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Sistema de gacha mitológico - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 Recuerdos de Gisei
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36: Recuerdos de Gisei 36: Recuerdos de Gisei (Pov tercera persona) Gisei nunca había tenido una vida fácil.

Las voces y las figuras, a veces aterradoras, que él veía de vez en cuando hacían que mirase constantemente por encima del hombro, temeroso de toparse con algo que no quería ver.

“Señora Akuma, tal y como nos temíamos, su hijo tiene esquizofrenia paranoide” escuchar esas palabras salir de la boca del psicólogo fue como dejar un balde de agua fría sobre él y su madre, una mujer soltera que había tenido que salir adelante con él.

“¿Existe alguna manera de curar su afección, doctor?” “Hay medicamentos que permiten suprimir la esquizofrenia.

Sin embargo, el efecto sólo es de manera temporal, por lo que hay que comprarlos de manera regular” “Entonces no lo necesitamos, doctor” “Pero…” “Créame, nos las apañaremos” A veces Gisei pensaba que su madre estaba aún más loca que él, lo cual le hacía preguntarse si su enfermedad mental tenía algo que ver con la genética.

Sin embargo, ella era bastante buena ocultando esa cara suya a la gente.

En el exterior, cualquier persona pensaría que ella era una madre algo estricta que ama a su hijo y se encarga de cuidarlo lo mejor que puede.

Pero en el interior, ella era una mujer bastante violenta.

Cuando se negó a comprarle el medicamento que podía mantener a raya su esquizofrenia, la solución a la que recurrió fueron los golpes.

Cada vez que escuchaba algo fuera de lugar o veía algo que no era real, su madre ya estaba preparada para dejar en su rostro una impresión rojiza de su mano.

Y, por muy doloroso que fuera, debía admitir que funcionaba bastante bien, pues tras eso se veía libre de esa percepción retorcida de la realidad, aunque fuera solo por un rato.

Con el paso del tiempo, el abuso físico se acabó volviendo algo tan cotidiano como lo son la comida y la bebida, lo que llevó en algunas ocasiones a que aparecieran heridas sangrantes en su cara, una prueba temporal que aparecía cuando cuando su anillo se encontrabaen el camino.

Pero eso casi nunca pasaba, porque su madre era lo suficientemente inteligente como para golpear sin dejar marca.

Salvo cuando se enfadaba.

En el ámbito social tampoco le iba mejor.

La mayoría de los niños simplemente le miraba como si fuera un bicho raro, generalmente tratando de evitar entablar una conversación con él.

Al parecer, el hecho de tener esquizofrenia lo volvía un peligro potencial a los ojos del resto de sus compañeros.

Por supuesto, eso llevó a que algún que otro abusón decidiera tomarle como su nueva presa, alguien a quien nadie pensaba ayudar.

Tal y como es de esperarse, todos estos factores llevaban a que su estado mental se deteriorase, haciéndole descender poco a poco en una espiral de locura.

Un niño que se había visto sometido a la crueldad humana, todo por una enfermedad mental sobre la que no tenía control.

Para él, el concepto de amabilidad era tan extraño como que el cielo se volviera verde.

Al menos, así era hasta aquel día.

Se encontraba tumbado en el patio de su casa, mirando las nubes pasar en el cielo por encima de él.

No tenía amigos, y su madre era muy reservada con el dinero, por lo que no tenía muchas opciones en lo que a divertirse se refería.

En aquel momento, casi completamente absorto en las figuras blanquecinas y vaporosas con las que trataba de distraer su atormentada mente, notó un cambio en el entorno: una sombra.

Efectivamente, una sombra se erguía sobre él, bloqueando los rayos de sol.

Se apoyó en sus codos, levantando la mitad superior de su cuerpo para mirar directamente la fuente de aquella extraña sombra que había aparecido de la nada.

Y allí estaba el, o más bien dicho, la culpable: una mujer de belleza sobrenatural, cuyo color predominante era el rojo: pelo rojo, ojos rojos e incluso un vestido de ese mismo color, tan vaporoso como las nube que surcaban el cielo azul, por encima de sus cabezas, el cual permitía adivinar el tamaño de sus atributos, los cuales no eran para nada despreciables, sino todo lo contrario.

