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Sistema de gacha mitológico - Capítulo 88

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  4. Capítulo 88 - 88 Tercera prueba y escape
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88: Tercera prueba y escape 88: Tercera prueba y escape (Pov tercera persona) Con el ritmo paulatino que el cosmos sigue, la noche dio paso al día, con el sol saliendo por el este para arrojar su suave y hermosa luz dorada sobre la tierra bajo él.

Eso marcó el inicio de la tercera y última prueba por la que tenía que pasar Jasón, y también el inicio de la “libertad” que Medea fue incapaz de experimentar plenamente.

Tras una noche de reparador sueño, todos los argonautas estaban preparados para lo que les esperaba.

Jasón fue recogido por un carruaje, en el cual iban tanto Medea-Effiro como su hermano Absirto.

Se supone que no debían interferir, pero Effiro tenía planes diferentes.

Una vez que llegaron al pie de la montaña, en cuyo interior se encontraba escondido el vellocino de oro, el carruaje se detuvo.

Jasón bajó de un salto, antes de darse la vuelta, como si estuviera esperando algo.

“¿Qué?

¿Acaso estás esperando nuestra ayuda?

Siento romper tus ilusiones, pero nadie aquí te va a ayudar con est-” Absirto ni siquiera pudo terminar la frase antes de caer dormido con un golpe sordo.

Detrás suyo, los otros tres soldados que les acompañaban tuvieron el mismo destino.

Claramente ninguno de ellos había esperado que algo como eso pudiera pasar.

Porque ninguno creía que Medea fuera capaz de traicionar a los suyos, incluso después de ser golpeada y tratada como una maldición.

“¿Los has…?” “No están muertos, solo se están echando una siesta.

No llegaría al extremo de acabar con sus vidas.

Al menos de momento” “¿Cuánto tiempo tenemos?” “El suficiente como para completar la prueba.

Con un poco de suerte, deberíamos de poder reunirnos con el resto de argonautas para cuando el ejército de la Cólquida reaccione” “No sé si eso me resulta conciliador o aterrador” “Yo creo que ambas son buenas opciones.

Andando, te guiaré hasta esa maldita piel de oro pulido” Effiro-Medea había sido la que trajo al dragón para proteger el vellocino, por lo que sabía exactamente cuál era el camino que debían seguir.

Incluso si no se llegase a acordar de la ubicación del vellocino, todavía podría encontrarlo: emitía una intensa aura de energía mágica, como un faro en medio de la oscuridad.

Pronto llegaron hasta su ubicación.

El vellocino colgaba de la rama de uno de los árboles del bosque, y un gran e imponente dragón lo protegía con su propio cuerpo.

A diferencia de la imagen típica, el dragón tenía una forma mucho más parecida a la de una serpiente gigante, con su cuerpo cubierto de escamas de color negro obsidiana.

Sus ojos, un par de orbes de color amarillo brillante y maligno, se fijaron en ellos al instante.

Abrió sus mandíbulas, dejando escapar un silbido siseante y aterrador en señal de advertencia.

Effiro pudo sentir a Jasón a su lado, temblando visiblemente de miedo.

Casi parecía un hombre común en lugar de un héroe.

Pero, al final, eso es lo que era.

No tenía nada de especial, aparte de su tripulación.

Verle con tanto miedo frente a un monstruo real era gracioso.

Menudo héroe de pacotilla.

El dragón estaba alerta, listo para acabar con ellos si se atrevían a dar un paso más.

Bueno, era hora de intentarlo.

Cerró los ojos y respiró profundamente, buscando en su interior.

Allí estaba su reserva de energía mágica, abundante y tan brillante como una supernova.

Reaccionaba a sus pensamientos con la misma facilidad con la que era capaz de mover su cuerpo, casi como si fuera una extremidad más.

Invocó el poder de Hécate y de Hypnos, antes de liberarlo en una onda de energía a su alrededor.

El mundo fue cubierto por la quietud: los músculos del dragón se relajaron, y su mirada fue menos aguda y más somnolienta.

Incluso Jasón, a pesar de no ser el blanco de su poder, se vio afectado: su cuerpo dejó de temblar y su temor comenzó a desvanecerse.

Aún así, no fue suficiente.

Había logrado amansar a la bestia, pero eso no significaba que el peligro hubiera terminado.

El dragón seguía reticente, y parecía dispuesto a atacar en cualquier momento, aún cuando el hechizo de calma se había instalado.

Effiro cogió una rama de un árbol cercano, abrió un frasco de cristal que llevaba a la cintura y lo empapó con la sustancia en su interior.

Después se acercó al monstruo con calma, empuñando el palo como si fuera una espada.

El dragón rugió en señal de advertencia, y ese fue el momento en el que Effiro actuó.

Lanzó la rama directa a las fauces abiertas de la criatura, la cual desapareció en sus entrañas.

Pasaron unos largos y tensos segundos, y luego el monstruo colapsó en el suelo.

Momentos después, dejó escapar unos profundos y guturales ronquidos.

La poción de sueño tenía un efecto increíblemente fuerte, y ni siquiera un ser de tamaño tan colosal como lo era el dragón podía resistir sus efectos.

“Eso es…” “¿Increíble?

Lo sé.

