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Sistema de gacha mitológico - Capítulo 67

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  4. Capítulo 67 - 67 Padre va Hija
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67: Padre va Hija 67: Padre va Hija (Pov tercera persona) Habían muchas cosas que Medea había llegado a odiar a lo largo de su vida.

Odiaba a Jasón.

Odiaba a los tiranos.

Pero, por sobre todo, odiaba a la figura que se encontraba en frente de ella.

Tenía cabello marrón corto, vestido con un quitón blanco puro y una espada enfundada en su cintura.

Pero lo que más destacaba era sin duda la piel dorada de oveja que usaba como capa.

Y era una figura que conocía muy bien.

“Padre” no fue un saludo.

Más bien fue un reconocimiento, una muestra de que aún le recordaba.

“Hija mía, parece que nuestros caminos se han vuelto a separar” el rey Eetes respondió, inpeturbable.

“Supongo que todo es culpa de tus malas decisiones” “Te recuerdo que fuiste tú quien me traicionó en primer lugar.

Parece que ni siquiera la muerte puede cambiar tu naturaleza” “Te equivocas, padre.

Yo no te estoy traicionando.

No estoy de tu lado, simple y llanamente” “Tan desafiante como siempre.

Era de esperarse de tí, supongo.

Aún así, ne sorprende que aún te creas capaz de hacerme frente” “Ahora es mi momento de recordarte que tan solo eres un mortal normal y corriente, por mucho que seas el hijo del titán Helios.

Realmente debes de tener mucha confianza en el vellocino de oro, ¿eh?” Medea señaló la piel de oveja dorada, como si fuera un objeto vulgar.

“Tú deberías de saber mejor que nadie el poder que contiene, hija mía.

Un poder capaz de hacer invencible a quien lo posea” “Y aún así te lo robaron.

Supongo que su poder no funciona en manos de mezquitos y burros” la hechicera se burló, con una pequeña sonrisa asomando en su rostro.

“Ya no soy el mismo de antes, querida.

Ahora se me ha ofrecido una oportunidad de volverme algo más que un hombre común, y no pienso perderla por nada ni nadie, y mucho menos por mi propia hija” “Eres tan cabrón como siempre.

Me trataste como si sólo fuera basura, me utilizaste y aún así te enfadaste cuando me volví contra tí en busca de libertad.

Te prefería cuando eras un viejo senil” “Tú y tus tonterías.

Me gustaría decir que este es un agradable reencuentro, pero estaría mintiendo.

Ahora acabaré con tu vida, algo que debería de haber ocurrido hace mucho tiempo” “¿Matar a tu propia hija?

Realmente eres un hombre malvado, padre” “Puedo decir lo mismo de tí.

Después de todo, las leyendas dicen que mataste a tus propios hijos, ¿no?” La cara de Medea cambió, adoptando una expresión más dura.

“Eso son mentiras.

Simples mitos.

Yo no acabé con ellos.

No sería capaz de algo así” “Pero mataste a tu hermana ¿lo recuerdas?” “No me dejó otra opción.

Era su vida o la mía” “Pues ahora finalmente llegará el momento de que sea tu vida la que termine ahora” Apenas terminó de hablar Medea se abalanzó sobre él, portando dos dagas gemelas en sus manos.

El rey Eetes se hizo con su espada, deteniendo la primera andanada de golpes antes de empujar a Medea hacia atrás.

“¿Creías que iba a avisarte antes de lanzar el primer ataque?

Siento decepcionarte, padre, pero esto es un combate real” Eetes estuvo a punto de responder a las burlas de su hija, pero se vio obligado a esquivar un ataque sorpresa que ni siquiera vio venir, el cual sólo pudo detectar por la vibración del aire.

Movió su cabeza a un lado para esquivar el ataque sorpresa, pero aún así un corte sangrante apareció en su mejilla.

Finalmente, cuando se fijó en lo que le había atacado, se dio cuenta de que era una lanza hecha de oscuridad pura.

“Por lo que veo has estado mejorando con tu magia, ¿eh?

