Sistema de Evolución Universal - Capítulo 54
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- Capítulo 54 - 54 Antes de que caiga la noche
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54: Antes de que caiga la noche 54: Antes de que caiga la noche Un pelaje gris se mecía al ritmo de los cascos.
Los burros avanzaban con paso constante, cabeceando de lado a lado, como quien sacude el cansancio acumulado en los músculos.
El traqueteo era monótono, casi hipnótico, marcando el paso del viaje.
El sol brillaba con fuerza en lo alto, proyectando un calor que parecía arrastrar consigo el eco de la pelea reciente, como si las emociones aún se hubieran quedado suspendidas en el aire.
Sin embargo, cuanto más se adentraban en aquel reino, más frío se volvía el viento.
Las corrientes cortaban la piel; los árboles crecían más gruesos y altos, y el cielo se despejaba de forma inquietante.
Una sensación extraña se instaló en los pulmones: no era falta de aire, sino la impresión de que cada respiración rendía menos de lo habitual.
Maribel frunció el ceño.
Su respiración, por lo general estable, se volvió más pesada.
Exhaló despacio y se detuvo, volviendo la mirada hacia Thot.
—¿Estamos ascendiendo?
—preguntó.
El hombre le dedicó una mirada lateral y asintió, sin añadir palabra alguna.
Maribel inspiró con un poco más de fuerza y soltó el aire con cuidado, evaluando su propio estado.
—Es extraño… —murmuró—.
Normalmente ya estaría pidiendo detenernos cada hora.
Richard la observó con incredulidad.
Sofía, en cambio, desvió la mirada y siguió caminando.
Abby fue quien respondió: —En realidad, estamos haciendo más paradas que antes, aunque no lo parezca.
Con nuestros físicos, supongo que no tardaremos en adaptarnos.
—Ah… cierto —dijo Maribel, como si recién cayera en cuenta—.
Somos cultivadores… y una dampir.
Sofía rodó los ojos y aceleró el paso para alcanzar a los burros, que avanzaban con menos dignidad que resistencia.
Thot observó a sus bestias de carga con expresión apagada.
Sus ojos, por lo general inexpresivos, permanecían fijos en ellas.
Tras unos segundos, soltó un suspiro.
—Cuando pueda, los venderé.
Luego miró la bodega de carga.
Cada día que pasaba, las provisiones disminuían y, con ellas, el margen de ganancia.
Era una pérdida constante, silenciosa.
«Mejor eso que morir en el camino», se convenció, volviendo la vista al sendero.
Los burros siguieron avanzando con su andar torcido, mientras Aether y Abby balanceaban las piernas desde el techo del carro.
Thot sintió el impulso de exigirles que bajaran para no forzar más a los animales, pero no llegó a decir nada.
Entonces ocurrió.
Los burros comenzaron a inquietarse.
Relinchaban con mayor frecuencia, aunque no se detenían.
En algunos tramos reducían el paso; en otros, avanzaban con una prisa nerviosa.
No solo Thot lo notó.
Aether descendió del techo y comenzó a caminar junto a ellos.
Bastaron unos minutos para que las bestias parecieran tranquilizarse, como si aquella presencia les resultara extrañamente familiar.
Horas después encontraron un río.
El agua fluía con serenidad, profunda y clara, apenas acompañada por el murmullo constante de la corriente.
Había peces visibles bajo la superficie y formaciones de piedra donde el agua se acumulaba, creando pequeños remansos que invitaban al descanso.
Aun así, el lugar estaba vacío.
El pueblo más cercano se encontraba a pocos kilómetros, pero no había señales de que nadie utilizara aquel tramo del río.
Richard observó una de las formaciones de piedra y se acercó al agua.
El frío bastaba para disuadir a cualquiera de sumergirse, pero beber era otra cosa.
Se colocó las muñequeras metálicas, se arrodilló y juntó las manos para beber.
—Delicioso… —dijo tras varios sorbos—.
Siempre es bueno hidratarse cuando se puede, incluso si no tienes sed.
Sofía se detuvo a su espalda.
Contempló la escena: el río, los insectos suspendidos en el aire, la brisa suave contrastando con el frío.
—¿Crees… que hice lo correcto?
—preguntó.
Richard alzó la vista.
—¿A qué te refieres?
Ella no respondió de inmediato.
Apretó los puños y se quedó observando a los peces nadar contra la corriente.
—No dejes que te afecte —dijo él finalmente—.
Cada quien sigue su propio dao.
Involucrarse demasiado con los mortales solo trae problemas al grupo.
—Pero ya no pertenecemos a ninguna secta —replicó Sofía—.
No tenemos afiliación.
—Eso no importa —respondió Richard—.
El cielo es caprichoso.
