Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Sistema de Evolución Universal - Capítulo 46

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Sistema de Evolución Universal
  4. Capítulo 46 - 46 Mundo oscuro corazón perdido
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

46: Mundo oscuro, corazón perdido.

46: Mundo oscuro, corazón perdido.

La lluvia caía con fuerza.

Hacía frío.

Casi no podía verse el camino, los ojos empañados por el agua.

Maribel avanzaba levantando los pies en alto, sus sandalias reforzadas de Qi dando lo mejor de si.

Era extraño.

Como si de la nada se encontrara recordando la tristeza de unas vacaciones que salieron mal y la nostálgica salinidad de la playa.

«Ahora me doy cuenta, ¿No estuve desconectada de la realidad todo este tiempo?» Se detuvo.

El tronco húmedo donde se paró crujió bajo su peso, y la lluvia le caía tan directo que parecía estar intentando atravesarla.

El agua escurría por su cabello como si fuera un grifo.

«El mundo humano está hecho a base de ilusiones…

El mundo humano… ilusión sobre ilusión.

Una casa pintada con colores agradables para esconder las grietas.

Una identidad construida con palabras que solo tenían sentido mientras alguien más las escuchaba.

¿Qué ilusión vivía yo en mi propia mente?».

Maribel sintió un ligero dolor en el pecho, como un dedo nítido señalándola.

Apretó los dientes, esta vez no había nadie a quien atender primero, nadie que necesitara de ella.

Esta vez, el dedo la señalaba únicamente a ella.

«Simple, creo que solo estaba evadiendo la realidad.

Usando al sistema y a Aether como un ancla.

Dije que solía ser médica, pero aún no acepto que quedó en el pasado» Las lágrimas se mezclaron con la lluvia, y por un instante su rostro tuvo el mismo sabor salino que el pasado.

«Noches de desvelo… turnos interminables… y ahora apenas recuerdo lo suficiente para sostener una conversación.

¿Qué hice con mi vida todo este tiempo?

¿Para qué fue tanto cansancio?» Ella respiró largamente, temblorosa.

El aire frío parecía querer meterse en su corazón para terminar de apagarlo.

«Si ya no soy lo que fui… si sin el sistema no soy nada… si sin Aether no tengo rumbo… entonces…» La idea la golpeó con tanta fuerza que se tuvo que sostener del tronco para no caer.

«¿Qué soy ahora?» Sus ojos temblaban.

La pregunta se volvió un susurro rasgado entre la lluvia, una confesión al bosque, al cielo, a sí misma.

Una verdad amarga que había evitado mirar desde que llegó a este mundo.

Los árboles no respondieron, aunque normalmente lo hacían.

El cielo solo lanzó otra ráfaga de agua helada.

Y sin embargo, por primera vez, su silencio no la presionó: la obligó a escuchar el eco de su propia voz.

Un eco que temblaba… pero era honesto.

Maribel cerró los ojos.

Sintió el peso de su pérdida.

Sintió el duelo de una vida que ya no existía.

Sintió la vergüenza de seguir aferrándose a lo que ya no podía recuperar.

Y se permitió, por un momento, ser frágil.

Ella estaba de luto.

La lluvia continuó su caída implacable, pero esta vez, en vez de empujarla, la sostuvo.

Como si el mundo aceptara su quiebre de la misma manera que aceptaba la tormenta.

No había respuestas todavía, solo la herida y la conciencia nueva —dolorosa y necesaria— de que por primera vez estaba mirando de frente lo que había huido durante demasiado tiempo.

Los relámpagos caían con frecuencia, desgarrando el cielo como si alguien lo estuviera abriendo a la fuerza.

Pero esta vez, caían lejos.

Lejos de ella.

Amarillos, azules… colores que no coincidían con su caos interno, pero que lo iluminaban por un instante.

Cuando uno de esos destellos azules iluminó el bosque, Maribel sintió que algo dentro de su pecho… simplemente se apagaba.

Fue resignación.