¿Cuántos trucos nuevos has aprendido en tu estancia aquí?” “Si te soy sincera, ninguno.

Esta es la primera vez que voy a usar mi magia en este mundo, o al menos a usar mi magia de manera relevante, así que siéntete honrado.

Y por cierto, esa herida se ve muy bien en tu rostro” “Ya veo.

Lo siento por tí, pero no te va a servir de nada usar tu magia contra mí ahora” El rey de la Cólquida se adelantó, lanzándose a gran velocidad sobre su hija.

Antes de que esta pudiera pensar en tan siquiera alejarse, su brazo fue separado de su cuerpo con un corte certero.

“¿Qué pasó con tu brazo, niña?” Medea no respondió a la burla de su padre, centrándose en cambio en usar su magia para obligar a su cuerpo a cerrar la herida.

Una vez que dejó de sangrar, adoptó de nuevo una postura de lucha, adaptándose esta vez al cambio en el centro de gravedad para reducir los errores que podría llegar a cometer en combate.

“No está mal.

Supongo que una vez más he vuelto a subestimar tu terquedad, hija.

Siempre me ha resultado molesto ese rasgo tuyo” “Es por eso que me esfuerzo en ser aún más terca” “Me esforzé por ser poderoso, por gobernar y ganar fama.

Hice todo lo que estuvo en mi mano para lograrlo, y se me dio una oportunidad de cumplir mi objetivo.

Si eso significa matarte, entonces podré matar a dos pájaros de un tiro” “Cállate de una vez.

¿Qué tal si continuamos?” Medea volvió a lanzarse contra su padre, con un estilo que, a pesar de no ser tan ofensivo como antes, aún le permitía mantenerse protegida.

La espada de Eetes chocó con la daga de Medea, con el sonido de metal contra metal resonando por las calles.

El brazo de la hechicera cedió ligeramente bajo la fuerza de su rival, pero no se dejó amedrentar por ese hecho.

Su pie se levantó del suelo, impactando directamente en el estómago del rey de la Cólquida, antes de atacar sin dudar con su arma.

A pesar de que fue tomado por sorpresa, Eetes detuvo la hoja de la daga con la mano desnuda, evitando sufrir una herida letal.

“Tal y como era de esperarse de tí, te has vuelto demasiado egocéntrico por tu situación actual.

Esa daga estaba cubierta con un veneno mortal” Medea no pudo evitar sonreír aún más.

Su padre había sido alguien despreciable, y en su momento estuvo a punto de acabar con su vida.

Ver cómo las tornas cambiaban y él recibía su merecido resultó gratificante.

“Ya veo, conque confías en esa clase de trucos sucios para ganar” a sus palabras, un brillo dorado surgió del vellocino, cubriéndo su cuerpo en su totalidad.

Cuando el brillo se desvaneció, la herida en su mano había desaparecido, dejando su piel impoluta.

“Eso es lo que te hace pensar que eres invencible ¿verdad?

La capacidad del vellocino de oro para curar” Murmuró la hechicera, apretando su agarre sobre la daga.

“No solo eso, el vellocino también me ofrece resistencia contra la magia.

Ahora, creo que ya llegó el momento de que terminemos con esto de una vez” “Tienes toda la razón, es momento de dejar de perder el tiempo” Ambos volvieron al ataque en un choque frontal, pero esta vez Medea no tenía como objetivo acertar un golpe en el cuerpo de su padre.

En cambio, movió su daga en un movimiento ascendente, creando una brecha en la defensa de su rival para posar una mano en su brazo, desmaterializando su arma.

Para cualquiera ese podía parecer un movimiento estúpido, una manera de darle a su enemigo la oportunidad de acabar con ella.

Pero para ella era una oportunidad de devolver el daño a su “querido” padre.

De su mano surgió una corriente de llamas negras, las cuales se arremolinaron alrededor del brazo de Eetes, devorándolo con avidez.

Incluso cuando se apartó de su hija y creó distancia para usar el poder del vellocino más cómodamente, descubrió que aquel ataque era más aterrador de lo que parecía a primera vista.

