Sistema de Evolución Universal - Capítulo 47
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47: Mientras respiremos, nadie caerá.
47: Mientras respiremos, nadie caerá.
Maribel despertó en una mañana más tranquila.
La lluvia anterior había sido terrible.
Esperaba que nada de las cosas que tenía guardada en su ropa se hubieran perdido, aunque esa sensación apenas era un suspiro.
Ella se puso de pie.
Su tobillo casi flaquea.
Se abrazó a sí misma y luego se desnudó.
La siguiente hora en la cueva, solo podía ver unas túnicas meneándose al sol del viento, en un agujero a 30 metros de altura en el gran muro.
Era casi cómico la manera en que una cabecita solía asomarse para ver abajo.
Maribel tragó saliva, su piel normalmente similar al color crema esta vez más blanca de lo normal, sus dedos temblando un poco.
—Vamos Maribel… ayer saltaste un tercio de esa altura, no dejes que tus instintos te frenen de nuevo.
Ella estaba preparándose mentalmente, luego giró la cabeza a sus prendas.
«No, no estoy huyendo de la vista» Dijo para si misma.
«¿Cómo podría?
Ayer dejé en claro para mí que esta altura no puede matarme… ¿Verdad?» ella echó otro vistazo por el barranco «sistema… ¿no me moriría verdad?» [La pregunta está mal formulada, pero es afirmativa: la anfitriona no moriría por la caída] «Las insinuaciones de esa respuesta no me gustan…» Maribel volvió a girar la cabeza a sus prendas, las miró por un momento más, pero esta vez tomó un respiro profundo y las tocó.
—Carajo… vamos Maribel tú puedes.
Ella se cambió lentamente.
El muñeco de piedras espirituales aún colgaba de su cintura cuando terminó de cambiarse, ella lo acariciaba con una mirada pensativa.
«Después de todo aún puedo decir una cosa, ¿Sabes cuál es, sistema?» [Afirmativo, el sistema conoce los sentimientos de la anfitriona ¿Desea que le explique detalladamente qué es lo que siente?] Los ojos de Maribel se volvieron como un pez muerto, soltó un suspiro.
«¿Dónde estás, creador del sistema?
Tu invento no me está ayudando mucho ahora» El silencio duró un momento.
Maribel inclinó la cabeza y dijo.
—Ya sé que estás aquí, no ocultas tu presencia.
«¿Y qué es lo que sientes?» Maribel soltó otro suspiro.
—Se supone que preguntas: ¿Qué es lo que sabes?
El silencio duró otro momento.
«Perdón… es la costumbre de saber… no es nada, olvida lo que estaba por decir.
Por favor dime, ¿Qué es lo que sabes?» —Ya no se nada… olvídalo —Dijo ella girando la cabeza al aire.
«Siempre estuve a tu derecha, pero bueno, si quieres mostrarme el rostro está bien» Maribel volvió a girar su cabeza, esta vez en el otro sentido.
«Jajaja» él rio de forma espontánea, una risa corta, imprevista.
Maribel dejó de respirar por un momento.
Al paso de unos segundo se recuperó.
—Se rio —Dijo para si misma —¡se acaba de reír!
… espera, ¡¿se acaba de reír?!
«¿Qué pasa Maribel?
Yo también entiendo el humor humano» —Eso ya lo sé, antes me hiciste una broma en la primavera eterna… pero nunca escuché tu risa.
Inesperadamente una ligera comisura en sus labios se levantó, pero ella intentó esconderla.
«Bueno… si.
¿Qué pasa con que me ría?
No le veo mucho de sorprendente » —Quisa para ti es así, pero empezaba a creer que eras un frío que solo siente pena y calma.
«¿Acaso no soy una persona a tus ojos?
Bueno… puedes pensar en mí como humano, por ahora.
Pero que no puedas entenderme no significa que no tenga mis sentimientos.
Ayer sufrí viéndote… no miento cuando te digo que casi bajo como 3 veces por ti» La expresión de Maribel era atónita.
—Pero… me dejaste sola.
¿Estoy en lo correcto al pensar que intentaste mostrar respeto?
«¿Realmente quieres saber lo que sentí?» Maribel pensó un momento, se puso seria y lentamente asintió.
«Tal vez te sorprenda, pero además de lo que ya sabes… sentí miedo, puedo decirte que ayer incluso me desestabilice un poco, sobretodo por culpa de alguien más.
