Sistema de Imperio Global: Comenzando desde tierras baldias - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 La caida y el despertar del sistema
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1: La caida y el despertar del sistema 1: La caida y el despertar del sistema El sonido de las pesadas puertas de roble macizo cerrándose a sus espaldas resonó como un disparo de cañón.
Fue un sonido definitivo, un portazo que separaba dos mundos: el del lujo obsceno y el de la miseria absoluta.
Adrian Blackwood se quedó de pie en el último escalón del pórtico, mientras la lluvia torrencial empapaba su camisa de seda hecha a medida en cuestión de segundos.
El agua fría se mezclaba con la sangre caliente que le goteaba del labio partido, fruto del puñetazo que su medio hermano, Julian, le había propinado momentos antes de echarlo como a un perro sarnoso.
—¡Y no vuelvas a mostrar tu cara por aquí, ladrón!
—gritó Julian desde la entrada, resguardado bajo el paraguas que sostenía un mayordomo inexpresivo.
A su lado, Cassandra, la madrastra de Adrian, observaba con una sonrisa gélida y triunfante, acariciando las perlas de su cuello.
—¡Padre!
—gritó Adrian, ignorando a las víboras y mirando hacia la ventana del segundo piso, donde la silueta de Robert Blackwood se recortaba contra la luz—.
¡Sabes que yo no desvié esos fondos!
¡Revisa los registros de seguridad!
¡Es una trampa!
La silueta no se movió.
La cortina se cerró lentamente.
Ese simple gesto dolió más que cualquier golpe físico.
Su padre, el hombre por el que Adrian había trabajado incansablemente, sacrificando su juventud para aumentar el valor de las acciones de Blackwood Enterprises en un 20% el último año, le había dado la espalda sin siquiera escuchar su defensa.
Los documentos falsificados que Cassandra había plantado en su despacho eran burdos, pero suficientes para un hombre que buscaba una excusa para favorecer al hijo de su nueva esposa.
La reja perimetral de la mansión se abrió automáticamente.
Los guardias de seguridad, hombres a los que Adrian había saludado por su nombre durante años, lo escoltaron hacia la salida con miradas de lástima y desdén.
—Lo siento, joven amo Adrian…
quiero decir, Sr.
Blackwood —murmuró el jefe de seguridad al dejarlo en la acera pública—.
Tenemos órdenes estrictas.
Se le han congelado todas las cuentas bancarias y se ha revocado su acceso a las propiedades de la corporación.
—Lo sé, Thomas.
Lo sé —dijo Adrian con la voz ronca.
La reja se cerró.
Adrian comenzó a caminar sin rumbo bajo la tormenta.
No tenía abrigo, ni teléfono (se lo habían confiscado “como evidencia”), ni llaves de su auto.
En su bolsillo, sus dedos rozaron un billete arrugado de cinco dólares y unas monedas.
Eso era todo lo que le quedaba al heredero de un imperio de miles de millones.
Caminó durante horas.
La ira inicial dio paso a una frialdad calculadora.
Adrian no era un idiota; sabía que esto había estado gestándose durante meses.
Su error no fue robar, su error fue confiar en que la sangre pesaba más que la ambición.
Llegó a una parada de autobús en las afueras de la ciudad, tiritando de frío.
Se sentó en el banco de metal helado, mirando las luces de la ciudad que se reflejaban en el asfalto mojado.
“Me las pagarán”, pensó, apretando los dientes con tanta fuerza que le dolieron las mandíbulas.
“Juro por la memoria de mi madre que compraré cada ladrillo de esa maldita mansión y los echaré a la calle tal como hicieron conmigo”.
Pero, ¿cómo?
Sin capital, sin contactos (nadie en la alta sociedad ayudaría a un paria acusado de malversación) y sin recursos, su juramento parecía el delirio de un loco.
Fue en ese momento de absoluta desesperación, cuando su mente estaba al borde del colapso por el estrés y la hipotermia, que sucedió.