Un vacío seco, silencioso, como si una parte suya —la que se aferraba a sostener todas las máscaras— hubiese dejado de luchar.

Por un segundo, fue casi tentador desaparecer ahí mismo.

Ser arrastrada por la lluvia hasta volverse barro entre las raíces.

«Eres Maribel…» La frase surgió sola, como un reflejo aprendido, como un cable suelto intentando reconectar.

Pero ¿Quién era Maribel?

Lo que había significado antes…Y lo que significaba ahora…eran identidades tan distintas que parecían no poder coexistir.

Dos vidas que no podían reconciliarse sin destruirse una a la otra.

«Yo soy… yo soy yo.» Su voz interior era pequeña, torpe, temblorosa.

«Aunque eso no tenga sentido… simplemente no puedo ser nadie más que yo, ¿verdad?» El silencio fue tan profundo que incluso la tormenta pareció retirarse un paso.

Y ahí, en ese hueco entre dos relámpagos, llegó la claridad.

No como iluminación…no como fuerza…sino como una comprensión suave, casi triste: No tenía que decidir quién era.

No tenía que escoger entre la médica que fue o la cultivadora que ahora intenta ser.

No tenía que unirlo todo en un concepto pulido y perfecto.

Solo tenía que aceptar que ella existía, incluso si era imperfecta, incompleta o contradictoria.

El pensamiento le llegó como un murmullo cálido debajo de la lluvia: «Soy yo… incluso si no sé qué significa todavía».

Esa idea no resolvía su dolor.

No devolvía su pasado.

No eliminaba la confusión.

Pero le dio algo más honesto que todo eso: un punto de apoyo dentro de sí misma.

No certeza.

No poder.

Solo… presencia.

La intuición de que podía seguir caminando aunque no supiera exactamente lo que era.

Y esa pequeña chispa, ese mínimo espacio donde dejó de exigirse una respuesta absoluta fue suficiente para que su corazón encendiera un latido más.

Una respiración más.

Un paso más en medio de la tormenta.

La picazón era insoportable.

No era solo la piel reaccionando al frío o a la lluvia helada; era la sensación constante de estar fuera de lugar, como si el mundo mismo la rechazara por no saber quién era.

La lluvia caía con una fuerza casi antinatural.

Cada gota parecía un golpe contra su piel, y aunque su cuerpo cultivado aguantaba mucho más que eso, la incomodidad era real, física, incansable.

Y lo peor…no veía nada.

Apenas distinguía el contorno de los árboles.

El barro le llegaba a los tobillos.

El viento le empujaba el cabello a los ojos.

El bosque entero se había vuelto un laberinto sin referencias.

«¿Cómo voy a volver…?» La pregunta se clavó como una piedra en el estómago.

Había avanzado demasiado sin pensar.

Movida por emociones, por dolor, por un impulso que no controló.

Y ahora la montaña era un monstruo sin rostro del que no conocía las venas ni los huesos.

«Probablemente ya es de noche.» Tragó saliva.

Su voz interna sonó agotada, rota, casi ajena.

La energía espiritual se movía de forma caótica; el clima afectaba su percepción.

Y por primera vez desde que llegó a ese mundo, Maribel comprendió cuán mortal podía ser perderse sola.

No moriría por la tormenta.

No moriría por un rayo.

Pero la noche, el frío, los animales, la soledad… esa combinación sí podía destrozarla.

Dio un paso…otro…y otro más.

No tenía idea de si se alejaba del grupo o se acercaba.

«Lo único que puedo hacer es seguir caminando…» Se abrazó a sí misma un momento, temblando.

La lluvia seguía cayendo con rabia.

Los relámpagos seguían cruzando el cielo en colores que no comprendía.

Y Maribel, con el corazón en un puño, siguió adelante entre la oscuridad, sin claridad, sin respuestas, apenas sosteniéndose a base de puro instinto.

Solo quería un lugar donde no temblar tanto.

Solo quería detenerse y respirar.

