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Sistema de gacha mitológico - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 Recuerdos de Tamamo-no-Mae
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48: Recuerdos de Tamamo-no-Mae 48: Recuerdos de Tamamo-no-Mae Otra vez ese maldito sueño.

Un recuerdo con el que había soñado una y otra vez en el pasado.

Y, cuando creía que ya no tenía por qué revivirlo de nuevo, volvió.

¿Por qué?

¿Qué razón había para que volviera a recordarlo?

¿No había tenido ya suficiente?

Ahora tenía una nueva familia, amigos, un gran maestro que la trataba como si fuera más que una simple herramienta o un arma: un maestro que la trataba como a una amiga.

No había razón alguna entonces para recordar algo tan oscuro como lo era su vida en el pasado, ¿verdad?

¿Pero por qué lo recordaba ahora?

Ella solo quería ser feliz en esta nueva oportunidad de vida.

Dejar atrás todo y comenzar de nuevo, feliz y sin rencores o traumas.

Ese era su plan.

Por desgracia para ella, el destino parecía tener otros planes.

…

Ella era solo una pequeña kitsune, un zorrezno desde el punto de vista científico, pues su edad no era muy alta, solo unos cuantos meses.

Aunque eso no es que importase mucho.

Después de todo, las kitsunes son inmortales, por lo que la edad, como algunos decían, para ellas solo era un número sin importancia.

Ese día ella y su madre habían salido a cazar, una actividad que, incluso si era considerada salvaje al estar utilizando su forma de zorro, era necesaria para desarrollar el instinto de lucha.

Una actividad normal y corriente, algo natural que llevaba realizando todos los días desde que aprendió a caminar.

¿Qué podía salir mal ese día?

Y, entonces, todo se torció.

¿Cómo era posible que todo saliese tan mal en un día normal y corriente?

“Vamos, Tamamo.

Tienes que usar tu olfato para detectar tu presa, tratar de ubicarla y distinguir su especie.

Y, una vez que sepas dónde está, debes de acecharla, asegurarte de que no sabe que estás ahí y lanzarte en el momento indicado.

Una vez que la tengas en tus garras, asegúrate de evitar que escape y acaba rápidamente con su vida” Memorizó aquellas palabras que había estado escuchando durante tanto tiempo, moviendo la nariz ligeramente para buscar cualquier rastro de olor en el aire, sus oídos agudizados para captar el más mínimo sonido.

Y lo sintió.

Una presencia que se acercaba sigilosamente, y la cual apenas había podido sentir.

Su madre también reaccionó, pero ya era demasiado tarde.

Antes de que pudiera realizar cualquier movimiento, una flecha afilada surcó el aire, directo en su dirección.

Estaba paralizada, incapaz de mover ni un solo músculo de su cuerpo por el terror.

Ni siquiera era capaz de cerrar los ojos para evitar ver lo que estaba por ocurrir.

Su madre saltó, interponiendose en el camino de la flecha para evitar que le alcanzase a ella.

El proyectil se clavó profundamente en su costado, atravesando el pulmón y casi asomando por el otro lado.

Fue un tiro mortal, sin posibilidad de supervivencia.

Incluso si sobrevivía a un ataque como ese, era imposible que pudiese escapar a tiempo del dueño de la flecha.

“¡Vaya, menuda pieza más hermosa tenemos aquí!” De entre los arbustos surgió un humano, un hombre vestido con ropa de cuero, el cual cargaba un arco en su mano.

Por suerte para Tamamo-no-Mae, logró esconderse justo a tiempo entre la maleza.

Allí permaneció, observando desde su escondite cómo se llevaba el cuerpo de su madre, como si fuera algún tipo de retorcido trofeo.

Porque, de algún modo, eso es lo que era: un trofeo de caza, cuyo único propósito era inflamar aún más el ego de aquel estúpido cazador, alguien a quien no le importaba el daño que pudiera causar con sus acciones.