No soy ageno al enojo y la indignación, simplemente es muy difícil que eso me pase, pero aquel sujeto siga a con algo muy grande» Maribel se quedó pensando.—Tal vez… ¿Quieres decirme lo que pasó?
Maribel sintió que una alegría ajena brotaba en su corazón, aunque desapareció un momento después.
No parecía una buena noticia la que esperaba.
«El dragón rojo a caído» Las palabras se hundieron en su mente, en realidad ella no supo cuando, pero ya estaba sentada antes de darse cuenta.
—¿Q… qué?
¿Quién lo mató?
«Aún no muere, pero el mago de la flama roja ya aseguró su muerte» Maribel respiró profundo, dejando salir el aire suavemente.
—Ya no tendré que preocuparme por eso… «Dije que aseguró su muerte, no que está muerto» Ella cerró los ojos, parecía estar lamentando algo.
Repentinamente llevada por un impulso juntó las manos en oración.
—Señor ayúdame a superar esto, por favor.
Soltó sus manos y las bajó con resignación.
«¿Qué esperas lograr?» —Solo quiero vivir en paz.
El sistema no respondió por un momento, así que ella se puso de pie, mirando nuevamente la bajada.
La pared tenía ligeros agujeros en la estructura donde podía poner su mano y pie, algunas hierbas colgaban de aquí y allá, pero ella se fiaba solo de subir por ese camino, no de bajar.
Maribel se tomó una pequeña piedra en la cueva y la agrandó hasta ser casi la mitad de su tamaño, ella misma no la cargaría sin sufrir consecuencias.
Luego regresó a la piedra a la normalidad.
Echó otro vistazo abajo y luego se miró a su misma.
—Esto debería ser fácil.
—Dijo ella, mientras hizo una expresión de incomodidad —¿Qué quieres decirme, sistema?
«Primero: no te atrevas a usar así tu ropa.
Si regresas a la civilización y te ven como una mendiga otra vez, no es parte de mis arreglos, es culpa tuya; te aconsejo hilar hierba para eso» —Oh… gracias… no lo había pensado jeje… perdón por no hacerlo así, y por quejarme de tu trato a mi ropa.
Ella tenía una pequeña risita forzada.
«Segundo: Respecto a tu oración… bueno… tengo que ser yo quien te diga esto, no creo que puedas vivir en paz por un tiempo.
Aunque dependiendo de lo que consideres vivir bien…
podrías vivir bien, pero teniendo en cuenta lo que tú entiendes de eso… tampoco podrás vivir bien por un tiempo» Maribel hizo un puchero.
—Debí suponerlo… ya escapé de mi anterior vida, pero la desgracia me sigue.
«Hablando de eso, ¿Ya tienes tu respuesta?» El ambiente se volví un poco pesado, no por energía sino emocionalmente.
—No exactamente… yo… solo se que soy yo.
«Me recuerdas a alguien» dijo él.
Maribel levantó una ceja.
—¿Por qué?
«Porque de todas las grandes ambiciones que él tenía, solo una frase llegó a ser recordada con fervor: “cogito ergo sum”.
Gracioso que tú te le pareces en eso» —¿Eh?… pienso por tanto existo.
Tengo la sensación de que ese sujeto debió dudar hasta de él mismo.—Ella arrugó la frente y negó —No me le parezco en nada.
La roca estaba en arriba, la hierba estaba se extendía 15 metros, la mujer estaba abajo.
Maribel volvió a hechas una mirada, girando su columna.
Tenía la garganta seca.
Tomó un respiro y saltó.
La caída le trajo un golpe a sus rodillas, pero el rebote de su mano contra el suelo le huso temblar no solo el brazo.
Ella se quedó quita un momento y dijo entre gemidos.
—Joder… debí haber rodado otra vez.
Ella quería decirle al sistema que es su culpa por no instruirla, pero desistió.
Al final no era su responsabilidad.
—Ay… si alguna vez pensé en mi como un gatito gallero al que recogiste, ahora creo que solo me estás vigilando en la calle por diversión.
«Ya no llores gatita, te afilé las uñas y las hice de diamante» dijo el sistema como broma.
Maribel resopló.
Poniéndose de pie, pudo sentir del dolor de sus brazos.
