Sistema de gacha mitológico - Capítulo 102
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102: Guerra de sectas 102: Guerra de sectas (Pov tercera persona) El rostro de Effiro cambió a una expresión mucho más seria.
Sabía que esto pasaría tarde o temprano, pero eso no lo hacía mejor.
“¿A qué te refieres exactamente?” “Venerable inmortal, nuestras sectas justas están siendo atacados por sectas demoníacas y demonios poderosos.
Nuestros hermanos y mayores actualmente están luchando, pero no sabemos cuánto podemos aguantar.
Por lo tanto, mi gran maestro me envió a buscarle con la esperanza de que sea capaz de ayudarnos” el discípulo interno de la Secta Nube Celestial se arrodilló en señal de respeto, con la cabeza baja.
“Ya veo.
Conque la situación es tan mala, ¿eh?
Entonces supongo que no me queda más opción que ayudaros” estiró sus brazos, con su mente corriendo a toda velocidad.
La era de paz que había dominado en este mundo durante más de mil años finalmente había llegado a su fin.
Y estaba seguro de que no era casualidad que ocurriera cinco años después de su llegada.
Esto debía de ser un ataque deliberado, planificado por alguien con el propósito de crear el mayor caos posible.
Y ya podía hacerse una idea de quién era el responsable de este desastre.
Fue precisamente esta clase de cosas las que reforzaban su idea de viajar a otros mundos en solitario, con tal de no arrastrar a su familia.
Él atraía el desastre allá por donde pasaba, y prefería ser el único de los suyos que se viera afectado por ello.
Ya había tenido suficientes muertes.
Si Himiko, Kaina, Jin o Eri murieran, ¿cómo podría seguir adelante?
¿Cómo podría tener la voluntad para continuar viviendo después de eso?
“Bueno, creo que deberíamos de ir allí ahora mismo, ¿no?
No queremos que ocurra un desastre por llegar tarde” No sabía de qué podían ser capaces esos cultivadores de sectas demoníacas y los demonios que les acompañaban.
Si tenían alguna clase de técnica ritual basada en realizar sacrificios de sangre, entonces necesitaría llegar al lugar en el que se estaba llevando a cabo el combate antes de que ocurriera un desastre.
Musashi Miyamoto se desvaneció en el aire, convirtiéndose en un montón de partículas de un blanco brillante.
Tras pasarle una espada al discípulo, Effiro montó sobre la hoja oscura de Nýchta y salió disparado por el aire.
Su arma surcó el cielo como un proyectil de alta velocidad, recorriendo una distancia de miles de metros en cuestión de varios segundos.
El entorno bajo sus pies se difuminó en un borrón de colores, formando un caleidoscopio de líneas coloridas.
Sus ojos atravesaron distancias enormes, captando cada detalle a su alrededor con una precisión extraordinaria y sobrenatural: el brillo del hielo sobre la roca de una cima montañosa, el aletear de una abeja sobre una flor y el reflejo de una nube sobre la superficie de un lago.
Entonces su mirada se fijó en un punto ubicado en la distancia: el valle ubicado entre la Secta Nube Celestial y la Secta del Dao Celestial.
Se podían distinguir tres grupos distintos en el valle: el primero, vestido con túnicas azules decoradas con motivos de nubes blancas, formaban parte de la Secta Nube Celestial.
El segundo grupo vestía túnicas que mezclaban colores blancos y negros, pertenecientes a la Secta del Dao Celestial.
El último grupo vestía túnicas de colores rojos y negros, pertenecientes a las sectas demoníacas.
Y, mezclados entre estos últimos, habían seres humanoides de gran altura, manos terminadas en garras afiladas y expresiones sádicas y viciosas: demonios, cuya sed de sangre y aura de maldad eran palpables incluso desde aquella distancia.
La batalla que se desarrollaba era cruenta, con cadáveres que caían al suelo uno tras otro, acumulando sangre escarlata en enormes charcos.
El olor metálico de la sangre se volvía nauseabundo a medida que se acumulaba en el suelo, convirtiendo el combate en un escena de pesadilla, un infierno viviente.
Para su alivio, las personas más importantes para él estaban vivas, luchando ferozmente con una habilidad que habría sido impensable cinco años atrás, pero que ahora se desplegaba con todo su poder en una situación de peligro real.
Dio un paso hacia el vacío, dejando que su cuerpo cayera en caída libre mientras su mano agarraba el mango de la espada.
Mientras caía, balanceó a Nýchta en un movimiento descendente, cortando todo en la dirección en la que apuntó.
Segundos más tarde, su cuerpo golpeó el suelo con fuerza, levantando una nube de polvo con el impacto.
Los enemigos más cercanos a su ubicación retrocedieron por la onda de choque, y los que no se vieron afectados por esta trastabillaron por el temblor que recorrió la tierra.
Entonces, Effiro dijo unas palabras que desencadenaron todo.
“Que comience el caos” Y así ocurrió.
Desde el vacío mismo surgieron toda clase de seres.
Wakinyan sobrevoló el cielo nublado, haciendo caer poderosos y destructivos rayos sobre sus indefensas víctimas.
Tengu utilizó su espada con destreza, cortando limpiamente a los enemigos que se interponían en su camino.
Tamamo-no-Mae (mitológica) incineraba la carne con sus llamas espirituales y derramaba sangre con sus garras, afiladas como cuchillas.
