Sistema de Evolución Universal - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Otra vez yo
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3: Otra vez yo 3: Otra vez yo Más tarde, cuando el hospital quedó sumido en sombras y el cansancio empezó a distorsionar sus pensamientos, Maribel caminó por los pasillos con pasos pesados.
Dando un paso adelante, miraba cada habitación oscura.
Una brisa fría, quizás traída por el aire acondicionado, le llevó un aroma metálico, pero fue por un microsegundo.
Su mente no dejaba de divagar con pensamientos intrusivos que no la dejaban concentrarse; la realidad era suplantada por momentos con ensoñaciones momentáneas.
—tap tap tap ¿Qué importancia tiene…?
—se reprochó—.
No tiene importancia… Su caminata se volvió encorvada y los pies pesados, las palabras alargadas un poco por el sueño, casi como un borracho.
—Incluso si no tuve tiempo de recordar qué pasó luego, no cambiará en dónde estoy ahora… jeje… Sonaban sus pasos y su voz, ambos cansados.
Pasado un momento se detuvo, cautelosa… porque percibió algo que no debería haber.
Un aroma fuerte llegó.
A horas de la madrugada no es difícil escuchar, pero oler es otra historia, y más aún estando con sueño.
El olor a metal llegó primero.
Luego el horror.
No pensó.
No pudo.
Solo actuó.
Sus piernas corrieron antes de pensar.
Abrió la puerta, el rojo la recibió como una visión espantosa.
Un escalofrío más penetrante que nunca pasó por su columna al ver la causa de ese aroma.
Reconoció el centro obstétrico, a la madre que había traído a su hijo recientemente.
Su corazón se apretó.
—uf uf uf —con la respiración agitada, brazos cansados y la mente nublada, solo podía hacer lo mismo y cada vez con más fuerza.
Ella no podía pensar.
—No importa lo que me pasó hoy —dijo con la voz rota, suplicante—.
Por favor… vive.
¿Qué importa lo que me pasó hoy, si no vives?
La temperatura de la mujer bajó… y bajó más.
Pero el temor de Maribel no.
Ella podía oír sus propios latidos con gran intensidad, pero la mujer ya no estaba más.
Maribel lo vio… ya no tenía una persona frente a ella, solo pudo apagar la máquina.
El silencio fue absoluto.
Su mirada clavada en el monitor oscuro.
—Finalmente… esa cosa se detuvo.
Dijo con el enchufe entre sus manos.
Maribel se paró y salió de la sala, fue a recostarse en un mueble.
Su mirada era vacía, tensa, ambivalente.
Pero ella estaba fría, serena.
Hasta que escuchó algo en una habitación a lo lejos: un llanto agudo.
Se derrumbó.
Se dejó caer.
Lloró.
No con fuerza, sino con agotamiento, como si incluso para eso ya no le quedaran recursos.
—Hoy fue como una mala broma de Dios —murmuró.
Si le hubieran preguntado ahora si era feliz, la respuesta habría sido clara.
No.
Regresó a su puesto, instintivamente se dejó caer sobre un mueble.
No sabía si era por el cansancio, la tristeza, el frío o quizás porque su carrera profesional podría acabar pronto; una brisa helada pasó por su rostro, con sus mejillas húmedas el frío era más penetrante que nunca; tal vez fue una combinación de todo lo que inesperadamente trajo una emoción añorada.
—Ahh… este sentimiento… es como en la mañana… desearía poder estar en un prado con un río silencioso… Con los ojos cerrados ella no sintió nada más que náuseas y el mundo girando, pero no sentía quejas en ese momento.
Tuvo una visión que no reconoció: una chica con ojos amarillos y bordes grises, de cabello negro y piel clara, en una ciudad que parecía ser de los años cercanos a 1960.
Vio un terremoto, la inundación completa de distritos, el agua llenando partes de las calles en las ciudades altas, vio las nubes girar en forma antinatural y justo cuando se arremolinaban en el cielo, algo interrumpió su sueño.
Abrió los ojos, con el cuerpo sudando.
El miedo llegó después.
Frío, denso, irracional.
