Sistema de Evolución Universal - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Las hojas caídas del otoño que no se pudren
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36: Las hojas caídas del otoño que no se pudren.
36: Las hojas caídas del otoño que no se pudren.
Aether miraba el fuego, agua hervido en las cantimploras.
Ahora solo habían presas atravesadas por un palo, asándose.
El grupo abrió los ojos, el aroma de la comida en sus narices.
Amara se levantó.
—Eso huele bien Aether simplemente asintió, esperaba que Maribel vuelva pronto.
—También hay agua.
—Gracias.
Ella bebió.
—¿Dónde está Maribel?
Él apuntó al bosque —¿Por qué se fue al bosque?
—Dijo que traería hierbas espirituales.
Amara lo miró confundido.
—¿Ella siquiera sabe cómo reconocerlo?
Él negó con la cabeza.
—*Suspiro* Lo suponía.
—Papá lo debe estar ayudando…
o tal vez el bosque.
Solo hay que esperar, si pasa algo papá me avisará.
Ella asintió, luego tomó su lanza y empezó a hacer movimientos lentos, el qi fluía a través de su arma, lentamente pero visible.
—¿Estás reforzando el arma?
—Preguntó Aether.
Ella lo negó.
—Estoy practicando lo que tú me mostraste.
Aether se no entendió, inclinó la cabeza y prácticamente había un signo de interrogación ahí.
Amara aclaró.
—Usar el qi para fortalecer los ataques es muy común, pero tú usaste qi puro, ahora mismo yo no podría hacerlo de la misma forma que tú, pero puedo concentrar más qi en el filo hasta que se forme un leve filo extra.
Siguiendo la forma del arma, puedo hacerlo, pero es difícil.
Así que practico despacio para no romperlo.
Aether se miró las uñas, entendiendo.
Hiso un corte gastando qi, el celeste voló por el aire como pequeñas corrientes de agua, en una zona específica había mayor concentración y ahí se vieron garras de qi, aunque parecían más líneas que garras.
La forma básica estaba ahí y era inconfundible.
Amara se sorprendió.
El gasto de qi era simplemente una exhibiciones sin indulto.
—Bueno…
si, algo como eso…
pero con menos qi.
Aether asintió.
Los arbustos se abrieron y Maribel salió de Ahí, ninguno de los dos se sorprendió.
Maribel tenía ligeros cortes y pequeños golpes, pero nada grave que amerite preocupación.
Una faja de hierbas en su bolsita.
—Eran complicadas de encontrar, pero no por estar escondidas.
Amara vio las hierbas en su mano, un pequeño suspiro.
—¿Por qué suspiras?
Olvidaste mi habilidad.
De pronto las hierbas se transformaron en enormes pastos que le doblaban en tamaño.
Amara sonrió divertida.
—No tienes que hacerlas más grandes solo para sorprender, simplemente hazlas de su tamaño real.
Maribel sonrió ligeramente, un poco petulante levantó el pecho.
—Este es su tamaño real y pienso dárselas, pueden ser agradecidos luego, pero si no agradecen está bien.
Amara se quedó con la boca abierta.
—Pero…
no soy alquimista…
nadie lo es.
Esa respuesta le cayó como un balde de agua fría en la cabeza.
Maribel suspiró cansada.
—Bueno…
al menos podemos venderla y comprar pastillas luego…
Amara asintió.
—Así podremos avanzar en nuestro nivel…
de cultivo…
Ella se quedó en silencio un momento.
Miró a Maribel y preguntó.
—¿En qué nivel estás?
—El frío en su voz, era algo de preocupación y derrota.
Maribel se llevó un dedo a la boca y fingió pensar.
—No se, más que tú.
—Dijo en bromas —Como un mero gran reyno por sobre ti.
Amara abrió la boca para replicar, pero vió la sonrisa divertida de Maribel.
—¿Hey…
eso fue una broma?
Sonaba muy real, por un momento me asustaste.
Maribel negó con la cabeza.
—No bromeo, estoy un gran reyno por encima ahora mismo.
Amara suspiró.
—Bueno…
parece que estabas cerca del gran avance antes, si pudieras saber tu nivel exacto hubiera sido más fácil saber a quién priorizar en el grupo primero.
