Sistema de Evolución Universal - Capítulo 91
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Capítulo 91: Ciudad del reposo.
Maribel salió del examen; esperaba los resultados con emoción.
Al hacerlo, el aire frío la recibió.
Expulsó un poco de vapor con su aliento.
Ella levantó una ceja.
—Esto está más helado ahora.
La voz de Amara la alcanzó.
—¿Recién lo notas? —pasó la entrada, dejando atrás la fila—. ¿Qué tal te fue?
Maribel agitó la mano a modo de saludo.
—Me fue bien… eso creo.
Amara entrecerró los ojos.
Maribel ladeó la cabeza.
—¿Pasa algo?
—No es nada… es solo que ya estamos en una ciudad. No deberías hacer esas señales al saludar; es muy poco formal.
—¿Eh?
—…
—…
Amara giró despacio, mirando al cielo azul.
—El día está más frío ahora. Recuerdo que hace un mes, cuando el río enfermó a la gente, no era tan helado.
Maribel suspiró, temblando un poco.
—Ni me lo menciones, me dará más frío.
Amara la miró sorprendida.
—¿Qué?
—Que me dará frío… ¡no me hagas repetirlo!
Amara abrió la boca, incrédula.
—¡Oye! ¡No me digas que sientes frío!… como si no bastara con que te dé hambre… —se tapó la cara.
La vista de su amiga, vestida con ropa de la Secta de la Primavera Eterna en pleno invierno, era inquietante.
—No le había dado importancia porque a mí no me afecta, pero ¿por qué no dijiste nada?
Maribel suspiró.
—Solo ahora me empieza a afectar.
Amara suspiró también y señaló en una dirección.
—¿Qué pasa? —preguntó Maribel.
—Vamos a comprarte ropa. Por algo eres la más ricachona del grupo. Dale uso a esas piedras espirituales.
Sofía salió en ese momento, junto con Richard.
—¿Se van? —preguntó la mujer.
—Así es, pueden esperar acá a Thot.
Maribel suspiró.
—¿Sabes? Realmente no soy fanática de gastar. Además, sí puedo usar mi qi para calentarme.
Amara frunció el ceño.
—Eso implica usar calor constantemente.
Agarró de la mano a su amiga y la arrastró.
Maribel la miró desde atrás, murmurando:
—¿Quién es la mayor aquí? Solo tienes diecinueve años…
—¿Y qué si eres mayor? Solo tienes poco más de treinta o treinta y uno. Esa diferencia no importa para nuestra esperanza de vida.
Maribel resopló.
—Hablando de verse joven… de donde vengo, las mujeres matarían por tener ese método, pero acá rejuvenecer no es un sueño.
—¿De dónde vienes?
Maribel soltó un leve quejido.
—No me hagas recordarlo. Ese lugar ya no existe.
Amara se detuvo.
—¿Qué pasó? —dijo, desconcertada.
Maribel la miró a los ojos.
—Pasó lo que viste aquella vez detrás del portal, cuando conocimos a Rin.
Amara la observó sin decir nada; su expresión cambió varias veces.
Sus ojos no se desviaron cuando habló.
—Yo… no lo sabía. En realidad, una parte de mí aún quiere pensar que esos lugares no existen. El consenso dice que las razas vienen de distintas ramas evolutivas… pero parece que ese panorama está por cambiar.
Maribel impulsó su dedo índice con fuerza, golpeando la frente de Amara.
—Ya te dije que no me hables de eso. Hay cosas de este mundo que no deseo saber… es sofocante. Mi sentido común casi no sirve ahora; si no fuera por tantas mentes cerca, no sabría qué es normal y qué no.
Amara se sujetó la frente, adolorida, con el impulso de agacharse.
—Ay, ay… está bien, pero no me pegues.
Los dedos de Maribel estaban emitiendo humo, literalmente.
Ella se miró confundida.
Luego miró a Amara.
—Perdón, no fue queriendo.
Amara asintió levemente.
—Qué locura, tu talento innato.
Maribel respiró hondo, mirando al cielo con calma.
—¿Talento innato? Me pregunto qué será eso.
Amara respondió.
—Es la capacidad de avanzar en tu cultivo con gran facilidad.
Maribel asintió.
—Entonces no tengo talento.
Y siguió caminando.
Amara la miró con la boca abierta.
Caminaron un buen rato.
No conocían las tiendas; Maribel, aún menos.
Ambas se fiaban únicamente del criterio de Amara.
Al entrar en la tercera tienda, Amara preguntó:
—¿Por qué dices que no tienes talento?
Maribel tomó una prenda; se veía abrigada.