Sentía que esa noche sería larga.

Demasiado larga.

Algo parecía cortar el camino, una gran oscuridad en el piso.

Maribel se detuvo al borde de lo que parecía un barranco, no sabía la altura.

La lluvia golpeaba con tanta fuerza que el sonido era casi blanco, ensordecedor.

El agua le corría por la cara como si intentara borrar sus facciones.

Estaba cansada.

Demasiado cansada para pensar con claridad.

«Por favor…» La palabra apareció en su mente sin que ella quisiera.

Una súplica, tenue y temblorosa.

«Sistema… ¿puedes… ayudarme a volver?» El viento aulló entre los árboles.

Las ramas crujieron.

Los relámpagos iluminaron el cielo como venas fracturadas.

Pero no hubo ninguna pantalla.

Ningún anuncio.

Ni siquiera la presencia cálida del creador.

Nada.

Solo la noche respondiendo con indiferencia.

Maribel soltó una risa rota, casi imperceptible.

Una risa que dolía más que el llanto.

«Claro.

Supongo que… tampoco debería depender tanto de ti.» Sus palabras se perdieron entre la lluvia.

Dio un paso hacia atrás para no resbalar y se quedó quieta.

No podía permitirse caer.

No podía hundirse más de lo que ya estaba.

«Solo… dame una pista.

Un poco.

Algo.» Era una plegaria humilde, casi infantil.

Otra vez, silencio.

Una ráfaga de viento movió las ramas hacia la izquierda.

Una corriente distinta, cálida por un instante, rozó su mejilla.

Un sonido sordo retumbó entre los árboles, como si algo hueco hubiera caído no muy lejos.

Maribel levantó la vista, sorprendida.

Algo la impulsaba hacia un camino estrecho entre la maleza.

Apenas visible, pero… allí.

Desesperada por aferrarse a algo, siguió ese rastro tenue.

La lluvia no cedía.

El suelo estaba resbaloso.

Sus piernas se hundían en el barro a cada paso.

Pero continuó.

Cada tanto, una luz intermitente aparecía, pero Maribel pudo sentir un significado oculto: un relámpago amarillo iluminaba un tronco caído.

Uno azul marcaba el hueco entre las rocas.

Uno blanco mostraba la leve hendidura en el terreno.

No era dirección.

Era coincidencia.

Pero coincidencias demasiado convenientes para serlo.

«Gracias…» La palabra se escapó sin convicción, apenas un susurro.

Finalmente, después de varios minutos que parecieron horas, vio una sombra diferente entre las sombras: un corte oscuro en la montaña, un espacio sin lluvia, una grieta lo bastante grande para una persona.

Una cueva.

No era profunda, no era cálida.

Pero era refugio.

Maribel cayó de rodillas justo al cruzar la entrada.

El barro salpicó.

Sus manos temblaban.

Su respiración estaba descompuesta, irregular.

«Lo encontré…» Su voz sonó joven.

Miró hacia atrás, hacia la oscuridad del bosque.

Esperó.

Solo por un instante, deseando que el sistema hable.

Y aunque dolía… parte de ella comprendió que ese silencio no era abandono.

Maribel bajó la cabeza.

«Está bien… puedo con esto.

Aunque no lo parezca… puedo.» Se tumbó en una pared por un momento.

«Solo déjame… descansar un momento.» Y la cueva la envolvió en su quietud absoluta.

_________________________________________________________________ Mientras a lo lejos los relámpagos caían y la lluvia era intensa, había una luz en el cielo.

Un orbe azul, con bordes verdosos flotaba sobre las nubes.

—Tsk…

así que finalmente los encuentro, resultaron juntarse con alguien que salió de mi Reyno.

Solo un traidor abandona mi territorio, solo los demonios viven en las montañas.

La voz sonaba majestuosa, imponente, reverberando en la sala como si fuera la palabra de un dios.

Una persona estaba esta sentada en su trono, con una corona de rubíes rojos en la cabeza, su mirada dorada y altiva pegada en el ojo del alba.