Ahora coge esa maldita piel de carnero para que podamos irnos de una vez.

Estoy segura de que ya ha comenzado la fiesta” Effiro tenía razón.

Cuando volvieron al borde del bosque, descubrieron que ni el carruaje ni los soldados estaban allí.

Se habían ido para avisar al rey y al ejército.

Por suerte, la distancia que les separaba de la zona civilizada de la Cólquida no era mucha, y sólo tardaron veinte minutos en llegar.

Efectivamente, la fiesta había empezado sin ellos.

Los soldados de la Cólquida se habían enzarzado en combate con los miembros de los argonautas, y estaban en desventaja.

La tripulación del Argos no sólo era extensa, sino que también estaba conformada por individuos sobresalientes de sus propias tierras.

Por lo tanto, a pesar de la ventaja numérica que tenían, los soldados estaban en desventaja.

El combate era un lío caótico, y pronto Effiro se perdió entre la masa de cuerpos que le rodeaban.

No supo a dónde iba.

Simplemente movía sus manos cada vez que un soldado se abalanzaba sobre él, acabando con las vidas de sus atacantes.

Se abrió paso entre el caos, pero podía sentir el cansancio asentándose con cada muerte.

Tenía grandes reservas de energía mágica, pero no eran suficientes, y se agotaban demasiado rápido.

“Medea, ¿qué has hecho?

¿Cómo te has atrevido a traicionarme?” Allí estaba Eetes, sosteniendo en sus manos una espada de metal afilado.

Las traiciones de este tipo se pagan con la vida.

Ella podía ser su hija y su arma, pero eso no le impediría deshacerse de ella en caso de que fuera necesario.

¿Podría matarle?

Estaba seguro de que sí.

Estaba dispuesto a hacerlo.

Pero Medea no.

No tuvo mucho tiempo para continuar pensando en eso cuando una flecha atravesó el hombro del rey, haciéndole tambalearse hacia atrás y caer al suelo.

“Ni se te ocurra acercarte a ella, cabrón” escupió Atalanta, apuntando a Eetes con una nueva flecha engarzada.

El rey se quedó quieto, sopesando sus opciones.

Tras pensarlo un instante, decidió que no valía la pena arriesgar su vida por probar si realmente le matarían.

“Vamos, tenemos que salir de aquí” Atalanta le cogió de la mano, guiándole hacia la ubicación del Argos.

Una vez que estuvieran ahí, estarían seguros.

Al menos eso es lo que se supone que debería de pasar.

Effiro lo sabía mejor: Apsirto se había subido al Argos también, aprovechando la confusión del combate para tratar de detenerles.

Podía dejar que todo ocurriera de la misma manera o podía cambiarlo.

Cambiarlo no haría que el pasado fuera diferente.

Seguir la historia crearía más sufrimiento a la conciencia de Medea que se encontraba al fondo de su mente.

Ese era el objetivo, después de todo.

O podía hacer lo mismo, pero a su manera.

Cuando finalmente llegaron a la embarcación, permaneció con sus sentidos alerta.

Sabía que estaba escondido allí, en alguna parte.

Y ninguno de los argonautas pensó en aquella posibilidad, porque creían que el barco era un sitio seguro.

Pusieron el Argos en marcha lo más rápido que pudieron.

No podían perder el tiempo.

“Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?

No estaréis pensando en iros tan pronto, ¿verdad?” Y ahí estaba: Apsirto, con esa fea sonrisa de superioridad, como si se creyera el rey del mundo.

Barcos de la Cólquida aparecieron a los costados, listos para darles caza.

Pero no se acercaron.

“Mientras yo no dé la orden, no atacarán.

Sin embargo, si muero o lo ordeno, no tendréis escapatoria” “¿Y qué es lo que quieres de nosotros para que nos dejes escapar?” Jasón hizo la pregunta más importante, la que concernía a la tripulación.

“Es sencillo: quiero que me devolváis a mi hermana.

Debe de ser castigada por su traición y su horrible magia.

Entonces podréis iros, incluso con el vellocino.

A mí no me importa” “Entonces me quieres a mí, ¿no, hermano?” “Medea, dudo que quieras verles morir, ¿verdad?

Así que obedece y sígueme” “No” “¿No?

¿Cómo que no?

No estás en disposición de decidir, querida hermana” “Te equivocas en eso.

Yo soy aquí la que tiene más derecho a decidir.

Yo soy la que tiene el poder, no tú” Con un movimiento de su mano, una ráfaga de energía mágica golpeó el cuerpo de Apsirto, derribándolo.

No se volvió a poner de pie después de eso.

Estaba muerto.

“Orfeo, imita su voz y mantén los barcos ocupados.

El resto, cortar su cuerpo en trozos y tirarlos al mar.

Por más repugnante que sea, eso nos dará ventaja para huir” Effiro tenía que agradecer que los habitantes de la Cólquida le dieran tanta importancia a enterrar a los muertos completamente.

Preferirían perderles la pista si eso significaba recuperar todos los trozos del cuerpo de Apsirto.

El plan fue un éxito.

Pero ahora que habían escapado, tenían que purificarse.

El asesinato de su hermano era algo por lo que deberían de ser purificados.

Y conocía a una persona que podía hacer eso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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