Maribel no dijo nada, no quería hacer sentir mal a su amiga.
—En realidad…
—Dijo Aether, pero luego se detuvo, miró a un lateral por un momento.
—No es nada, se me olvidó.
—Dijo al final.
El grupo esperó un día a que el resto saliera de su meditación.
Al día siguiente lo novedoso se había perdido para Maribel, el mundo salvaje ya no era nuevo.
Pero la novedad ya no le importaba.
Los zapatos y las sandalias pisaban el pasto, caminando.
El lugar tenía una ligera bruma en lo profundo, signo de la humedad retenida.
—¿Dónde queda la ciudad más cercana?
Preguntó Richard, impaciente.
—No lo se, solo podemos cruzar la montaña.
Respondió Aether.
—¿Rin, no tienes algo que pueda ayudar?
Preguntó Maribel, esperando que la tecnología pueda salvarlos esta vez.
Rin negó con la cabeza.
—Las cosas necesitan una fuente, aquí no hay la tecnología de mi mundo, así que no funcionan mis aparatos.
Al menos la mayoría, pero nada es útil ahora mismo.
Un suspiro colectivo sonó cuando la traducción llegó por el canal de comunicación.
Un sonido de un arroyo se escuchó.
Rin contrajo el seño.
Preguntó.
—¿Cómo hay un arroyo aquí, subiendo la montaña?
—¿Hay algo de malo en eso?
Rin pensó un momento y luego negó con la cabeza.
—No, es solo que en mi mundo esto ya no existe.
Pero en este si.
Una sensación vino del grupo.
Rin levantó una ceja.
—¿Es esto lástima?
No la tengan, soy muy fuerte para que me tengan lástima.
Eso simplemente aumentó la sensación grupal, pero Rin no podía hacer nada.
Se cruzó de brazos y siguió caminando.
—Algún día me vengaré —Dijo sin darse cuenta que todos lo escuchaban.
Eso enfrió la lástima que sentían, ojos fríos.
Siguieron el arroyo, cautelosos, encontraban bestias mágicas en el camino.
Algunos atacaban y otros huían.
Pronto vieron algo inusual, una cabaña.
La cabaña apareció entre la bruma como si siempre hubiera estado allí, esperando.
No era una construcción vieja ni ruinosa, sino pulcra y extrañamente cuidada para estar en lo profundo de las montañas.
La madera —de un tono oscuro y cálido— parecía haber sido tratada con aceites perfumados: reflejaba la luz suave del sol como la piel recién hidratada.
Las ventanas no tenían cortinas, y desde fuera podían verse estantes llenos de frascos: líquidos azules, rojos, dorados… algunos chispeaban con luz propia, como si respiraran.
Frente a la entrada, colgaban ramilletes de flores y hierbas, perfectamente secadas, como ornamentación.
No lucían amenazantes; eran bellas, casi invitaban a acercarse y oler.
Y allí radicaba el peligro: todo parecía demasiado perfecto.
La puerta estaba entreabierta.
Del interior salía un aroma dulce, mezcla de vainilla, hojas frescas y algo floral, casi hipnótico.
El tipo de olor que recuerda una tarde tranquila de infancia… Dentro, la organización era impecable.
Nada oculto.
El caldero estaba en medio, pequeño y elegante, no la olla negra y grotesca de las historias.
Encima de la mesa, había cuchillas de hueso pulido, jarras de agua cristalina, un mortero de jade blanco y un libro abierto con escritura fluida, hermosa, antigua.
Todo mostraba necesariamente habilidad, no improvisación.
Sin embargo, había detalles que levantaban la piel, apenas perceptibles si uno no observaba con atención: En un rincón, una jaula vacía, sin cerradura, pero manchada de algo que parecía haber sido limpiado con demasiada prisa.
Una mariposa gigante pegada al techo, inmóvil, como un adorno… pero con los ojos que seguían el movimiento.
Maribel sintió que la piel se le erizaba.
Y una silla, solo una, situada frente al caldero.
Como si alguien hubiera estado esperando exactamente a un visitante.
Uno solo.
No había telarañas.
No había polvo.
No había muerte evidente.
Pero el aire tenía ese silencio contenido, como un bosque antes de que la trampa se cierre.
