Sistema de Harén en un Mundo de Fantasía - Capítulo 216
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- Capítulo 216 - 216 Un pequeño regalo
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216: Un pequeño regalo* 216: Un pequeño regalo* Elion cerró la puerta de su habitación con un suave clic, cuyo sonido resonó débilmente en el silencioso espacio.
Las luces automáticas de siempre no se encendieron, dejando la habitación envuelta en penumbra.
En su lugar, el suave resplandor de la lámpara de la mesita de noche lo bañaba todo en un cálido e íntimo tono ámbar.
«¡…!#».
Se le cortó la respiración de golpe cuando sus ojos se adaptaron a la escena que tenía ante él.
En ese instante, comprendió que aquella sería una noche que jamás olvidaría.
Allí, despatarrada sobre su cama, yacía Mira.
Sus ojos verde esmeralda centellearon con una lujuria pura y desenfrenada en cuanto se clavaron en los de él.
Estaba completamente desnuda, su esbelto y sexi cuerpo totalmente expuesto bajo la tenue luz de la lámpara.
Su pálida piel estaba sonrojada por la expectación, y sus turgentes pechos subían y bajaban con cada jadeo excitado.
Pero no era eso lo que más le aceleraba el pulso.
No, era la forma en que sus esbeltas piernas estaban abiertas de par en par, revelando los relucientes pliegues rosados de su jugoso coño.
Los labios de su flor estaban hinchados y húmedos, con un reguero de sus jugos que ya se deslizaba por sus muslos hacia su trasero ligeramente alzado, humedeciendo las sábanas bajo ella.
Era evidente que se había estado tocando en algún momento antes de que él entrara.
Desde luego, no había dejado nada al azar.
El segundo detalle más impactante eran las gruesas y ásperas sogas que le ataban firmemente los tobillos a las robustas patas de madera de la cama, obligándola a separar las piernas en una vulnerable forma de V que le estiraba la cara interna de los muslos.
Tenía las muñecas atadas juntas por encima de la cabeza y amarradas a los ornamentados postes del cabecero con la misma soga de cáñamo áspero, lo que le estiraba los brazos y le inmovilizaba la parte superior del cuerpo.
Una soga más intrincada le recorría el cuerpo como una telaraña, hundiéndose en su carne lo justo para dejarle tenues marcas rojas.
Le rodeaba el esbelto cuello a modo de collar holgado, para luego bajar y ceñir la base de cada seno, empujando las suaves protuberancias hacia arriba y hacia afuera, haciendo que se hincharan y sobresalieran, con las venas apenas visibles bajo la piel por la presión.
Las sogas continuaban alrededor de su estrecho torso, ciñéndose lo suficiente como para restringirle ligeramente la respiración con cada inhalación y acentuar así la curva de su cintura.
Más abajo, le rodeaban las caderas y se clavaban en la sensible carne de la cara interna de sus muslos, abriéndoselos todavía más para exponer hasta el último centímetro de su coño afeitado.
Su clítoris asomaba, hinchado y suplicando atención, mientras la entrada de su vagina se contraía de forma incitante.
A Elion se le aceleró la respiración cuanto más contemplaba la escena.
Su polla se irguió de inmediato en sus pantalones mientras se acercaba, y sus botas resonaron sordamente sobre la mullida alfombra.
Se detuvo al borde de la cama, cerniéndose sobre su cuerpo atado, devorando la escena con la mirada y tragando saliva con dificultad.
El aire de la habitación estaba impregnado de su aroma: una excitación almizclada mezclada con un toque de vainilla de su crema corporal.
Se inclinó sobre la cama y se acercó, deteniendo su rostro a escasos centímetros del de ella, y entonces alargó la mano hacia la mordaza de bola negra que tenía sujeta entre los labios.
La esfera de goma, mojada de su saliva, salió con un chasquido húmedo y obsceno cuando él le desabrochó la correa de cuero de la cabeza.
Un hilo de baba se deslizó por la comisura de su boca, y ella se lamió los labios lentamente, sacando la lengua para saborear la libertad.
—¿Te gusta mi regalo, marido?
—le preguntó con una sonrisa pícara y seductora, con voz ronca y anhelante, el aliento cálido rozándole la cara mientras se inclinaba todo lo que las sogas le permitían.
—¿Y cómo coño te las has apañado para atarte así tú sola?
—preguntó Elion, soltando una risita.
Sin esperar una respuesta completa, deslizó la mano entre sus muslos abiertos y hundió con brusquedad dos de sus gruesos dedos en su coño empapado con un sonoro y húmedo chapoteo.
El calor húmedo le envolvió la mano al instante y las paredes de ella se contrajeron con avidez alrededor de la intrusión.
Ella arqueó la espalda, o al menos lo intentó, pero las sogas la sujetaban con firmeza, arrancándole un grito ahogado—.
¡Ahhhh!
Sus músculos internos se agitaron frenéticamente, succionándole los dedos mientras él los giraba en lo más profundo y los curvaba para acariciar la esponjosa pared frontal.
Los jugos de ella le cubrían la piel y le goteaban por la mano.
—Te sorprenderías de lo que puede hacer una mujer cuando está desesperada por complacer al hombre que ama —gimió, mientras sus caderas se retorcían en vano contra las ataduras, buscando más fricción.
Su coño chapoteaba de forma audible con cada embestida de sus dedos, un sonido lascivo en la silenciosa habitación.
—¿De dónde has sacado tanta soga?
—le preguntó mientras observaba cómo el rostro de ella se contraía de placer, con los ojos entornados y las mejillas ardiendo.
