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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Una Noche Sin Pueblo
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51: Una Noche Sin Pueblo 51: Una Noche Sin Pueblo Unos pies descalzos se mecían en el aire.

A su lado, otro par le acompañaba; este, en cambio, llevaba botas de cuero.

Uno tenía la piel ligeramente oscura, la exposición al sol casi sin efectos sobre él.

La otra tenía la piel pálida, casi como si nunca se hubiera expuesto al sol… aunque sí lo hacía, algunas veces.

Una cola lobuna se mecía al ritmo de una voz encantadora que entonaba una melodía.

Él vestía como un simplón, con una capucha de cuero desgastada.

Ella lucía como una dama de alcurnia, adornando las ropas que usaba en vez de ser adornada por ellas; hacía gala de un sombrero enorme y con hermosos grabados.

Las sombras eran más profundas del lado de ella, las hojas inclinándose un poco, en contraste suave con su dulce y hermosa sonrisa que generaba ganas de protegerla.

En él, en cambio, la luz parecía más intensa, el aire más ligero; aun así, se podía mirarlo de frente, pues su boca no era espejo que empañara, no había brillo excesivo en su rostro ni dientes expuestos en sonrisa.

Una nube tapó el sol por unos minutos y, al pasarla, la canción desapareció con la sombra.

Abby volteó para mirar a Aether.

Su sonrisa era suave.

—¿Qué opinas?

¿Es mejor el agua de río o la de manantial?

El niño la miró con una ligera expresión de confusión.

—¿Qué es un manantial?

Abby se quedó en silencio; se acomodó el sombrero para taparse el rostro.

Luego de unos segundos, volteó de nuevo y, fingiendo que no habían hablado, preguntó animada: —¿Qué es mejor, una manzana o un mango?

El niño inclinó la cabeza.

—¿Qué es un mango?

Abby, incrédula, abrió la boca tanto como podía.

Quería recriminar que el lobezno era cruel, pero no vio mentiras en su semblante.

Aether la tomó del rostro, inmovilizándole la cabeza.

La miró un momento y dijo: —Dos de tus dientes faltan crecer.

Abby, aún sujeta, preguntó: —¿Qué?

¿A qué te refieres?

Aether la soltó y mostró sus dientes.

Abby los observó un momento.

El niño cerró la mandíbula y habló: —Los dientes de abajo… no los tienes largos.

¿Acaso tu parte humana se interpuso en que crezcan?

Abby sintió que una flecha le atravesaba el corazón.

Una sombra empañó su rostro.

Respiró y contestó: —Mi dignidad brillando al sol por tu culpa…

escucha esto: Yo soy una dampir, descendiente de vampiros.

No tenemos dientes grandes abajo.

El niño abrió los ojos, sorprendido.

—¡Gracias!, es bueno saber que te sientes dignificada por mi.

Pensaba que todos los demás serían como yo… Ya veo, así que los dientes son más grandes solo arriba en los vampiros.

La mirada de la joven señorita quedó en blanco, sin saber si mantenerse ofendida o seguir intentando hablar con él.

—Nunca quise decir que me dignificaste, sino que me quemaste la dignidad al mencionar mi lado humano…

bueno…

no le demos importancia a esa confusión.

Ambos se miraron en silencio, mientras Ather se rascó la cabeza confundido.

—No veo lo malo en tu parte humana, pero está bien.

No quiero buscar problemas tampoco.

Abby asintió y se quedaron un momento mirando el entorno, finalmente ella suspiró.

Reclinó sus codos sobre sus rodillas y miró el paisaje que se alejaba mientras el carro se agitaba ligeramente.

—Juguemos algo.

Debes adivinar qué es lo que estoy viendo.

El niño asintió; un pulso se extendió en todos lados.

Luego apuntó con el dedo y dijo sin dudar: —Estás mirando la tercera piedra a la derecha de ese árbol.

Abby se exaltó, sentándose derecha.

Aether cerró los ojos y preguntó: —¿Qué es lo que estoy viendo?

