Sistema de Evolución Universal - Capítulo 34
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34: Disidentes.
34: Disidentes.
El anciano de Pico estaba feliz.
Aunque intentaba ocultarlo, se notaba a simple vista.
Los moretones seguían marcando su piel, como huellas que no desaparecían.
El suelo, frente a él, ahora tenía un agujero formado por tantos golpes con la espada.
Sentado sobre una roca, miró a Maribel.
—Espero que me disculpes —dijo, juntando los dedos antes de inclinarse.
Maribel se sorprendió.
—¿Por qué te disculpas?
—Por haberte ofendido —respondió con pesar en la voz—.
Aunque tu situación parece desafiante, el cielo me castigó por insinuar cosas que no debía.
El grupo guardó silencio.
No sabían qué pensar.
Nadie se atrevió a decir “ella te hizo eso, no el cielo”.
¿Quién sabía lo que pasaría si lo hacían?
El sujeto podía matarlos antes de que pudieran moverse.
Incluso Maribel solo consiguió afectarlo porque lo tomó por sorpresa.
—¿Por qué dices que fue el cielo?
—preguntó Maribel.
El hombre hizo una expresión amarga.
—Porque soy un experto en lo espiritual.
No puedo ser maldecido sin detectar quién lo hizo y matarlo.
Además, tengo defensas contra ataques espirituales las veinticuatro horas.
Solo el cielo podría haberme afectado así.
Nadie aquí está más allá del Establecimiento de la Fundación… además de mí.
El grupo lo miró, entendiendo su lógica.
El hombre repentinamente volteó hacia el bosque.
—Claro, él tampoco está más allá de ese nivel —agregó—.
No quiero ofenderlos, pero… ¿por qué ocultan a ese demonio?
Como su mayor, creo tener derecho a saberlo.
Aether sacó un cubo y se lo presentó con respeto.
—Lo encontramos en la grieta que se formó en la cueva.
Los ojos del anciano de Pico se abrieron.
—¿Encontraron el lugar exacto?
Aether asintió.
—Exploradores del Consejo estaban cerca, pero no nos vieron.
Él estaba dentro de esa grieta, y juntos escapamos de un sujeto poderoso que lanza rayos del cielo.
Nos aliamos por necesidad.
El anciano sopesó sus palabras.
—¿Entonces creen que pueden desarrollar camaradería con un demonio?
Maribel negó con la cabeza y respondió ella misma: —Él es tan confiable como lo son los alacranes.
El anciano levantó una ceja.
“¿Qué es un alacrán?”, se preguntó.
—Solo permitimos que nos siguiera porque alguien nos pidió que lo dejáramos acompañarnos —continuó Maribel.
El anciano frunció el ceño.
—¿Quién les pediría tal cosa?
—Alguien poderoso —dijo Aether rápidamente—.
Pudo desaparecer al enemigo sin dejar rastro.
Gracias a él escapamos con vida.
El anciano suspiró y se inclinó levemente.
—Me llamo Arne, Maestro de Pico de la Montaña del Espíritu.
Si un ser poderoso les salvó la vida, entiendo que no deseen ofenderlo.
Dicho esto, ¿dijo hasta cuándo deben acompañarlo?
—Hasta que aprenda el idioma —contestó Maribel—.
Él no conoce la lengua local, pero tengo algo que me permite traducir.
Arne señaló al bosque.
Desde el cielo, un hombre con una mochila descendió lentamente.
Era telequinesis.
Rin quedó frente a Arne.
Se miraron largo rato.
Arne sonrió.
—Tienes ojos sinceros, pero maliciosos.
Si no cultivaras una vía demoníaca, te daría la oportunidad de corregirte.
Pero no puedo matarte ahora.
Simplemente espera a que mis palabras sean entendibles.
Luego extendió la mano hacia Aether.
—¿Qué es esto que te regaló?
—Un juguete, supongo.
Desordenas los colores y luego debes ordenarlos.
Un rompecabezas.
—Eso lo sé con solo mirarlo.
Me refiero a qué hace.
Está inactivo, pero tiene un poder extraño.
«Sabe lo que es», afirmó Maribel en el canal grupal.
Entonces Arne la miró fijamente.
Una gota de sudor cayó por la frente de Maribel.
—Está relacionado con algo antiguo, sin duda —dijo, manteniendo la voz estable—.
Pero no sabemos con certeza qué hace o quién lo creó.
En la cueva encontramos retratos de una civilización antigua y grande.
En la grieta, sus ruinas.
Ese objeto debe ser un juguete de aquel tiempo.
Básicamente sabemos casi lo mismo que usted.
Arne observó el cubo.
No sentía corrupción… pero muchas cosas no parecían tenerla a simple vista.
—Me lo llevaré —declaró.
El grupo guardó silencio y miró a Aether, esperando que protestara.
Pero él sonrió.
—Te lo doy.
Me lo regalaron a mí, pero quédate con él.
Es tuyo.
Rin casi se levantó, furioso, pero sabía que sería inútil.