Era un hogar amable, pero al parecer solo mientras la dueña lo desease.
La clase de lugar donde uno puede entrar sin miedo… …y salir solo si es invitado a hacerlo.
—¿Qué hacen en mi hogar?
—Preguntó una joven voz.
El grupo no se sorprendió, la visión compartida de Aether ya había estado buscando vida.
—Ahora mismo es peligroso, estoy cazando a alguien.
—Dijo, con preocupación —Es mejor que se escondan.
El grupo dudó por un momento, pero no había razón para bajar la guardia.
Se perdieron en los árboles, de un salto llegando a las ramas altas.
Esperaron, expectantes de lo que pasaba.
Una joven mujer vestida de negro y blanco salió del techo de la cabaña, asomada mirándolos sorprendida al descubrir que el grupo la tenía en la mira desde las ramas.
La mariposa color pardo y negro se agitó y se achicó.
La mujer se puso seria.
Permaneció de pie sobre el techo, la bruma acariciando sus pies como si la reconociera.
Su vestido negro y blanco se movió con el viento tenue, pero su expresión era firme, concentrada.
La mariposa pardo-negra revoloteó a su alrededor y se posó sobre su hombro, como un centinela silencioso.
—Ya está cerca —susurró la joven bruja.
El bosque se detuvo.
El aire dejó de moverse.
Las hojas, los insectos, el agua del arroyo… todo se congeló en una respiración eterna.
Entonces se oyó.
Un crujido profundo, como hueso siendo aplastado, seguido del retumbar de un peso descomunal hundiendo el suelo.
Los árboles comenzaron a temblar, uno tras otro, como si un huracán pasara entre sus troncos sin viento.
Aether apretó la mandíbula desde lo alto, sintiendo la presión espiritual intensificarse como un martillo.
La criatura emergió entre los troncos rotos.
Un alce gigante, más alto que una casa de dos pisos.
Su pelaje, antes marrón y suave, ahora era una maraña de filamentos negros que parecían moverse por sí solos, como humo líquido adherido a su cuerpo.
Sus ojos brillaban con un rojo opaco y enfermo.
Las astas eran retorcidas, como ramas carbonizadas, y de ellas caía un vapor oscuro que corrompía la hierba donde tocaba.
Una bestia espiritual manchada.
Corrupta.
La joven bruja levantó su varita.
Su voz fue suave, casi melodiosa: —Oh agua del manantial, oh cielo que todo mira… que la pureza vuelva a ser tu forma… Una espada enorme flotó detrás de ella, vertical como un monumento.
No vibraba, ni brillaba: simplemente estaba, como una promesa callada.
Su filo era tan ancho como el torso de un hombre adulto, pero su aura era tranquila, como una montaña que observa sin intervenir.
El alce bufó.
Una onda de qi oscuro se expandió como un latido.
Las hojas se pudrieron al instante donde el aire tocaba.
Amara sintió el impacto y apretó los dientes.
—Es fuerte… Aether no dijo nada.
Lo sabía.
Pero también observaba algo más: la bruja no estaba asustada.
La joven señaló con su varita.
—Primer sello del Agua Serena.
La mariposa se elevó, y gotas se reunieron desde la humedad del aire, del rocío aún guardado en las hojas, del mismo vapor que se había deshecho del río cercano.
El agua giró alrededor de ella formando un círculo líquido perfecto.
El alce cargó.
No era lento.
A pesar del tamaño, la criatura desapareció en una fracción de segundo, dejando una estela oscura como tinta derramada.
Amara tragó saliva.
—Es tan r— Un estruendo cortó la frase.
La espada flotante se movió sola, colocándose frente a la bruja con un rugido de acero.
El impacto fue tan fuerte que el techo bajo los pies de la joven casi cedió.
La bruja deslizó un pie hacia atrás, manteniendo el equilibrio.
La espada vibró una sola vez, y la onda de la colisión arrasó con el musgo del lugar.
—No vas a pasar —dijo con voz baja.
El alce retrocedió, sus astas chorreando oscuridad, y lanzó un bramido que hizo eco a través de la montaña.
Desde la garganta de la bestia surgió un humo oscuro que comenzó a pintar el bosque de sombras y formas borrosas.
Rostros, gritos, manos extendiéndose desde la niebla.