Los ojos de Abby temblaron.

No tenía palabras para describir lo injusto que se sentía este juego.

Solo pudo apretar el puño y la mandíbula para luego apuntar un lugar al azar.

—Ese lugar no es —Respondió Aether —Nunca lo encontrarás si sigues mirando solo que tienes frente a ti.

Abby tuvo que aguantarse de no gritar tras tantos intentos.

Finalmente no encontró lo que Aether miraba.

Hasta que el niño volteó a ver abajo a la derecha, paralelo al carro.

Arriba, el ánimo de los jóvenes era regente; mas en el suelo, el silencio era el rey en el grupo que caminaba a paso firme.

Richard llevaba una armadura de cuero negra; sobre esta, una túnica de cultivador roja que aún portaba con orgullo el símbolo de la Primavera Eterna.

Sus muñequeras de metal colgaban de su cintura.

La energía se movía ligeramente en su cuerpo, siguiendo un camino trazado tras tantas repeticiones.

El hombre agitaba lentamente los brazos mientras caminaba; a veces los dejaba en una misma posición, reflexionando por largos ratos antes de bajarlos, mientras que en otras ocasiones lanzaba un puño al aire, dejando una huella de su calzado en el camino.

Amara caminaba pensativa, la sombra devolviéndole la mirada desde el suelo.

Sus ojos miraban a Maribel, saltando a Thot, luego a Richard y así al resto del grupo.

Llevaba su uniforme de la Primavera Eterna, pero sin el logo por ninguna parte.

Bajo la túnica vestía unas botas marrones de cuero, reforzadas por los ancianos de la secta y ocultas por el largo del hanfu, decorado con adornos florales.

Sofía tenía prendas azules; algunas manchas en su piel estaban en proceso de borrarse.

En su ropa había algunos bultos que no eran muy pesados al principio, pero con el tiempo se volvían más difíciles de llevar.

Del interior de su manga larga se deslizó hasta su mano un talismán; lo apuntó a su rostro y una brisa llegó, calmándola un poco.

En su mente empezaban a surgir ideas de cómo llevar mejor las cosas en un viaje.

No podía esperar más para llegar a una nueva secta y buscar la técnica en la que pensaba.

Maribel mantenía una expresión indiferente; por momentos se perdía en sus pensamientos.

En el camino había recogido un pichón que cayó del nido, ahora oculto entre sus ropas.

La frialdad en su rostro delataba que el sello volvía a endurecerse.

Nadie dijo nada: sabían que era parte de su recuperación, aunque no esperaban que recayera tan pronto.

El camino fue largo; normalmente podrían hacerlo mucho más rápido, pero esta vez tenían un motivo para ir a paso lento.

En el interior del vehículo, un hombre volteó para ver los pies de dos jóvenes mecerse sobre su techo.

Su rostro desfigurado mostraba una expresión amargada, pero era el más impotente ahí.

Las horas pasaron en ese estado.

El camino era lo único presente para los viajeros; las nubes avanzaron y el sol se trasladó en el cielo hasta que su corona se volvió un conjunto de puntas rojizas en el firmamento.

Finalmente, mientras caía la noche y el cielo se tornaba rojo… un poco más rojo de lo habitual… cruzaron por un pequeño puente de madera.

Un mensaje indicaba que hallarían reposo en un poblado a unos kilómetros.

Antes de seguir, la voz de Amara sonó: —Creo… que lo mejor será no hospedarnos ahora mismo.

—Dijo mientras arrugaba la frente.

Thot la escudriñó con la mirada, buscando dónde estaba la broma.

Luego sus ojos se endurecieron, incapaz de aceptar la propuesta.

Richard tenía una mano en la mejilla.

Pensó un momento y preguntó: —¿Cuáles son tus razones?

—Es porque tengo un mal presentimiento —respondió simplemente ella.

Eso fue suficiente para que el grupo decidiera hacerle caso.

Esa noche no pasó nada en el pueblo.

