Sistema de gacha mitológico - Capítulo 65
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- Capítulo 65 - 65 Rayo vs Fuego y Cobardía vs Traición
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65: Rayo vs Fuego y Cobardía vs Traición 65: Rayo vs Fuego y Cobardía vs Traición (Pov tercera persona) Existían dos elementos estrechamente relacionados entre sí: el fuego y el rayo.
Tal vez era porque los rayos provocaban incendios, o tal vez era por las altas temperaturas que ambos poseían.
Sea como sea, era un hecho irrefutable que ambos elementos se consideraban iguales, a tal punto que incluso se veía la relación entre ambos en la serie Avatar: el último maestro aire.
Ambos son elementos que giran alrededor del otro, y resulta increíble el hecho de que, en la mitología, estos dos se relacionen precisamente con aves: el wakinyan de la mitología norteamericana y el fénix de la mitología griega.
Para este punto ya no debería de ser sorpresa que Wakinyan, mientras recorría los cielos a velocidad supersónica en busca de enemigos, casi fuese alcanzado por una poderosa llamarada.
Se detuvo en el aire, evitando ser impactado de lleno por la ráfaga de fuego, que apenas rozó sus plumas negras como la tinta.
Miró hacia abajo, fijándose en un edificio cercano a su ubicación actual.
Allí estaba la perpetradora del ataque, una hermosa mujer de cabello llameante, tatuajes de líneas anaranjadas en sus brazos y un par de alas de gran tamaño del mismo color que su cabello y alas, lo que la hacía ver como un fénix con forma humana.
Y lo más seguro es que así fuera.
Pero el detalle más inquietante era, sin duda, sus ojos.
Eran dorados y hermosos, sí, pero estaban vacíos, como si su cuerpo no fuera más que un cascarón sin alma, controlado por algún tipo de fuerza externa.
Era normal que la gente pensase que Wakinyan no era una criatura realmente inteligente.
Después de todo, tenía la apariencia de un cuervo de gran tamaño.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad.
Su inteligencia perfectamente entraba dentro del reino de la sapiencia, y rápidamente se dio cuenta de que había algo mal con su enemiga.
Agitó sus alas, liberando un poderoso rayo que recorrió la distancia que los separaba en cuestión de milisegundos.
Por supuesto, aquel no era un ataque con intenciones mortales.
Simplemente era una manera de probar a su rival y sus capacidades.
Aún así, no pudo evitar sorprenderse al ver cómo su rival esquivaba el ataque por los pelos, siendo rozada en la pierna, donde quedó una marca negra.
Desplegó sus alas, agitándolas varias veces antes de elevarse en el aire, directa en su dirección.
Sabía que era alguien extremadamente peligrosa, por lo que decidió que lo más sensato era huir por el momento y esperar a que se le presente una oportunidad de atacar.
Por lo tanto, ni siquiera se lo pensó dos veces antes de darse la vuelta y huir a toda velocidad, dejando detrás de sí incluso al sonido.
El fénix le seguía desde atrás, liberando varias plumas en llamas como si fueran proyectiles, las cuales fácilmente le alcanzaron, obligándole a maniobrar en el aire a gran velocidad para no ser herido.
Pero eso no evitó que aún fuera herido, incluso si no era un daño grave o mortal el que había recibido.
Incluso un ser como él tenía su orgullo.
¿Cómo podía permitir que su rival permaneciera ilesa después de eso?
Simplemente no podía permitirlo.
Se dio la vuelta, cargando directamente en su contra.
Todas la plumas en llamas que se acercaban a él fueron eliminadas mediante poderosos rayos morados, los cuales las destruyeron por completo, sin dejar rastro de su existencia.
Antes de que el fénix pudiera reaccionar, Wakinyan impactó con su cuerpo a velocidad supersónica, recorriendo cientos de metros en cuestión de momentos.
Para hacer el ataque aún más poderoso, cubrió su cuerpo en rayos, calcinando todo a su paso.
El fénix, para no quedarse atrás, cubrió su propio cuerpo en poderosas llamas anaranjadas, brillando como un sol en miniatura mientras contraatacaba.