—Espero que esto no me atrofie las articulaciones ahora que me cultivo.
El lugar estaba lleno de barro, la tierra estaba seca sobre las ramas de algunos árboles caídos.
Maribel contemplaba el ambiente con una tez oscura.
«Mis condolencias » —Está bien… no los conocía de todas formas.
«Aún así, los escuchamos gritar cuando fueron arrancados de sus raíces.
No es nada bonito, por eso te doy mis condolencias» Maribel se mordió un labio.
Pero tenía un camino que seguir.
El camino era para ella como un pasacalle fúnebre, las actividades mentales de esas vidas habían parado.
Incluso si en este espacio físico eran solo madera, en otro espacio ella los veía mediante destellos, sus pensamientos llegaban a ella, sus palabras se intercambiaban.
Pero ahora no había nada.
Y esos cuerpo, a diferencia de los humanos, ella no tenía idea de cómo curar.
Su voz dudo en salir un momento, su boca moviéndose pero sin pronunciar.
Luego tomó un respiro y sonrió ligeramente.
Entonces llamó.
—Viento.
Una brisa de aire pasó por su cara.
—No te preocupes… lo de ayer no podías evitarlo.
Perdón por insultarte aquella vez en la pequeña montaña, debí aclarar que la pelea no era a muerte.
Gracias por acabar con Rin, aunque desafortunadamente su espíritu escapó.
El aire volvió a correr ligeramente.
Maribel movió los brazos con los ojos cerrados, instintivamente queriendo dar un abrazo, pero al final pudo juntar las manos cerca de la cintura.
Abrió los ojos y suspiró, sintiendo inconformidad por su limitación.
Una sensación de impotencia que antes no había conocido.
Era como amistarse de nuevo con un viejo amigo, alguien que conoces desde el nacimiento, pero no poder darse la mano.
—Esto es realmente incómodo —Dijo con una risita.
Se miró las manos aún agarrando una a la otra, una expresión de tristeza en su rostro.
—Quiero ver a mi lobezno.
El viento marcó el camino.
Maribel aún caminaba con los pies en alto, algunas veces perdiendo sus sandalias, atrapadas en el barro y suciedad.
Empezaba a suspirar porque debía lavar la ropa que usaba, pero lo peor es que… era blanca.
Caminando bajo el sol sintió que un ligero dolor se acumulaba en su garganta y otro en la cabeza.
Apretó los dientes desde una roca saltó hasta la rama de un árbol, colgada de brazos se balanceó y logró subir como una gimnasta.
Sentada miró al suelo, acarició al árbol y dijo: no me verás de nuevo.
De un salto llegó a otra rama, casi perdiendo el equilibrio.
—¿Cómo hacían eso antes?
«Por los zapatos que usaban, más aún la técnica.
Tus sandalias no son lo suficientemente planas, están hechas para caminar.» Maribel se sintió impotente.
—¿Cómo lo hago?
«Te aconsejo ir descalza, porque la otra opción es romper parte de las suelas de madera que llevas» Maribel suspiró y tomó una de sus sandalias, al hacerla pequeña casi la deja caer.
Cerró un ojo con dolor.
—Acaba de empeorar… ¿Cuánto tiempo más estaré así?
Ya me estaba recuperando.
«Puedo poner otra vez el sello cuando lleguemos a un lugar seguro, si así deseas» Maribel asintió y volvió a respirar profundo, preparándose para achicar la otra parte.
Mientras saltaba de rama en rama, en su mente aún persistía una cuestión mayor: ¿Qué hacer respecto al dragón rojo?
La pregunta se había vuelto complicada.
O tal vez no, todo se respondía con la siguiente pregunta: «Qué deseo hacer respecto al dragón rojo?» El nombre del enemigo era claro y, sin embargo, no calmaba sus dudas.
El dragón rojo era fuerte, Maribel podía esperar eso como mínimo.
Así que no sabía que hacer.
Se sentó en contemplación.
Ella ni siquiera pertinencia a ese mundo, pero algo le carcomía la mente.
«Sistema ¿Cuál de los 7 mundo es del que vengo originalmente?» La voz no apareció.
—Ush… cuando te pones así es cuando las cosas son complicadas o sensibles… Ella siguió pensando: «¿Qué decisiones debería tomar?» Al final, el dragón rojo ya se había enemistado con ella.