No hubo luces de fuego a lo lejos ni exploradores en la montaña.

La oscuridad era intensa, hasta el punto en que, si no hubiera luna, nadie podría ver.

Al menos eso se suponía.

En la oscuridad se escuchaba una risa melodiosa, el sonido de dos personas jugando y unas botas saltando entre los árboles, para luego ser escuchadas en otro lugar.

La voz de Aether casi no se pronunciaba, pero por momentos se le escuchaba respirar profundo antes de que sus pasos volvieran a hacer ruido en la noche.

Finalmente, un árbol pequeño cayó mientras los jóvenes jugaban.

Ellos trajeron los restos del ser muerto al campamento cercano al pueblo.

El sonido de una espada desenvainándose se escuchó y pronto una luz apareció en esta.

Thot miró aquello con asombro: la espada parecía deformar el aire.

Richard acercó la espada a unas hojas y estas se prendieron.

Al acabar de hacer fuego, soltó una respiración pesada.

Sofía le dio unas palmaditas en el hombro.

—Bien hecho.

Ya no malogras el arma cuando haces esa cosa de fuego.

Maribel la miró interrogativa.

Sofía agregó una explicación: —Es lo que dije.

Richard solía fundir las espadas siempre que hacía esa técnica, o si no las fundía terminaba malogrando su filo.

En realidad, él afiló esta misma espada como tres veces ya.

Maribel asintió, comprendiendo.

Richard miró al bosque, a esa oscuridad que incapacitaba a casi todos.

Sus ojos se volvieron un poco tristes.

—Ojalá hubiéramos llegado antes.

Tal vez encontrábamos comida.

Después de unos días de viaje, al fin me dio hambre.

Sofía pensó un momento; luego miró a Maribel, interrogativa.

—¿Crees que dure?

—preguntó.

—¿Qué es lo que quieres que dure?

Sofía apuntó al pequeño oso muerto, antes enorme, ahora del tamaño de un juguete.

Maribel asintió; luego lo pensó mejor y negó.

—Aunque las bacterias no pueden descomponerlo tal como está, aún se descompone por su cuenta.

El grupo soltó un suspiro.

A este paso no sabían cuándo llegarían.

De pronto Abby expuso algo: eran unas aves que sujetaba de las patas.

Maribel se revisó a sí misma; metió la mano a su ropa.

El movimiento era suave, pero sus dedos temblaron antes de lograr estabilizarlos y tocar una cabeza plumífera.

El pichón seguía ahí.

Miró las aves muertas con deseo.

Abby, por su parte, la miró a ella; una sonrisa puntiaguda se formó.

Maribel la miró con un suspiro.

Luego negó con la cabeza, resignada.

Estiró la mano para recibir el arete que colgaba de Abby y este creció sobre sus manos temblorosas.

Un suspiro un poco entrecortado salió de su garganta.

Amara contuvo la respiración durante todo el proceso.

Al terminar, incluso Abby se quedó en silencio.

—No necesitas hacerlo pequeño de nuevo.

Maribel respondió: —Si no lo hago, se malogrará.

¿Qué comes después sin esto?

Thot se sacudió al escuchar esa respuesta; sus ojos se abrieron ligeramente.

Pero su postura no cambió, mas sus ojos se dirigieron a los de Maribel, encontrándolos fríos como los suyos propios.

Esto hiso que él desviara la mirada instintivamente.

Consternado por el contraste entre ambos, pese a la similitud actual.

Sofía observó a Maribel, sus ojos eran como agujas.

Ella le devolvió la mirada y sonrió forzadamente.

—No te pongas así —pidió Maribel—.

Realmente creo que ella también tiene hambre.

Abby agachó la cabeza al escuchar eso; bajó su sombrero y apretó los labios sin atreverse a mostrar la cara.

¿Cómo decir que solo era un antojo por algo sabroso?

El sonido de la leña quemándose se siguió escuchando.

Esa noche durmieron sin hablar más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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