“¿Eres real, o solo otra de las criaturas salidas de mi imaginación?” La miró con un ojo cerrado, sin importarle mucho la presencia de la desconocida, a pesar de que, en caso de realmente ser una persona real, se había colado en el patio de su casa.

La bella mujer sólo sonrió, mostrando una hilera de hermosos dientes de un blanco perlado, casi con un brillo propio.

“Soy completamente real, querido.

Simplemente…

Soy diferente a todas las personas que hayas conocido antes” “¿Es eso así?

¿Y que la hace diferente a los demás, señorita?” Levantó una ceja, escéptico al respecto.

Al menos ella no era producto de su imaginación.

“Supongo que esto…” dijo ella, levantando la palma de la mano, haciendo surgir se esta una llama de un rojo tan carmesí como la sangre.

“Mis sinceras felicitaciones, pero la mayor parte de las personas tienen un don en estos días, por lo que no me impresiona en lo más mínimo” “Vaya, sabía que este mundo iba a ser difícil, pero no pasa nada, aún tengo varias cosas para mostrar” Antes de poder darle siquiera tiempo a preguntar a qué se refería, vio como la mujer desaparecía de su vista, solo para aparecer de manera instantánea detrás suyo.

Como si creyera que eso no era suficiente para mostrar lo que quería, agarró una pequeña piedra que se encontraba en el suelo, la cual, bajo su suave toque, se convirtió en un trozo de cristal.

Y, no conforme aún con eso, hizo aparecer en su otra mano, materializándola desde el vacío mismo, una hermosa daga ornamental.

Los ojos de Gisei se abrieron de par en paz.

Esta vez, aquella mujer si que había logrado sorprenderlo.

Puede que tener un don fuera algo común en esa época, pero aquello claramente excedía el tener un don, algo que, teóricamente, no debería de ser posible.

Se le quedó mirando, con la boca tan abierta que podrías meter un melón en ella, completamente atónito.

Ella solo sonrió, como si le hiciera gracia su expresión facial, cosa que seguramente era cierta.

“¿Y bien?

¿Ahora ves a lo que me refiero conque no soy como el resto de personas que has conocido?” “¿Cómo demonios es posible que hayas hecho algo como eso?” Recuperando finalmente su voz, expresó la primera duda que pasó por su mente.

“Bueno, eso no son dones.

De hecho, ni siquiera soy humana.

Supongo que la manera más fácil de explicarle esto a alguien como tú es decir que soy un ser superior, por lo que la realidad es algo que se curva bajo mi control” “Está bien, creo que ahora sí que me está golpeando de nuevo la esquizofrenia” “¿Tan difícil te es creerme?

Supongo que no calculé la dificultad adicional de tu problema mental.

Tonta de mí.

Pero bueno, ya te he dicho que soy real” “Pues las pruebas y lo que me dices muestran todo lo contrario, a decir verdad” “Si no fuera real, ¿podrías sentir esto?” En un movimiento rápido, atrapó su brazo con una de sus manos, tan suaves como la seda más fina, mientras que con la otra le hacía un pequeño corte en el dedo, usando la daga que había creado anteriormente.

Ante su mirada sorprendida, sintió un dolor punzante, mientras que, en la punta de su dedo, una herida de pequeño tamaño apareció, de donde brotaron unas pocas gotas de sangre.

“Mierda, esto en realidad sí que es real” Murmuró, más para sí mismo que para ella.

“Ya te lo dije, ¿no?

Aunque no me extraña que no me creyeras.

Esa esquizofrenia tuya es realmente un problema, así que déjame ayudarte con eso” tocó su frente con el dedo índice, invadiendo su cuerpo y mente.

A pesar de que lo que ella estaba tratando de hacer era disminuir el efecto de la esquizofrenia, algo de lo que no se dio cuenta era que su influencia estaba afectando negativamente a su mente, acercándolo a la locura que había logrado evitar todos esos años.

Finalmente se detuvo tras unos momentos, separándose de él.

“Bueno, ya está hecho.

A partir de ahora debería de ser más fácil para ti lidiar con ello.