La esfera no mostraba directamente la imagen, esa fuerza molesta seguía interfiriendo.

Pero luego de tantear por mucho tiempo con los relámpagos, finalmente los encontró de nuevo.

Pensó en mandar un relámpago rojo, pero se detuvo, temiendo arruinar su arduo trabajo.

Repentinamente una voz habló en su cabeza, una voz familiar.

«Debo admitir que eres persistente, aunque no esperaba nada menos de ti.

Lo que si esperaba, era que pudieras ver lo que hacías, pese a la gran obsesión en tu corazón aún no eres capaz de reconocerla, incluso ahora.» El corazón de Drakar saltó un latido.

—Tú…

¿Me estuviste espiando?

«Todo el tiempo, incluso cuando dormías te seguía vigilando» Admitió la voz.

Drakar levantó el pecho, se acomodó en su trono y dijo.

—Entonces no hay necesidad de ser discretos.

Movió la mano en trazos invisibles, pero repentinamente la imagen en el orbe cambió.

Drakar bajó las manos, sus ojos se abrieron y se paralizó viendo el ojo del horizonte.

—¿Qué es esto?…

—Su voz sonaba incrédulo —¡¿Qué carajos es esto?!

— Tomó el orbe en sus manos, casi temblando —¿Por qué…

por qué ese niño…

se ve exactamente como ella?

Ante él apareció una versión de Virella.

Era como una broma del destino, se veía casi exactamente igual: Desde el rostro casi inexpresivo, hasta las facciones de los ojos y el arco de la nariz.

Entonces, ¿Por qué tenía que ser familia de los hombres lobo?

«Realmente esperaba que pudieras ver lo que estabas haciendo, pero parece que solo reconocerás tus atrocidades si te los muestro ante tus ojos» La incredulidad estaba en todo el rostro de Drakar.

—¿Qué significa esto?

—Sonó su voz dolida —Mi Virella no me traicionaría así, ella no es ese tipo de mujer.

«Yo no te planteo una traición, te planteo la pureza que defiendes.

Conoces muy bien las cualidades de tu mujer.

¿Crees que esta persona podría siquiera haber nacido?

Déjame recordarte el nombre de su cultivación: Camino del Espejo del Alba — una técnica de purificación espiritual que busca reflejar el alma del mundo en uno mismo.

Digo que un cuerpo que se cultiva en esa vía…

no puede dar a luz un alma corrupta» Las palabras hicieron que el cristal cayera de las manos de Drakar, este no se rompió sino que rodó hasta detenerse en uno de los pilares cercanos.

—¿Pasa algo drakar?

Aún no purificaste con fuego la corrupción.

Desde las sombras de este pilar, un hombre apareció.

Drakar lo reconoció, era alguien del consejo de la voz del universo.

Pero lo que acababa de decir hiso que su ceño se contraiga.

Los recuerdos de cómo decidió confiar en ellos para lidiar con las grietas y cómo lo defraudaron, no le daba una buena impresión de esta persona.

Lo que dijo justo ahora, solo lo ponía aún más tenso.

—Identifícate, intruso.

Dijo el dragón rojo, mientras el salón se iluminaba de una luz carmesí, la temperatura no varió y no se veía de dónde provenía la llama.

Mas la sensación de peligro estaba presente.

_________________________________________________ —Soy tu aliado, Majestad.

El mundo necesita pureza… y nosotros te ayudamos a verla.

Drakar no respondió.

El Sistema habló primero en su mente, sereno, frío: «Si lo escucharas, destruirías lo que queda de ti.

La pureza que persigue no es la tuya.

Es la del mismo vacío que devora mundos.» El consejero sonrió, como si hubiera escuchado también: —Y sin embargo, Dragón Rojo… tú ya empezaste a quemar lo impuro.

¿Por qué detenerte ahora?

Silencio.

El orbe en el suelo volvió a brillar, mostrando al niño parecido a Vireya.

