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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 84

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  4. Capítulo 84 - Capítulo 84: La reverencia que no existía.
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Capítulo 84: La reverencia que no existía.

La orden fue dada y no hubo contraposición.

Todos juntaron los puños y dijeron al unísono:

—Sí, discípulo mayor Jiāng Róngxuān.

En el instante en que el nombre fue pronunciado, algo invisible se inclinó.

No fue el aire, ni la gente, ni siquiera el qi del entorno: fue el significado. Una reverencia incrustada en la entonación, una intención pulida por generaciones, un eco ilusorio que solo existía mientras el nombre permaneciera en su lengua original.

Maribel levantó una ceja y volteó a ver el río carmesí.

Sus sentidos rozaron aquello que no tenía forma.

La falsa solemnidad.

El peso prestado.

El respeto que no provenía del hombre, sino del sonido que lo nombraba.

«Río elevado… glorioso…» Su boca se torció apenas. «Qué ironía. Una muy desagradable.»

La imagen fue clara en su mente: un río crecido por lluvias ajenas, reflejando el cielo sin pertenecerle.

«Sistema, evítame ese nombre cuando lo escuche.»

[Petición denegada.]

Maribel chasqueó la lengua.

«No es el nombre lo que me molesta. Es esa reverencia falsa que viene adherida al sonido. En mi idioma… eso no existe. Su nombre no inclina nada. Solo suena… extraño.»

[Análisis completado.]

[Se acepta permitir que la anfitriona perciba el nombre “Jiāng Róngxuān” traducido a su idioma natal como “río elevado y glorioso”.]

[Advertencia: la capa de reverencia semántica será omitida.]

[¿Desea aplicar el mismo proceso a otros nombres propios?]

Maribel rodó los ojos.

«Es solo mi desprecio hacia ese sujeto, no hacia los demás.»

En el vuelo de regreso, el Río Elevado y Glorioso volteó.

—Espero verlos en la secta —dijo para sí mismo.

Sus ojos se posaron en Maribel y una sonrisa lasciva se formó lentamente.

A lo lejos, Maribel se estremeció.

Los sobrevivientes se aglomeraron cerca del grupo.

Sin vacilar, se postraron.

Algo que no habían hecho cuando los cultivadores llegaron.

Una sonrisa presumida se dibujó en el rostro de Richard.

Sofía tomó un talismán y se escondió detrás de él.

Amara apenas les prestó atención; seguía observando a los cultivadores que se alejaban.

Aether y Maribel permanecían de pie, sin saber qué hacer.

Un hombre se acercó sin atreverse a mirarlos a los ojos.

—Gracias por habernos compartido sus armas. Aunque haya sido solo por un momento, pudimos ver su verdadero potencial. Confiarnos algo así… es un honor para nosotros y para nuestra descendencia.

El dúo se quedó sin palabras.

Richard se aclaró la garganta.

—No se preocupen por eso —dijo, mirando a Maribel—. Seguro pueden hacer otras y dejarlas como recuerdo.

Los ojos de Maribel se afilaron.

—¿Qué quieres ganar con esto? —preguntó con frialdad—. ¿La adulación ya te cegó? Entonces deja que Abby te consuma, con su belleza te aseguro que adula mejor.

El hombre palideció.

—Olvídenlo. No dije nada.

El grupo miró a Maribel en silencio, sin saber cómo reaccionar.

Percibiendo el silencio, el aldeano habló en voz alta:

—Prometemos no revelar jamás el origen de esas armas, ni siquiera a nuestros propios hijos.

—«Lo prometemos» —resonó la voz conjunta de todos.

Maribel suspiró.

Se sentía cansada. No físicamente.

Cansada de decidir, de cargar direcciones.

Volteó a ver a Aether, luego a los civiles.

—No es necesaria tanta reverencia. Está bien, acepto la gratitud.

Se volvió hacia el lobezno.

—¿Qué deberíamos hacer ahora?

El niño se sobresaltó y miró a los costados, buscando a alguien más.

—¿Me preguntas a mí?

Maribel asintió.

—Por ahora… no quiero tomar más decisiones —dijo con honestidad—. Haz lo que desees. Incluso si decides separarte, yo te sigo.

El niño guardó silencio un momento.

—No me gustaría exponerme a ser encontrado… pero… —miró a Richard, Sofía y Amara— ellos necesitan hacerse más fuertes, ¿verdad?

Maribel cerró los ojos y suspiró.

—Bien. Entonces creo que ya todos coincidimos.

Miró a sus tres amigos.

—¿Aún quieren ir a esa secta?

Las miradas fueron incómodas. Esta vez dudaron.

Fue Sofía quien rompió el silencio.

—Sigue siendo la mejor opción —dijo con un suspiro—. Aunque haya resentimiento, debo inclinarme por lo práctico.

Amara asintió lentamente.

—También lo creo… —respondió distraídamente.

Ella miró el río sin darse cuenta, volteó y admitió

—Por un momento pensé que… quizá aquella tortuga seguía viva. —Guardó silencio.—Pero no. Eso sería imposible. —Su voz se endureció—. Soñar con eso solo debilita.

Richard asintió en silencio.

Maribel miró a Abby.

—¿Yo? —dijo señalándose—. Pensaba seguirlos a donde vayan. —su mirada giró de Maribel a Aether —No quiero estar sola.

Amara frunció el ceño, viendo algo que los demás no.

Tomó un respiro y habló.

—Entonces vamos —dijo Amara—. Esta historia amarga… sigue siendo una historia. Y aún hay oídos que no la han escuchado.

Richard se rascó la nuca.

—Dudo que nos recuerden como salvadores. Ese mérito se lo llevará la Secta del Pabellón del Umbral Correcto.

Amara abrió los ojos con furia.

—Mejor no hablemos más de eso. Vámonos.

Abby agitó su varita y el muro cayó.

Cuando salían del pueblo, Thot observó la caminata cansada de Maribel.

—¿Estás bien? —preguntó.

—¿Qué quieres? —respondió ella sin ganas.

—Solo… ¿quieres conducir?.

Maribel parpadeó, sorprendida.

—Eso fue genuino…

—¿Dijiste algo?

—Nada. Que sí, me gustaría conducir.

Thot bajó. Los cascos de los burros estaban deformes.

La vio montada y su corazón se estremeció.

«Espera… ¡no me creo lo que hice! ¿Soy tonto? ¿Existe peor insulto que este…? Una cultivadora que derrotó a una fundación dorada… montada en un burro.»

Maribel soltó una risa contenida.

—Ya estás casi aquí, amigo mío. Ya casi vuelves.

El hombre no entendió.

—Cuando lleguemos —añadió ella—, te apoyaré en tu cultivo.

Thot se sonrojó.

Maribel levantó una ceja e invadió sus pensamientos.

—No es eso. Solo recursos. No hago ese tipo de cultivación.

Richard suspiró.

—Thot… antes me acusas de harenes, ahora ella te apunta a ti.

—Pensé que solo Amara hacía bromas así —dijo Maribel.

—No estoy de humor —respondió Amara con sequedad.

Sofía suspiró.

—El camino es largo… es mejor si aclaras tu humor… pensándolo bien, tienes razón, tampoco estoy de buen humor y esos tipos dan asco. Menos mal Maribel le dio una paliza a ese sujeto.

En la mañana, el sonido de cascos y botas se mezcló.

El sol terminó de alzarse sobre el horizonte, tiñendo el río carmesí con reflejos apagados, como si la sangre que lo había nutrido durante la noche comenzara, por fin, a diluirse.

El agua seguía su curso, indiferente.

Y, en contraste, la tensión descendía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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