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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Jugo de fresa
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37: Jugo de fresa 37: Jugo de fresa La mujer llevó una mano al pecho, aliviada.

Sus piernas cedieron; la imponente criatura había intentado embestirla, y por un momento no pudo hacer nada.

Exhaló un suspiro largo.

Maribel entrecerró los ojos.

No por preocupación, sino porque aquella mujer no parecía realmente temer por su vida, aunque su actuación era impecable.

—Si mis habilidades no volvieran, me lo habría creído —murmuró para sí.

Richard se acercó con cautela, con esa mezcla entre respeto y prudencia que solo tiene quien aún no sabe si la otra persona es peligrosa o no.

—¿Estás bien?

No deberías haber bajado la guardia, pero lo hiciste genial.

La mujer lo miró desde abajo.

Su expresión era dulce, casi indefensa.

—Gracias… por tu amabilidad.

—Luego volteó hacia Rin, admirada—.

Y gracias por salvarme.

Ese salto fue impresionante.

Su actitud era tímida, casi encantadora.

Parecía halagada, agradecida.

Demasiado agradecida.

Maribel sintió una punzada en el pecho.

Una mala premonición, aunque el sistema seguía estable.

Richard le tendió la mano.

Ella la tomó con delicadeza y se incorporó.

Sus ojos celestes capturaron la luz como si tuvieran su propia fuente interna.

Su piel era tan pálida que parecía absorber el color del aire.

Vestía un elegante traje azul celeste con hombreras pomposas y mangas largas, y un sombrero grande de ala ancha, adornado por pliegues amarillos que caían en espiral.

Su cabello rubio, ondulado y abundante, enmarcaba un rostro de labios rojos y suaves, dibujados en una forma de corazón perpetuamente sonriente.

Cuando notó la mirada de Richard, sus mejillas se tiñeron de un rubor inocente; se cubrió el rostro con el cabello, escondiéndose con torpeza detrás de su capa negra.

Los mechones se movieron, y entre ellos algo pareció agitarse.

Dos cositas pequeñas, laterales, batiendo apenas el aire.

Richard se quedó sin palabras.

—Tú… ¿vives sola aquí?

—preguntó, incrédulo.

Ella negó, y con un gesto señaló su sombrero.

—No.

Me acompaña Nabi.

La mariposa, ahora pequeña y mansa sobre el ala del sombrero, movió las alas con suavidad.

Pero todos sabían que hacía unos minutos había sido tan grande que podían sin duda cubrir un árbol pequeño.

—Es mi familiar —dijo con voz calma—.

Y también mi maestro en la magia.

Maribel intervino sin rodeos: —¿Cómo te llamas?

Sonaba distante, casi aburrida.

Nadie del grupo lo notó; ya estaban acostumbrados a ese tono suyo cuando el sello la limitaba.

La mujer pensó un momento antes de responder, como si buscara en los pliegues de su memoria.

—Abby.

Abby Sombra del Firmamento.

Al menos… eso es lo último que recuerdo.

Así que, supongo, ese es mi nombre ahora.

Maribel frunció el ceño.

No percibía mentiras, pero había algo no dicho, una sombra detrás de las palabras.

—Yo soy Maribel.

Abandoné mis apellidos hace tiempo, así que puedes llamarme solo Maribel.

El grupo intercambió miradas curiosas, pero ella los ignoró.

—¿Qué haces en este lugar?

—preguntó sin preámbulos.

Abby bajó la mirada.

Una tristeza real cruzó su rostro.

—No puedo vivir entre los demás… así que vine a vivir aquí.

Maribel arqueó una ceja.

—Ya veo… —reflexionó un segundo—.

Debió ser difícil llegar a esa decisión.

Abby asintió.

Y por primera vez, la emoción en sus ojos era sincera.

Maribel posó una mano sobre su hombro.

Su voz se volvió cálida, inusualmente gentil.

—Debe ser duro vivir sola.

¿Cuánto tiempo llevas así?

¿Hay algo que podamos hacer para ayudarte?

Abby se sorprendió.

Sus ojos se abrieron, y la luz en ellos cambió.

Por un instante, los iris se volvieron casi translúcidos, brillando con un tono pálido y casi apagado.

Maribel sintió cómo su conciencia se deslizaba, como si la conversación se diluyera en un sueño.