“Tú…

¿eso han sido llamas del inframundo?” Parecía incrédulo, casi como si no fuera capaz de creer que fuera posible aquello.

“Por supuesto.

Llamas capaces de quemar tanto el cuerpo como el alma.

Simplemente la manera perfecta de poner a prueba el poder de esa piel dorada tuya que tanto idolatras” “Tarde o temprano me recuperaré de esto, así que no te alegres todavía.

Al final, la victoria será mía” “Siento decirte que yo seré quien gane esto.

Ahora, sin más rodeos…” Medea se impulsó con sus piernas, lanzándose una vez más contra su padre.

Este, que apenas hacía unos momentos había perdido su brazo, no pudo recuperarse a tiempo, recibiendo otra patada en el estómago antes de que la mano de su hija se cerrase sobre su cuello, levantándolo del suelo.

“¿Eso es todo lo que tienes, hija mía?

Admito que eres buena, pero te falta la fuerza suficiente como para enfrentarme en un combate físico” a pesar de la posición en la que se encontraba, Eetes no sintió miedo.

Golpeó a Medea en el diafragma con el talón, obligándola a soltarle y creando distancia entre los dos.

“Tan ingenua como siempre.

¿Creíste que podías acabar conmigo sin usar armas o magia?

Siento decirte que te has sobreestimado a tí misma.

Ahora, ¿algo que quieras decir antes de que te mate?” “Supongo que sí…” Medea abrió la boca, como si estuviera a punto de decir algo.

Sin embargo, en el último momento, volvió a materializar la daga en su mano, lanzándola con fuerza en su dirección, directa a su pecho.

“Tal y como era de esperarse.

Es una pena, de verdad.

Pero supongo que lo intentarás hasta morir, ¿verdad?” Eetes suspiró, golpeando la daga con su mano.

El arma cayó a varios metros de distancia, tintineando al impactar contra el duro suelo.

“El rey se adelantó con paso veloz, cerrando su mano alrededor del cuello de su hija.

La situación se había dado la vuelta rápidamente.

“Aquí termina tu camino, hija mía” y, sin más ceremonia, apretó su agarre.

Un crujido audible resonó en los alrededores, el sonido del cuello de Medea rompiéndose bajo la fuerza de la mano de su padre.

“Al final, no era más que una molestia.

Es una pena que fueras tú quien recibió el potencial divino de tu abuelo” y con esas palabras, Eetes dejó caer al suelo el cuerpo sin vida de su hija.

Justo cuando estaba a punto de retirarse escuchó el sonido casi inaudible de pasos detrás suyo.

Antes de poder darse la vuelta, algo puntiagudo se clavó en la parte baja de la espalda, justo encima de sus caderas, donde el vellocino de oro no cubría el cuerpo.

“¿Qué…?” Se quedó sin palabras.

Nunca, ni siquiera en sus pesadillas, había imaginado que los acontecimientos pudieran desarrollarse de esta manera tan inesperada.

“Volví a engañarte, ¿eh?

Tal y como pensé, no esperabas esto.

Utilizé mi magia para crear un avatar mediante un muñeco y una muestra de mi ADN.

Sólo puedo utilizar parte de mi poder a traves del avatar, pero es suficiente para desgastarte” detrás de él se encontraba Medea, sosteniendo en su mano una daga, enterrada en la espalda de su padre.

“Entiendo, conque es así.

Puede que te haya subestimado.

O, más bien dicho, has estado más allá de todas y cada una de mis expectativas” manteniendo la calma aún en esa situación, el rey de la Cólquida lanzó un nuevo ataque con su espada.

Medea retrocedió velozmente, cubriendo su cuerpo con una armadura de oscuridad formada por escamas.

Su resistencia era tal que, incluso cuando impactó directamente en su cuerpo, solo dejó una marca, lo suficientemente pequeña como para no prestarle atención.

Sosteniendo nuevamente dos dagas con fuerza, volvió a la acción.

Ambos intercambiaron ataques, con sus armas difuminándose en destellos metálicos mientras trataban de sobreponerse al otro.

No estaban iguales, para nada.

