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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 El cuerpo gana el corazón no
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53: El cuerpo gana, el corazón no.

53: El cuerpo gana, el corazón no.

POV Sofía El talismán ardía contra mi piel.

No como fuego, sino como una presión constante, profunda, que recorría el cráneo y bajaba por la columna.

Mi respiración se volvió más pesada, más densa.

Cada latido parecía empujar sangre con violencia renovada.

Era bueno.

Era familiar.

Apreté los puños.

El qi se comprimió en mis brazos hasta que la piel tirante dolió.

No necesitaba espada.

No hoy.

Hoy quería sentir el impacto directo, saber si sus palabras eran tan frágiles como su cuerpo parecía.

Maribel estaba frente a mí.

Quietísima.

No en guardia.

No relajada.

Algo intermedio, incómodo.

Como si su cuerpo recordara pelear, pero su mente se negara a aceptar que eso estaba ocurriendo.

—¿Vas a quedarte ahí?

—le escupí.

No respondió.

Avancé.

No medí la distancia.

No la necesitaba.

El suelo crujió bajo mis pies cuando descargué el primer golpe, directo, sin finta.

Maribel reaccionó.

No rápido.

No limpio.

Pero reaccionó.

Giró el torso apenas lo suficiente para que mi puño rozara su hombro en lugar de su rostro.

El impacto aun así la empujó varios pasos atrás.

Escuché su respiración romperse, un sonido seco, contenido.

No cayó.

Bien.

Volví a entrar, esta vez más bajo, apuntando al abdomen.

Maribel bloqueó con el antebrazo.

Sentí el choque hasta el codo: hueso contra hueso.

Ella siseó.

Lo vi.

No fue dramatismo.

Fue dolor real.

Crudo.

El tipo de dolor que se filtra en los ojos antes de que uno pueda disimularlo.

Retrocedió, arrastrando un pie.

No dejé espacio.

Mis puños cayeron uno tras otro, una cadena continua, reforzada por el talismán.

Cada golpe iba con intención.

No matar.

No mutilar.

Pero sí ganar.

Maribel bloqueó, desvió, retrocedió.

Cada movimiento suyo era torpe, como si algo tirara de ella hacia atrás desde adentro.

Como si su cuerpo no obedeciera del todo.

Aun así, en uno de mis avances, me leyó.

Giró el hombro y mi golpe pasó de largo.

Su codo se alzó y chocó contra mis costillas.

No fuerte.

Pero preciso.

El aire se me fue de golpe.

Di un paso atrás, sorprendida.

—Tú… —murmuré, aspirando—.

Sí sabes pelear.

Maribel no respondió.

Tenía los labios apretados, la mandíbula rígida.

Una gota de sudor le recorrió la sien.

Sus manos temblaban apenas, lo justo para que yo lo notara.

Volví a atacar.

Esta vez fue ella quien tomó la iniciativa.

Avanzó de frente, sin técnica refinada, sin adornos.

Un golpe directo al pecho.

Lo bloqueé con ambos antebrazos, pero la fuerza me empujó hacia atrás.

No era fuerza bruta.

Era decisión.

Contraataqué con un gancho.

Lo esquivó por poco.

Mi puño rozó su mejilla.

La piel se le enrojeció al instante.

Maribel se detuvo.

Literalmente.

Como si algo se hubiera apagado.

Sus hombros cayeron apenas.

Su respiración se volvió irregular.

La vi llevar una mano al costado, presionando con los dedos, como si contener algo fuera más importante que seguir peleando.

Avancé de nuevo, confundida y furiosa.

—¡Levanta las manos!

—le grité.

Ella lo hizo.

Tarde.

Mi golpe la alcanzó de lleno y la lanzó al suelo.

Rodó una vez antes de detenerse boca arriba, respirando con dificultad.

No se levantó.

La miré desde arriba, el qi aún rugiendo en mis puños.

—¿Por qué no sigues?

—pregunté, la voz áspera—.

¿Eso es todo?

Maribel giró la cabeza para mirarme.

No había rabia en su expresión.

Ni miedo.

Solo cansancio.

—Porque… —dijo, y se detuvo para respirar— …si sigo, esto dejará de ser una pelea.

Fruncí el ceño.

—¿Y qué?

Se incorporó un poco, apoyándose en un codo.

Su rostro estaba pálido.

