¿Qué hacemos?
Sofía habló primero: —Podemos retirarnos.
Si esas cosas deben fingir ser humanas, entonces no nos atacarán mientras nosotros no hagamos nada.
Podemos comprobarlo con cuidado.
Amara señaló al guía.
—Ese hombre es uno de ellos.
¿No es suficiente prueba?
Richard negó.
—No.
No sabemos si al regresar ellos seguirían fingiendo.
Si cruzan detrás de nosotros, podrían invadir nuestro mundo.
Los ojos del grupo se volvieron hacia Aether.
Richard carraspeó, incómodo: —Amiguito… ¿Qué sabe tu padre sobre estas criaturas?
Aether respondió con calma absoluta: —Si uno de ellos cruza junto a nosotros, comenzará otra invasión.
No pararán.
Entonces lo entendieron.
No podían volver.
No sin arriesgarlo todo.
Maribel inhaló y habló en voz baja: —Sistema… ¿por qué él aún se considera humano?
La respuesta llegó a todos, clara y fría: —Porque conserva un cuerpo humano.
Pero su esencia está más cerca de lo monstruoso.
No quedan humanos en este mundo.
Solo restos que desean convertirse en otra cosa.
Nadie se movió.
—Entonces va a traicionarnos —dijo Amara.
—Seguro piensa usarnos para algún ritual —agregó Sofía, mirando al guía con repulsión.
—O quizá todo lo que contó es falso —dijo Richard—.
Quizá nunca fue un sobreviviente.
Su voz tembló, pero la conclusión fue firme: —No podemos confiar en él.
Aunque siga fingiendo humanidad.
El calor persistía.Pero ahora, el frío venía desde dentro.
Richard terminó de hablar, y por un momento nadie respondió.
El viento sopló caliente, seco, cargado de polvo fino que rozaba la piel como si intentara lijarla.
El grupo permaneció inmóvil, en círculo, como animales que recién olfatean una trampa.
El desconocido los miraba desde unos metros más adelante, su silueta recortada contra el cielo grisáceo.
No dijo nada.
Tampoco avanzó.
Solo esperó.
Maribel tragó saliva.
Notaba la garganta áspera, casi dolorosa.
Era una gracia que su expresión no delataba nada.
Sus compañeros también ocultaban bien sus emociones.
La voz del sistema aún resonaba en su mente.
«Más cerca de lo monstruoso que de lo humano.» Ese pensamiento la atravesó como una aguja fría.
—No nos atacará ahora —dijo, casi en un susurro—.
Eso es lo que me preocupaba.
Aether la escuchaba con los brazos tensos y las orejas medio caídas hacia atrás.
Como un lobo que ya percibió la presencia del depredador, pero aún no sabe desde dónde morderá.
Su identidad oculta del desconocido por su capucha.
El desconocido giró la cabeza, despacio, lentamente, demasiado lentamente.
—¿Van a quedarse ahí?
—preguntó con voz tranquila, amistosa, afectuosa incluso—.
Si quieren morir, es preferible hacerlo bajo sombra.
Había sombra cerca.
Creada por árboles bajos y retorcidos, de corteza grisácea y hojas casi negras.
La luz que pasaba por ese follaje parecía volverse opaca, como si la absorbiera.
El grupo se tensó.
Su instinto gritaba “no entres allí.” Pero el calor era real, cortante, y Sofía ya comenzaba a respirar con torpeza.
—No podemos perder energía a este ritmo —murmuró Richard, con la frente sudada—.
Si entramos al desierto sin descanso, moriremos nosotros solos antes que cualquier monstruo.
Amara miró al camino árido que se extendía más allá.
La arena quemaba incluso a la vista.
El aire ondulaba sobre la superficie como si el suelo ardiera.
—Solo un momento.
Bajo la sombra —dijo ella, casi en súplica.
Maribel sabía que tenía razón.
Y aún así… Su pecho se oprimió tan fuerte que sintió dolor físico.
Ese lugar…Ese árbol…Ese hombre… Algo en todo aquello estaba mal, pero no podía sentir el mundo.
—Solo un momento —repitió Maribel, y avanzó primera—.
Pero nadie baje la guardia.
La sombra era fresca.
Pero el alivio no significó calma.
El olor cambió.
Pasó de tierra seca y calor, a algo húmedo… antiguo.
Como madera podrida.
Y algo más.
Algo metálico.
