Sistema de Evolución Universal - Capítulo 90
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- Capítulo 90 - Capítulo 90: Examen (I): Sostener sin dominar.
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Capítulo 90: Examen (I): Sostener sin dominar.
—¿Estás bien?
Maribel respiró profundo.
—Lo estoy. Simplemente… me siento un poco perdida.
Amara levantó una ceja.
—La ciudad es enorme, ¿verdad?
Maribel negó lentamente.
—No es la ciudad; hay cosas más grandes que esta ciudad.
Amara abrió ligeramente los ojos.
Frotó su barbilla y comentó:
—¿Es… Aether?
Asintió.
Amara dio ligeros golpes en el hombro de Maribel.
—Estará bien. Abby está ahí, además de ese maestro tuyo.
Maribel pudo notar una ligera duda en la voz de Amara.
Miró al cielo, sopesando ideas.
—Bueno… al menos es verdad que él está con Aether.
La duda asomó.
Amara vio entrar a Richard a la secta, jalado por Sofía.
—¿Por qué dudas? Es muy poderoso —comentó.
Maribel miró a Amara.
—No es su poder lo que me preocupa.
Amara miró al cielo y entrecerró los ojos por la luz.
—Creo que estará bien. No es momento de retroceder en tu decisión ahora.
Maribel suspiró otra vez.
Entró y, como la última vez, un bullicio de susurros la recibió.
Hizo una mueca de desagrado; simplemente no podía acostumbrarse.
En el interior, un cartel enorme colgaba: Examen de Umbral.
Un instructor salió de una puerta, miró en dirección a la entrada y su expresión de molestia se amortiguó, reemplazada por confusión.
El hombre corrió en dirección al grupo.
—Disculpen, ¿acaso son de fuera de la secta?
Maribel asintió instintivamente.
El anciano examinador la miró de reojo, con algo de incomodidad.
—Díganos, ¿qué les trae a recibirnos? —preguntó Sofía con educación.
El hombre acomodó su expresión.
—Se trata de una confusión. Vine pensando que erais estudiantes de la secta. No esperaba que embajadores del núcleo nos visitaran.
Amara rodó los ojos, pero antes de decir algo, Sofía habló primero.
—No somos embajadores —su voz era oscura—. Escapamos del territorio del Espejo… apenas.
El hombre se tragó sus palabras.
—¿De qué secta vienen? —dijo con una mirada seria.
Sofía suspiró, observando su propia ropa con detalles florales.
—¿Acaso importa ya?
El examinador se asombró.
Pero ante sus ojos solo veía un tesoro.
—No es problema. En ese caso, no indagaremos un pasado doloroso. Si desean, son libres de rendir el examen de la secta.
Richard puso una mano sobre Sofía, con expresión seria.
Ella asintió.
—En ese caso, no desaprovecharemos la ayuda.
Maribel estaba gratamente sorprendida.
«¿Acaba de hacer que saltemos la fila? Qué frialdad».
Al momento siguiente, pasaron por alto una larga fila de personas.
Entraron a una habitación donde había más instructores y fueron llevados a una cabina detrás de un vidrio.
—La primera parte es una entrevista; es protocolaria.
Maribel miró las cabinas: cada una era una habitación separada.
«Esto me recuerda a una entrevista de trabajo. Seguramente es insonorizada».
Cada uno fue enviado a una cabina separada.
Al entrar, un anciano de la secta los recibió con papeles y piedras.
«Oh… recuerdo esas piedras, aunque el diseño es distinto. Parece que medirán mi afinidad elemental otra vez».
Ella se sentó sin permiso, lo que provocó una reacción del instructor.
No hubo temblor.
No hubo cambio de expresión.
No fue visible.
Ni el más mínimo indicio.
Pero Maribel lo notó.
Incómoda, se volvió a poner de pie, dejando la silla educadamente como estaba.
Los ojos del instructor no se apartaron de ella; no reaccionó.
Asintió levemente y luego se puso de pie.
El anciano hizo algo que sorprendió a Maribel.
Simplemente se acercó y movió la silla para que se sentara.
—Adelante, joven dama.
Ella se sentó nuevamente.
—¿Sabes por qué hago esto? —preguntó el examinador.
Ella negó lentamente.
El hombre miró su ropa y suspiró.
—Era de esperarse; aun así, debo admitir que te subestimé.
Ella ladeó la cabeza ligeramente.
—¿Por qué?
El hombre seguía observándola atentamente.
Una sonrisa se formó al ver su lenguaje corporal.
—Porque pensé que no tendrías modales, pero incluso parece que fueran naturales en ti. Aunque no pareces conocerlos conscientemente.
—Uh…
El anciano suspiró.
—Está bien, continuemos con el examen.
Maribel levantó una ceja.
—¿«Continuemos»?
Al hombre se le elevó una mejilla.
Controló su expresión.
—Así es, continuemos.
Los papeles golpearon la mesa al acomodarse en las manos del examinador.