Incluso siendo dos extraños, ella no podía perdonarlo así nomas.
Aunque por algún motivo, ya no se sentía molesta por las injusticias que vivió, sino por las que vivieron otros.
Una sonrisa de autocompasión se formó.
—Tal vez ya me lloré tanto ayer que me quedé sin lágrimas, así que solo queda sentir para otros.
Ella se levantó, la ropa anteriormente de un blanco percudido, ahora era simplemente gris arriba y negro abajo.
Incluso ella se sintió asqueada, pese a que vio cosas peores, pero la idea de estar cubierta de patógenos la incomodaba.
El viento volvió a soplar, una corriente cálida.
Siguiendo la dirección ella encontró un lugar familiar.
A lo lejos incluso podía ver una ligera fuente de luz, la rama de 10 metros, incluso a una figura familiar.
Una sonrisa se formó al ver esas orejas largas y mullidas, Aether lo esperaba desde la entrada.
Una sonrisa inconsciente se reveló, un ligero brinco en su pecho.
Sus ojos se humedecieron un poco.
El camino aún mostraba algunas plantas muertas, aún tenía insectos fallecidos sobre algunas ramas.
Algunos nidos de aves estaban rotos.
Pero el lugar de ella estaba a salvo.
—*Suspiro* ¿Qué soy sin ustedes?
—Preguntó al sistema, quien se quedó en silencio, pero un momento después ella se respondió —Sigo siendo yo, pero más feliz.
________________________________ En el templo escarlata se realizaba una celebración.
Con el cielo teñido de rojo, una figura cruzó los patios del Templo Escarlata.
Los jóvenes lo reconocieron de inmediato: —Es el mago consejero… ¿por qué está aquí?
Los ancianos, en cambio, se pusieron pálidos.
Bajaron la vista al suelo antes de que él pasara.
No era el consejero a quien estaban viendo: era el Sacerdote Escarlata, algunos lo llamaban el Patriarca Escarlata, guardián del culto antiguo que solo ellos recordaban.
Aerion avanzó con una sonrisa satisfecha.
El cielo rojo reflejaba su alegría contenida.
En su mente, una conversación del pasado se encendió como hierro al fuego: «La Reina solo evitará su resurgimiento, debemos hacer que desaparezca» «Yo me encargaré que nadie pregunte por ella» Y lo cumplió.
La desaparición de Vireya había sido tapada con una narrativa cuestionada muchas veces, pero al final y al cabo impecable: Reclusa en cultivación profunda, avanzando hacia un nuevo estadio del Núcleo Dorado.
Nadie podía refutarlo.
Todos lo aceptaron por el bien del dominio del espejo.
Ahora tocaba la segunda parte del plan.
Aerion subió los escalones del altar mientras el cielo ardía.
Cuando habló, su voz retumbó con autoridad doble, la del político y la del sacerdote: —¡Ha renacido!
—Dijo elevando las manos al cielo —¡Nuestro dios ha regresado a su yo predestinado, su mente es libre!
—Apuntó con el dedo, la intensidad en su voz —¡Los cielos escarlata claman por él!
¿Cuántas veces descendió al mundo disfrazado del gran mago?
—Calma, repentinamente su voz se hiso solemne —Ahora… es el Cielo el que desciende por él.
Los jóvenes retrocedieron impresionados.
Los ancianos cayeron de rodillas.
La campana profunda del Templo Escarlata no sonaba desde hacía cien años.
Su retumbo se extendió por las montañas como un rugido antiguo, y todos los monjes se arrodillaron sin saber aún qué había ocurrido.
Los ojos de Aerion brillaban de un rojo enfermizo, una señal de que la Voz del Universo —o lo que él creía que era— había descendido sobre él, un cielo carmesí como la sangre.
Un murmullo recorrió el templo.
Los más jóvenes no entendían, pero los ancianos temblaban.
El Renacimiento Completo no se enseñaba a los iniciados; era una profecía temida.
—El Dragón Rojo ha despertado sin ataduras —continuó el Patriarca—.
A conseguido la iluminación.
El poder que regula las eras… ha tomado su trono.
Los monjes golpearon sus frentes contra el suelo.
Algunos lloraban de emoción, otros de verdadero miedo.
—¡Escarlatas!
—rugió el Patriarca —.
¡La purificación comienza!
El mundo debe ser llevado al límite para que pueda renacer.