Maribel parpadeó varias veces para ajustarse a la penumbra.
Su pulso golpeaba en las sienes.
La sombra parecía más espesa de lo que un árbol cualquiera podría ofrecer.
Casi como si estuviera viva.
Amara se masajeó la nuca.
—¿Alguien más… siente que respiramos más lento?
—preguntó.
Sofía se detuvo.
Miró su propia mano.
Temblaba.
Richard apretó la empuñadura de su arma, aunque bien sabía que su qi ya comenzaba a sentirse espeso, torpe dentro de sus meridianos.
Como si algo lo apretara desde afuera.
—No es la sombra —dijo Maribel con frio en la voz—.
Es el entorno.
No hay qi aquí.
El desconocido sonrió, una sonrisa pequeña, apacible…
perfectamente humana.
—Bienvenida al desierto —dijo.
Pero sus ojos… Ya no parecían humanos.
No era la forma.
Ni el color.
Era la ausencia.
Como si la mirada estuviera hueca, sin dueño dentro.
Maribel sintió un escalofrío maduro, profundo, el tipo de miedo que no nace en el pecho, sino en la médula.
Aether dio un paso hacia adelante.
Como un cachorro decidido a ponerse entre amo y el peligro.
Y entonces, sin transición alguna… El desconocido parpadeó.
Su expresión volvió a ser normal.
Su presencia volvió a sentirse “humana”.
—Lo siento —dijo, frotándose la frente—.
Hace calor.
A veces… pierdo el enfoque.
El grupo contuvo la respiración.
Maribel no.
Ella sabía que no había perdido el enfoque.
Había cambiado.
Volvió a hablar al grupo, voz baja: —Escuchen… a partir de aquí nadie se separa.
Si uno cae, caemos todos.
Sofía asintió.
Amara respiró más hondo para estabilizarse.
Richard mantuvo los ojos en el desconocido como si de eso dependiera su vida.
Aether miraba hacia el horizonte.
Su cuerpo entero estaba erizado.
—Algo se mueve adelante —dijo.
El desconocido sonrió de nuevo.
Pero no había emoción en esa sonrisa.
Solo algún tipo de paciencia veterana.
—Entonces será mejor continuar —dijo—.
Antes de que eso nos encuentre primero.
Maribel no preguntó qué era eso.
Sentía que ya lo estaba observando.
Desde muy cerca.
El mundo se había convertido en una extensión vasta, como el vientre seco de una montaña muerta.
El aire era pesado, espeso, pero vacío a la vez.
No había flujo.
No había pulso.
Era un lugar cortado del ciclo de la vida espiritual.
El qi del mundo simplemente no existía ahí.
Maribel lo sintió antes incluso de esforzarse por percibirlo.
Un silencio interno.
No la quietud meditativa, sino la ausencia abrupta de todo lo que sostiene la vida.
Como si el universo hubiera olvidado colocar una vena aquí.
Richard jadeó primero.
—N… no puedo… —El hombre se inclinó, apretándose el pecho como si algo lo estrangulara desde dentro—.
Mi qi… se está… dispersando… Aether colocó una mano en su hombro, firme pero no particularmente afectada.
—No lo liberes.
Mantenlo en tu mar espiritual.
Sella tus canales.
Haz presión interna.
Richard trató.
Se veía torpe por el cansancio.
Como si nunca hubiera necesitado sostener su propio qi con tanta precisión.
Como si su cuerpo hubiera olvidado cómo era ser débil.
Maribel los observó.
Se acercó y puso una mano sobre Richard, transfirió parte de su qi y una expresión dolorosa se le formó por el movimiento de energía con el cultivo sellado.
-basta, no lo hagas.
Déjame hacerlo a mi, por favor -Dijo Aether, viendo sufrir a Maribel.
Ella asintió y se relajó.
El grupo miró sorprendido al desconocido.
A ojos simples, seguía pareciendo humano, pero ahora con la máscara de la normalidad deslizándose apenas, algo en él resultaba preciso en exceso.
Movimientos medidos.
Respiraciones exactamente espaciadas.
Miradas que no pestañeaban lo suficiente.
Demasiado calculado para ser humano.
Demasiado rígido para ser inocente.
El sistema en el pecho de Maribel —esa presencia ya no emitía palabras pero sí impulsos— volvió a presionar: Rechazo.
Rechazo.
Rechazo.
Maribel mantuvo la expresión neutra.