Mientras que Medea solamente había gastado su energía mágica, Eetes había sufrido varias heridas graves, y no se había recuperado completamente de los últimos ataques.

Además, el hecho de enfrentarse a un enemigo que usa dos armas a la vez hacía aún más difícil el defenderse y atacar, debiendo de estar pendiente constantemente para evitar un golpe fatal.

Fue precisamente esa limitación lo que le impediría detener uno de los ataques de la hechicera, recibiendo una puñalada que se hundió directamente en su estómago.

El rey apretó los dientes, aprovechando la oportunidad para atacar directamente al pecho de su hija con todas sus fuerzas, con la intención de atravesar su armadura.

Pero Medea ya se le había adelantado.

Cambió su daga por un vial lleno de un líquido rojizo, destapándolo lo suficientemente rápido como para adelantarse a los movimientos de su padre.

Bajo el control de su hechicería, el líquido salió del envase, girando sobre sí mismo antes de salir disparado, tomando forma de lanza y cristalizádose.

Eetes abrió mucho los ojos, habiendo sido tomado por sorpresa.

No esperó que su hija hiciera algo tan descarado y eficaz contra él.

Trató de hablar, pero lo único que escapó de sus labios fue una corriente de sangre.

Sintiendo una repentina sensación de debilidad, sus piernas cedieron, dejándole caer.

Sólo podía confiar en el vellocino de oro.

Pero, con horror, se de que ya no lo tenía con sigo.

Ahora estaba en manos de la hechicera a la que engendró.

“Lo siento, padre, pero creo que esto me pertenece legítimamente.

Después de todo, fui yo quien te ayudó a protegerlo.

Por lo tanto, creo que no hay problema si me lo quedo, ¿verdad?” Mientras Medea se alejaba con paso ligero, Eetes sólo pudo mirar cómo se iba desde el suelo, retorciéndose y temblando mientras la muerte se cernía sobre él.

…

Mordred solo tenía un deseo que quería cumplir con todas sus fuerzas: enfrentarse a su “padre” para demostrarle que era realmente digna de ser su heredera.

Su esperanza de cumplir ese deseo se había encendido en cuanto descubrió la situación en la que fue invocada.

Con un poco de suerte, su maestro podría invocarla a ella también, y entonces tendría ese duelo que tanto había ansiado.

Sin embargo, frente a aquella figura que se alzaba ante ella no supo cómo reaccionar.

Cabello rubio, ojos verdes, una armadura con un vestido de estilo antiguo y una figura delgada y grácil…

ella conocía muy bien a esa persona.

“¿Padre?” Su voz salió en un murmullo ahogado, preguntándose si era cierto lo que sus ojos veía.

Parpadeó varias veces, pero la figura de su “padre” seguía allí, de pie, como si fuera una estatua.

Y, en cierto modo, lo parecía.

Se fijó en sus ojos verde esmeralda, y se dio cuenta de que estaban vacíos, desprovistos de toda vida.

Como si fuera una marioneta, pensó para sí misma.

“Padre, quiero retarte a un duelo.

¡Te voy a demostrar que soy digno de ser tu sucesor!” No hubo cambio en el rostro de Artoria, ni siquiera ante el desafío pronunciado por su hija.

Simplemente tomó su espada, Excalibur, con ambas manos, sosteniéndola en frente suyo.

Se miraron por un momento y, como si hubieran llegado a un acuerdo tácito, se lanzaron la una contra la otra.

Sus respectivas espadas chocaron entre sí, creando chispas mientras el sonido de metal chocando contra metal resonaba como el retumbar de un tambor.

Mordred se dio cuenta con un estremecimiento de que los movimientos de su “padre” eran mecánicos, tan carentes de voluntad y de vida como sus ojos.

Ella no era estúpida.

Sabía que había algo mal con ella.

Pero, ¿qué podía hacer?

Sin importar qué, acabaría con su vida.

Ya lo había intentado una vez en el pasado, por lo que no sería raro intentarlo una segunda vez.

Quería su aprobación, y la manera de conseguirlo era derrotar a su “padre” para demostrar que era digna.

