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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 64

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  4. Capítulo 64 - 64 La tragedia
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64: La tragedia.

64: La tragedia.

—Nunca vi a esta persona —dijo Richard—, pero creo que puedo adivinar quién es.

Maribel suspiró.

—¿Qué te trajo por acá?

El hombre casi desechó, hizo un gran esfuerzo por levantarse.

Él los miró a ambos, sus ojos verdes brillando, parecían expulsar un polvo jade.

Rin miró al suelo, retrajo sus rodillas y, de una manera extraña, se vio vulnerable.

—Tu maestro me prometió algo, por eso vine.

Maribel levantó una ceja, desconcertada.

Una pequeña grieta verde se formó en los labios de Rin.

Richard se adelantó.

—¿Qué clase de trato hicieron?

El hombre moribundo giró la cabeza.

—¿Por qué debería decirlo?

Eso es algo que solo nos concierne a nosotros.

Richard apretó su espada.

Rin volteó a verlo de reojo.

—Si fuera ustedes, estaría lidiando con las consecuencias del corazón del lago hambriento.

Maribel levantó una ceja.

—¿A qué te refieres?

—se miraron un momento, entonces una inquietud llegó—.

Esa magia tuya no los curó a todos… ¿verdad?

Rin negó lentamente.

—Lo más terrible… es que no existe una verdadera cura.

Aquello ya está en todos nosotros, esos devoradores solo lo trajeron a la superficie.

—Rin la miró seriamente—.

Yo ya conozco todo esto, lo que pasa aquí… si yo fuera tú, mataría a todos los enfermos ahora mismo.

Maribel sintió un dolor en el estómago.

Por primera vez en tantos años, podía decirlo.

—Me enojas tanto, creo que mi hígado va a reventar solo por ti… El tiempo parecía detenerse, pero solo era el peso de las miradas.

Fue Richard quien rompió el silencio, se aclaró la garganta y habló: —¿Por qué lo dices?

Rin mostró una ligera sonrisa.

—Un hombre racional —asintió, dando aprobación—.

Porque esa es una de las cosas que destruyeron un estado de mi mundo, que era, por cierto, como cien veces más grande que este reino… ¿sabes por qué lo hizo?

Richard tragó saliva.

—Porque… no quisieron detener la infección.

Maribel tembló.

No había mentiras en sus palabras.

Al menos, él creía su propia afirmación.

Ella respiró profundo, apretó los puños y dio media vuelta.

Richard la miró consternado.

—¿Te vas?

¿Quieres que te acompañe?

Ella no respondió.

—Richard —llamó Rin—, ve y tráeme el corazón que hay en ese rincón.

Pude extraerlo del agua, pero no podemos dejarlo así.

—¿Qué piensas hacer?

Apenas puedes sentarte.

Su mirada se volvió oscura.

—Impediré que la tragedia mayor se repita.

Richard inconscientemente levantó el pecho, orgulloso.

Caminó hacia el órgano y se lo entregó.

El hombre miró atrás; Maribel ya no estaba.

Entonces hizo un puño y lo juntó a su palma, saludando.

Rin hizo una leve sonrisa y agachó un poco la cabeza.

Entonces se tragó el corazón.

Richard estaba atónito.

Las venas del hombre empezaron a volverse verdes.

Su piel empezó a hervir, deformarse y calentarse.

—Corre, tienes diez segundos.

Richard no lo pensó.

Unos momentos después, una pequeña explosión agitó el agua.

Al mirar atrás, lo que el espadachín encontró fue un fantasma.

Rin había perdido su cuerpo, otra vez.

—Tsk… podrías haberme avisado antes.

—No esperaba que fuera a explotar, normalmente puedo controlarlo mejor.

Richard miró al fantasma detenidamente.

—¿Te hiciste más fuerte?

—Suspiro ¿Más fuerte?

Aún sigo teniendo que buscar un cuerpo, no soy más fuerte.

Richard negó con la cabeza.

—Tu aura creció.

Rin soltó una risa burlona.

—Como si eso importara.

Sin mis armas soy casi inútil.

Richard giró a medias y apuntó con el dedo gordo al pueblo.

—¿Vienes?

No te dejes ver.

Rin miró al polluelo corriente, al menos su cadáver.

Hizo una expresión de disgusto.

—Esa cosa no puede volar aún, así que mejor llévame en algún lado.

Richard asintió.

Pronto los dos volvieron: uno era Richard, el cultivador de espada; el otro, un ave al que recién le crecían las plumas.

Al caminar, el aire era menos pesado; en realidad, incluso se sentía más puro, de alguna forma.

La brisa del río parecía agitar las aguas, como si bailaran al contacto.

Aunque la vida en sí no había regresado, los árboles sobrevivientes parecían reflejar mejor la luz en sus hojas.

—Esto es muy extraño —dijo Richard—, pareciera que el bosque está más vivo.

El ave en su hanfu se burló.

—Ese fue otro pensamiento que llevó a mi mundo a la muerte.

Al menos al inicio; luego de una década no había quien apoyara ese método para reavivar el mundo.

Richard asintió; sentía que estaba mirando una trampa, una manipulación descarada, pero efectiva.

—¿Qué son los devoradores?

Rin suspiró.

—Ese pequeño al que llevan consigo… lo admito, no es realmente uno de ellos, pero su raza es la principal integrante de los devoradores.

Son una especie de clan que participó en… lo que pasó de donde vine.

—¿Te cae mal?

Me refiero a Aether.

Rin no dijo nada al inicio; luego simplemente admitió: —Verlo me hace sentir cosas… muy incómodas.

Malos recuerdos.

Por cierto, ¿qué haces caminando?

¡Corre lo más rápido que puedas!

El hombre asintió, notando la insistencia de Rin.

Al llegar al límite del bosque, incluso antes de divisar las casas, ya escuchaba gritos.

Eran escalofriantes, de dolor carnal y visceral.

Algunos se escuchaban ahogados y, no obstante, fuertes, como si no quedara aire con que gritar.

Richard apretó la mandíbula; sus manos temblaron un poco, pero la decisión brilló en sus ojos.

De un salto entró al pueblo.

Algunos tejados rotos terminaron de caer cuando saltaba.

Dentro de las casas esperaba encontrar bestias corruptas comiendo gente; lo que encontró fue otra cosa.

Una madre estaba siendo devorada por su propio hijo, no mayor a quince años.

Un padre desangraba a un bebé y bebía su sangre.

El perro estaba destripado; una niña de casi cinco años se lo comía a carne viva, sin importarle los ladridos lastimeros, los últimos espasmos, cuando tiró del abdomen y lo terminó de abrir.

Richard contrajo el ceño, mostró los dientes y los presionó.

Asqueado y desconcertado, no supo qué hacer por un momento.

El barro del lugar, las lágrimas de la madre recién muerta, los alaridos en las casas vecinas, las bestias caminando afuera… Un recuerdo de Maribel confrontando a Thot llegó a su memoria.

—Ella se lo recriminó a él en la cueva; ahora se los digo a ustedes: cuando los veo, veo demonios.

Los que comían se detuvieron repentinamente, como si recordaran algo.

Luego, gritos de arrepentimiento y lágrimas corrieron en la casa, pero la espada de Richard no vaciló.

Al salir del hogar, el aire se arremolinó en un solo punto.

Entonces un espíritu corrupto sacó su mano desde una pequeña grieta en la realidad.

Richard dio la vuelta sorprendido; acababa de desenvainar su espada.

Entonces una mano con garras de piedra trazó un tajo vertical.

El qi hizo de un corte sencillo uno enorme.

El ave en la ropa de Richard se agitó.

—¿Estás bien?

—preguntó Aether, con su cola y orejas aún escondidas.

El hombre asintió con severidad y volvió a sacar su arma.

—Gracias.

No bajaré mi guardia otra vez.

El lobezno de apariencia humana asintió.

Su rostro no delataba expresión alguna, solo frialdad… y enojo.

Se dio la vuelta y regresó caminando.

Parecía descuidado, pero Richard sabía que, incluso sin moverse, él sabía lo que había alrededor.

Su mano derecha estaba vendada con una tela de extremos rasgados.

Al caminar por la calle, no encontraron que estuviera vacía, sino que muchos cadáveres yacían tendidos, muchos con cortes limpios, imposibles de hacer con una lanza.

Una persona salió corriendo de su casa al verlos pasar y cayó al suelo.

Su rostro estaba medio devorado; sus manos, manchadas de sangre.

El hombre estaba pálido; su voz temblaba y sus ojos se movían desorbitados.

De alguna forma logró decir: —Mátame… mátame o llévame contigo, por favor.

Una mujer desde adentro de ese hogar se puso de pie también, tambaleando.

Un cuchillo estaba clavado en su hombro, pero ella se agarraba el estómago.

La saliva corría y se derramaba, pero lo que caía era sangre.

Richard contrajo el ceño nuevamente, pero antes de hacer algo, un corte de viento la dividió en dos.

Al girar la vista, un rostro con marcas de llanto lo recibió.

Maribel dio media vuelta; a su paso, las criaturas perdían el instinto salvaje e inevitablemente morían con un solo corte.

Al llegar cerca de la carreta con los burros, un muro de tierra se alzó.

—Tsk… esa cosa no resiste ni a un practicante en fortalecimiento corporal.

La voz de Maribel sonó profunda, contenida, triste.

—Resiste personas, gente sin mente… casi sin mente.

Al llegar, Aether se detuvo.

—Ese era el último.

Solo queda acabar con los corruptos que se esconden… según ellos, se esconden.

Maribel asintió distraída.

—Son los que tienen mayor conciencia —cerró los ojos—.

Guíanos cuando estés listo… —No será necesario.

Richard levantó una ceja.

—¿Por qué?

El niño apuntó al cielo.

Ahí, un ligero brillo.

Luego, otro.

Un instante después, diez espadas voladoras pudieron verse.

—Tch… ¿qué hacen llegando ahora?

—sorprendentemente, la queja vino de Richard—.

Bastardos irresponsables.

Al bajar, los miraron desde arriba.

Un hombre estaba montado como pasajero en la espada de un cultivador.

Levantó una varita y dijo: —Sesenta mortales devorados.

Catorce monstruos siguen vivos… por ahora.

El cultivador de enfrente miró al río.

—Purgaremos todo.

Los rastros nos llevan al río.

Amara tembló.

Antes de poder hacer o decir algo, ese cultivador voló hacia el río y una gran presión lo arrasó todo.

Pronto se vio a lo lejos el agua teñida de rojo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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