Y ella lo sabía, porque aquella flecha solo había tenido un objetivo en la mira: ella.

¿Cómo se suponía que iba a vivir ahora?

…

Habían pasado ya varios años, y Tamamo-no-Mae se había adaptado a las circunstancias para sobrevivir.

La mujer zorro había crecido bastante, floreciendo en una hermosa dama, cuya inteligencia era sobrenaturalmente alta.

Astronomía, religión, música…

preguntes lo que preguntes, ella siempre tendría una respuesta que darte.

Y, naturalmente, esto llamó la atención de las altas esferas: el propio emperador Konoe se había interesado en ella, tanto por su apariencia como por su conocimiento.

Eso le permitió a la joven ascender rápidamente, mucho más rápido de lo que cualquier otra persona había ascendido en la sociedad.

Había llegado a tal punto que el emperador la había aceptado en la corte imperial.

Maravillado por la hermosura y la inteligencia que poseía la joven, quedó completamente prendado de ella.

A partir de ese momento comenzó a tratar de acercarse a la kitsune, ofreciendo toda clase de comodidades y regalos con tal de tratar de ganarse su afecto.

En aquel momento, ambos se encontraban en las aguas termales, disfrutando de la agradable temperatura.

“Mi querida Tamamo-no-Mae, dime, ¿qué te parece esto?

¿No crees que hay unas vistas increíbles aquí?” El emperador habló, tomando un sorbo de vino.

“Mi emperador, tiene toda la razón.

Las vistas son increíbles, el agua tiene una temperatura ideal y la compañía que tengo no podría haber sido mejor” respondió Tamamo, con su mirada fija en el cielo estrellado sobre ella y su cuerpo dando la espalda a su señor, dejando sus atributos fuera de su vista.

“Para serte sincero, me parece increíble que alguien tan joven como tú pueda ser tan inteligente como para superar con creces a la mayoría de mis subordinados, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría son de origen noble y han tenido acceso a la mejor de las educaciones disponibles aquí” “Supongo que lo heredé de mi madre.

Ella era bastante sabia, vivió muchas cosas a lo largo de su vida y le enseñó todo lo que pudo durante el poco tiempo que estuve con ella” “Si no es demasiado pedir por mi parte, ¿puedo saber que fue lo que le ocurrió a tu madre?” “Un cazador.

La flecha estaba apunto de atravesarme cuando ella me cubrió con su cuerpo, protegiéndome.

Si no llega a ser por ella, actualmente yo estaría muerta, y no aquí, con usted” “Entonces supongo que debo de agradecer a esta misteriosa dama a la que llamas madre por permitir que tu presencia ilumine este imperio” “Oh, me siento alagada por ese cumplido, mi emperador.

Me aseguraré entonces de que la gran diosa del inframundo, Izanami, le transmita a mi difunta madre sus palabras” “A veces parece increíble lo tranquila que pareces ante cualquier situación, ¿sabes?

Es como si lo tuvieras todo bajo tu control” “Me siento así.

Siento como si cada cosa que ocurra, sin importar qué sea, pueda ser resuelta por mí” “No sé tú, pero creo que tu sabiduría tal vez está siendo desperdiciada.

Tal vez sería puesta en algo más útil si te dedicases a ayudarme con los asuntos de política” “¿Eso cree usted?

La política es como un ambiente salvaje, donde cada uno es un animal distinto, matándose entre ellos, a la espera de que cometas un error para cazarte” “¿Y?

Con tu belleza, no te debería de ser difícil poner a la gente de tu parte.

Después de todo, no siempre se ve a alguien tan deslumbrante como tú por aquí.

Dudo que exista mujer alguna en estas tierras, en este país, que pueda compararse contigo” Entonces, una sonrisa se abrió paso en el rostro de Tamamo-no-Mae, una sonrisa brillante y traviesa que sólo hacía que se viese aún más bella.

“Por suerte para tí, mi señor, yo soy realmente buena en lo que a cazar se refiere” …

El tiempo había pasado, y la relación profesional entre ambos se había fortalecido.