El sistema susurró: «Antes de purificar, mira lo que estás a punto de perder.» El consejero dijo: —Antes de dudar, mira lo que ese niño representa: la decadencia del mundo, la mezcla que trajo la Gran Decepción.

Ciérralo.

Quémalo.

Libera el destino.

Drakar cerró los ojos.

Sus garras temblaban.

El salón entero aguardaba su sentencia.

El orbe seguía proyectando el rostro del niño semejante a Vireya.

Drakar lo miró como quien contempla un presagio que no debería existir.

El miembro del Consejo avanzó un paso, sin miedo a la luz carmesí.

—Majestad —su voz era suave, casi reverente—.

Mírelo bien.

¿Ve?

Eso no es un milagro… es una advertencia.

Un recordatorio de que la mezcla, la impureza, conduce al colapso.

La Gran Decepción regresará si no actuamos.

Drakar no respondió.

Su pecho subía y bajaba, lento, profundo.

De pronto, una voz resonó en lo más íntimo de su conciencia.

Honesta.

Serena.

Dolorosa.

«Tu ira no nació del deber.

Nació del miedo.

Miedo a perder otra vez lo que amabas.» El Dragón cerró los puños.

La voz del Sistema no era un susurro: era un espejo.

«No confundas temor con justicia.

Tu fuego no distingue entre enemigo y niño.» El consejero rió suavemente, sin emitir juicio.

—Ah… esa voz.

La he sentido antes.

El “Maestro” que guía al pequeño.

Una reliquia antigua jugando a ser conciencia.

Qué irónico: incluso ahora intenta frenarte.

Drakar gruñó: —Eres audaz para hablar dentro de mi palacio.

—¿Audaz?

—El consejero inclinó la cabeza—.

¿O simplemente honesto?

Tu mundo se pudre, Drakar.

Los híbridos se multiplican, las líneas de sangre se mezclan, la esencia del continente se rompe.

Tu trabajo… tu cruzada… es lo único que mantiene unido lo que queda.

La luz carmesí vibró, reaccionando a la emoción del dragón.

Pero el Sistema no se quedó callado.

«No es unidad lo que buscas, es imposición.

Crees que si purificas lo diferente, el mundo regresará a como era cuando Vireya respiraba.

Pero nada regresará.

Ni ella.» El golpe fue preciso.

Drakar apretó los dientes, como tragándose una lanza.

El consejero intervino de inmediato, astuto: —¿Qué sabes tú del dolor humano, voz sin cuerpo?

¿Qué sabes de la sangre derramada?

¿Del deber?

El dragón rojo perdió a su reina… perdió lo único puro que quedaba en este mundo.

¿Y tú quieres que acepte a un niño abominable que se burla de su sangre…

que tolere ese insulto?

«Ese niño no es un insulto.» La voz del Sistema se volvió grave.

«Es inocente.

Y es prueba de que no entiendes el cultivo del Espejo del Alba.

La pureza no discrimina por sangre: refleja el alma.» El miembro del Consejo chasqueó la lengua.

—¿Alma?

¿Hablas de almas cuando conoces el pecado de su raza?

Los hombres lobo fueron creados por grietas, no por el cielo.

Son errores caminando.

Su existencia altera el flujo del qi.

Su exterminio no es crueldad: es reparación.

«Cuida tus palabras, abominación.

Que te deje hablar y no aclare tus mentiras no significa que puedas forzar tus palabras a la realidad.

Solo lo permito porque lo que aseguras como verdad no me incumbe ahora mismo, solo me incumbe este hombre» La mirada dorada de Drakar osciló.

Entre fuego contenido y duda sincera.

El Sistema habló con una calma peligrosa.

«Drakar… ¿Eres rey o eres herramienta?

¿Tú decidiste esta cruzada?

¿O alguien te susurró que el mundo necesitaba ser “reparado”?» El consejero entrecerró los ojos, agresivo por primera vez.

