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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 87

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  4. Capítulo 87 - Capítulo 87: Seres especiales, carencias mundanas (III): Secta del Pabellón del Umbral Correcto.
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Capítulo 87: Seres especiales, carencias mundanas (III): Secta del Pabellón del Umbral Correcto.

El niño estaba aburrido.

Sus pies no dejaban de estar inquietos, con un escozor insidioso.

La fila no era extensa; era lenta.

Cada tres minutos, una o muchas personas eran expulsadas a patadas.

Amara soltó un suspiro resignado.

No estaban dispuestos a dejar que el niño fuera solo.

En realidad, casi todos los mayores acompañaban a los menores a su inscripción.

Para Maribel eso parecía lo justo.

Las personas estaban inquietas también, probablemente por los muchos jóvenes impacientes.

—¿Qué necesidad tengo de hacer esto? —se escuchó la voz de una niña—. Podríamos simplemente esperar a mi edad correspondiente e ingresar; no es necesario pasar por esto.

Aether movió las orejas.

El niño, inconsciente, dirigió los ojos a Maribel.

Ella le devolvió la mirada.

—No, esta vez te haré parte oficial de la secta, como se debe.

El lobezno giró bruscamente la cabeza e infló las mejillas.

Sus orejas temblaron un poco cuando sintió una mano acariciarlo, pero no había movimiento real en ningún mechón.

—Papá también quiere que espere —dijo resignado.

Un grito se escuchó adelante.

Se trataba de un discípulo. Llevaba la insignia de la secta.

El mozo apuesto se acercó con reverencia, inclinándose ligeramente ante la muchacha que habló antes, así como ante el mayor que la acompañaba.

—Anciano Eldric Zhao, joven dama Elowen Zhao. ¿Qué hacen haciendo una fila como el resto? Por favor, pasen.

Los murmullos de la gente empezaron a sonar.

—¿Qué? No puede ser… es el clan Zhao.

—¿Qué hacen acá?

—Escuché que los clanes de apellidos antiguos estaban en decadencia, pero solo en número.

—Tonto, no decayeron en poder, no podrían. Seguramente buscan diversión.

—Imposible, se ven exactamente igual a nosotros, no como en los libros.

—Si realmente fueran débiles, los otros clanes antiguos ya los habrían hecho desaparecer.

Maribel levantó una ceja.

«Así que el viejo es funcionario. Parece importante.»

Ella vio a la dupla siendo guiada al interior, saltándose la fila.

Cuando finalmente ellos llegaron al final, Aether no pudo evitar soltar un suspiro.

El resto del grupo se quedó fuera.

No hubo discusión al respecto.

La inscripción de menores era un asunto interno, y los acompañantes solo podían observar desde la distancia. Richard cruzó los brazos. Sofía apoyó la espalda contra una columna. Amara se limitó a mirar al frente, tranquila.

Maribel tomó a Aether de la mano.

El niño caminó obediente, aunque sus orejas se movían con curiosidad.

El salón de inscripción era amplio, sobrio. No había símbolos ostentosos, solo mesas de madera oscura y pergaminos alineados con precisión. Detrás de una de ellas, un hombre de mediana edad levantó la vista.

Su aura era estable. Refinada.

[Fundación Dorada, nivel medio.]

Maribel levantó una ceja ante la notificación. Ella no lo pidió, pero lo agradeció en silencio.

—Nombre del menor —dijo, sin levantar demasiado la voz.

—Aether —respondió Maribel—. Sin apellido registrado.

El hombre alzó una ceja.

—¿Tutor?

—Yo.

El examinador observó a Maribel con más atención. Sus ojos recorrieron su postura, su respiración, la ausencia total de fluctuaciones de qi.

Frunció levemente el ceño.

—¿Cultivadora?

—Sí.

El pincel del hombre se detuvo un instante sobre el pergamino.

—No lo parece.

Maribel no se ofendió. Ya estaba acostumbrada.

—Es normal que no se sienta.

El examinador apoyó el pincel con calma.

—La secta no acepta menores con potencial si no hay una figura que garantice su estabilidad futura. Si usted no cultiva, o no puede permanecer en la secta, el niño no será admitido. No como mortal ni como aprendiz.

Aether apretó un poco más la mano de Maribel.

Ella bajó la mirada hacia él un segundo, luego volvió a alzarla.

—Puedo garantizarlo.

—Las garantías verbales no bastan —respondió el hombre—. Menos aún cuando no puedo confirmar su nivel.

Hubo un breve silencio.

Maribel suspiró.

—Entiendo.

No dio un paso al frente.

No levantó la mano.

Simplemente pensó.