Tal y como el emperador Konoe había dicho, Tamamo-no-Mae tenía un gran talento en lo referente a los temas relacionados con la política, un talento que se veía elevado a un nivel superior por lo hermoso de su apariencia.

Claro que, como no podía ser de otro modo, también se había ganado a una buena cantidad de enemigos, todos ellos celosos de su éxito y enfurecidos por cómo se habían visto superados por ella.

Sin embargo, eso no la había evitado prosperar.

A pesar de todas las dificultades que había tenido en su vida, de todo lo que había llegado a vivir desde que era pequeña, finalmente había podido enderezar su vida, trabajando para conseguir la felicidad que tanto ansiaba, esa que hace tanto tiempo creía que le había sido robada.

Pero, por desgracia para ella, no todo iba a ser de color de rosas, y habían ciertas personas que estaban deseosas de acabar con ella, sin importar qué.

Y tal vez todo habría ido bien, si no hubiera sido por ese suceso.

El emperador se había enfermado, y sin importar si eran médicos, sacerdotes, adivinos o astrónomos, no había nadie por parte de ambos lados que pudiese ofrecer una cura o una razón para la existencia de la enfermedad.

¿Qué la causó?

¿Qué enfermedad era exactamente?

¿Cómo curarla?

Nadie tenía una respuesta a esa pregunta, y parecía que todo quedaría ahí.

Pero, ¿cómo podía esto tener algún tipo de efecto negativo en Tamamo-no-Mae?

¿Cómo podía algo como esto, un factor externo sobre el que no tenía control, destrozar sus sueños, arrebatarle la vida por la que tanto había trabajado?

Todo comenzó por culpa de aquel maldito astrónomo, Abe no Yasuchika, el cual, incluso si ella no tenía ningún tipo de prueba, estaba segura de que era el causante de la enfermedad del emperador.

Al parecer, él la había estado espiando, tan de cerca y sin que ella se diera cuenta que había descubierto el mayor de sus secretos: que en realidad era una kitsune.

Tal vez la había estado espiando, o tal vez se lo había inventado, pero la cosa era que había dado en el clavo.

Esto por sí mismo no habría sido un gran problema.

Después de todo, no solo no había hecho nada malo por ser una yokai, sino que encima no había ni una sola prueba sobre esto.

Pero hizo algo que nunca se imagino que alguien, ni siquiera los enemigos que había hecho al meterse en el mundo de la política, se atreverían a hacer: acusarla de ser la causa de la enfermedad del emperador.

Tampoco habían pruebas sobre eso, pero aún así, todos aquellos que estaban en su contra y la odiaban apoyaron esa idea.

Pronto, la imagen de la bella e inteligente Tamamo-no-Mae, antes un símbolo de admiración, acabó retorciendose en la imagen de una malvada mujer zorro, de la cual se decía que se había aliado con un espíritu malvado para hacer enfermar al emperador, todo con el propósito de quedarse con el trono.

Podía ser mentira.

De hecho, era mentira.

Sin embargo, a nadie le importaba eso.

Nadie tenía en mente esa posibilidad.

Todos la veían como un ente demoníaco.

Para todos los habitantes de Japón, ella era el enemigo.

Se vio obligada a huir.

Fue perseguida por los soldados del imperio.

La dieron caza, como si fuera un animal salvaje.

Porque, a su modo, eso es lo que ella era.

Todos la querían ver muerta, y ella era la única que lucharía por salvar su propia vida.

Nadie estaba dispuesto a ayudarla, a escuchar lo que tenía para decir.

Se vio obligada a esconderse, igual que una fugitiva.

Porque lo era: estaba escapando de las fuerzas militares del imperio por un crimen que no había cometido, pero del que igualmente se le había acusado de manera injusta, sin prueba alguna que lo respaldase.

Y, como si fuera algún tipo de broma cruel por parte del destino, la enfermedad del emperador comenzó a desaparecer cuando se vio obligada a huir, algo que pareció darle aún más peso a las palabras de aquel maldito astrónomo.

