Sistema de Evolución Universal - Capítulo 93
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Capítulo 93: Aires que Perturban el Corazón
El agua rebalsó sobre el baño de madera.
Maribel soltó un quejido; el agua fría le incomodaba.
Su mirada se perdió en el techo, como si contemplara algo absurdo.
—Una princesa… —murmuró—. La embajadora es la princesa.
Se vertió agua al rostro, mojó los brazos y tomó el jabón cercano.
Entrecerró los ojos con preocupación.
—El Dragón Rojo está planeando algo, ¿verdad, sistema?
Una repentina comprensión cruzó su mente.
—Espera… sistema, no vengas. Me estoy bañando. —Se hundió hasta la nariz.
«Ahora que lo pienso… ¿todas las veces que me aseo estás mirando?»
La respuesta llegó con un tono casual:
«Pensaba que ya lo tendrías claro.»
Maribel se sumergió por completo, el rostro encendido.
Media hora después emergió y respiró con calma.
Sus ojos se movían de un lado a otro, como buscando a alguien, aunque no había nadie.
«¿Podrías borrar de tu memoria todo lo que viste?»
«¿Yo? No te preocupes. Decidí aún no iluminarme, así que mi memoria no es absoluta.»
Maribel suspiró. Quizás demasiado pronto.
«Aun así, hay cosas que incluso los mortales no olvidan.»
Ella volvió a hundirse.
«…no te lo tomes a mal, pero no siento lujuria. No es porque seas fea, es porque ya superé eso.»
«¿Entonces quieres que me deje ver?»
«Aún deseo verte. Eres linda para mis ojos.»
«¡Entonces todavía tienes lujuria!»
Burbujas subieron desde el fondo.
El sistema soltó una risita.
«Realmente actúas como un gato asustadizo. Y pese a lo que creas, aún tengo sentimientos que guían mis acciones; uno de ellos es querer verte crecer. Cuando te llamé linda, no me refería necesariamente a tu cuerpo.»
Maribel emergió un poco de la gran tina.
—¿Me estás llamando fea?
No hubo respuesta. Solo una sensación de incredulidad absoluta.
Ella sonrió con malicia, se reclinó en el borde y tomó aire.
Antes de que dijera algo, el sistema interrumpió:
«Escucha, tendré que retirarme por un tiempo.»
La expresión de Maribel se tensó.
—¿Pasó algo?
«Nada fuera de lo previsto. Solo unos arreglos míos que atender.»
—Oh… ya veo. —Acomodó su cabeza en el borde.— Al menos dime, ¿Cuándo volverás?
«No tomará mucho. Unos pocos días. Con suerte, solo día y medio.»
Maribel sonrió y abrió la boca.
—¿Hay algo que me dejarás? ¿O me abandonas con el sistema otra vez?
«Hmph… así que eres exigente. ¿Ya piensas que puedes hablarme así?»
Su voz no era de reproche real, pero sí firme.
«De cualquier forma, ya que lo mencionas… creo que puedo dejarte algo.»
La sonrisa de Maribel se congeló.
—Espera… ¿de verdad? Solo estaba bromeando—
El entorno fue invadido por una energía extraña.
Maribel se quedó sin palabras.
El mundo pareció calmarse. Todo ruido se apagó. Todo pensamiento perdió peso.
Fue como si, por un instante, nada existiera excepto esa paz.
Maribel se inmovilizó, sin saber adónde mirar.
Cuando las palabras llegaron a su mente, incluso el agua fría se volvió cálida.
**«Al filo, en el borde.
Visto desde el mundo: vacío, disfuncional.
Visto desde afuera: roto y sin sentido.
¿Cuánto sufre quien vive en el filo?
¿Qué soporta quien permanece en el borde?
Cuando el de afuera pone un pie…
no es el mundo el que sufre.»**
La presencia vigilante desapareció.
Fue como perder una parte de sí. Como si algo en su mundo se hubiese apagado.
Maribel se estremeció ligeramente.
Se abrazó a sí misma.
Y, sin saber por qué, sintió un poco de tristeza.
Suspiró.
Un momento después, alguien llamó a la puerta. Levantó la mirada, indecisa.
—Pasa —dijo finalmente.
Cuando la puerta se abrió, Abby estaba allí.
La muchacha se acercó y se inclinó con respeto.
—Hola, Abby.
—Madre —dijo Abby, todavía inclinada—. Vengo a reportarme en mi misión de vigilar a su lobezno.
Maribel se quedó en blanco.
—¿Por qué me llamas madre…?
Abby frunció ligeramente el ceño, incómoda.
—Por favor… no me digas que no hacen estas cosas entre los humanos.
—¿Hacer qué?
—Me dejaste una misión —respondió, inquieta—. Entonces eres la matriarca del clan…
Maribel parpadeó, sorprendida.
Abrió la boca, luego la cerró.
—¿Qué?
Abby enrojeció de forma casi imperceptible.
La sensación cálida que Maribel guardaba del poema desapareció. Ella frunció el ceño, agotada.
—Olvídalo… siéntate conmigo.
Abby se hundió también en el agua, jugando con los dedos como si buscara algo que decir.
Unos minutos después, ambas mujeres salieron.
Abby se lanzó por la ventana y se perdió en el cielo.
Maribel, ya vestida, salió caminando a la calle.
—Así que solitario… bueno, igualmente quería verlo.