—Podrían ayudarme… —dijo Abby, con dulzura—.

A buscar el asentamiento más cercano.

No sonó como una súplica.

Sonó como una orden envuelta en terciopelo.

Maribel parpadeó, recuperando la lucidez, y sonrió como si nada hubiera pasado.

—Claro, te ayudaremos —respondió tranquila.

Luego miró al grupo—.

No somos tan desalmados, ¿verdad?

Rin la observaba con los ojos entrecerrados, un palillo de madera entre los dientes.

Arrancó unas hojas cercanas y comenzó a doblarlas.

—Claro —respondió, distraído—.

Pero antes quiero intentar algo que no hago desde hace mucho tiempo.

Sopló la hoja, y un sonido salió, torpe al principio, luego armonioso.

Una melodía.

El grupo lo miró, desconcertado.

Maribel aplaudió con suavidad.

—Bonita canción —dijo sonriendo.

Rin levantó la vista, sorprendido.

Una sonrisa fugaz se dibujó en su rostro.

—Realmente me has felicitado esta vez.

Nadie más entendió lo que ocurría, pero entre ellos dos se cruzaban significados ocultos.

La hoja era voz, los aplausos eran respuesta.

Un lenguaje ilusorio tejido en sonidos comunes, tan sutil que ni un dios sabría distinguirlo, bueno…

al menos eso se supone.

«Nada mal chicos.

Pero Rin, cálmate un poco y se más paciente» Abby los observaba con dulzura.

Un dedo señaló hacia su cabaña; un brillo, casi imperceptible, se encendió en el pigmento de sus ojos.

—¿Quieren pasar?

—preguntó con suavidad—.

No tengo invitados desde hace mucho.

Su mirada, antes tímida, ahora se detuvo en Richard.

Luego en Rin.

Una corriente invisible pareció recorrer el aire cuando ella pasó su mirada en todos y cada uno.

Entraron.

El lugar… era el mismo.

Y sin embargo, se sentía diferente.

Más cálido.

Más amable.

La mariposa volvió a su tamaño real, revoloteando por el techo.

Pero incluso así, el ambiente no resultaba amenazante.

Solo… acogedor.

Demasiado acogedor.

Abby corrió hacia uno de sus sofás, ligera, casi danzando.

Se sentó con una delicadeza que no parecía de alguien que viviera sola en medio del bosque.

—¿Qué les parece mi hogar?

—preguntó con una sonrisa que pedía aprobación—.

Me costó mucho trabajo hacerlo.

El grupo se tomó un momento.

Miraron las paredes de madera, el techo en espiral, el suelo cubierto por tapices tejidos con paciencia.

—Es bueno —dijo Amara—.

Es un lugar donde se puede cultivar en paz.

Sofía cruzó los brazos y suspiró, resignada.—Supongo que está bonito… aunque no sea un palacio, tiene más comodidad que uno.

Abby rió, complacida.

Pero al mirar a Aether, su sonrisa vaciló.—¿Y tú?

¿Qué opinas de mi hogar?

El niño olfateó el aire.

Su nariz de lobo se movió apenas.—Apesta.

Algo no me gusta.

Abby se irguió, sorprendida.—¿Eh?…

¿Qué huele mal?

Ya que un descendiente de lobo vino, ayúdame a encontrarlo.

Aether se encogió de hombros.—No sé.

No es asqueroso, solo… incómodo.

Maribel le desordenó el cabello con una mano.—Pequeño travieso, no se dice eso de esa manera.

Si no es realmente mal olor, no la molestes.

Somos invitados.

Abby lo miró con una duda que no logró ocultar.

Aether sonrió con picardía.

Maribel, notando la chispa, arqueó una ceja.

—De cualquier manera —intervino Richard—, tampoco sabemos dónde está el poblado más cercano, pero lo buscamos.

Abby asintió con comprensión.—Ya veo… así que solo estaban de paso.

Bueno, ¿no habrá problema si los acompaño, verdad?

Su voz titubeó.

Sus ojos tenían una timidez que rozaba la súplica.

Richard, Amara y Sofía intercambiaron miradas: un alma solitaria pidiendo no ser dejada atrás.

«¿Qué recomiendas?

Sistema» preguntó Maribel en su mente.

«El sistema recomienda que la anfitriona no se conmueva.