—Porque no avanzo fácilmente. Incluso si me sentara a meditar tres horas, no hago ningún avance, pero otras veces me siento cinco minutos y salto un gran reino. Es extraño. Mi cultivación es intermitente por eso y no le doy mucha importancia. Si hay suerte, un día simplemente subiré de nivel. No tiene sentido.
Amara la miró con crudeza.
—Dijiste cinco minutos… un gran reino…
Maribel asintió.
—No son fáciles. Incluso si me siento solo unos minutos, mi cuerpo sigue sufriendo como si fuera mortal.
Amara cambió su expresión de forma abrupta, sorprendida.
—Tu cultivación es extraña.
Vio a Maribel colocarse la prenda sobre sí misma para medir si le quedaba.
Los ojos de Amara se volvieron como los de un pez muerto.
—¿Qué haces?
—Me lo pruebo.
—¿Sobre la ropa?
Maribel la miró desconcertada.
—¿No va sobre la ropa? Esto es un abrigo sastre largo… o eso parece.
Amara negó lentamente.
—Las tiendas te dan ropa para probarte bajo el abrigo, así no ensucias ni afectas el producto.
—¿Qué clase de trato es ese? —suspiró, decepcionada—. Sería más eficiente probarlo sobre mi ropa.
Amara la ayudó a quitárselo.
—Algunos clientes no vienen con ropa limpia sobre el cuerpo.
Al salir, Maribel llevaba ese mismo abrigo.
Le llegaba hasta las canillas, con unas botas de cuero de las que sobresalía lana. El conjunto era completamente marrón. Se trataba de un camisero largo, entallado por un cinturón grueso. El algodón asomaba desde el interior.
Amara la observó. La figura de su amiga resaltaba con la ropa, junto al aura de calma y confort que desprendía.
—Nada mal… Ahora me dan ganas de armonizar nuestras voces.
Maribel sintió que el corazón se le caía.
Una premonición de muerte. Se movió.
Antes de darse cuenta, el dedo de Maribel estaba donde la cabeza de Amara había estado un segundo atrás.
—Tsk… ver el futuro no es justo.
—¡Calma!… es solo una broma.
Maribel le sacó la lengua.
—No ibas a morir por eso; solo te iba a doler mucho.
Las personas cercanas empezaron a murmurar.
Amara se movió incómoda al notarlo.
Maribel se sorprendió: repentinamente estaban en el ojo público…
«¿Por qué?»
[Respuesta: El comportamiento de la anfitriona se considera muy negativo para la reputación de una dama.]
—…
Maribel tomó de la mano a su compañera y la arrastró.
—Oye… espera, no me jales. Esto se pondrá peor… no deberías jalar así a la gente.
Amara fue arrastrada unos minutos, hasta que terminaron en un callejón.
Copos de nieve empezaron a caer, más abundantes, más visibles a la distancia.
—Por los dioses… Maribel, ¿qué harás si el Umbral nos ve y decide descalificarnos?
Ella abrió la boca, sorprendida.
—¿Pueden hacer eso?
—Sí.
Maribel se palmeó el rostro, exasperada.
—Es el colmo. ¿Cómo es que tus chistes están bien, pero mi actitud no?
Amara juntó los dedos, incómoda.
—Bueno… realmente no están bien, jejeje… pero nadie sabe que solo somos amigas, además del grupo. Así que la gente no pregunta.
Maribel la miró con expresión neutra.
—Eres un lobo con piel de cordero. Mal disfrazado para el pastor, pero bien disfrazado para las ovejas.
—¿Qué significa eso?
—Que otros ven que actúas fuera de la ética, pero solo te importa cuando yo actúo fuera de la ética y según lo que a ti te parece mal.
Amara se quedó en silencio. Se miraron durante varios segundos.
La expresión atónita de su amiga dejó algo claro: Amara estaba en shock.
Maribel la tomó de la mano y la arrastró de regreso a sus habitaciones.
En el camino, la sensación en el pecho de Amara se volvió cada vez más pesada; una mala premonición.
Su voz sonó profunda, ahogada.
—¿Estás molesta?
Maribel giró la mirada y se detuvo.
—¿Qué te inquieta?
—Podrías simplemente averiguarlo.
Ella se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—¿Para qué invadir mentes? Es una gran ofensa a la privacidad, más aún entre cultivadores. Sus mentes parecen volverse más inestables mientras más crecen.
Amara guardó silencio.
—Más inestables… ya veo —calló un momento y luego tomó valor—. Respóndeme una pregunta: ¿tú me dejarías atrás?
Maribel parpadeó.
—¿Por qué te dejaría atrás?
Amara apretó los labios y levantó la vista.
Los hilos dorados en Maribel eran más numerosos con el paso del tiempo.
Uno en especial surgía de su vientre y se arremolinaba en todas direcciones, volviéndose difuso hasta desaparecer.