Ella no actuaba con instinto, sino con juicio, el sello solo fortalecía más esa característica suya.
Y sin embargo… el aire parecía susurrar advertencias que la inquietaban.
—Este lugar… —murmuró Maribel, ajustando la cinta de su arma en la espalda—.
No tiene qi.
Nada fluye.
Richard asintió sin sorpresa.
—Es un Reyno Secreto Sellado.
Cortado de los meridianos de la tierra.
Para entrar aquí, un cultivador debe vivir únicamente de lo que ya posee.
Maribel entendió las implicaciones de aquello: Aquí, todos serían como mortales si perdían el control.
Bueno… casi todos.
Ella y Aether seguían respirando con tranquilidad.
Había qi en ellas.
Un flujo lento, antiguo, innombrable.
Como si el cosmos las alimentara directamente, como si no necesitaran tomar del mundo sino lo que ya fluía entre las estrellas.
Los demás lo notaron.
Lo notaron demasiado.
El hombre misterioso se volvió hacia Maribel y sonrió.
Una sonrisa tensa, sin calor.
—Qué interesante… que ustedes dos no sufran.
Maribel no respondió.
Aether tampoco.
—¿Por qué no nos dijiste que este lugar era… así?
—demandó él, voz áspera.
—Se los dije, no esperaba que lo subestimaran tanto —dijo.
Maribel sintió cómo algo no encajaba en esta situación.
Como si el hombre no supiera sufrir los efectos del lugar, pero sus compañeros si.
El silencio se espesó.
No el silencio del desierto.
El silencio de un secreto intentando no respirarse.
Finalmente, avanzaron.
El suelo en la caverna crujía bajo sus pasos, pero no porque hubiera grava o piedra.
Era polvo de hueso.
Fino.
Blanco.
Pulido por el tiempo, no por manos.
Maribel bajó la mirada.
Sus ojos siguieron la extensión del lugar.
Rastros de vehículos.
Una edificación como un castillo, recuerdos incómodos de sonidos y olores indeseables le vinieron de sus recuerdos, pero algo había en ello que era deseable, la presencia de piedras espirituales que sustentaban la limpieza del agua.
Recurso escaso que corría como arroyos desde el interior.
La audición de cultivador del grupo lo dejó claro.
—¡Hey!
Hombre ¿Cómo has estado?
—Dijo una voz masculina desde la sima de la muralla, con un altavoz que tenía en sus manos.
El grupo miró sorprendido aquel artefacto mágico «Es solo un micrófono» Pensó Maribel.
El hombre en la muralla agitó el brazo a alguien detrás de la puerta y esta se abrió, entraron y fueron recibidos con armas de fuego apuntándoles.
—Ya saben cómo es esto.
Debemos registrarlos.
Aether instantáneamente gastó su poder y se transformó en un humano normal.
Pronto revisaron sus ropas, para ver si traían algo inusual un interrogatorio molestoso y problemas de comunicación con dos mujeres y un hombre, pero finalmente los dejaron entrar.
Algo no se pasó para los ojos de nadie en el grupo: Tenían una sensación familiar que les recordaba a aquella alma naciente.
Fueron asentados en una carpa provisional, entonces la duda y la paranoia volvieron cuando sintieron que alguien se acercaba y esa sensación que daba malos recuerdos volvió Esta persona caminaba sobre el polvo de huesos repartido por el lugar con esperanzas de volver la tierra fértil (tal vez), llegó hasta la carpa y les dejó agua y recursos.
—Cuando él estaba bajo los escombros, dijo algo de un corazón de un monstruo -Dijo Maribel.
El grupo la miró.
Esto solo delataba más el riesgo, si estos que los rodeaban eran como esos monstruos…
entonces sería un problema, tal vez no puedan atacarlos sin mostrar su verdadera cara, pero podrían matarlos antes que el rayo descienda, incluso si el rayo desciende lo más seguro es que ellos murieran también.
—Esto…
no creo que tengamos más opción.
Deberíamos investigar, no importa que parezcamos sospechosos.
—Sofía estaba segura, pero no era la única.
—Tal vez pueda ayudar…
—Dijo Maribel dudosa —Si recupero algo de mi poder.
Maribel suspiró profundo.
«Sistema…
¿Cuánto a avanzado mi recuperación?» «68% si deseas levantar el sello, es posible, pero no por completo.