Los cultivadores no actúan desde el corazón humano.» Maribel frunció el ceño.

«¿Y cómo sabes si algo es humano?» «Todo lo que nace del apego.» «Así que me dices que no me deje engañar.» No obtuvo respuesta.

Solo el eco de su propia respiración.

Miró a Abby.

Tan frágil, tan bella… tan fácil de querer proteger.

Pero mientras la observaba, sintió un leve estremecimiento.

El aire se espesó.

El corazón le latió errático.

No por lo que vio en ella, sino porque se percató de sus propios sentimientos…

y le resultaban ajenos.

Reflexionando, miraba a Abby cuando en su mente apareció una imagen: un líquido rojo cayendo lento, olor dulce, promesas cálidas, alguien avanzando en la bruma y desapareciendo y una sensación de abandono.

Maribel sonrió, apenas.—Así que… ¿te gusta el jugo de fresa?

Abby se sobresaltó, desconcertada.—¿Jugo de fresa?…

Bueno, sí.

Supongo que sí.

Aunque no se que tenga que ver eso con nuestro viaje.

Maribel asintió, satisfecha.

«No la aceptamos aún, pero ya se considera parte del viaje.

Qué tierno.» Luego, su voz cambió.—No te aceptamos aún —dijo con suavidad, sosteniendo su mirada—.

Pero el plan era hacerlo igualmente.

La tensión se deshizo.

Amara brincó detrás de Abby.

Sofía la siguió con pasos lentos, curiosa.—Hace tiempo que no conozco a alguien nuevo —dijo Amara—.

Cuéntame más de ti.

—Oigan, no se separen —reclamó Richard.

—Estaremos bien —respondió Maribel, quedándose quieta, observando.

Abby buscó a Aether, como pidiendo una señal.

El niño no se movió.

Solo la observó.

Ella entrecerró los ojos.

«Así que es así», pensó.

Maribel sintió el peso de varias miradas: Richard, preocupado; Rin, impasible; Aether, inquisitivo.

Suspiró.—Rin, ve con las chicas.

Actúa solo si la cosa se pone fea.

—¿Qué podría pasar?

—preguntó Richard.

—Tú vienes conmigo al arroyo —respondió Maribel.

El hombre sintió un tirón invisible que lo obligó a asentir.

La enorme mariposa en la pared tembló.

Pero Richard no estaba dispuesto a obedecer.

—Lo que sea eso puede esperar, tengo que asegurarme de que esa mujer sea fiable.

—Sus palabras sonaban más que se intentaba convencer a si mismo.

Aether observó el intercambio.—Créeme —dijo—, no quieres desobedecer ahora.

Richard se puso serio, asintió y la siguió.

Maribel avanzó, y su pulso volvió al ritmo de un tambor, su qi dejando de fluir y liberando el cuerpo de su control.

El arroyo murmuraba con calma.

El reflejo del sol en el agua parecía un conjuro de paz.

Maribel respiró profundo.

—Por fin puedo ser libre —dijo, dejando salir el aire.

Ella se acercó a Richard y le dió un ligero golpe en la frente con sus dedos.

Por un momento el hombre pareció perder la conciencia, pero la recuperó al instante.

—¿Crees que algo esté mal con ella?

—preguntó Richard.

Maribel sonrió.—Le gusta el jugo de fresa.

Nada bueno viene de eso.

Richard la miró, atónito.—¿Acabas de decir…?

Maribel puso un dedo sobre sus labios.—Guarda mis palabras.

—Entonces… ¿ese “jugo de fresa” es…?

—No lo nombres —replicó, seria—.

Mejor dime: ¿crees que es mala persona?

Richard pensó, largo rato.—No lo sé.

Pero no parece querer serlo.

Maribel suspiró.—Blandengue… pero correcto.

Entonces apuntó al bolsillo del hombre.—Dame un talismán.

Y ven conmigo al otro lado.

Cruzaron el arroyo de un salto.

Maribel desplegó el sello.

Una barrera pálida los rodeó.

—Ahora sí —susurró—.

Desenvaina tu espada.

Tomado por sorpresa Richard no se dio cuenta cuando retiró la hoja de la funda.

Un momento después la sangre corría por la espada, pero no había olores que el viento lleve.

La luz verde del talismán curó toda herida.

En el patio de enfrente Abby estaba inquieta.