Cuantas más puertas le abras, más fácil será que se entrometa.
Creo que hiciste lo correcto, aunque ahora lo dudes.
Sofía se inclinó y llenó un frasco con agua.
—Ella dijo que, si seguíamos, la pelea dejaría de ser entre dos personas —murmuró—.
Creo que tiene claridad en eso.
Al menos quiero rescatar esa virtud.
Richard levantó una ceja y se arrodilló para lavarse el rostro.
—¿Y eso por qué?
—Porque… creo que debimos matar al toro rápido, antes de que se saliera de control.
Vimos las sonrisas de la gente, la euforia con la que brindaban mientras el animal saltaba y pateaba.
Dejamos que jugaran… y al final algunos ya estaban muriendo mientras nosotras bebíamos.
Richard se sobó los ojos.
—No te culpes por eso —dijo Richard—.
Podrías enfrentar un demonio del corazón.
Sofía guardó silencio unos segundos.
—Entonces… ¿por qué ocurre así?
—preguntó—.
Si ignoramos lo que sentimos, no pasa nada.
Pero si lo sentimos… el cultivo lo castiga.
Como si las acciones solo tuvieran consecuencias cuando dejamos que nos importen.
Richard se encogió de hombros.
—Porque son obstáculos en tu cultivo, supongo.
Sofía guardó silencio un momento.
Luego sacudió la cabeza y saltó al agua.
Richard negó con la cabeza al verla emerger a la superficie.
—No dejes que se te meta en la cabeza —dijo—.
Sé tú misma.
Sofía asintió y estiró la mano.
—¿Vienes?
Richard dudó apenas antes de aceptar.
Las ondas del agua se agitaron de forma inusual, propagándose río abajo y espantando a los peces.
Permanecieron allí más tiempo del necesario para un simple baño.
Mucho más.
Cuando regresaron a tierra firme, el sol ya comenzaba a declinar.
A la distancia, el resto del grupo —un mortal, una maga y tres cultivadores— juntaba leña.
Richard llevaba una expresión tensa; Sofía, en cambio, parecía más liviana, casi relajada.
Maribel levantó la vista… y se encontró con los ojos de Richard, encendidos por una mezcla de enojo y vergüenza.
—¿Dónde están?
—preguntó él.
—¿Dónde están qué?
—respondió Maribel, sorprendida.
—Mis muñequeras —replicó—.
Debiste reducirlas y esconderlas.
Solo tú puedes hacer algo así.
—¿Por qué haría eso?
—preguntó ella—.
No son mi estilo.
—¿Insinúas que simplemente desaparecieron?
Maribel ladeó la cabeza.
—¿Cómo las perdiste?
Richard apartó la mirada.
—Me las quité en el río.
Las dejé en la orilla.
—No debiste hacerlo —dijo Maribel con calma—.
Tal vez algún animal se las llevó.
—Un animal no necesita esas cosas.
Maribel llevó una mano a la barbilla, pensativa.
—¿Quieres que te ayude a buscar?
Richard dio un paso atrás, incrédulo.
—¿En esta oscuridad?
Es más probable que nos devoren las bestias.
—No lo harán —respondió ella—.
No sin haberse cultivado antes.
Además, aún puedes alumbrar con tu espada.
—Basta —intervino Sofía—.
Debiste quitártelas cuando estábamos en el río.
Devuélvelas y deja de fingir.
No necesitas ser envidiosa.
—Ya dije que no fui yo —replicó Maribel—.
Estuve con ustedes todo el día.
El grupo asintió.
La tensión en los hombros de Richard cedió… solo para transformarse en otra cosa.
—Entonces… las perdí —murmuró.
Se dejó caer sobre una piedra, cubriéndose el rostro con las manos.
—Creo que las estoy viendo —dijo de pronto Aether.
Todos volvieron la mirada hacia él.
El niño alzó un dedo y señaló un tramo del suelo, idéntico a cualquier otro.
—Ahí —insistió.
Maribel entrecerró los ojos.
—Un organismo vivo… ¿pero dónde?
—Está justo ahí —repitió Aether—.
Solo que no se ve.
Maribel se sacudió ligeramente y sonrió.
—Mi lindo lobito —dijo—, ¿quieres jugar a las atrapadas?
Aether asintió.
Una sonrisa afilada se dibujó en su rostro mientras su nariz se movía, olfateando el aire.
—Ya entiendo.
Saltó hacia el punto señalado.
Las piedras se movieron al impactar, y cada paso suyo lo impulsaba más de lo esperado, como si el terreno cediera bajo sus pies.
En pocos instantes, atrapó algo invisible y lo estampó contra el suelo.
El viento sopló con fuerza repentina.
Los insectos callaron.
La figura oculta quedó al descubierto.
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