Simplemente lo remplazaré por uno más permisivo, aunque la recuperación será más lenta con ese nuevo sello.» Maribel asintió con la cabeza.
«Es bueno que me entiendas tan rápido» —Te estoy diciendo: Vienen de ese portal -Repicó Rin.
—No me importa de dónde vengan, si trajiste a desconocidos aquí deberán ser expulsados.
No podemos arriesgarnos.
Tu misión era quedarte en esa maldita ciudad Rin, no venir y traer posibles monstruos que seguramente te hayan engañado.
Carajo, eres un incompetente.
Dijo el hombre señalando con el dedo y luego empujando a su explorador, se volteó bufando y miró una cámara de líquido amniótico artificial donde un hombre se recuperaba, muchos tubos estaban conectados a la cámara y este se veía de color verde en vez de amarillento o blanco.
Corazones de jade verde latían en un espacio entre los cables y la máquina, mientras una sustancia se derramaba.
—Si ellos se enteran de esto…
esos monstruos que andas libres podrían robarnos.
Nuestra creación, nuestro mesías.
¡No podemos arriesgarnos!
Al fondo, encajonadas en paredes naturales, estaban las marcas.
No tallas rituales.
No símbolos de adoración.
Eran como de uñas.
Como si cientos… miles… hubieran intentado salir.
La garganta de Rin se cerró al ver figuras familiares que había sido transportadas por un aviador silencioso, recordaba la experiencia visual y grotesca de cómo eran devorados.
Cadáveres de otros enanos estaban en otra habitación con rejas, estos sin corazón.
—Este lugar… fue una prisión.
No un laboratorio, ¿Realmente crees que quiera ayudarnos?
—Pft —Se burló su jefe —Dale mujeres y todos los placeres que quiera, te aseguro que nos ayudará.
Rin quería reclamar, pero no podía.
Este hombre era fuerte y simplemente estaba sobre su cabeza en la jerarquía, y eran muchas cabezas.
Los enanos no respondieron, atrapado en una habitación oscura donde apenas les podía ver, las luces se habían malogrado y soltaban pequeñas chispas.
Uno siguió caminando.
Otro fingió no escuchar.
Rin los miró con lástima, ser devorados una y otra vez…
para luego terminar aquí.
Tal vez estos dos eran los más desafortunados por poder ser reconstruidos y haber sobrevivido.
Richard habló entonces, voz baja, controlada: —No es solo una prisión.
Es un matadero de cultivadores.
Un lugar donde se despojaba a la gente de su qi… hasta que se convierten en otra cosa…
—O en nada.
—Agregó Aether.
Maribel sintió el eco de esa posibilidad, como una sombra de lo que podría ser un destino.
Los enanos se detuvieron.
Sus espaldas, pequeñas y robustas, se tensaron.
El líder —o el que actuaba como tal— habló sin volverse: —Es curioso que lo sepas.
Aether sonrió suavemente.
—Es curioso que lo ocultaras.
Silencio.
Aether dio un paso hacia adelante.
Los enanos no se movieron, pero sus hombros se abrieron apenas, como depredadores revelando escamas bajo la piel.
—Veo que ya no necesitan fingir —dijo Maribel, su voz firme, sin temblor.
El enano se giró.
Y la transformación comenzó.
No un cambio violento.
No una mutación grotesca.
Primero, un desfase.
Como si la luz que bañaba sus cuerpos se desalineara, quedando su silueta un segundo detrás del movimiento, arrastrando una sombra imposible.
Luego, la piel.
La textura se volvió áspera, pétrea, pero no como piedra, sino como carne que había sido recocida y endurecida por algo interno.
Las barbas se secaron, quebrándose como raíces viejas.
Los ojos…Los ojos no cambiaron de color.
Solo perdieron todo parpadeo.
Maribel sintió el sistema latir en ella, como si estuviera a punto de gritar su rechazo.
Pero ella ya lo sabía.
Ya lo había visto en el vacío de sus movimientos.
Estos enanos no estaban disfrazados.
Ellos habían sido consumidos.
Transformados.
Consecuencias vivientes de este lugar.
Y ahora —con la ilusión caída— habían dejado de fingir.
Pero a distorsión no se completó.
Un ligero aumento de luz del sol en el cielo Los cuerpos de los dos enanos temblaron, como si la transformación quisiera romper la piel y salir, pero algo —una fuerza interna, un pacto, un freno impuesto— les obligó a volver atrás.
La sombra se plegó.