—Basta de veneno.

El rey sabe lo que hace.

Él vio lo que las razas inferiores han provocado: grietas, cataclismos, contaminación del qi.

¿O lo niegas, Majestad?

El dragón levantó ligeramente la cabeza.

Su voz salió pesada, profunda: —Lo vi.

Vi cómo ese caos consumió reinos enteros.

El consejero extendió una mano, triunfante.

—Entonces sabes que no podemos retroceder.

Los cielos seleccionan.

Y ellos ya no son elegidos.

«¿Y tú sí lo eres?» replicó el Sistema «¿Quién te dio autoridad para decidir el valor de un alma?

Drakar, míralo.» El orbe volvió a mostrar al niño.

El consejero, casi burlón, agregó: —Un impostor.

Un reflejo sucio de tu Vireya.

Una burla del destino.

«Todo lo contrario.» La voz del Sistema vibró con una claridad casi divina.

«Es evidencia.

Evidencia pues tu reina no engendra corrupción.

Evidencia de que tu cruzada está a punto de destruir a quienes ella hubiera protegido.» Las llamas carmesí comenzaron a elevarse sin razón.

Una tormenta emocional.

Drakar respiraba entrecortado.

—¿Quieres decir que… que he estado… destruyendo… lo que ella habría defendido?

«Lo sabías.» La voz se suavizó.

«En lo más profundo.

Solo necesitabas verlo.» El consejero lo cortó, furioso: —¡No escuches esa mentira!

¡Son sentimientos débiles!

La compasión es el veneno de los reyes.

¡Tu destino es cortar para salvar, no llorar por lo que no puedes cambiar!

Drakar levantó la mirada.

Sus ojos dorados ardían como volcanes.

—¿Y qué sabes tú de lo que no puedo cambiar?

El consejero sonrió.

Demasiado seguro de sí mismo.

—Sabemos más que tú.

Sabemos qué te ata.

Sabemos quién te observa.

Drakar frunció el ceño.

—¿Quién?

La figura púrpura respondió con un susurro que no sonó humano: —El mismo que juega con este mundo… ya puso sus manos sobre tu alma.

El salón entero tembló.

El Sistema habló con urgencia: «No le creas.

Es parte de aquello que te quiere quebrar.» El consejero dio un paso adelante: —O tal vez soy el único que te dice la verdad.

Tú no buscas justicia, Dragón Rojo… Buscas redención.

Y esa… no la encontrarás en niños bastardos ni en mundos impuros.

La encontrarás en el fuego.

En tu fuego.

Silencio absoluto.

El orbe, a los pies del dragón, proyectaba el rostro del niño.

Y Drakar, por primera vez en siglos, tembló.

Respiró hondo cuando las sombras desaparecieron.

No había rastros de ninguna presencia.

Cerró los ojos y entró en su propio mar de almas El mundo espiritual se abrió en dos, como si la realidad hubiera decidido dividir su propia esencia.

A la izquierda, un cielo rojo sangrante, hirviente, cargado de fuego y ruina.

A la derecha, una llama pequeña, estable, del color del amanecer.

Drakar no podía mover un solo músculo.

Ambas fuerzas lo habían llamado… porque ambas le pertenecían.

El Rey Dragón Rojo emergió primero.

Su forma era demasiado grande para tener bordes definidos; su presencia incendiaba incluso los pensamientos.

Su voz era un rugido contenido: «Tú, pequeño remanente de mi linaje… ¿por qué sigues resistiendo?

La destrucción no es un error.

Es la conclusión natural del poder.» Las llamas carmesí a su alrededor se retorcían como serpientes hambrientas.

«Tu cuerpo clama por liberarse.

Tu esencia pide quemarlo todo.

La tragedia no es un destino: es tu verdad.» Drakar sintió la garganta secarse.

Ese calor no quemaba la piel: quemaba la voluntad.

Del otro lado, la Flama Roja habló con una voz suave, humana, pero llena de profundidad: «No lo escuches.