Un zumbido agudo, casi eléctrico, resonó dentro de su cráneo, silenciando el ruido de la lluvia.
[Inicializando secuencia de arranque…] [Escaneando anfitrión: Adrian Blackwood.] [Estado: Crítico (Hipotermia leve, Agotamiento mental, Ira extrema).] [Compatibilidad confirmada: 99.9%.] Adrian se llevó las manos a la cabeza, mirando a su alrededor.
—¿Quién está ahí?
Una pantalla azul translúcida, similar a un holograma de alta tecnología, se materializó flotando frente a sus ojos.
Adrian parpadeó, pensando que estaba alucinando por el frío, pero la pantalla seguía allí, nítida y brillante.
[Bienvenido, Anfitrión.
El “Sistema de Imperio Global” ha sido activado exitosamente.] [Objetivo del Sistema: Asistir al anfitrión en la construcción de la fortuna más grande en la historia de la humanidad y reclamar su lugar en la cima.] —¿Sistema?
—murmuró Adrian, incrédulo.
Había leído novelas web en sus pocos ratos libres durante la universidad.
Sabía lo que esto significaba, pero experimentarlo en la realidad era aterrador y fascinante—.
¿Eres real?
[Afirmativo.
El destino no favorece a los débiles, pero el Sistema favorece a los ambiciosos.
Se ha detectado que el anfitrión ha perdido todos sus activos.
Iniciando protocolo de “Nuevo Comienzo”.] [¡Ding!
Has recibido el “Paquete de Regalo para Novatos”.] [¿Desea abrirlo ahora?] Adrian no tenía nada que perder.
Si esto era una alucinación antes de morir congelado, al menos moriría entretenido.
—Sí.
Abrir.
La pantalla parpadeó y varios iconos dorados giraron frente a él antes de detenerse.
Una voz mecánica y neutral narró las recompensas.
[¡Felicidades!
Has obtenido:] 1.
Título de Propiedad Absoluta: “Parcela 404 – Tierras Baldías del Oeste” (2 Hectáreas).
Estado: Libre de deudas e impuestos por 5 años.
2.
Capital Inicial: $1,000 USD (Depositados en una cuenta segura e irrastreable creada por el Sistema.
Tarjeta física materializada en el bolsillo del anfitrión).
3.
Ítem Especial: Bolsa de Semillas “Tomate Rubí Imperial” (x50).
Descripción: Genéticamente perfectos, ciclo de crecimiento acelerado.
4.
Ítem Especial: Fertilizante “Gaia Grado 1” (x1 Saco).
5.
Recompensa de Conocimiento: Habilidad [Agricultura – Nivel Maestro].
En el momento en que leyó la última línea, Adrian sintió una sacudida violenta en su cerebro.
No fue doloroso, sino una sensación de expansión repentina.
Fue como si alguien hubiera descargado una enciclopedia entera directamente en su córtex cerebral.
De repente, conocimientos que nunca había estudiado fluyeron por su mente: composición del suelo, niveles de pH, ciclos de nitrógeno, técnicas de injerto, irrigación hidropónica avanzada, diagnóstico de plagas por el color de una hoja…
Adrian miró una pequeña planta que crecía en una grieta del cemento bajo el banco.
Segundos antes, solo veía “hierba”.
Ahora, su mente procesaba automáticamente: Taraxacum officinale (Diente de león).
Estado: Saludable.
Humedad del suelo: Excesiva.
Nivel de nitratos: Bajo.
—Increíble…
—susurró, mirando sus propias manos.
Se sentía diferente.
Sus manos, acostumbradas a firmar documentos y teclear en ordenadores, ahora “sabían” cómo empuñar una azada o calibrar un sistema de riego.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón empapado y sus dedos tocaron el plástico frío de una tarjeta negra sin nombre y un juego de llaves antiguas con una etiqueta que decía “Parcela 404”.