—Porque lo vi… la forma en que me dejaron atrás. Lo vi en la cueva, vi la muerte de todos… la criatura vestida de luz. Sé que recuerdas lo que les conté aquella vez.
Maribel asintió con seriedad.
—¿Qué más hicimos en esa visión?
Amara apretó los dientes.
—Tú no apareciste. Todos los demás cortaron lazos conmigo —cerró los puños—. Incluso Aether, estando muerto, mantenía su hilo conmigo. Pero el resto… ni siquiera pude encontrar tu hilo, en ninguna parte del mundo, como si hubieras abandonado todo.
Levantó la mirada, frustrada.
No pudo pronunciar palabra; solo contuvo las lágrimas.
—Impotencia. Eso es lo que sientes —suspiró Maribel.
Sus manos se movieron y, lentamente, tomó a su amiga en brazos.
Unas palmaditas suaves llegaron a su espalda.
—No te abandonaría.
Amara se dejó caer al suelo; Maribel cayó con ella, abrazándola.
No hubo gemido ni llanto, solo el corazón de Amara palpitando con fuerza y su respiración agitada.
Maribel entrecerró los ojos; una punzada atravesó su pecho.
«Sistema.»
«No preguntes.»
«¿Realmente pude haberlo hecho?»
La respuesta tardó.
«¿Por qué te aferras a algo que no dejaría que ocurra?»
Maribel afiló la mirada.
«No evadas la pregunta.»
«Estás haciendo el cuestionamiento incorrecto. Sigues en la dualidad.»
Una sensación de vacío llegó; no fue hiriente.
Maribel se calmó, desconcertada.
«Si no haces nada con intención, ¿Cómo puedes hacer las cosas?»
«Sigues haciendo la pregunta incorrecta. No comprendes mi calma. El verdadero cuerpo no camina; el mundo se ajusta cuando él está completo.»
«¿Se supone que eso es una respuesta?»
«Sí.»
«¿Y si no la entiendo?»
«No tienes el nivel para entender.»
Maribel suspiró.
Se separó de su amiga y la miró a los ojos.
—A veces olvido tu verdadera edad… incluso yo me veo de tu edad ahora. ¿Por qué no me cuentas de ti? ¿Quién eres, Amara?
Los ojos de Maribel reflejaron un copo de nieve, caía lentamente.
La calidez llegó a su pecho.
La nieve caía a través del marco de madera, el cristal ligeramente opaco.
En el interior de su habitación.
Maribel miraba los copos de nieve caer.
—El verdadero cuerpo no camina; el mundo se ajusta cuando él está completo. ¿Dices que el mundo se ajusta a mis deseos?
«No. Verdaderamente te digo, incluso si dijeses las palabras correctas, tu comprensión no es la correcta.»
Maribel suspiró. Se tumbó en la cama.
—¿Cómo está Aether?
«Lo está haciendo bien, es un niño verdaderamente tenaz.»
Maribel sonrió.
—Incluso si es un cultivador entre mortales, ¿puedes llamarlo tenaz?
«Precisamente por ser un cultivador entre mortales es tenaz.»
Maribel agrió su expresión.
—No insinúes que tiene valor solo porque es fuerte.
«Insinúo que tiene valor porque puede contenerse.»
Maribel quedó en silencio.
—Es verdad. ¿Lo está pasando mal?
«Tiene sus problemas, pero nada fuera de lo previsto. Aún no es momento de que lo descubran.»
Maribel levantó una ceja.
—¿Por qué? mientras más rápido, mejor. La secta querrá esconderlo.
«Porque mañana al despertar, encontrarás que hay una embajadora del reino espejo llegando. No es mala persona, pero aléjala de mi hijo.»
Maribel se sorprendió.
Se llevó una mano a la boca.
«¿Sorprendida? Una embajadora no es poca cosa—»
«¡¿Lo llamaste hijo?!»
El sistema guardó silencio unos momentos,
«Él ya me llama padre ¿Qué te impresiona? soy su shifu.»
Maribel tembló, no de miedo, sino incomodidad.
Giró de lateral, mirando por la ventana.
—Estas almohadas… no recuerdo cómo se sentían las de mi mundo. Sistema ¿Cómo se sentían las almohadas de mi mundo?
La respuesta fue el silencio.
Maribel se acomodó, lista para dormir.
—Sistema, buenas noches… y una cosa más, ¿podrías ayudar a Amara?
«Ante lo que uno quiere, ni los dioses se entrometen con la voluntad. Si ella me acepta, entonces puedo hacerlo.»
—Gracias.
Maribel agitó la mano, la lámpara distante se apagó.
Cerró los ojos y durmió.
Solo la oscuridad llenó su visión.
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