Él no representa tu futuro… representa mi final.» La llama titiló sin miedo frente al dragón gigantesco.

«La destrucción no fue sabiduría.

Fue desesperación.

Yo lo sé, porque lo vi desde tiempos inmemoriales.» El Rey Dragón Rojo gruñó.

El espacio tembló.

«Calla, sombra.

No eres más que un residuo de cobardía que se negó a aceptar su propia grandeza.» La Flama Roja se elevó un poco, como una antorcha sostenida por manos invisibles.

«No.

Soy la parte de ti que aprendió.

La que entendió que poder sin propósito es solo otra forma de vacío.» El Dragón Rojo respondió, impositivo: «¡El vacío es el punto de partida del fuego!

Es donde nacen los dragones verdaderos.

¿Acaso no lo sientes, pequeño Drakar?

Late dentro de ti el mismo rugido que acabó con reinos.» La Flama Roja respondió sin elevar el volumen: «Y también late el deseo de proteger.

El deseo de elegir.

Eso existía desde antes en mí… y en ti.» El Rey Dragón Rojo bajó su colosal cabeza, alineando sus ojos con los del Drakar actual.

«Si eliges proteger… destruirás más rápido.

Si eliges el control… morirás más lento.

Ambas rutas llevan al final.

Solo una permite caminar con dignidad.» La Flama Roja replicó: «No existe dignidad en consumirse a uno mismo por un destino heredado.» Las dos fuerzas se acercaron.

La presión casi lo desgarraba.

No podía evitar pensar: «¿Soy destrucción esperando ser desatada… o soy una elección esperando ser declarada?» El Rey Dragón Rojo extendió sus alas en un torbellino de fuego: «Elige el fuego absoluto.

Elimina la duda.

Sé dragón.» La Flama Roja extendió un pequeño destello cálido hacia su pecho: «Elige conciencia.

Sé tú nuevamente.» Justo cuando Drakar intentó formar palabras, la visión empezó a fracturarse.

Las palabras finales resonaron en su mente: Rey Dragón Rojo: «La destrucción es tu destino.» Flama Roja: «La claridad es tu camino.» Y luego, silencio.

Drakar despertó empapado en sudor, con el corazón rugiendo… Durante un instante, no supo si seguía respirando o si aún estaba atrapado en aquel plano dividido entre fuego y aurora.

Entonces, las memorias comenzaron a arremolinarse.

Vio siglos comprimidos en un solo parpadeo: Los años en que descendía al mundo para mantener el equilibrio.

Los tiempos remotos en que la magia era un don reservado para unos pocos.

Los días gloriosos en que cualquiera podía sentir el flujo del qi y moldearlo.

Y finalmente… el tiempo oscuro de la Gran Decepción.

En todos esos periodos, en todas sus vidas, vio un patrón que lo golpeó como un relámpago: Siempre había creído que la destrucción era el camino para regular lo que se desbordaba.

Pero ese sendero estaba en guerra con su propósito real.

Destruir… nunca había sido lo mismo que equilibrar.

Y por primera vez en eras, Drakar se preguntó a sí mismo: —¿Quién soy yo?

La pregunta retumbó en su pecho como un tambor antiguo.

Fue entonces cuando la voz regresó.

La misma que lo había acompañado desde la visión, la misma que parecía venir desde una versión más pura de sí mismo: «Deja que el Dragón Rojo caiga, mago de la Flama Roja.

No importa lo que parezca ocurrir en el mundo; solo los cielos guían la evolución del universo.» Las palabras hicieron que su mente quedara completamente en blanco.

Por primera vez en tantos años, alguien lo reconoció por quien era, el mago de la Flama Roja.

Un recuerdo surgió desde lo más profundo: Una montaña sin verde.

Un cielo sin nubes.

Miles de cultivadores flotando sobre espadas, observándolo con temor reverente.

Y él mismo, en aquel entonces, exhalando con calma mientras la luz rojiza lo envolvía: —Yo soy el ancestral Mago de la Flama Roja.