—Mmmm…
De esa tiendecita de lencería de la ciudad —gimoteó ella, con la respiración entrecortada cuando él separó más los dedos a modo de tijera, estirándole la entrada—.
Ah, joder…
la que tiene todos los juguetes prohibidos escondidos en la trastienda.
Elion enarcó una ceja, asaltado por un destello de reconocimiento.
¿Era la misma tienda donde había visto por primera vez a Celeste ojeando aquellas delicadas prendas de encaje?
Aquel pensamiento le provocó un escalofrío posesivo, pero lo desechó de inmediato.
Retiró los dedos lenta y deliberadamente, observando cómo los labios del coño de ella se aferraban a ellos, reacios a soltarlos.
Salieron relucientes, con hilos de los jugos de su coño que los conectaban a su abertura antes de romperse.
Se los llevó a la nariz, inhalando su penetrante aroma, y luego los chupó hasta dejarlos limpios con un gruñido—.
Mmmmm…
Estaba empapada y su coño suplicaba más.
Los hermosos pliegues rosados se veían brillantes e hinchados.
Estaba claro que esa noche no hacían falta preliminares suaves; el elaborado montaje pregonaba sus intenciones a los cuatro vientos.
Mira anhelaba brutalidad; quería ser usada como una muñeca para follar y que la machacaran como a una prostituta callejera que suplica unas monedas.
Si hoy le apetecía jugar duro, él le seguiría el juego hasta el final…
y la dominaría hasta que gritara su nombre.
Elion volvió a lamerse los labios con lentitud.
«Esto va a ser divertido», pensó.
Se despojó sin prisa de su sudado uniforme con suaves tirones, quitándose la camisa de sus anchos hombros para revelar un pecho cincelado cubierto de un vello oscuro que le había crecido últimamente, con los músculos curtidos por el entrenamiento flexionándose bajo su tersa piel.
Le siguieron los pantalones; los apartó de una patada junto con los bóxeres y las botas, quedándose gloriosamente desnudo.
Su polla de veintitrés centímetros saltó libre, gruesa y venosa, con el tronco ligeramente curvado hacia arriba y la cabeza ya sonrojada, goteando una perla de líquido preseminal.
Latía visiblemente, y las venas palpitaban aún más al ritmo de su corazón.
Agarró a Mira por las caderas y dio un tirón para arrastrarla hacia él sobre las sábanas, un movimiento que hizo que las sogas crujieran y se tensaran.
—¡Ahhh!
Sus piernas atadas se flexionaron por las rodillas, formando una curva pronunciada que le arqueó ligeramente el trasero.
El arnés se le clavó más hondo en los muslos, arrancándole un jadeo que era una mezcla de dolor y placer.
Sus brazos se tensaron contra las ataduras de las muñecas, y tiró de los hombros mientras la estructura de la cama se mantenía firme.
Elion se deslizó sobre el lecho y se arrodilló debajo de ella; el colchón se hundió bajo su peso.
Sus grandes manos ahuecaron las firmes nalgas de ella desde abajo, hundiéndole los dedos en la mullida carne, mientras los pulgares se deslizaban hacia dentro para juguetear con la cara interna de sus muslos.
Separó la piel que rodeaba su florecilla rosada para ver mejor su hendidura chorreante, que se cernía justo debajo de su polla, apoyada en la pelvis de ella.
—¡Ahhh…!
—Mira bajó la vista hacia él, con el rostro enmarcado por su revuelto pelo negro—.
Quiero que me destroces esta noche, Elion —le urgió—.
¡Fóllame hasta que no pueda ni caminar, márcame por todas partes!
Una sonrisa maliciosa se extendió por el rostro de él.
—Con mucho gusto, mi pequeña zorra.
—Movió las caderas, sujetándose la polla por la base con una mano mientras con la otra le afianzaba la cintura.
Golpeó la bulbosa cabeza contra los pliegues de ella un par de veces, arrancándole un gemido, y luego la empujó contra su entrada empapada, abriendo los resbaladizos labios.
Los labios de su coño besaron la punta; estaban calientes y eran acogedores mientras él le provocaba el clítoris con roces superficiales, haciendo que ella gimiera y se restregara hacia abajo con impaciencia.
—¡Mmmmmm!
¡Por favor, métela ya!
—rogó Mira, empujando las caderas hacia delante.
Elion sonrió con malicia.
—Puedes hacerlo mejor, Mira.
Ruégamelo como si te fuera la vida en ello.
¡Plaf!
¡Plaf!
Volvió a golpear su polla con fuerza contra los pliegues de ella.
—¡Ahhhh!
¡Por favor, folla a esta zorra con tu polla enorme!
Finalmente, se alineó a la perfección, con su venosa longitud presionando contra la rosada y trémula abertura de ella.
Con una firme estocada de cadera, empezó a penetrarla, despacio al principio para saborear cómo se estiraba, y las paredes de ella se fueron abriendo centímetro a centímetro para dar cabida a su grosor.
—¡Ohhhhhhh…!
¡SÍ!
¡Por fin!
—A Mira se le entrecortó el aliento mientras la gruesa cabeza de la polla de Elion le estiraba sin pausa su blando y apretado interior.
Centímetro a centímetro, se hundió más y más, con las resbaladizas paredes de ella aferrándose a él, contrayéndose alrededor de su invasor grosor.
—Ngggg~ ¡Ahhhh!
—gimió ella con fuerza, un sonido primario y desesperado, mientras su cuerpo se tensaba contra las sogas que la mantenían abierta e indefensa.
—¡Oh, dios, sí…!
¡Lléname, así, Elion!
—jadeó con la voz quebrada cuando él tocó fondo, justo hasta la entrada de su útero, y sus pesados cojones se apretaron contra el culo de ella.
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