Se alejaron la una de la otra, tomando un breve respiro antes de volver a enfrentarse en combate físico.

Calibur chocó con Clarent, el impacto de ambas espadas y la fuerza detrás de ellas creando estallidos sónicos y ondas de aire que destrozaban todo a su alrededor.

A diferencia de Mordred, que contaba con un físico mucho más fuerte y mejor construido, Artoria poseía una fuerza mucho menor.

Sin embargo, ambas estaban a la par gracias al uso de Emisión de Maná, una habilidad que se basa en infundir maná en un arma o en el propio cuerpo para obtener un impulso instantáneo.

A pesar del estado en el que Artoria se encontraba, aún era capaz de usar una habilidad como esa.

No podía liberar todo su potencial, pero el simple hecho de ser capaz de utilizarla demostraba lo poderosa que realmente era.

Eso no era todo.

Mordred se dio cuenta de que aún estaba lejos del nivel de su padre en su mejor momento.

Notó que cada golpe de Calibur iba con retraso, y la potencia estaba disminuyendo notablemente en comparación con lo que debería de ser capaz de mostrar en ese estado.

Se estaba resistiendo al control.

Su conciencia suprimida luchaba por emerger una vez más.

Y, a pesar de que no lograba su objetivo, aún era capaz de influir ligeramente en el actuar de su cuerpo.

Fue por esa misma razón que Mordred pudo vencer.

La espada de Mordred impactó de lleno contra Calibur, con una fuerza tal que logró desarmar a su “padre” y empujarla hacia atrás, antes de hacer girar su arma y apuñalarla directamente en en el pecho.

Fue en aquel momento, cuando su vida comenzó a desvanecerse, que finalmente la consciencia de Artoria pudo recuperar el control de su cuerpo.

Sus ojos recuperaron su claridad, con una chispa de vida resurgiendo en ellos, incluso si se iba apagando poco a poco.

“Mordred, hijo mío…

me alegra que me hayas liberado de mi propio cuerpo” su voz era plana y monótona, producto de su típico estoicismo.

“Padre, ¿qué te ocurrió?” “Supongo que ya sabes lo que pasa, ¿verdad?

Entre las filas de ese hombre extraño que se hace llamar enviado de Dios se encuentra un espíritu con forma de niña.

Fue ella quien selló mi consciencia, manipulando mi cuerpo como si fuera una marioneta” “¡Eso es imperdonable!

¡Es un acto deshonroso el reducir a un rey a un mero juguete!” Sí, ella quería derrotar a su padre, pero eso no era suficiente como para hacer que se alegrase de su destino.

“De todos modos, creo que murió.

Pude sentir la matriz que grabó en mi ser debilitándose.

Pero ahora llega la parte más difícil de todas.

Mordred, hijo mío, yo te considero digno heredero de mi trono y corona.

Ahora ve y actúa como debe de actuar un rey” su voz fue bajando de tono, y al final se convirtió en un murmullo apenas audible, mientras su cuerpo se ponía rígido y sus músculos perdía toda su fuerza.

Su cuerpo comenzó a desvanecerse en una lluvia de partículas de magia blanquecina, dejando atrás la funda de su espada, Avalon.

Mordred se agachó para recogerla, guardándola antes de ponerse nuevamente en pie.

Sus ojos verdes ahora portaban un nuevo brillo: el de la ira.

Pensaba hacer pagar a ese enviado de Dios por haber tratado de esa manera a su padre.

¿Qué tal?

¿Todo bien?

Yo estoy consumiendo mi vida lentamente con tal de escribir el especial de Halloween a tiempo.

Por si acaso, aclaro que el referirse a Mordred como hombre cuando es mujer no es un error gramatical, sino que ella se ve a sí misma como hombre.

Este dato ya es de sobra conocido por los fans de Fate, por lo que aviso para quienes no lo sepan.

También quiero informar que este es el último capítulo de batallas individuales, y el próximo es la batalla final.

Calculo que tardaré más o menos 3 días en terminarlo, pero dependerá de muchos factores y puede ser más o menos tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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