Protector del equilibrio en el Mundo Central…

¿Quién se atreve a contaminarlo trayendo prácticas de otros mundos?

El recuerdo atravesó su corazón como una campana gigante despertando ecos dormidos.

Su boca se abrió sin que su razón pudiera detenerla.

—Yo soy la Flama Roja… Sus ojos se abrieron, ese título traía consigo la contemplación de lo que había olvidado.

En el suelo, sintió redescubrir su propósito.

Con determinación apretó el puño y respiró profundo.

La declaración cayó en el vacío del salón como un juramento antiguo, como si hubiese pronunciado algo que llevaba siglos intentando recordar.

Y en ese instante, por debajo del estruendo de la tormenta, el mundo pareció escuchar.

Algo invisible se extendió y uno de los muchos espacios tembló, envolviendo el mundo entero y cerrando varias grietas en la realidad.

Pero nada pareció cambiar en el mundo físico.

El eco de las palabras de Drakar aún vibraba en el aire: —Yo soy la Flama Roja… El salón quedó en silencio.

Ni el trueno se atrevió a interrumpir ese momento.

Hasta que una voz suave, casi celebratoria, rompió la quietud.

—Qué magnífico es escucharte recordar… —susurró el intruso del Consejo, apoyado contra el pilar como si siempre hubiese estado allí—.

Por fin has despertado.

Drakar giró lentamente la cabeza.

La figura estaba envuelta en sombras, pero sus ojos —dos grietas púrpuras como estrellas muertas— brillaban con una mezcla de admiración y hambre.

—Tú… —gruñó Drakar—.

No eres quien dices ser.

El miembro del Consejo inclinó la cabeza, casi apenado.

—Oh, pero sí lo soy.

Represento la parte del mundo que entiende lo inevitable.

La parte que sabe que incluso la luz necesita ser apagada… para que algo nuevo pueda nacer.

Drakar entrecerró los ojos, la energía carmesí comenzando a despertar alrededor de su cuerpo.

Pero fue demasiado tarde.

El hombre levantó su mano.

Entre sus dedos se formó un sello oscuro, un símbolo antiguo compuesto de líneas que parecían cambiar cada vez que se miraban.

—No deberías haber recordado tanto, Flama Roja —dijo el intruso, su voz vibrando en tonos imposibles—.

Ese tú… no nos sirve.

El sello se quebró en el aire, expandiéndose como tinta arrojada en agua.

Un muro invisible se rompió como cristal, la formación de protección rota.

Antes de que Drakar pudiera reaccionar, la maldición cayó sobre su pecho.

Un sonido seco resonó.

No un golpe.

Un cerrojo.

El fuego dorado en su mirada se quebró como vidrio, y una onda roja —más oscura y más pesada— emergió desde lo profundo de su alma.

Drakar se dobló hacia adelante, respirando con dificultad.

—Tú… ¿Qué me hiciste?

—gruñó.

El intruso sonrió, pero era una sonrisa sin boca, sin rostro, solo un sentimiento que se impuso sobre la habitación.

—Nada que no hubieras elegido tarde o temprano.

Solo cerré la puerta que no debías abrir.

Las llamas rojizas empezaron a girar alrededor de Drakar, devorando la luz, devorando los recuerdos que intentaban resurgir.

La Flama Roja gritó en su interior, golpeando contra los muros de la maldición.

El intruso siguió hablando, como si explicara a un niño: —Tu lado de equilibrio es débil, compasivo…

distraído.

En cambio la destrucción es simple, clara…

Honesta.

Drakar alzó la cabeza.

Sus ojos ya no eran dorados.

Ni humanos.

Ni conscientes.

Eran un mar carmesí, turbulento, rabioso.

El intruso finalizó: —Bienvenido de vuelta, Rey Dragón Rojo.

Y en la tormenta exterior, como si el cielo mismo lo hubiera escuchado, un relámpago rojo descendió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo