Sistema de Evolución Universal - Capítulo 68
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Capítulo 68: El que viene de afuera.
La figura, tiesa en su lugar, abrió la boca para mostrar una sonrisa.
El gesto fue disonante. Primero abrió los labios, después una mejilla se elevó con lentitud, luego la otra, como si la entidad con forma humana hiciera un esfuerzo consciente por imitar una expresión que no le pertenecía.
Maribel sacudió el brazo de manera inconsciente, barriendo el aire frente a ella.
Por primera vez, un gesto auténtico cruzó su rostro. Apretó ligeramente los párpados; la boca quedó entreabierta, mostrando los dientes.
—Qué asco…
La entidad movió un pie.
Maribel se tensó.
Lentamente, con pasos pesados, la cosa avanzó balanceándose. Cada pisada hacía vibrar su cuerpo.
—¿Qué pasó? Joven… joven… —la observó con curiosidad—. ¿Qué hace un hombre como tú, solo?
Maribel sostuvo una mirada fría, consciente de cada uno de sus propios movimientos.
—¿Me hablas a mí?
El hombre —o lo que parecía serlo— giró ligeramente la cabeza, acomodando la posición de sus ojos.
Las pupilas dilatadas se clavaron en ella.
—¿Ves a… alguien más aquí? Joven hombre, respóndeme.
Debajo de su ojo derecho, Maribel sintió un espasmo involuntario.
Soltó un suspiro.
—No sabes fingir… —dejó su rostro vacío, la voz casi sin vida—. Si sigues así, te descubrirán.
La cosa se movió. Con ambas manos tomó su cabeza y giró el cuello, forzando la posición para volver a encajarle la mirada.
—Lo sé —su voz sonó extraña—. Tuve que matar a los vivientes de acá. Miraron… a mí.
Sight
La mirada de Maribel se volvió puro desprecio.
—No sabes… ser humano. Dejas… dejas muerte. Descuidado.
La criatura sostuvo sus ojos, pero la actuación de Maribel no flaqueó. La criatura respondió.
—Me disculpo… mayor. En algún tiempo… momento… podré ser humano. Seré información, viajante.
Maribel contuvo el impulso de parpadear.
—Regresa —ordenó, queriendo terminar con aquello cuanto antes.
La criatura se inclinó levemente, como en una torpe reverencia.
Maribel estaba a punto de darse la vuelta cuando algo captó su atención por el rabillo del ojo.
La criatura saltó.
No hacia un árbol.
Hacia ella.
Las uñas se alargaron casi medio metro.
Maribel rodó por el suelo y se estabilizó en un solo movimiento, con las rodillas flexionadas. Luego saltó con fuerza.
Su figura alcanzó una de las ramas.
La criatura, con ojos más parecidos a los de una muñeca que a los de un humano, sacudió la cabeza con violencia. El cuello se tensó y se alargó, girando de un modo antinatural que recordó a Maribel el movimiento de una mantis.
Apretó los dientes. El estómago se le revolvió.
Aguantó las náuseas.
—¿Cómo me descubriste?
El enemigo movió un ojo, dejando el otro fijo, y corrió hacia el árbol, escalándolo en círculos.
—¡Ush!
Maribel apartó la mirada con rechazo y saltó hacia otro árbol.
El agente anormal se desplazó entre las ramas para seguirla. Su forma de correr era torpe, pero en los árboles resultaba inquietantemente eficiente.
El acero brilló entre la luz filtrada. Las sombras se profundizaron.
Desde entre las hojas, púas negras emergieron, buscando ensartar al sujeto.
El ente saltó, evitando por poco el ataque.
Sus ojos se movieron sin coordinación, rastreando el entorno.
Maribel se elevó con otro salto y desapareció entre las ramas. Arrancó un tronco grueso sin preocuparse por el ruido. Un quejido escapó de su garganta antes de seguir alejándose, ahora con una rama menor entre los dientes.
El sujeto la persiguió usando las cuatro extremidades. La torpeza de su carrera era evidente, pero su velocidad no disminuía.
Maribel siseó al morder la madera. Aquella cosa seguía erizándole la piel.
Cuando la criatura estuvo detrás de ella, extendió los brazos mientras corría. El brillo de las uñas le trajo una mala premonición.
Maribel saltó, cambiando bruscamente de dirección, volviendo hacia donde había venido.
El giro repentino sacrificó la tela de su hanfu, pero salvó su piel. El enemigo, sorprendido, no logró reaccionar a tiempo.
En el aire, Maribel hizo girar su lanza.
La cabeza del sujeto se movió de forma antinatural, esquivando el filo con precisión imposible.
Maribel cayó limpiamente y tomó distancia.
Una cuchilla de aire descendió con violencia desde el cielo.
Maribel alzó la vista de inmediato, buscando otra figura. El palo ya no estaba en su boca; había desaparecido.
No había tiempo para investigar.
El hombre extendió los dedos y los agitó como un titiritero.
Ella dio otro salto hacia una rama cercana, clavando la lanza para usarla como apoyo.
El ente volvió a correr.
Maribel se colgó del arma, colocó los pies a ambos lados y saltó de forma lateral mientras recuperaba la lanza.
El enemigo llegó un instante después, encontrando solo el asta incrustada en la madera.
—Esto no funciona —dijo Maribel—. No puedo atacarlo de frente.
Las sombras se agitaron, cubriendo por completo el rostro del enemigo. Exaltado, empezó a blandir las uñas sin dirección.
Maribel quedó inmóvil cuando una luz se encendió en lo alto.
Un círculo mágico se abrió en el aire.
Desde el cielo cayó una espada colosal.
El cuerpo del hombre vibró. Sus pies parecieron moverse por voluntad propia.
Entonces ocurrió algo grotesco.
Bajo las vestimentas, la piel comenzó a desplazarse. La espalda se abrió y de ella emergió una enorme mantis que superaba los dos metros de altura.
El rostro de Maribel palideció.
Las alas se agitaron desde el torso abierto. La boca se abrió y de ella brotó una voz deformada.
—Te voy a devorar, así como a los gusanos. Joven blando.
Maribel apretó los dientes, respiró hondo y reunió su determinación.
—¡Yo soy una mujer, idiota!
Lo señaló con el dedo.
Un tronco creció de inmediato, atravesándole el mesotórax.
La criatura sangró desde dentro.
El salvajismo se encendió.
Corrió con la determinación de morir llevándose a su presa.
Entonces, desde las sombras, algo se elevó.
Una colonia de murciélagos surgió y cubrió el cielo en un radio de cincuenta metros.
La mantis se agitó con desesperación, pero los murciélagos se introdujeron por la herida abierta y comenzaron a devorarla desde dentro.
Cuando terminó, solo quedó un cascarón vacío.
El exoesqueleto, sin ojos, parecía una estatua muerta.
Las sombras se reunieron mientras la colonia ocultaba el sol. Los murciélagos descendieron y se fusionaron en una masa viscosa de oscuridad.
La pequeña montaña tomó forma humanoide.
De ella emergió una mujer vestida de negro y blanco, de piel clara, ojos celestes y cabello rubio.
Su expresión de decepción al ver el exoesqueleto se quebró cuando un sonido poco decoroso escapó de su estómago.
Se tapó la boca.
—Ups… —miró a Maribel, avergonzada—. No le digas a nadie que eructé.
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