Se encaminó hacia la secta, específicamente hacia la zona de los mortales.
Al llegar, la recepción fue… inesperada.
—Vuelve cuando puedas entrar —gruñó el guardia, sin siquiera alzar la vista.
Maribel se detuvo frente a la zona de visitas. Parpadeó, incrédula, con una mueca torcida.
—¿No me escuchas? —dijo el hombre, irritado—. No se permiten visitas.
—Solo quiero hablar con él. Además, no lo sacaré de la secta —respondió con paciencia forzada.
El guardia sacó una varita, murmuró unas palabras y un brillo tenue la envolvió.
Maribel sintió que su centro de gravedad desaparecía.
—¿Eh?
Su cuerpo fue elevado diez metros en el aire y lanzado fuera de la zona. Rodó por el suelo al aterrizar, deteniéndose a pocos pasos de la entrada principal. Un par de transeúntes se detuvieron a mirar.
Ella se levantó, indignada, sacudiéndose el polvo.
—No te ataqué, pero tú me levantas la mano. Si sigues tratando así a la gente, podrían despedirte —dijo, luego se congeló al mirar sus mangas—. ¡¡Esta ropa es cara!!
El guardia abrió los ojos sorprendido.
—Rodaste con una fuerza considerable y no te hiciste nada…
Maribel se cruzó de brazos, firme.
—Si no puedo verlo, al menos déjame enviarle un mensaje.
—¿Un mensaje? —El guardia parpadeó—. Ah… sí. Eso se permite.
Maribel suspiró con frustración.
—Así que… podía dejarle un mensaje —murmuró, fastidiada.
El interior de la secta recibió una carta breve, dirigida a Aether.
Ella abandonó el lugar con pasos cortos y furiosos, el estómago gruñendo como si protestara junto con ella.
—Debo desayunar pronto… —refunfuñó.
El caminar de sus pies la llevó a una zona de reunión popular.
La comida se servía como en un mercado—tal vez lo era—con puestos abarrotados que ofrecían arroz, trigo, aves, legumbres, gachas, frutas y otras preparaciones regionales. Las personas mezclaban platos al azar, combinaciones que harían llorar a cualquier cocinero… y aun así Maribel recordó que ella misma había comido solo carne más de una vez.
Suspiró ante su propia doble moral.
Se sentó y pidió una comida balanceada.
Un rato pasó mientras comía.
Entonces, varias personas a su alrededor se tensaron… y se apartaron con la rapidez y el silencio propios de quienes saben que su vida depende de ello.
Maribel se detuvo a mitad de una cucharada.
—¿…Eh?
No entendió el motivo hasta que escuchó una voz masculina, profunda y tranquila, que recorrió su espalda como un escalofrío involuntario.
—¿Ese asiento está ocupado?
El tono no era hostil, pero tenía el peso de una montaña, y algo más: una belleza inexplicable. No era su voz. Era su presencia.
Maribel sintió, contra su voluntad, una urgencia casi animal de girarse a verlo.
Su corazón dio un salto.
«¿Qué clase de cultivador…?»
Respiró hondo, obligándose a mantener la compostura.
Se dio la vuelta.
Y lo vio.
Un joven—o alguien que se veía como uno—de cabello negro extremadamente largo, suelto a la espalda, brillando con un reflejo casi azulado bajo la luz de la mañana. Su rostro era armonioso hasta lo perturbador: tranquilo, impecable, sin un solo detalle fuera de lugar. Su ropa era sencilla, pero en él parecía majestuosa.
No sonreía.
No habló más de lo necesario.
Y aun así… parecía que todo el mercado respiraba a su ritmo.
Maribel tragó saliva.
No porque fuera guapo.
Sino porque era peligrosamente guapo.
Su mirada se deslizó apenas hacia ella; una fracción de segundo.
Y eso bastó para que Maribel sintiera un calor incómodo subirle al pecho.
—Ah… disculpa —dijo ella, y cada sílaba le costó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Antes de que pudiera recuperar el control, otra presencia se unió a la escena. Una que no caminó: fluyó entre la multitud.
Una mujer.
Apareció como si la luz misma la hubiera guiado.
Cabello plateado cayendo como agua clara reflejando el sol, ojos vivos de un dorado profundo, piel que parecía reflejar la luz en tonos suaves. Su belleza no era solo física: tenía algo ancestral, elegante, casi hiriente por lo perfecta que resultaba. Cada paso que daba hacía que la multitud se abriera sin que ella lo pidiera.
Sus labios se curvaron en una sonrisa ligera.
—Disculpa a mi compañero —dijo con una voz melodiosa, cálida, pero con un trasfondo que hacía vibrar el alma—. No suele hablar con desconocidos.
Maribel sintió que se quedaba sin aire.
Por primera vez en mucho tiempo… miró a una mujer y experimentó un atisbo de deseo. Sutil, extraño, confuso.
«No… deseo no. ¿O sí?»
La mujer inclinó la cabeza, como quien examina algo curioso.
—Tú… realmente no siento tu cultivo. Mi compañero dijo cosas interesantes sobre ti.
El cultivador masculino, a su lado, no despegó la mirada de la mesa vacía. Pero incluso así… había algo en él que la rozaba como una presencia física.
Demasiado guapos.
Demasiado cerca.
Demasiado.
Maribel sintió un tirón incómodo en el pecho.
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