Nada de lo que se interpuso en el camino de ambos se salvó, ni siquiera el aire, el cual se ionizó por la carga eléctrica de los alrededores.
Finalmente ambos cayeron a gran velocidad, como dos meteoritos entrelazados entre sí, impactando contra el monte Fuji con tal fuerza que crearon un cráter de decenas de metros.
Una nube de polvo se elevó desde el área de impacto, ocultando la escena para los ojos normales.
Y, en medio del polvo que cubría el cráter, dos figuras se alzaron de nuevo, una cubierta de rayos brillantes de color morado, rodeando su cuerpo como serpientes, y otra cubierta de fuego, como si fuera su aura.
La figura de un cuervo y la de una humana, dos seres del mismo tipo pero con una apariencia diferente, dos elementos estrechamente relacionados entre sí enfrentándose en un choque que solo podía terminar con la muerte de uno de ellos.
Los rayos y el fuego estallaron, chocando entre sí y creando grandes explosiones que arrasaron con toda el área circundante.
Eran dos fuerzas elementales desatadas, descargando su ira sobre el mundo para demostrar su poderío al otro.
Volvieron a chocar una vez más, tratando de empujar al otro más allá de sus límites físicos, tratando de abrumarlo con poder puro.
La carne de ambos se quemaba y calcinaba, y plumas caían al suelo como lluvia de primavera, pruebas silenciosas de la lucha que allí se estaba llevando a cabo.
Ambos se estaban agotando, y la potencia de sus ataques se redujo de manera considerable en comparación con su primer intercambio de golpes, pero aún así continuaron.
Parecía que estaban igualados, pero ¿realmente era así?
No.
Si había algo que diferenciaba a ambos, sin duda era la voluntad.
Mientras que Wakinyan era un ser vivo, consciente y sapiente, el cual luchaba por abrirse paso y ayudar a su maestro, el fénix era un cascarón vacío y sin consciencia, un cuerpo sin mente que es controlado como si fuera una marioneta.
No se preocupa por sí misma, capaz de sacrificar su integridad física si es capaz de cumplir con las órdenes que le fueron dadas.
Y fue precisamente esa falta de voluntad lo que rompió el equilibrio entre ambos.
Volvieron a abalanzarse sobre el otro, y esta vez fueron con todo lo que tenían.
El choque final entre el fuego y el rayo.
El oxígeno en el ambiente se convirtió en ozono, alimentando las llamas para aumentar su temperatura y consumirlo.
Rayos salieron disparados como serpientes, atacando desde varios frentes distintos para cubrir todas las salidas posibles, evitando que el ataque pueda ser bloqueado o esquivado.
El fuego surgió como una nube ardiente de muerte y destrucción, arrasando con todo a su paso para dejar roca fundida y árboles carbonizados.
El impacto entre ambos fue devastador, subiendo la temperatura del ambiente en cientos de grados, a tal punto que el simple hecho de estar cerca de la pelea sería suficiente como para provocar quemaduras de segundo grado.
El fuego y el rayo se atravesaron, dirigiéndose en dirección de sus objetivos sin interferencias por el ataque del rival.
Era un ataque mortal en el que ambos sacrificaban la defensa a cambio de una ofensiva abrumadora.
Pero ese no era el plan que Wakinyan tenía en su mente.
Tal vez no tenía un gran control sobre los rayos, pero debería de ser capaz de utilizarlo.
Sus pulmones se llenaron con el humo y el polvo del ambiente, provocando una sensación de ardor en su interior, pero apartó toda sensación de su mente para poder concentrarse completamente en su plan.
Esta vez no bombardeó con más rayos a su enemigo.
Ni siquiera los utilizó para cubrir su cuerpo.
No, él buscaba un uso más profundo, más complicado.
Sus células comenzaron a transmutar, pasando de un estado sólido y físico a un estado de energía crepitante.
Ya no lanzaba rayos.
Ahora él era el rayo.
Su cuerpo se desplazó a una velocidad aterradora, cerrando la distancia entre ambos en un momento.
No sufrió daño incluso cuando atravesó la letal nube de fuego, todo gracias al estado eléctrico en el que se encontraba.