[Nueva Misión Principal Generada: El Primer Paso del Magnate.] [Descripción: Un imperio comienza con un solo grano de tierra.
Dirígete a tu nueva propiedad y planta las semillas de “Tomate Rubí Imperial”.] [Recompensa por completar: Vehículo Utilitario (Camioneta Pickup Ford F-150 usada pero restaurada) + Habilidad Aleatoria de Supervivencia.] Adrian se puso de pie.
El frío ya no le molestaba tanto; la adrenalina de la oportunidad le calentaba la sangre.
Miró hacia la dirección donde quedaba la mansión Blackwood, oculta tras la cortina de lluvia.
—Querían verme en la calle —dijo Adrian al aire vacío, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—.
Pues bien, empezaré desde la calle.
Pero cuando termine, seré dueño de la calle, de la ciudad y de todo lo que valoran.
Sacó la tarjeta negra.
Necesitaba llegar a esas “Tierras Baldías del Oeste”.
Caminó hasta una estación de servicio cercana.
El dependiente lo miró con recelo por su aspecto empapado y su ropa cara arruinada.
—¿Aceptan tarjeta?
—preguntó Adrian con la confianza de un CEO, a pesar de parecer un vagabundo.
—Si tiene fondos…
—respondió el hombre con desdén.
Adrian compró un café caliente, un impermeable barato de plástico, unas botas de trabajo y pidió un taxi a través de una aplicación en el teléfono del mostrador (pagando una propina generosa para que el dependiente lo permitiera).
El viaje hacia el oeste de la ciudad tomó cuarenta minutos.
La zona urbana dio paso a fábricas abandonadas y, finalmente, a terrenos abiertos y descuidados.
El taxi lo dejó frente a una puerta de alambre oxidada en medio de la nada.
—Aquí es, amigo.
No hay nada en kilómetros.
¿Seguro que se queda aquí?
—preguntó el taxista.
—Seguro.
Quédese con el cambio.
El taxi se alejó, dejándolo solo en la oscuridad.
Adrian abrió la puerta oxidada con la llave que el sistema le había dado.
Frente a él se extendían dos hectáreas de tierra.
A la luz de la luna que empezaba a asomarse entre las nubes, el lugar parecía un desastre.
Había maleza alta hasta la cintura, piedras esparcidas y una pequeña cabaña de madera que parecía que se vendría abajo con un soplido.
Para cualquier persona normal, esto era un basurero.
Pero Adrian activó su visión analítica otorgada por el nivel de [Agricultura: Maestro].
Sus ojos brillaron levemente.
El paisaje cambió ante su percepción.
No veía maleza; veía biomasa rica en carbono lista para compostaje.
No veía tierra seca; veía un suelo franco-arenoso profundo que, con el fertilizante correcto, tendría un drenaje excelente para solanáceas.
No veía una cabaña ruinosa; veía una estructura base sólida que necesitaba reparaciones estructurales menores.
—Es perfecto —dijo Adrian, sintiendo el peso del saco de semillas en su “Inventario” (un espacio dimensional al que accedía mentalmente).
De repente, una notificación brilló: [Alerta de Sistema: Se ha detectado que el anfitrión desea optimizar el terreno.
¿Desea utilizar 100 Puntos de Energía (Préstamo Inicial) para limpiar la maleza en un radio de 50 metros?] —Hazlo.
Un pulso de energía invisible barrió el área frente a la cabaña.
En un parpadeo, la maleza se marchitó y se desintegró en polvo fino, mezclándose con la tierra y dejándola limpia y nivelada.
Adrian respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire limpio del campo y el olor a tierra mojada.
Era pobre, estaba solo y tenía frío, pero por primera vez en años, Adrian Blackwood se sentía completamente en control.
Se arrodilló, tomó un puñado de tierra húmeda y la apretó en su puño.
—Aquí empieza el imperio.
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