La piel volvió a su tono cobrizo.
Las barbas recuperaron su textura áspera normal.
Pero los ojos no regresaron a lo que eran.
Ya no parpadeaban.
Ya no simulaban humanidad.
El líder exhaló, y solo en la exhalación hubo rastro de esfuerzo, de dolor contenido.
—No hablemos más de esto —dijo, su voz ahora más profunda, hueca.
Maribel no respondió, no por miedo, sino porque sabía que no era el momento.
El objetivo era salir vivos.
Rin tragó saliva con fuerza, una sensación ominosa había aparecido y desaparecido, el científico no era diferente.
Pero al revisar las cámaras ya nadie había en esa habitación.
Presionaron la alarma y las cosas se pusieron feas.
Cuando avanzaron, el silencio volvió a reinar, pero algo había cambiado: Ya no era el silencio de un lugar muerto, sino el de depredadores y presas que aún no han decidido qué son unos para otros.
Los pasos resonaban apagados sobre el polvo de huesos.
Maribel observaba cada muro, cada sombra.
Las marcas de uñas en el lugar —las mismas que habían visto antes— se volvían más profundas, más desesperadas.
No eran rasguños caóticos.
Eran coordenadas.
Mensajes.
Direcciones.
Los prisioneros habían intentado guiar a los que vinieran después.
Ella tocó una de las marcas con la punta de sus dedos.
«La piedra está suave ¿Por qué?» «No creas que es porque fuera pulida por el paso del tiempo… sino por muchas manos.
Muchísimas.
Durante años.
Décadas.
Tal vez siglos.» «¿Cuántos murieron aquí buscando lo mismo?» «El número ya es irrelevante» Detrás de ella, uno de los enanos habló: —No toques las paredes.
Maribel no se volvió.
—¿Por qué?
—preguntó, tranquila.
El enano no dudó.
—Porque este lugar recuerda.
Maribel sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Aether, sin moverse, sin mirar a nadie, dijo suavemente: —Recuerda… ¿o absorbe?
A medida que avanzaban, el aire comenzó a volverse más grueso, no en qi —pues no había— sino en sensación.
La sensación de ser observado.
No por ojos.
No por criaturas.
Por la piedra misma.
Maribel sentía que la montaña tenía memoria, también un hábito.
El hábito de ver cuerpos morir dentro de ella.
La cueva finalmente se abrió hacia un espacio más grande: una cámara ovalada, con una estructura en el centro.
Su superficie estaba marcada con líneas rectas, figuras geométricas, y círculos concéntricos.
Un sello.
Los enanos lo rodearon con un respeto instintivo, casi religioso.
Maribel lo estudió.
—Este es el punto de tránsito —dijo el líder enano—.
Para escapar de aquí, debemos activarlo juntos.
—¿Cómo saben eso?
—preguntó, voz tensa.
El enano giró lentamente la cabeza hacia él.
Su sonrisa era demasiado larga.
—Porque nosotros hemos creado esto antes.
La sangre de Maribel se volvió fría, no por miedo, sino por comprensión.
Aether habló.
—Díganos qué debemos hacer.
Los enanos asintieron, austeros y controlados.
—Tomen sus posiciones.
No liberen su qi.
No dejen que el sello lo absorba.
Manténganlo cerrado dentro de ustedes.
Si el sello lo toca… —el enano hizo un gesto lento con sus dedos, como si triturara algo invisible— morirán.
Tragaron duro.
Richard colocó su pie sobre la primera marca.
Los enanos levantaron sus manos para activar el sello.
Pero antes de que el ritual comenzara —antes de que la luz se encendiera, antes de que la energía se moviera— un susurro recorrió la cámara.
No una voz…
Una voz que no venía del aire, sino de la piedra.
—No salgan… Los enanos no reaccionaron.
Maribel sintió que el aire se volvía más frío y una emoción llegó a ella, entonces murmuró: —El castillo no quiere ser abandonado.
El líder enano levantó la mirada hacia ellas.
Sus ojos se oscurecieron, la sombra regresando en un parpadeo interminable.
—No importa.
Su sonrisa se abrió y demasiado grande.
—Nosotros salimos igual.
Un rugido y sonido estremecedor como montañas cayendo se escuchó, muy familiar.
Pero Maribel podía sentir algo más, levemente.
Este no era el cielo gritando.
Era alguien más.
—¡¿Es el dragón rojo?!