Los demás dormían.

Aether respiraba lento, aunque Maribel sospechaba que no dormía del todo mientras los observaba desde la distancia.

Rin en las copas de los árboles.

El estómago de Abby gruñó.

Suspiró con impotencia al mirar a sus invitados en el suelo, desprotegidos.

Caminó hacia la cocina, resignada.

Allí, la cabaña se volvía más humilde: hornos de barro, ollas ennegrecidas, especias casi agotadas.

Abrió una pequeña repisa.

Vacía, su corazón se apretó.

Un sonido la hizo girar.

Un frasco agitándose.

—¿Buscabas estos?

Maribel estaba junto a ella.

Su piel de tono vainilla brillaba con una serenidad inhumana.

El aroma llenó el aire.

Abby lo reconoció al instante.—¿Cómo no te vi?

¿Acaso usas ilusiones?

Maribel negó.—No hace falta.

La mente ignora lo que no comprende, algo respecto a la atención y esas cosas.

Agitó el frasco.—Ya lo calenté.

Nunca había usado hornos antiguos, pero tú lo haces justo a la temperatura corporal.

Eres ingeniosa.

Abby tembló.—¿Cómo lo sabes?

—Porque tengo un sistema que mide cosas para mi, a veces.

Y porque me iluminé un poco sobre los aspectos ilusorios de la vida, así que no me puedes manipular.

Abby tragó saliva.

Tosió.

Maribel quitó el tapón y le entregó el envase.—Bébelo.

No vine a pelear.

Abby dudó, pero lo bebió.

Uno, luego otro, luego el tercero.

Maribel sonrió.—¿Satisfecha?

Abby asintió, con una tristeza que parecía más vieja que su cuerpo.

—¿Qué te pasa?

—preguntó Maribel.

—Nada… —murmuró.

—No puedo hacerme cargo de tu corazón —dijo Maribel —.

Pero sí puedo ayudarte a no sufrir hambre.

Sacó unos aretes.

Al tocar su mano, se agrandaron.—Cuando se agoten, avísame.

Abby los sostuvo, atónita.—¿Por qué haces esto?

Maribel rió, casi infantil.

Luego, su voz se suavizó.—¿Por qué no?

Abby la miró largamente.

—¿Cómo que “por qué no”?

Dame una razón plausible… por favor.

—Dijo casi suplicante—.

¿Por qué me ayudarías, cuando pudiste matarme justo ahora?

Los ojos de Abby se humedecieron de repente.

A Maribel le llegó una punzada; la vista era lastimera, era una belleza llorando.

Inevitablemente, se conmovió.

Respiró hondo.

Una sonrisa verdadera se formó, cálida, tranquila.

—Porque no te conozco, así que no te hago daño.

¿No es eso suficiente?

Además, tú no dañaste a los míos.

Abby la miró directamente.

Sus pupilas, brillantes como cristales empapados, vibraron por un instante.

Luego cerró los ojos con fuerza, temerosa.

—Gracias —susurró—.

Pero ya deberían irse.

No es necesario que les acompañe.

La expresión de Maribel se tornó preocupada.

—¿Por qué?

—Tú no me conoces, y no soy de confiar.

Maribel la observó en silencio, luego puso una mano sobre su cabeza.

El gesto fue leve, casi fraternal.

—Si ya te dije que puedes acudir a mí cuando tengas hambre.

—¡No entiendes!

Yo…

—Ya sé, sé lo que pensabas hacer.

—Interrumpió con suavidad—.

Pero no lo hiciste.

Esa oportunidad era tan buena como cualquier accidente.

Abby apretó los puños.—Fue solo porque aún tenía repuestos.

—Aseguró, como si intentara justificarse ante sí misma.

—Entonces te conseguiremos repuestos.

—Respondió Maribel secamente, y se encogió de hombros—.

Somos cultivadores, no mortales.

Aunque soy más similar a un humano que el resto de cultivadores… sigo siendo una cultivadora.

Abby bajó la cabeza.—Cuando llegue al próximo poblado… no tengo nada que hacer ahí, así que no tengo motivos para ir.

Maribel la miró unos segundos y luego respondió con voz calma:—Nadie tiene motivos para iniciar algo.

—Sus ojos se suavizaron—.

A menos que sea por necesidad.

Pero cuando lo inicias, simplemente lo conviertes en tu razón de ser.

Abby alzó la mirada, frágil, casi transparente.—¿Y por qué necesitaría ir con ustedes?

Maribel sonrió.—Porque te veías feliz de tener visitas.

Silencio.

Abby bajó la mirada y no respondió.

Solo asintió, despacio, como si la idea la lastimara y la curara a la vez.

Esa noche, el grupo descansó en las cercanías de la cabaña.

El fuego ardía tranquilo, y las brasas eran como ojos antiguos vigilando el destino.

Abby se había alejado un poco, bajo el techo de ramas, donde la mariposa —ya no mariposa, sino un murciélago de alas amplias y negras— la esperaba colgando de una rama baja.

El murciélago emitió un sonido breve, casi humano.

—No digas nada.

—Pidió ella, acariciándole el lomo con delicadeza—.

Ya lo sé.

No debería irme con ellos, pero… ¿Cuánto tiempo más puedo estar sola?

Pese a que me trajiste libros de purificación, no pude sobreponerme.

Es tiempo, ya no puedo importunarte más.

El murciélago ladeó la cabeza, sus ojos brillando con un fulgor rojizo.

La joven suspiró abatida.

—Ve con él.

Dile que sigo viva.

Si alguna vez decide buscarme, dile que sea discreto en la luz…

y que le agradezco por todo.

El murciélago extendió sus alas, grandes como una noche que se abre, y se perdió en el cielo, sin un solo ruido.

Abby se quedó mirando su partida, con los labios temblorosos.

Luego caminó hacia el fuego.

El grupo ya había cazado algo —una liebre espiritual, su piel plateada relucía con el qi aún disperso—.Amara la sostenía con orgullo mientras Sofía terminaba de asarla con un sello de calor.

El olor llenó el aire.

Era simple, pero cálido.

Abby se sentó despacio, a un lado, con las piernas recogidas, sin atreverse a tocar nada, solo respirando el qi.

—Puedes comer —dijo Maribel con tono amable—.

No te va a matar, lo prometo.

Abby dudó un momento, pero el sonido del fuego la tranquilizó.

Tomó un pequeño trozo y lo probó.

El sabor… era extraño.

No malo, solo ajeno.

Como si masticara un recuerdo.

—¿Y?

—Preguntó Sofía con una sonrisa leve—.

¿Está bien?

Abby asintió.—Hace mucho que al comer no me sentía… viva.

Las miradas se cruzaron, y nadie comentó la elección de palabras.

Rin soltó una risita, removiendo la leña.—Tiene paladar poético, al menos.

—La burla en su rostro y voz.

Maribel alzó la vista, y por un momento observó a Abby en silencio .Había en ella algo sereno, pero detrás, algo vibraba: un eco oscuro, una tensión dormida.

El viento sopló, moviendo las llamas.

Abby sostuvo las manos al calor del fuego y, sin levantar la vista, murmuró: —No sé cuánto tiempo pueda fingir que esto me basta… pero quiero intentarlo.

Maribel se recostó sobre la hierba.—Mientras lo intentes, está bien.

Nadie aquí exige perfección.

Solo sinceridad.

La joven dhampir la miró de reojo.—¿Y si no soy sincera?

—Entonces aprenderás a serlo cuando duela.

—Respondió Maribel, con voz suave pero firme.

—Yo lo se.

Un silencio los envolvió.

El fuego crepitó.

En el cielo, las nubes se apartaron y una luna enorme se alzó sobre la montaña, bañándolos con una luz pálida.

En el brillo plateado, las sombras se alargaron; por un instante, todos parecieron iguales.

Rin levantó la vista, masticando despacio.—Parece que la montaña respira.

Maribel asintió.—O si…

nos observa.

Abby sonrió, apenas tensa.—Tal vez no eres buena en la bromas.

El viento pasó entre ellos, llevando brasas al aire.

Y durante unos segundos, hubo verdadera paz.

Solo el sonido del fuego, el susurro de las hojas y el pulso lento de la luna sobre sus rostros.

Fue suficiente para que, por una noche, nadie recordara quién era presa y quién depredador.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Lux_Foti Al final me desvelé para hacer el capítulo Mañana tengo examen así que enviénme buenos deseos desde el futuro :,v son la 1:03AM y no estudié xdxdxdxdxd

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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