Había dolor ahí, sí, pero también algo más profundo, algo que no entendía.

—Porque tú no estás peleando para detenerme —continuó—.

Estás peleando para ganar.

—Claro que sí.

—Y yo no quiero ganar… —cerró los ojos un segundo— …a costa de perder a alguien que camina a mi lado.

Me quedé inmóvil.

El talismán seguía ardiendo.

—Eso es estúpido —dije.

Maribel abrió los ojos.

—Tal vez.

Me sostuvo la mirada sin desafío.

—Pero si esta pelea continúa… dejará de ser entre dos personas.

Y yo ya no quiero cruzar esa línea.

El silencio pesó más que cualquier golpe.

Apreté los puños una última vez.

Luego los solté.

—Te dejaste ganar —dije, más bajo.

Maribel asintió apenas.

—Sí.

No sonrió.

No se disculpó.

Y eso fue lo que más me irritó.

—¿Armaste todo este problema, solo para no defenderte después, para qué nos acusas de algo si después no demuestras tener razón?

Maribel me miró confundida, su rostro inexpresivo era realmente molesto, pero su respuesta fue lo que me dejó confundida.

—Pero acabo de ganar la discusión.

¿A qué te refieres con que no la defendí?

Di un paso atrás confundida.

—¿De qué hablas?

¡Yo gané la pelea!

Maribel suspiró, como si cargara un peso invisible, desvió los ojos y soltó una mirada lastimera al piso.

Sus labios se movieron.

—Justo ahora…

¿Todavía era tu amiga?

Justo ahora…

en este momento…

¿Aún pensarías en ayudarme, o hubieras preferido dejarme a mi suerte y desinteresarte de los daños en mi, así como con los mortales?

No respondí de inmediato.

El talismán seguía caliente, pero ya no me empujaba hacia adelante.

Era como si, por primera vez desde que lo activé, no supiera qué orden darle a mi cuerpo.

—No mezcles cosas —dije, pero mi voz sonó menos firme de lo que quería—.

Esto no tiene que ver con amistad.

Tiene que ver con… con consecuencias.

Maribel no me miró.

Eso fue lo que me incomodó.

No estaba esperando nada de mí.

No una disculpa.

No una mano.

Ni siquiera comprensión.

Solo había dicho lo que pensaba… y aceptado lo que viniera después.

Apreté los dientes.

Si hubiera sido cualquier otro, ya habría dado media vuelta.

Así funcionaba el mundo: el fuerte seguía, el débil se quedaba atrás, y nadie fingía que dolía.

Pero ella no había retrocedido por miedo.

Había retrocedido por mí.

Esa idea se me clavó como una astilla.

—No respondas eso como si fuera una prueba —murmuré—.

No soy… —me detuve—.

No soy alguien que abandona a los suyos.

Maribel levantó la vista entonces.

No había reproche en sus ojos.

Eso fue peor.

—No dije que lo fueras —respondió—.

Pregunté si aún lo eras… conmigo.

El silencio volvió a caer.

Sentí algo tensarse en el pecho, una presión distinta al qi.

Más incómoda.

Más difícil de ignorar.

La miré desde arriba.

Ahí estaba Maribel.

En el suelo.

Dolorida.

Vulnerable.

Y aun así… no había derrota en su postura.

Eso me irritó más que cualquier golpe.

—No hables como si me conocieras —dije al fin, endureciendo la voz—.

No decidas por mí lo que habría hecho.

Ella no insistió.

Ese fue el problema.

No se justificó.

No trató de explicarse.

No intentó convencerme.

Simplemente aceptó el silencio como si fuera suficiente respuesta.

Aparté la mirada primero.

—Levántate —ordené—.

Esto se acabó.

Me di la vuelta antes de verla ponerse de pie.

No quería ver si lo hacía con dificultad.

No quería saber cuánto dolor había causado realmente.

Mientras caminaba unos pasos, una pregunta absurda me atravesó la mente, rápida e incómoda, como una astilla: «Si hubiera seguido…si ella no se detenía…¿habría cruzado yo esa línea?» La enterré de inmediato.

Apreté los dientes.

Las dudas eran un lujo.

La compasión, una debilidad.

Y yo no había llegado hasta aquí dudando de cada golpe que daba.

—La próxima vez —dije sin volverme—, pelea de verdad.

No supe si hablaba para ella… …o para mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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