Miró a Maribel, suplicando.
Ella lo ignoró.
—Parece que quiere decir algo —dijo Arne.
—Ignóralo, no merece la pena.
—Dijo Maribel.
Arne lanzó el cubo al aire y giró la mano.
El cubo fue absorbido por su anillo.
Los ojos de todos se abrieron como platos.
«¡Qué conveniente!
Ojalá tener uno de esos», pensó Maribel.
«Ya puedes achicar las cosas», reclamó Amara.
La situación se calmó y volvieron a meditar.
«¿Qué tal lo hice?» preguntó Maribel al sistema, anticipando su respuesta.
Pero la alegría se desvaneció.
«Terrible.
Estoy decepcionado.» El cuerpo de Maribel se tensó.
Buscó la emoción en él… pero no había nada.
Vacío.
«No intentes mirar dentro de mí.
Yo te dejo saber lo que siento.
No eres tú quien mira dentro de mí.» La voz sonaba fría.
Maribel supo que había hecho algo muy malo, sin necesidad de pensarlo mucho.
«… Perdón.» «¿A mí me pides perdón?
Golpeas la muralla y te disculpas con el río.» Maribel tragó saliva.
Un temor silencioso la recorrió.
«No te confundas.
No te abandonaré.
Solo debes ser más tolerante.» «Ese hombre me insultó… de la peor forma posible.» «¿Y si lo hizo?
Tú aún no debes enojarte.» Maribel quedó en blanco.
«¿Qué…?
¿Por qué?» «Porque eres una cultivadora.
Él te ayuda a ascender.
Si te enojas, rechazas su ayuda.
Si te enojas, no cultivas este universo, no evolucionas.» Maribel guardó silencio.
Mientras pensaba, sintió algo rebotar en su abdomen.
Arne abrió los ojos, sorprendido.
—Tú… acabas de… ¿cómo?
—Mi cultivación avanza incluso así —respondió sin dudar.
Arne se levantó y la observó.
Era como sentir mil manos extrañas recorriendo el cuerpo.
Desagradable.
Finalmente retiró su percepción y suspiró.
—Maravilloso —dijo.
Maribel se crispó.
No hubo intención asesina.
«¿Él… quiso arrebatarme mi cultivo?» «Nadie podrá hacerlo.
El Maestro no lo permite.
Nada que cultives y sea tuyo puede ser arrebatado.» El viento rugió de repente.
Una luz amarilla estalló.
El suelo se dobló.
Tres personas aparecieron.
Las hierbas se quemaron.
Un frasco con sangre roja llegó al grupo.
—Ya se tardaron —se quejó Arne.
—Nadie quería colaborar.
Temen ser borrados por albergar a la familia de “la esclarecida que habló con el cielo”.
Arne suspiró.
—Tiene sentido.
Tomaron una muestra de sangre de Aether.
La mezclaron.
La maga susurró.
Una luz celeste se levantó.
Todos contuvieron la respiración, excepto Arne.
—¿Estoy viendo cosas…?
—murmuró alguien.
La maga tambaleó, sonrió débilmente.
Algo se agitó en los laterales de su cabeza.
—Es una buena noticia —dijo.
—O una muy mala —respondió el anciano mayor.
El tercero tomó un respiro profundo, miró a Rin.
—De cualquier modo, veo finalmente decidiste sacarlo de su escondite, Arne.
—No lo mates —dijo Arne, sorprendiendo a todos—.
Los jóvenes le deben algo.
Están atados por una promesa.
Hasta que aprenda el idioma, inmóvil.
Arne tragó saliva.
—Por favor, desista.
Un ser poderoso está detrás de él.
El grupo entero pensó con ironía.
«¿Desde cuándo él es un protegido del sistema?» El anciano gritó.
—¡Está bien, no lo mataré!
—Pero en secreto miró su anillo, esperando el momento.
La presión no se detuvo.
Una voz le habló a su mente.
«Interfieres en mis arreglos» Entonces el anciano sintió temor cósmico, se sintió diminuto al ver la imagen del infinito cosmos pero sin alcanzar a ver el origen de la voz.
Poco después sintió que la presión desapareció y pudo ponerse de pie.
Una reverencia enorme llegaron a su corazón.
«Si pudiera ser su estudiante, incluso si es un demonio» Pensó con un fuerte deseo, ya se imaginaba en la sima del mundo, haciendo lo que le plazca.
«No dañaré a los jóvenes prodigios, ni deseo que el mago demoniaco lo haga» La voz afirmó con seguridad.
El anciano sonrió, para él era una confirmación.
Él decidió no atacar al demonio.
Concluyó rápidamente.
—Este asunto es más delicado de lo que imaginé.
No me interpondré en los planes del Mayor.
Una luz peligrosa brilló sus ojos.
—Pero en cuanto al dragón rojo…
El resto de ancianos también enfureció por la mención.
«Si el mayor lo quiere muerto, así lo tendrá» Pensó son alegría, buscando complacer al sistema.
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