El choque resultante duró menos de un segundo.
Atravesó de lado a lado al fénix, apareciendo detrás de ella antes de recuperar su forma física.
El cuerpo humanoide del fénix permaneció de pie momentáneamente, antes de caer de espaldas al suelo.
Finalmente, tras encontrar la muerte, sus ojos recuperaron su brillo, con una mezcla de alivio y arrepentimiento en su mirada, antes de que se vidriosasen y lo último de su vitalidad la abandonase.
…
Había muchas cosas de las que Dorios se arrepentía, pero había una que superaba al resto: su debilidad.
Si tan solo hubiera puesto un poco más de empeño, si no fuera tan cobarde, entonces tal vez sería más útil para su maestro.
A pesar de que nadie lo dijo, estaba seguro de que todo el mundo ya lo habían pensado: él era el más inútil de entre todas las invocaciones de Effiro.
Y fue precisamente por esa misma razón que, a diferencia del resto de sus compañeros, no buscó directamente a su enemigo.
No, él estaba haciendo todo lo posible para evitar ese encuentro, recorriendo las calles vacías de lado a lado, asomándose discretamente a las esquinas de los edificios para asegurarse de que no había nada peligroso, antes de continuar con su avance.
De vez en cuando escuchaba sonidos de lucha, los cuales sabía que procedían de las otras invocaciones de Effiro, y consecuentemente evitaba pasar por esos lugares.
Pero, para su desgracia, era griego.
Y, como todos los que conocen la mitología griega saben, normalmente los personajes de las leyendas griegas suelen tener bastante drama en sus historias.
Justo cuando se estaba acercando a un cruce, una figura apareció viniendo del lado contrario del que él venía, dirigiéndose con paso firme a su ubicación.
Se quedó congelado momentáneamente, incapaz de creer lo que sus ojos veían.
Los frotó varias veces, como si de alguna manera eso fuera a cambiar la vista ante él.
Pero ahí seguía.
Una figura familiar, tan familiar que casi podía ver los elementos de la ciudad difuminándose, reemplazados por el relieve de la antigua Grecia.
Porque la figura que se alzaba frente a él, acercándose con un paso lento y mesurado que era impropio de él, no era otra que la figura de un sátiro.
Y uno al que conocía.
“Breciel” el nombre se le escapó en un susurro, aturdido.
Era un sátiro de cuerpo ligeramente fofo, sin llegar a la obesidad.
Tal vez no tenía músculos definidos, pero podía enfrentarse perfectamente en un mano a mano con un adulto y ganar.
Además, con una de sus manos sostenía el mango de una espada, lo suficientemente pesada como para provocar un ligero desequilibrio en su andar.
“Mucho tiempo sin verte, ¿eh?” El sátiro le dedicó una sonrisa carente de calidez, como si fuera una burda imitación de ese gesto.
“¿Por qué?
¿Por qué decidiste traicionar a nuestro señor?
¿A nuestros dioses?
¿A nuestros compañeros?” “¿Por qué?
Porque se me ofreció una oportunidad de ser más poderoso.
¿Qué sentido tiene adorar a los dioses si seguiré siendo débil?
No vale la pena serles fiel si son otros quienes me ofrecen lo que quiero” En ningún momento dejó de caminar en su dirección, por lo que ya estaba bastante cerca de él en ese momento.
Balanceó su espada en un arco que cualquier espadachín podría decir que era torpe, el cual casi pasó rozando el pecho de Dorios, y habría acertado el golpe de no ser porque este esquivó en el último momento.
Esto fue suficiente para sacarle de su estupor, llenándose de un terror cobarde antes de darse la vuelta y huir por donde había venido.
“¿Puedes sentir eso?
¿Cómo tu corazón late más fuerte?
¿Cómo aumenta tu presión sanguínea?
¿Cómo cada célula de tu ser parece gritar que huyas?
Eso es el miedo, y sólo los fuertes pueden producirlo.
Por desgracia para tí, nunca podrás experimentar la sensación de poder que eso conlleva” en contraste con Dorios, Breciel iba a paso lento, como si de alguna manera supiera que este no tenía manera de huir de él.