Supongo que puedes tomarlo como un regalo de mi parte” “¿Entonces eres una diosa?” “Supongo que es otra manera de verlo.

Se puede decir que sí, soy una diosa” “¿Y cómo puedo llamarla, señorita?” “Puedes llamarme diosa carmesí, dama carmesí, señora carmesí…” “¿No hay ningún nombre que pueda usar para referirme a usted?” “Gisei, ¿con quién estás hablando?” Repentinamente, la voz de su madre sonó detrás suyo, antes de que su cabeza se asomara por la puerta del patio.

Él giró su cabeza para mirar a su lado, pero allí ya no había nadie.

“Cariño, ¿te importaría venir a la cocina un momento?

Me gustaría hablar contigo” aquella voz, que se había vuelto repentinamente más suave y dulce, le hizo darse cuenta de lo que se venía a continuación.

Su madre creía que la esquizofrenia había vuelto.

Obedientemente se puso de pie, siguiéndola al interior de la casa, en dirección a la cocina.

Una vez que ya estaban allí, su madre se dio la vuelta para encararlo.

“¿Ya estabas hablando solo de nuevo?

Sabes que me tengo que hacer cargo de tu esquizofrenia, ¿verdad?

Así que sé un buen hijo y déjame ayudarte a lidiar con ella” mientras hablaba, levantó su mano de manera amenazadora, acercándose a él para abofetear su rostro de nuevo.

Sin embargo, esta vez las cosas iban a ser diferentes.

No iba a permitir que ella le golpease de nuevo.

Nunca más.

En un movimiento rápido agarró un cuchillo apoyado en la encimera, lanzándose contra su madre y apuñalándola en su estómago.

Un chorro de sangre carmesí, como el cabello de su diosa, salió de la herida, mientras la mujer, herida, retrocedía, tapando la herida con sus manos.

La mente fracturarada de Gisei finalmente cayó en la locura, maravillándose en la sensación del cuchillo atravesando carne y piel viva, en cómo la sangre fluía.

Completamente extasiado en aquella sensación homicida, apuñaló una vez más, y otra, y otra, hasta que el cuerpo de quien alguna vez fue su madre quedó reducido a un cadáver ensangrentado.

Una vez que terminó miró el cuerpo muerto ante él, preguntándose qué debía hacer ahora.

Y entonces, como si le hubiera golpeado un rayo, una idea llegó a su enloquecida mente: ofrecerlo como tributo a su nueva diosa, aquella que le ofreció por primera vez en mucho tiempo una pizca de amabilidad.

Realizó una oración torpe dedicada a ella, implorando que aceptase aquel sacrificio en su honor.

Y, para su perverso deleite, su diosa respondió, incinerando el cadáver y la sangre con una llama carmesí, un símbolo inequívoco de su intervención divina.

Tras aquel suceso, descubrió que los sacrificios a su diosa siempre venían con algún tipo de recompensa: sanación, dinero…

Queriendo expandir el culto a su gran señora, comenzó a buscar personas a las que pudiera convencer: gente desesperada por encontrar una solución a sus problemas o con un deseo por asesinar.

Todos ellos quedaron cautivados por el poder de su señora, y pronto tuvo un grupo de fieles acólitos dedicados al servicio de su diosa.

Se establecieron en un almacén abandonado, donde erigieron un altar circular donde realizar los sacrificios en su honor, y al pie de aquel altar, descubrió una extraña flor que había comenzado a crecer, alimentándose de la sangre de sus víctimas.

Estaba seguro de que aquella flor era un regalo de su diosa, y estaba seguro de que sería la clave para consolidar su poder, para que llegase el día donde no deberían de seguir escondiéndose, y donde su culto florecería por completo.

Su gran diosa carmesí le mostró amabilidad, le guió por el camino del poder y lo sacó de su mala situación.

Y ahora, se lo agradecería dándole un culto de fieles adoradores.

Pronto, todos sabrán del poder que le otorgó su divina majestad.

He decidido darle más profundidad a algunos personajes, por lo que en el futuro habrán más capítulos de este tipo.

Sin embargo, ahora es momento de que comience la acción.

Y, si os preguntáis quién es Gisei, creo que está bastante claro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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