¡Imposible!
—Exclamó Amara.
—No es él —Dijo Sofía —Solo se parece.
Las paredes empezaron a romperse, el olor a metal llegó la nariz de Aether.
—Huele a sangre —Dijo rápido —Debemos irnos ahora.
La luz se formó y salieron de la instalación en un parpadeo.
Afuera de las puertas, a un kilómetro de distancia podían escuchar el caos, no perdieron tiempo y corrieron de regreso a la seguridad de la zona con qi a unos 12 kilómetros, en dirección a la ciudad ocupada por monstruos.
—Debemos regresar por donde vinimos —Dijo Amara convencida—Por ese portal que nos trajo.
Pronto una explosión más fuerte sonó y un hombre con cables incrustados en el cuerpo salió en cielo, flotando.
El rayo descendió sobre la instalación, era como ver al dragón rojo en persona.
Maribel escuchó el grito de auxilio de algo, no eran humanos, la instalación misma rogaba por ayuda mientras el relámpago lo consumía.
—Debemos darnos prisa —Dijeron los enanos, haciendo otro círculo.
Este es de mayor distancia.
Hicieron un corte a sus venas y una sangre negra como brea salió, se derramó por el lugar y formó otro círculo.
El individuo misterioso estaba aún ocupado, masacraba a los que estaban en la instalación.
—No se preocupen, él aún no vendrá —Dijo el enano líder.
—¿Cómo lo sabes?
Él sonrió con malicia.
—Créeme, lo se.
Yo no saldría si fuera él.
«¿Puedes decirme algo de su condición?» «El sistema considera que es correcto decirlo» «No pedía confirmación, dime la condición de los enanos» «Están debilitados y su cultivo se redujo a la mitad tras ser resucitados.» Maribel miró al enano líder y una imagen se presentó en su visión por primera vez.
Ella transmitió sus pensamientos al grupo mientras leía.
«Nivel: Establecimiento de la fundación 9» «Raza: Enano corrupto» «Tipo de cultivación: Demoniaca.» «Habilidades: Creación de armas, manejo de formaciones, conjuros de formaciones, hechicería rúnica, control del metal, piroquinesis, clon de tierra, manejo de armas intermedio, factor de regeneración, disfraz de pureza» «Transformación: Nada» «Descripción: Adquiere un poder inexistente que no proviene de la “nada” verdadera, pero infecta la creación con la “nada” corrupta, desbloquea habilidades de la corrupción» A ella solo le interesaba una cosa, el enano líder era del mismo gran nivel, y el otro…
«Establecimiento de la fundación 5» «Eso aún es relativamente factible, debemos ser cautelosos» Un hombre corría a toda velocidad a lo lejos, no era el destructor, sino alguien más.
Alguien familiar, corría literalmente porque su vida dependía de ello.
—¡Espérenme!
—Nadie podía realmente escucharlo, pero se notaba que era eso lo que decía.
Los enanos no se detuvieron, siguieron dibujando el círculo.
Para cuando terminaron Rin estaba a solo unos 50 metros, activaron el círculo y por un impulso extraño, los enanos decidieron esperar, era algo impropio de ellos, pero el acuerdo fue tácito.
Maribel había entendido que incluso esos seres corruptos no eran irracionales, le debían el intento a Rin, como resultó que se llamaba, por procurar salvarlos.
Él entró y una luz los engulló a todos, la teletransportación dejó un impulso que tapó las marcas con el polvo de hueso.
El lugar era tranquilo, maso menos, aún apestaba a podredumbre y Aether aún sentía nausea, pero era soportable.
Un rifle se apuntó a los enanos.
—Ahora…
¿Quién de ustedes es el enemigo?
El enano seguidor sonrió —Nos apuntas así, pero fue tu jefe quien usa los corazones de los míos para despertar a ese monstruo.
-*Ajem* -Maribel llamó la atención —Creo que no es momento de pelearnos.
Hagamos una alianza y volvamos a un lugar más calmado donde no haya un tipo lanzando rayos por el mundo…
—Reflexionó y agregó —Olvídenlo, no hay lugar donde no haya un tipo lanzando rayos por el mundo, pero al menos hay un mundo donde eso se retiene a solo un Reino.
Así que volvamos.
La extraña muestra de emociones en la voz de la mujer ahora si dejó a Rin atónito, realmente sonaba preocupada, mientras antes parecía que no le importaba si moría.
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