Sistema de Evolución Universal - Capítulo 61
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61: Antes de la catástrofe.
61: Antes de la catástrofe.
—¿Estás bien?
Abby giró la mirada y se encontró con el niño lobezno.
Sonrió levemente.
—Estaré bien.
Su rostro, antes derretido hasta la mitad, ahora mostraba solo las mejillas ennegrecidas.
Aether la observó con más atención.
Brazos, piernas, partes del torso.
La ropa estaba derretida; la carne, no.
Entrecerró los ojos.
Abby se incomodó.
—Oye… ¿podrías no mirarme así?
El niño levantó la vista.
—¿Mirarte cómo?
—Ya nada… olvídalo.
En el cielo, el color carmesí era extrañamente dominante.
Aether alzó la mirada.
—Mam… Maribel… —dudó un instante—.
El cielo —dijo, señalando.
Ella no vio nada fuera de lugar.
—¿Qué tiene el cielo?
Abby levantó una ceja, inquieta.
—Con el invierno cerca, los días son más cortos.
Pero durante el viaje sentí que el rojo del atardecer tardaba más y más en irse.
El niño negó con la cabeza.
—No se demora más.
El rojo no se va; solo deja de verse cuando ya no hay luz… pero sigue ahí.
El grupo lo miró, sorprendido.
Richard tragó saliva.
—No dudo de ti —dijo—.
Así que dime, pequeño… ¿qué crees que significa?
El lobezno se encogió de hombros.
Amara habló con firmeza.
—Es el dragón rojo.
Maribel se estremeció.
Por algún motivo, ese nombre ahora sonaba más siniestro.
Todos la miraron; su reacción no pasó desapercibida.
—¿Pasa algo?
—preguntó Amara.
Maribel giró lentamente.
—Mi habilidad… originalmente trata con los aspectos ilusorios de la vida.
Entre ellos están los significados internos, las resonancias ocultas.
No sé qué le ocurrió al rey… pero su título ahora es incomparablemente más oscuro.
El silencio se extendió.
—Eso —dijo Amara, con una mueca amarga— es porque lo es.
El grupo esperó una explicación.
—El dragón rojo ha caído —continuó—.
Me gustaría decir que murió, pero su hilo no está apagado.
Sin embargo… hay otro hilo enredándose con el suyo.
No sé si el que llaman rey es realmente él.
Sospecho que alguien lo suplanta.
—¿Un segundo hilo?
—preguntó Sofía.
Amara asintió.
—Al principio vi dos hilos paralelos.
Luego, el día del huaico, uno envolvió al otro.
Se sienten como dos personas distintas… y temo tocar uno y que me devuelvan la mirada.
Amara alzó los ojos al cielo, desconcertada.
En el firmamento rojizo, una esfera de cristal flotaba, inmóvil.
La interferencia no cesaba.
No era fácil encontrar presas.
Finalmente, el ojo se movió por cuenta propia.
El rey supo que estaban dentro de ese margen.
El dragón rojo sonrió.
En la sala del trono, el silencio absoluto fue interrumpido.
—Por favor, no entre, señorita.
Su majestad está ocupado.
—Ya cállate.
Si digo que voy a entrar, solo mi padre puede negarme.
La puerta entreabierta resonó con golpes suaves.
—Pasa.
Una joven de casi dieciséis años entró.
Vestía ropas reales, en tonos carmesí con volantes.
Su cabello estaba recogido en un moño pulcro.
Hizo una reverencia perfecta.
—Mi señor.
Madre me envía a solicitar protección.
Ya es el segundo intento de asesinato.
El dragón rojo asintió con calma.
—La primera concubina —murmuró.
Reflexionó un instante.
—¿Protección?
¿Por qué no te envío a un reino vecino?
La joven vaciló, mordiéndose la lengua para no decir algo indebido.
El dragón rojo sonrió apenas.
—¿Qué ocurre?
No hay juegos de poder que me conciernan ya.
Tampoco para ti.
Nunca heredarás este trono.
La joven bajó la cabeza.
—Porque eres mujer —continuó—, porque naciste de una concubina… y porque no soy un rey que vaya a morir.
—Gracias, pa—… mi señor —corrigió—.
Me retiro.
El dragón rojo agitó la mano.
Ella caminó hacia atrás, sin darle la espalda.
Al otro lado de la puerta, la indignación quebró su compostura.
—Maldita sea… Vireya… ¿por qué tenías que morir?
Dentro del salón del trono, el rostro frío del rey se iluminó.
En el reflejo del cristal apareció aquello que estaba esperando.
El licántropo corría directo a la grieta del cielo, con una lanza del tamaño de un tronco atravesándole el pecho.
Sus últimas fuerzas lo habían llevado hasta allí.
Se postró.
—¿Qué ocurre?
—preguntó una voz desde el otro lado—.
¿Por qué tu tamaño se redujo?
El licántropo agitó los brazos, señalando el arma.
—Suspiro… ustedes, bestias de linaje inferior, no dejan de decepcionarme.
Por el tamaño del arma, ese gigante apenas era un niño.
Una figura salió del portal.
Su cola permanecía inmóvil; el pelaje se agitó con el viento.
Sus orejas lupinas brillaban con un tono violáceo.
Tocó la lanza con un dedo.
El arma se desintegró en fragmentos.
El hombre lobo sacó una piedra verde que brillaba con luz propia.
Apuntó al licántropo.
Las heridas comenzaron a cerrarse ante sus ojos.
El cuerpo se retorció en el suelo.
Cuando la regeneración estuvo casi completa, la energía se detuvo.
—Bien… eso bastará —dijo.
El licántropo respiró por primera vez en minutos.
Se inclinó.
—Gracias, mi señor.
—¿Gracias?
—replicó el hombre lobo—.
¿Qué te hace decir eso?
El licántropo levantó la mirada.
Una mano le atravesó el pecho.
—Solo quería tu corazón.
Con enemigos que se defienden, es más eficiente así.
Los ojos del hombre lobo se encendieron de verde.
El corazón flotó.
Señaló el suelo.
De su anillo emergió un caldero.
Miró hacia el río y sonrió.
Desde la sala del trono, el dragón rojo también sonrió.
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