Una sensación de estar caminando por una ciudad a oscuras.
Como si una fiera la estuviera acechando.
Quedó paralizada unos minutos, pero su racionalidad ganó.
Lenta y temerosamente se puso de pie; en su mente repetía: «Todo está bien, es solo miedo por la pesadilla de ahora.» Se obligó a moverse.
A respirar.
A creer que todo estaba bien.
Maribel se sentó un rato, asimilando su nueva calma, el miedo dejándose ir.
Cambió de sala y empezó a tramitar el certificado de defunción, agregando los datos personales de la fallecida.
Naturalmente sintió la vejiga llena; quizás demasiada tensión no fue buena.
—Ahora tendré que llamar a la funeraria… —dijo mientras abría la puerta del baño y suspiraba con los ojos cerrados.
Intentando calmar su miedo dijo con diversión: —Oh no, ahora tengo mucho trabajo por delante… —¿Seguro piensas que tienes mucho trabajo, verdad?
¿Pero qué hay de mí…?
La voz de un hombre con hermosos ojos verdes la asustó, por lo que dio un salto hacia atrás.
—Realmente esto no es personal… ¿sabías?
Se supone que estarías dormida… debí saber que el exceso de frío despertaría a una persona, sin importar lo cansada que esté… fue mi descuido.
Para empeorar, viniste justo a esta sala, a esta habitación… ¿Tu suerte no es buena hoy, verdad?
—… Ella quería voltear y correr.
—Para, no te muevas… si lo haces tendré que matarte; de todas maneras todos sabrán que esa mujer murió, ¿así que por qué no hacemos un trato?
Viendo que la chica de blanco respondía afirmativamente, él continuó: —Verás… si te mato, se podría decir que fallé el trabajo, porque no hay manera de ocultar tu muerte.
Él sabía que, si quería esconder un cadáver, era posible; incluso podía llevarla a la morgue directamente e incinerarla.
El problema era hacerlo en silencio, pero no era necesario decirlo.
—Y si te dejara ir sin más… podrías contarle a alguien lo que viste… Dijo el hombre mientras movía una de sus manos ocultas detrás de su cuerpo.
Maribel no pasó por alto ese detalle.
Al observar sus hombros, bajó la vista por reflejo y al ver la posición de sus pies entendió: la matarían igualmente.
Así que no esperó y echó a correr.
«Lo mejor es salir del hospital», fue su primer pensamiento.
Empujó la puerta sin miramientos y un fuerte ruido se escuchó, pero ella seguía corriendo.
Podía escuchar el peligro detrás; su mente gritaba: «Esto es imposible, ¡¿qué, cuándo y cómo?!
¡Imposible!
¡Esto es imposible!» Afortunadamente, al girar el pasillo encontró al vigilante y gritó: —¡Ayuda!
¡Me quiere matar!
El guardián la vio con sorpresa y luego volteó a ver al asesino; entonces se llevó la mano a la cara con exasperación.
—Sabía que algo así pasaría… todo esto porque no pudiste envenenar bien a alguien… —Fue casualidad, lo juro.
¡Esa chica simplemente entró a la sala y luego abrió la puerta del baño!
El guardia rodó los ojos, incrédulo de sus palabras, luego cerró el paso a Maribel.
Esa noche, más que solo fuertes gritos se escucharon.
Los internos y demás personal no pudieron ignorar el ruido, e incluso los pacientes salieron de sus zonas de descanso.
Pero al salir no encontraron nada: ni rastros de sangre, solo a un conserje de ojos verdes trapeando el piso con el rostro pálido.
—Pensé que había un fantasma —dijo cuando le preguntaron por el alboroto.
De hecho, el asesino limpiaba la sangre con el rostro pálido, pero él mismo nunca supo dónde fue a parar la mujer de blanco.
Ni el guardia que traía bolsas de basura ni él que limpiaba encontraron a la mujer cuando volvieron; ninguna pista, ni la sangre en el suelo.
Al día siguiente, las imágenes en las cámaras del hospital fueron borradas, temiendo un caso de posible investigación que afectara al establecimiento, mas los rumores trajeron indignación a la gente.
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