En aquel punto, no había persona que no la conociera.

Antes ya era famosa por su belleza e inteligencia, pero ahora su fama había dado paso a los rumores sobre el horrible ser que en realidad era.

Aún así, con el mundo entero en su contra y las fuerzas imperiales en su busca, no fueron capaces de dar con ella.

Tenían razón, ella era una kitsune.

Tal vez lo único cierto dentro de todos los rumores que se contaban sobre ella.

Y era precisamente su naturaleza mítica lo que le había permitido a Tamamo-no-Mae esconderse durante tanto tiempo: era capaz de cambiar de forma y apariencia, evitando así que la gente la reconociera.

Fue esto lo que llevó al emperador Konoe a emplear toda su autoridad para conseguir los servicios de dos cazadores legendarios: Kazusa no Suke y Miura no Suke.

Ambos hermanos fueron mandados a llamar para reunirse con él en la sala del trono, donde les ofreció una gran recompensa si eran capaces de dar caza a la mujer zorro.

A pesar de que los dos hermanos eran los guerreros más poderosos en su tiempo, Tamamo-no-Mae aún fue capaz de eludirles durante un tiempo, hasta que se le apareció a Miura no Suke en sueños.

Se le apareció en su forma humana, profetizando que él la mataría al día siguiente.

“Gran guerrero Miura, perdóname por entrometerme en tus sueños, pero quería contarte algo.

Si mis cálculos son correctos, entonces mañana será el día en el que finalmente me daréis muerte.

Y precisamente moriré en tus manos” “¿Entonces por qué me cuentas todo esto, mujer zorro?” Miura estaba confundido, incapaz de comprender por qué un ser tan malvado, que había orquestado la caída de un imperio, se le presentaría en sueños para revelarle una información que la perjudicaba.

“Eso es porque quiero pedir que me perdones la vida.

Puedo jurarte por aquello que más amo en este mundo, por mi libertad, que yo no fui la responsable de la enfermedad del emperador.

Por favor, confía en mi palabra y permíteme vivir una vida tranquila y feliz” “Lo siento, pero no puedo creer tus palabras.

Si por algo te conocen, sin duda es por tu elocuencia, tu encanto y tu capacidad para convencer a todo el mundo de que tienes razón.

No permitiré que me engañes” “Por favor, te juro que no te estoy engañando.

Te lo pido por lo que más quieras, perdóname la vida.

Por favor…” sus ojos se llenaron de lágrimas, al borde de la desesperación.

No quería morir.

Aún no.

Pero por más que rogó y suplicó, el cazador permaneció impasible, dispuesto a acabar con su vida sin importar qué.

Al final, decidió resignarse a su destino.

No valía la pena luchar contra ello.

Iba a morir, igual que su madre, y no iba a hacer nada para cambiarlo.

El mundo era cruel, y ya no tenía nada por lo que continuar viviendo.

Todos la odiaban.

Todos la perseguían.

Lo mejor sería acabar con todo y esperar unos cuantos cientos de años a que se calmasen las cosas.

Al día siguiente, temprano, los dos cazadores encontraron a la kitsune en la llanura de Nasu, en donde Miura le dio muerte con una flecha imbuida de energía mágica.

Su cuerpo se convirtió en una piedra, y de lo que quedaba de su esencia surgió un gas venenoso que imbuyó la roca, dando lugar a la piedra asesina, la cual, con el pasar del tiempo, acabó perdiendo sus propiedades mágicas, convirtiéndose en una simple leyenda.

Y así fue como finalizó la vida de la gran kitsune Tamamo-no-Mae, una vida de tragedia que, sin importar cuánto lo intento, nunca pudo alcanzar un final feliz.

No fue hasta que su nuevo amo la invocó que no volvió a sentir ese sentimiento de alegría.

Una nueva vida, una en la que no es odiada.

Una en la que es amada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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