Las grietas hablaron de la destrucción, los Cielos lo confirmaron.
—¡Purificación!
¡Purificación!
—respondieron cientos de voces.
Sobre el templo, un círculo carmesí se formó lentamente en el cielo, como un presagio que nadie se atrevía a cuestionar.
Muchos lo interpretaron como la Bendición Carmesí: un signo que el Dragón Rojo había aceptado el fervor de su templo.
Algunos notaron que la luz que emanaba sobre las montañas no era cálida, sino afilada.
Esta gente se arrodilló con más fervor y un risa fanática torcía su rostro.
Pues ese filo significaba que su señor estaba determinado.
El Consejo Mayor del Templo Escarlata se reunió en una cámara subterránea.
No existían ventanas; la única iluminación provenía de brasas rojas que ardían sin consumirse.
El Anciano de Acero abrió el mapa continental, luego clavó una daga en el mapa.
—El Dragón Rojo ha reclamado este continente —declaró—.
Los semihumanos han vivido demasiado tiempo sin someterse al orden divino.
El reino vecino les ha dado refugio… desafío directo al mandato del Cielo.
—Debemos actuar antes de que el equilibrio se pierda —respondió la Alta Sacerdotisa—.
La purificación iniciará por las razas híbridas.
Después por quienes los protejan.
Un escriba tomó nota sin levantar la vista.
—¿Qué mensaje enviaremos a nuestras legiones?
—preguntó otro anciano.
El Patriarca, con una sonrisa que no tenía nada de santa, pronunció: —Declaré la Caza de Fronteras como nueva política en nombre del Rey, ya tengo su confirmación.
Digan que el Dragón Rojo purificará la tierra.
Los semihumanos serán los primeros en caer.
Los creyentes deben cumplir, las leyes se inclinan al dragón rojo.
Todos los ancianos asintieron.
Las brasas rojas se apagaron al unísono, como si el fuego mismo hubiera aceptado el decreto.
En el corazón del continente, donde la tierra estaba cuarteada por antiguas grietas, ocurrió el primer fenómeno.
Una columna de luz roja ascendió del suelo al cielo, silenciosa como un suspiro pero poderosa como un rugido celestial.
Las grietas del terreno temblaron.
Las criaturas del vacío que moraban en su interior retrocedieron como si algo más antiguo y terrible hubiese despertado.
Un pastor en las colinas lejanas escuchó un latido, no con sus oídos sino con el pecho.
Un ritmo de guerra.
En las ciudades, los cultivadores sintieron que el qi del mundo se volvió pesado, como si el planeta contuviera la respiración.
En los templos, los espejos sagrados se oscurecieron.
Y en lo más alto, en un plano que pocos podían percibir, un gigantesco ojo rojo se abrió entre las nubes, parpadeó una vez… y desapareció.
Pero quienes lo vieron nunca olvidaron la sensación: el mundo estaba siendo observado por algo que lo había visto nacer… y que no dudaría en ver cómo ardía.
Cuando Drakar dio su primer paso fuera de la cámara donde despertó, la tierra bajo él se enrojeció como si hubiese sido marcada.
Su aura desgarró las nubes.
Los animales huyeron.
Los cultivadores que sintieron su presencia cayeron de rodillas desde las montañas, no por devoción, sino porque sus corazones no soportaron la presión.
Drakar no miraba al cielo ni a la tierra.
Sus ojos estaban vacíos, indiferentes, perfectos en su propósito.
Su voz resonó sin necesidad de hablar: «Un mundo que se aferra a la corrupción debe ser quemado hasta sus cenizas.
Las razas híbridas son grietas vivientes.
Los reinos que las protegen desafían las leyes que sostienen al cosmos.» Un monje escarlata se arrodilló ante él.
Con gran sonrisa y cuerpo tembloroso.
—Majestad, los reinos vecino les han dado refugio.
Entre ellos… alguien cuyo Qi no puede ser rastreado con precisión por el consejo de la voz del universo.
Drakar se detuvo por primera vez.
Sintió un eco incómodo, una vibración que contradecía su propósito, como una mota de luz atrapada en un mar de sangre.
—Entonces —dijo Drakar— empezaremos por allí.
De fondo, el Templo Escarlata entonó un cántico.
No sonaba a plegaria.
Sonaba a una marcha fúnebre para un continente entero.
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