Sistema de Evolución Universal - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 El nombre del enemigo
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43: El nombre del enemigo 43: El nombre del enemigo La lluvia caía lentamente sobre el camino, primero como un murmullo, luego como una cortina tenue que convertía el polvo en barro.
Las nubes, que llevaban horas acumulándose, habían adoptado un tono de oscuridad gaseosa que parecía pesar sobre todos.
El grupo avanzaba sin refugio.
La carreta era demasiado estrecha para cobijarlos, y los árboles cercanos no ofrecían más que ramas empapadas.
Aether caminaba con la cabeza al cielo, la boca abierta, intentando atrapar gotas como si fueran un manjar secreto.
Abby lo imitaba con un entusiasmo casi infantil.
No hablaban, pero la competencia silenciosa era evidente.
Sofía se acercó a la dhampir con cierta tensión en el rostro y le dio unas palmaditas en la espalda.
—Mejor no hagas eso —susurró—.
Se ve… un poco extraño.
Abby bajó las manos lentamente y ambas se miraron.
Sofía se sonrojó al sostenerle la mirada, pero aun así mantuvo la compostura.—Entiendo —dijo la dhampir con un suspiro decepcionado—.
Ya estoy grande para jugar así.
Maribel alzó una ceja, divertida.
Pero Aether sí respondió.
—¿Qué tiene de malo?
Papá o Maribel me hubieran detenido si fuera malo.
Abby vio una oportunidad para defenderse.
—¡Exacto!
¿Qué hay de malo?
Sofía abrió la boca, luego la cerró.
No sabía cómo explicarlo, ni cómo hacerlo sonar razonable sin herir susceptibilidades.
Amara intervino mientras la lluvia intensificaba su sonido contra el suelo.
—Escucha, Abby… este lobito puede hacerlo.
Tú no.
Abby hizo un puchero que contrastaba ridículamente con su aura nocturna.
Maribel observó la escena en silencio.
Verlos comportarse con esa normalidad la indignó.
A fin de cuentas, ella sabía lo que habían dejado atrás, lo que habían perdido.
«¿Pero qué pasa con estas dos?
¿Cómo pueden seguir caminando como si nada hubiera pasado?» —Amara.
Sofía —llamó de pronto, incapaz de contenerse—.
¿Cómo están tan calmadas?
Ambas se detuvieron.
Sus expresiones eran de genuina confusión.
—¿Qué quieres decir?
—preguntó Amara.
—Ustedes conocían a las personas de la caravana —Maribel apretó los puños—.
¿Cómo pueden ser tan indiferentes a sus muertes?
Hubo un silencio breve, incómodo.
La lluvia amortiguó todos los demás sonidos.
Sofía respiró hondo, luego se acercó a Maribel y bajó la voz.
—Esto sonará cruel, pero… lo diré sin adornos: ya esperaba que algo así sucediera.
Maribel sintió que algo dentro de ella se quebraba.
—¿Por qué pensabas eso?
Sofía retomó el paso con un encogimiento de hombros.
—Bueno, alguien mató a un niño frente a mis ojos, solo porque le obligaban a cerrar puertas; luego alguien más decapitó a ese sujeto cuando supieron que estarían muertos si no lo hacían, ¿Cómo no sospechar que existía otro que pensaba con maldad?
—…
Maribel se quedó sin argumentos.
Lo que Sofía decía era oscuro, sí, pero también era lógico.
Cruelmente racional.
Tragó saliva y dejó que la lluvia resbalara por su rostro.
«No es con ellas con quienes debo rendir cuentas…» Sus ojos se afilaron con un brillo frío.
Había una sola persona que debía pagar por todo aquello.
Amara la observó, alerta.—¿En qué piensas?
—¿Por qué quieres saber?
—respondió Maribel sin apartar la vista de las nubes.
—Para apoyarte —dijo Amara, simple y directa.
Maribel esbozó una sonrisa sin alegría.—No querrás apoyarme en esto.
—Voy a discrepar —replicó Amara—.
Mi vida cambió cuando pusiste esa mirada antes de desmayarte.
Así que suéltalo.
Maribel aspiró aire, como quien se prepara para desatar un terremoto.—Quiero matar al Dragón Rojo.
El viento sopló con brusquedad, levantando la lluvia en remolinos.
La carreta rechinó.
Aether dejó de jugar con las gotas.
Incluso los burros tensaron las orejas.
El silencio que siguió fue pesado, casi sagrado.
Amara asintió después de unos segundos.—Ah.
¿Solo eso?
Pensé que dirías algo verdaderamente descabellado.
—¿No me escuchaste?
—dijo Maribel—.
Quiero matar al rey de una nación.
Un mago que cultiva.
Con un ejército.
Con recursos.
Con— Richard bufó.
Sofía suspiró.
Amara ya se había encogido de hombros.
—Están locos —gruñó una voz desde la carreta.
—Al fin alguien cuerdo —dijo Maribel, ignorando que la idea había salido de su propia boca.
Amara solo rio con la cabeza al cielo.
Una carcajada larga, orgullosa, más para darse valor que por diversión.
—Escúchame bien, tarado.
Nadie subestima a mi rival.
Si el enemigo no es un cobarde, tendrá que intentar matarla antes de que se vuelva demasiado fuerte.
—Luego una penumbra tiñó su voz —Y el enemigo no sabe que tiene un asesino como ella.
Thot giró la cabeza y escupió a un lado.
—Mocosa pretenciosa.
Te vi esconderte de las bestias del camino.
Yo estuve ahí.
No me engañas con esas fanfarronadas.
Amara abrió los ojos, herida.
Se tensó, respiró… y no respondió.
Bajó la mirada, con los labios apretados.
—No digas esas cosas —intervino Richard suavemente—.
Estamos dolidos todos.
Solo… no busques pelea, somos camaradas.
Los ojos de Thot ardieron con un resentimiento nuevo.
—¿Camaradas?
Entonces ¿por qué trajeron a otra criatura de la noche?
Encima una mujer ¿No es conveniente?
—No tengo forma de saber qué te molesta —respondió Richard cansado—.
Simplemente nos la encontramos de camino acá y Maribel quiso traerla.
—Ah, claro.
Maribel armándote un harem —escupió Thot—.
Igual que las historias donde los cultivadores son basura humana.
Richard frunció el ceño.
—Amigo… arriesgamos la vida juntos.
Vi morir a cinco compañeros ese día.
Decapité a uno más.
No nos ataques.
Te entiendo más de lo que crees, me frustra que arriesgué mi vida solo para que otros pisen ese sacrificio.
Thot tembló, miró a Maribel y recordó la escena en el río.
Esa mujer, tan poderosa en ese entonces.
«¿Cómo lo olvidé?» Se reprochó «Tan poderosa en ese momento, pero agotándose hasta el desmayo por otros» Un peso más grande se cernió sobre él cuando entendió que se había encontrado de nuevo con Maribel.
Viendo que no hay respuesta, Richard suspiró y se alejó.
La lluvia arreció, ruidosa, pesada.
Maribel levantó el rostro al cielo.
Dejó que el agua escurriera por su piel.
Le ardía la garganta, como si algo viejo intentara salir.
Abby la miró ofendida cuando abrió la boca para beber la lluvia.
«Thot…» llamó en su mente.
El comerciante parpadeó, sorprendido.
«No te metas en mi cabeza.» Maribel se retiró enseguida… pero Thot habló antes de que el vínculo se rompiera.
«Perdóname.
No pude protegerlos.
Desperdicié tus esfuerzos.
Soy un despojo, como decía mi padre.» Ella se detuvo, helada.
Los burros frenaron al instante cuando ella miró en su dirección.
Dio un paso largo, el barro salpicando, y ella apareció donde Thot.
Le sostuvo los hombros con fuerza inesperada.
—¡No digas eso!
—gritó.
Thot la miró, aturdido.
No esperaba esa reacción.
En realidad ella tampoco.
—No eres un desperdicio —dijo Maribel—.
Nadie que haga lo que tú hiciste podría serlo.
Solo… tuviste mala suerte.
Él bajó la mirada, dejando caer lágrimas que no admitió.
—¿Cómo que no lo soy?
—rompió—.
Prometí devolverlos a sus hogares.
Les di trabajo.
Esperanza.
Y aun así murieron.
La única que salvé… solo volvió para morir.
¡Volvió para ser combustible de esa maldita piedra!
Maribel se quedó inmóvil.
—¿Qué… dijiste?
¿La piedra verde?
Thot asintió.—Escuché que alguien aniquiló su ciudad.
Las ropas estaban tiradas por el suelo… como si todos hubieran sido absorbidos.
La caravana desaparecía día tras día.
No entendía nada.
Maribel sintió cómo el mundo a su alrededor se estrechaba.
La piedra que respira.
Las almas encerradas.
La voz de Nadir diciéndoles que corrieran.
El rastro del demonio semihumano.
Y en alguna parte de esa cadena… el alma de Vireya, la madre biológica de Aether.
—¿Vivía al otro extremo del Reino Espejo?
—preguntó, con un hilo de voz.
—No tan lejos.
Y todos empezaron a hablar de eso justo después de que el Dragón Rojo se pronunció por las grietas.
Ella cerró los ojos.
Respiró hondo.
—Gracias… gracias por hacer lo mejor que pudiste.
Te dejaré descansar.
Thot sintió cómo una parte de la culpa que lo intoxicaba comenzaba a disiparse.
La lluvia seguía cayendo.
Pero ahora era distinta.
Maribel levantó la mirada y, por un instante, el Ojo de Sabiduría se abrió.
Espíritus del rayo serpenteaban entre las nubes, reuniéndose.
Recordó las noches en que se escondía en cuevas con Aether, temblando ante tormentas que podían matar a una mortal.
—Aether —murmuró Maribel—.
¿Ves algo?
Él ya estaba señalando.
—Hay cuevas por allá —dijo Maribel alzando la voz—.
Podemos refugiarnos ahí.
—¿Por qué?
—preguntó Richard, confundido.
Sofía señaló la carreta.—Él está refugiado del agua y nosotros no nos enfermaremos por esto, creo que necesitemos… —En realidad —la interrumpió Amara, tragando saliva— para los depredadores es igual de peligroso moverse bajo esta lluvia… y como estamos en carretera dudo que las bestias mágicas vengan acá.
Un relámpago estalló tan cerca que el aire vibró.
Todos se encogieron.
Los burros relincharon, tranquilizados solo por influencia de Maribel.
Un grito agudo cortó el aire.
Abby estaba hecha un ovillo, temblando, los ojos desorbitados.
No era frío.
Era pavor puro.
Amara se llevó una mano al pecho, el corazón golpeando.—¡Cambié de opinión!
Todos, pálidos, voltearon al mismo punto.
Aether señaló otra vez, más firme.
Y todos aceptaron sin discutir.
La tormenta se tragó sus voces.
Solo quedaba avanzar.
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