El aire del salón se volvió denso por un instante. No fue opresión. No fue presión directa. Fue una alineación, como si el qi del entorno hubiese recordado de pronto una jerarquía olvidada.

El examinador se tensó.

Sus pupilas se contrajeron.

No sintió un impacto, pero sí algo mucho peor: la clara certeza de que, si aquella mujer lo deseara, él no tendría margen de reacción.

El peso desapareció al instante siguiente.

Maribel ya estaba relajada otra vez.

—No me quedaré como discípula ordinaria —dijo con calma—. Pero estaré en la secta. Ahora o más adelante. El tiempo no es un problema para mí.

El hombre tragó saliva.

Revisó a Aether otra vez. Luego a Maribel. Luego el pergamino.

—…Quedará registrado como miembro mortal en formación —dijo finalmente—. Su progreso será observado, y su permanencia estará vinculada a la suya.

Maribel asintió.

—Es suficiente.

El pincel volvió a moverse.

Aether miró el pergamino con curiosidad.

—¿Ya está? —preguntó.

El examinador dudó un segundo, luego respondió:

—Sí. Ya estás dentro.

El niño asintió.

Maribel apoyó una mano suave sobre su cabeza.

—Bienvenido.

Cuando salieron del salón, el resto del grupo los esperaba.

Richard alzó una ceja.

—¿Problemas?

—No —respondió Maribel—. Solo… confirmaciones.

Sofía observó al niño un segundo más.

—Entonces es oficial.

Amara sonrió levemente.

—Antes de entrar, ya cultiva.

Maribel no comentó nada. Pero por un instante, al mirar el umbral que acababan de cruzar, tuvo la clara sensación de que no era el niño quien estaba siendo evaluado, sino ella.

—De todas maneras —dijo Maribel—, ahora Aether es oficialmente parte de la secta. Solo queda una cosa.

Ella miró a una esquina, entre dos casas.

Un murciélago se movió ligeramente, asintiendo.

Aether la miró; una ligera sonrisa se formó.

—Suspiro, realmente no entiendo tu forma de pensar, Maribel —Richard estaba inconforme—; si tan solo fueras y revelaras el talento de Aether… simplemente creo que desperdician una gran oportunidad.

Maribel rodó los ojos en secreto.

—Las cosas crecen para adentro —respondió ella—, pero no pueden crecer solo para adentro.

Richard enarcó una ceja.

—Se lo dijiste antes al Anciano del Pico Espiritual de la Primavera Eterna. ¿Qué significa?

Maribel mostró una sonrisa tímida.

—Yo misma no sé… —luego se corrigió— b-bueno, al menos no del todo. Lo que sí entiendo es que mi pequeño lobezno debe crecer por dentro antes de poder ser realmente grande por fuera.

Richard negó con la cabeza, hastiado.

—¿Sabes qué? Olvídalo, no pienso entenderte más. Simplemente haz lo que quieras; igual tienes a tu maestro si pasa algo.

Maribel suspiró.

—Frente al libre albedrío, incluso los dioses no tuercen el espíritu, pero los mortales igual cargan sus cruces.

Sofía miró esta interacción, se movió incómoda y llamó:

—Richard, deberíamos adelantarnos. Dejemos que Maribel y Aether tengan tiempo a solas un momento.

—Bueno. Está bien, nos retiramos. —Richard llamó con la mano a Amara—. Tú también vienes.

Sofía lo agarró repentinamente del brazo y lo jaló hacia el camino.

Amara estaba sorprendida, pero los siguió al paso.

Dio la vuelta y dijo:

—Nos vemos más adelante, pequeño lobezno.

Unos segundos pasaron. Aether y Maribel se miraban entre sí.

Una ligera sonrisa en ambos.

El silencio en realidad no parecía incómodo, sino que parecía natural, casi cotidiano, como si fuera lo esperado.

Maribel acarició suavemente la cabeza del niño.

—Bueno… Aether, te diré algo. Es un gusto conocerte, me has ayudado mucho aunque no lo sepas… incluso fuiste extremadamente oportuno.

Aether tembló.

Recordó la canasta donde lo cargaba Maribel.

Recordó el bosque.

Recordó a su padre biológico.

Él tomó un respiro, apretó los dientes un poco y luego los soltó.

La comisura de sus labios tembló un poco, pero luego se elevó sin control alguno.

Los caninos se mostraron en todo su esplendor, mientras una ligera humedad corría por su rostro.

—Así que si alguna vez quiero volver a ti, puedo hacerlo cuando quiera. —él la abrazó—. Yo tampoco te olvidaré.

Ante sus ojos, el milagro del cielo comandado por una mujer.

Ante sus ojos, las uñas de piedra… que nunca lograron tocarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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