Corrupción mental.
Rin apretó la boca.
—Esto… es devorador… Aether no apartó los ojos.
La presión se elevaba.
Una pelea en ese campo… sería mortal para cualquiera que se acercara sin preparación, así que no querían interrumpir sus planes.
La bruja dejó de mirar al grupo.
Solo tenía ojos para la criatura.
—Segundo sello del Agua Serena… Canto del Alba.
Su voz se volvió clara, cristalina.
El agua que la rodeaba comenzó a brillar, formando círculos concéntricos en el aire, como ondas extendiéndose sobre la superficie de un lago.
Cada anillo giraba a distinta velocidad, cada uno chocaba contra la corrupción que exhalaba la criatura… y la purificaba al instante.
No parecía destruír la energía oscura: la limpiaba, como si estuviera lavando algo profundamente manchado.
El alce reaccionó con violencia.
Sus patas golpearon el suelo con furia, levantando una lluvia de tierra y raíces.
Entonces abrió la boca, y un rayo negro salió disparado hacia ella.
Era odio materializado, puro, hirviente.
El rayo chocó contra los círculos de agua.
Los anillos se evaporaron lentamente en cuanto tocaron la oscuridad.
Pero la bruja no se detuvo, usando el tiempo ganado.
—Tercer sello… Río Ascendente.
El agua cayó hacia el suelo —luego subió, contraria a toda ley natural, formando una columna en espiral que rodeó la espada flotante.
La espada giró.
Giró lenta al comienzo, luego más rápido, luego más aún, hasta convertirse en una rueda brillante envuelta en agua líquida.
El aire alrededor se llenó de bruma luminosa.
La espada se adelantó.
No atacó al alce: se interpuso entre el rayo oscuro y la bruja, absorbiendo la corrupción a través de la corriente de agua.
El líquido se tornó oscuro, luego púrpura, luego rojo… pero la bruja siguió entonando.
—El río no teme ensuciarse.
Porque siempre vuelve a nacer.
La columna de agua estalló en mil gotas.
Cada una brillaba.
Cada una llevaba espíritu.
La bruja extendió su varita hacia la bestia.
—Purificación no es perdón.
El cielo se estremeció.
Una lanza de agua pura, formada de la unión de todas las gotas, descendió como un relámpago.
El alce se lanzó a contraatacar.
Sus astas se inflamaron en llamas oscuras, un rugido salió desde su pecho, un rugido que contenía desesperación y rabia.
Su salto fue monumental, un choque entre fuerzas vivas y fuerzas moribundas.
La lanza y las astas colisionaron.
Un destello blanco inundó el bosque.
Los árboles se inclinaron.
La montaña vibró.
El vapor cubrió todo.
Silencio.
Cuando la bruma se disipó, el alce estaba de rodillas.
Sus ojos ya no ardían en rojo.
El humo negro se evaporaba lentamente, como si se desprendiera de un sueño doloroso.
La bruja bajó la varita.
—Puedes descansar ahora.
El alce no se movió El bosque respiró nuevamente.
Solo entonces, la bruja volteó a ver el árbol donde el grupo se escondía.
Su rostro no era amenazante.
Pero su mirada era la de alguien que había visto demasiado.
—Pueden bajar.
Ahora sí es seguro.
La mariposa agitó las alas.
Y el silencio volvió a ser solo silencio.
El grupo bajó con calma, la mujer se acercó al árbol donde se escondía.
Pero algo extraño pasó, Rin la ignoró; se acercó al alce y sacó desenfundó su rifle, energía celeste concentrándose y formando una bala dentro del arma, luego un brillo verde la transmutó en acero.
—¿Qué opinas, es tonta verdad?
—Le preguntó al alce como si hablara con un colega.
El alce se levantó bruscamente y envistió, pasando a Rin por alto y atacando a la mujer.
Rin se volteó a donde y dio un gran salto.
Cuando una expresión de miedo se formó en el rostro de la mujer, tomada desprevenida, un sonido como el trueno se escuchó.
El alce cayó al suelo, un hilo de sangre celeste y negra saliendo de un agujero en su cabeza.
—Claramente, también eras tonto…
solo porque viste mi corrupción no me atacaste —Dijo mirando al alce.
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