Ambas figuras recorrieron las calles de la ciudad, con un marcado contraste en los movimientos y emociones de ambas partes.
El sonido de los combates a su alrededor pareció perder importancia, convertido en un simple ruido de fondo para la persecución.
Tal vez ambos eran sátiros, pero la diferencia entre ambos era bastante obvia.
La resistencia física de Braciel era bastante superior a la de Dorios, por lo que la distancia entre los dos se fue acortando cada vez más a medida que el cansancio se iba acumulando en el cuerpo de Dorios.
Finalmente, el sátiro claramente más débil físicamente tropezó por la fatiga, cayendo al suelo de cara.
Trató de levantarse desesperadamente, solo para que una mano le sostuviera el hombro con firmeza, obligándole a darse la vuelta.
No le dio tiempo a hacer nada.
No pudo huir.
No pudo defenderse.
Antes de que su mente registrase lo ocurrido, sintió presión en el área del estómago.
Luego, al bajar la mirada, vio sangre y metal mezclados.
Había sido apuñalado.
Entonces llegó el dolor.
Agudo, como una aguja atravesando sus nervios, lo que en cierto modo era cierto.
Se llevó las manos hasta el área en el que la hoja de la espada se fusionaba con su abdomen, cubriéndolas de líquido carmesí.
“Nunca fuiste la gran cosa, solo un sátiro cobarde e inútil.
Realmente eres igual que aquella ninfa que tanto te gustaba.
¿Cuál era su nombre?
Fylla, ¿verdad?” “¿Qué acabas de decir?” Una chispa de ira estalló dentro de Dorios.
No podía dejar que la insultasen.
No a ella.
“¿Quieres que lo repita?
Eres un inútil, igual que tu novia.
No te la merecías, ella era demasiado para alguien como tú.
De hecho, sería una gran idea volverla mía, ¿no crees?
Después de todo, ella era una belleza” Breciel volvió a sonreír, como si ese pensamiento fuera suficiente para hacerle feliz.
La ira de Dorios alcanzó su punto máximo.
Y entonces, una sonrisa torcida se instaló en su rostro, antes de comenzar a silbar.
Era un sonido rítmico y ligeramente agudo, el cual atravesó el aire como una daga.
“¿Por qué sonríes?
¿Por qué silbas?
¿Acaso te alegra lo que acabo de decir?
Eres realmente extraño, ¿sabes?” Dorios no respondió.
Continuó silbando, la única cosa en la que se centró en ese momento.
Su enemigo, ya molesto por ser ignorado y por el ruido fastidioso y constante, hizo girar la hoja de su espada, removiendo las entrañas de Dorios.
Emitió un quejido de dolor, pero apretó los dientes con fuerza y continuó con su labor.
Sin que Braciel lo supiera, el suelo de asfalto y concreto detrás de él comenzó a agrietarse mientras un pequeño tallo se abría paso hacia la superficie.
Bajo el efecto de la magia musical del sátiro, la planta sufrió un crecimiento sobrenatural, elevándose alta y orgullosa.
Y, mientras Braciel centraba su atención por completo en aquel al que consideraba inferior, no se dio cuenta de que la planta había crecido alta y robusta, envolviéndose alrededor de su cuello.
La repentina sensación de asfixia le tomó por sorpresa, y sus manos soltaron el mango de la espada para dirigirse a su cuello, tratando de librarse de su captora.
Pero sus intentos fueron inútiles.
Su cuerpo se alzó por encima del suelo, y su fuerza demostró ser insuficiente para librarse de su destino.
Después de removerse y sufrir espasmos musculares, Braciel colgó flácido, antes de que la planta lo dejase caer como un saco de arena.
Dorios se dejó caer a su lado, viendo cómo desaparecía el cuerpo de su rival, dejando sólo un cuerno de cabra, el cual recogió con una mano temblorosa.
“¿Has visto…
Fylla?
Lo he hecho…
me he defendido.
Finalmente he sido capaz de hacerlo…” su mente comenzó a divagar en toda clase de pensamientos, mientras su propia vida se escapaba de entre sus dedos.
Y, con una sonrisa satisfecha en su rostro, exhaló su último suspiro.
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