Tamamo-no-Mae (Fate) golpeaba con su espejo mágico, lanzaba patadas a las partes íntimas de sus enemigos y lanzaba maldiciones paralizantes y llamaradas ardientes.
Jeanne alter dejaba escapar risas maníacas, ensartando a cultivadores y demonios por igual con una bandera en llamas.
Medea lanzaba toda clase de hechizos: lanzas de veneno y oscuridad, llamas provenientes del inframundo, proyectiles de energía mágica, etc.
Dorios, que se había vuelto más fuerte en todo ese tiempo, permanecía seguro en la retaguardia, tocando la flauta de Pan con ímpetu para usar su magia de la naturaleza.
Como resultado, enredaderas robustas atrapaban los tobillos de los atacantes, haciéndoles tropezar y caer.
Xbalanqué estaba eufórico, disfrutando de la posibilidad de luchar en serio.
Con cada balanceo de su macuahuitl, un cuerpo era seccionado en dos mitades sangrientas, solo para que sus almas fueran traídas de vuelta al mundo mortal para unirse a la lucha contra sus antiguos aliados.
Nero avanzaba entre la multitud con la gracia y la delicadeza de una bailarina, danzando alrededor de cada enemigo antes de que su gran espada, el instrumento ideal para una artista como ella, cortase sus cabezas.
Mordred era mucho más brutal: lanzaba golpes salvajes con su espada, Clarent, usando su emisión de maná para hacer cada golpe todavía más devastador de lo que ya era.
Minamoto-no-Raikou no se quedaba atrás, manejando su katana con un nivel de habilidad encomiable para cualquier espadachin, destrozando sin dificultad a cualquier enemigo que osase enfrentarse a ella.
Musashi Miyamoto se abría paso con sus dos katanas, sin importarle cuánta resistencia ofrecieran sus enemigos.
Fenrir se sentía especialmente entusiasmado.
Finalmente podía cumplir con su deber como la bestia guardiana de la secta y disfrutar del caos y la destrucción a su alrededor, devorando a sus enemigos como si solo fueran un delicioso bocado más.
Y Artemisa…
ella se tomó su trabajo con un gran profesionalismo, como si fuera algo rutinario.
Disparaba flechas con una precisión letal y aterradora, y usaba dos lanzas como una verdadera guerrera amazona, empalando a sus presas como si fueran simples brochetas.
Pero ellos no eran las únicas invocaciones de Effiro.
Durante estos cinco años, había tenido tiempo de sobra para usar el sistema de gacha y, aunque los resultados no fueron tan buenos como en el pasado, sin duda fueron buenos.
Una de las nuevas invocaciones de Effiro era la quimera, una criatura griega de rango épico.
Su aura de terror paralizaba a sus enemigos momentáneamente, su resistencia física le permitía soportar golpes sin apenas sentir dolor y combinaba poder físico, fuego y veneno para acabar con sus enemigos.
Otra era la kitsune de nueve colas, procedente de la mitología japonesa y de rango épico.
Jugaba con los sentidos de sus rivales con ilusiones realistas, adoptaba la apariencia de aquellos cultivadores malvados para engañarle y carbonizaba a sus víctimas con poderosas llamas espirituales, que resultaron especialmente efectivas en los demonios.
Luego también había una nekomata, un yokai de rango raro con apariencia de mujer gato.
Con sus múltiples colas creaba llamas tan intensas como el fuego infernal, con sus habilidades de adivinación esquivaba ataques sorpresa de sus enemigos y con su poder mágico hacía que los cadáveres se levantasen, creando un ejército cada vez más grande.
Y, por último, estaba el wendigo, un espíritu caníbal de rango épico, procedente de la mitología de los indios de América del Norte.
Era alto y delgado hasta el punto de ser esquelético, con pelaje gris, un cráneo de ciervo por cabeza, garras afiladas y un corazón de color azul, cuyo brillo atravesaba su escasa carne y piel.
A pesar de su aparente debilidad, era una criatura formidable: podía destrozar árboles y derribar edificios con facilidad, regenerarse rápidamente mientras su corazón no sufra daño y destrozar todo ser vivo que se presentase ante él, devorando su carne y órganos con un frenesí hambriento.
La llegada de Effiro al campo de batalla produjo un cambio en el equilibrio: el combate pronto se inclinó a su favor, y las sectas demoníacas pronto comenzaron a retroceder, aplastadas por las oleadas de matanzas realizadas en su contra.
Tal y como Effiro había pensado, esta clase de problemas no era algo importante, solo un pequeño calentamiento para mantenerse en forma.
O al menos eso es lo que le hubiera gustado que fuera.
Porque, en medio del caos, sin que nadie se diera cuenta de lo que ocurría hasta que fue demasiado tarde, ocurrió el desastre.
Una mujer hermosa, de largo cabello negro como la noche y un par de ojos rojos que brillaban como rubíes, vestida con ropa holgada de tela oscura, se deslizó detrás de Nero.
“Lo siento.
Realmente lo siento, pero no me queda más opción que hacer esto” Murmuró entre dientes, tan bajo que apenas fue audible para los más cercanos a ella.
Levantó sus manos, dejando a la vista un cáliz de oro que a Effiro se le hacía inquietantemente familiar.
¿No era ese el Santo Grial de Fate?
Pero había algo mal con esa versión del Santo Grial.
De su interior salía una sustancia negra, viscosa y líquida como el alquitrán.
Estaba corrupto.
Y, inclinándolo en un ángulo de 45°, derramó aquel líquido oscuro sobre la cabeza de una confundida Nero.
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