—A continuación te haré una serie de preguntas. Puede haber acertijos o casos hipotéticos. Luego examinaré tu afinidad elemental y tus raíces. Después de tres días, regresa y te diremos si pasaste.
El hombre sacó la primera hoja, con una pluma en la mano.
—Responderás con sinceridad —dijo—. No hay respuestas correctas o incorrectas. Solo respuestas que podamos sostener.
Maribel asintió.
—Primera situación.
El anciano leyó sin levantar la vista.
—Eres responsable de un distrito menor. Tienes recursos limitados. Dos grupos requieren ayuda inmediata: uno es numeroso, pero estable; el otro es pequeño y conflictivo. Si no intervienes, ambos sufrirán. Si eliges a uno, el otro te acusará de negligencia. ¿Qué haces?
Maribel no respondió de inmediato.
No bajó la mirada.
No mostró tensión.
—Evalúo cuál grupo, si se desestabiliza, generará mayor daño a terceros —respondió—. Actúo ahí primero.
La pluma se detuvo apenas un instante.
—¿Aunque el grupo conflictivo sea responsable de su propia situación?
—Sí.
—¿Aunque eso enfurezca al grupo numeroso?
—Sí.
El anciano levantó la vista.
—¿Por qué?
Maribel pensó un segundo más.
—Porque el orden no se mantiene premiando a quien grita más fuerte, sino conteniendo aquello que puede romper a otros.
El examinador escribió algo.
—Segunda situación.
Pasó la hoja.
—Un superior te ordena aplicar una norma injusta, pero legal. Si no la cumples, pierdes tu cargo. Si la cumples, perjudicas a inocentes. Nadie sabrá jamás si desobedeces.
Maribel cerró los ojos un instante.
—No la cumplo.
La pluma se detuvo con mayor claridad.
—Explícate.
—Las normas están hechas para el bien de las personas, no las personas para el bien de las normas. Una estructura que pierde su base, pero sigue en pie, languidece durante más tiempo en un descenso lento hacia el polvo.
El anciano entrecerró los ojos.
—¿Languidece?
Maribel asintió.
—Puede ser enorme, tener muchos pisos. Pero, vista desde afuera, será horrible. Se estará pudriendo lentamente hasta caer.
El silencio se estiró.
No fue incómodo.
Fue evaluativo.
El examinador apoyó la pluma.
—Tercera y última.
Se inclinó levemente hacia adelante.
—Si obtienes poder suficiente para cambiar el sistema… ¿lo harías?
Maribel lo miró directamente.
—Depende.
—¿De qué?
—De si el sistema puede sostenerse sin mí.
La pluma volvió a moverse.
—Explícate.
—Un orden que depende de una sola persona no es un sistema. Es una jaula elegante. Si debo quedarme para que funcione, entonces no merece ser cambiado… sino superado.
El anciano se recostó en su silla.
La observó con detenimiento.
No veía qi.
No veía presión.
Solo veía coherencia.
—Bien —dijo finalmente—. Eso concluye la entrevista de Umbral.
Guardó las hojas con cuidado.
—Ahora, la parte técnica.
Colocó una de las piedras sobre la mesa.
—Apoya la mano.
Maribel obedeció.
No hubo brillo.
No hubo reacción.
La piedra permaneció opaca.
El anciano frunció el ceño.
Cambió de piedra.
Luego otra.
Nada.
—Afinidad elemental… indefinida —murmuró—. Raíces… indefinidas… no, ¿qué es esto? ¿Por qué hay tanto qi?
Sus ojos temblaron y tragó aire.
Miró a Maribel con sorpresa.
—Tú… usted… ¿cuál es su reino?
Maribel sonrió.
—¿Lo dice por la maraña de canales? ¿Qué hay para sorprenderse?
El examinador estuvo a punto de ponerse de rodillas.
—No lo hagas.
El hombre se quedó suspendido en el aire; su qi se desplegó y se obligó a no tocar el suelo.
—No importa mi nivel. Vine aquí porque quiero, no porque lo necesite. Realmente no tengo asuntos aquí.
Maribel reclinó la barbilla sobre su mano.
—Solo soy una aspirante a discípula en esta secta.
El examinador respiró hondo varias veces y recuperó la compostura.
La miró por última vez.
—El Pabellón del Umbral Correcto no selecciona solo por lo que usted es ahora —dijo—, sino por lo que no rompe cuando se le da poder.
Hizo una pausa.
—Por favor, regrese en tres días.
Maribel se levantó.
Esta vez, esperó.
El anciano asintió antes de que ella diera un paso.
Cuando salió de la cabina, pensó, sorprendida:
«Nunca antes contrasté cuánto qi tengo en mi nivel comparado con otros… ¿El qi universal es tan abundante?»
A su mente llegó la imagen de Aether desperdigando qi.
Ella entrecerró los ojos.
«Si mis técnicas no gastaran tanto… tal vez estaría haciendo lo mismo».
Volví a poner la novela en serialización. Aún así nola avanzaré muy rápido como antes, aún considero mejor separar los capílos largos en partes más pequeñas.
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