Sistema de Imperio Global: Comenzando desde tierras baldias - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 El ojo de la verdad
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5: El ojo de la verdad 5: El ojo de la verdad El Gran Hotel Metropolitano resplandecía esa noche.
Una alfombra roja se extendía desde la acera hasta las puertas giratorias doradas, flanqueada por fotógrafos que disparaban sus flashes como ametralladoras cada vez que una limusina dejaba a una celebridad local o a un magnate de la industria.
Era el evento benéfico anual de la Fundación Blackwood.
Hace solo un año, Adrian había sido el anfitrión, sonriendo ante las cámaras, estrechando manos y asegurándose de que las donaciones fluyeran.
Hoy, era un fantasma.
Adrian bajó de un taxi a dos calles de distancia.
No quería que nadie viera que no llegaba en coche propio, aunque su orgullo ya estaba blindado, la imagen lo era todo en este nido de víboras.
Llevaba un traje azul marino que había comprado esa misma tarde en una tienda de segunda mano de alta gama.
No era a medida, pero con su percha atlética y su postura erguida, lo hacía lucir como si hubiera nacido con él puesto.
En su bolsillo interior, el cheque de Jean-Luc y el efectivo restante sumaban poco más de treinta mil dólares.
Era una fortuna para un hombre común, pero cambio suelto para la gente en ese salón.
Caminó hacia la entrada.
El jefe de seguridad, un hombre nuevo que no lo conocía, le bloqueó el paso con el brazo.
—Lo siento, señor.
Evento privado.
Solo con invitación o entrada general.
—Entrada general —dijo Adrian, sacando el ticket de quinientos dólares que había comprado online hacía unas horas.
El guardia lo escaneó, la luz se puso verde y Adrian entró.
El salón de baile era un océano de esmóquines, vestidos de gala y joyas brillantes.
El aire olía a champán caro y flores frescas.
Adrian tomó una copa de una bandeja que pasaba y se mezcló entre la multitud, manteniéndose en los bordes.
Activó su habilidad [Ojos de Tasador: Nivel 1] y de repente, el mundo se llenó de etiquetas flotantes translúcidas sobre los objetos y las joyas de los invitados.
Collar de diamantes de la Sra.
Pembrook.
Valor Real: $150,000.
Estado: Auténtico.
Reloj Rolex del Concejal Miller.
Valor Real: $200.
Estado: Falsificación de alta calidad.
Adrian reprimió una sonrisa.
Si esta gente supiera que podía ver sus secretos con un vistazo, el pánico sería total.
El concejal Miller, que predicaba sobre la honestidad, llevaba una falsificación china.
Información útil para el futuro.
—Vaya, vaya.
Miren qué trajo la marea.
La voz arrastrada y burlona cortó el ambiente.
La multitud se abrió como el Mar Rojo.
Julian Blackwood se acercó, sosteniendo una copa de coñac.
Vestía un esmoquin de terciopelo burdeos que gritaba “nuevo dinero” a pesar de la antigüedad de su apellido.
A su lado, Cassandra, la madrastra de Adrian, lo miraba como si fuera una cucaracha en su ensalada.
—Adrian —dijo Cassandra con una voz dulce y venenosa—.
Qué…
valiente de tu parte venir.
¿Viniste a pedirle perdón a tu padre?
Quizás si te arrodillas ahora, te deje dormir en las perreras.
Algunos invitados soltaron risitas nerviosas.
Otros miraron hacia otro lado, incómodos.
Adrian tomó un sorbo de su copa, sin inmutarse.
—Solo vine a disfrutar del arte, Cassandra.
Y a asegurarme de que la caridad de la familia realmente llegue a los necesitados, y no a tus cuentas en las Islas Caimán.
El rostro de Cassandra se tensó, perdiendo su máscara por un segundo.
—Insolente.
Seguridad debería sacarte de aquí.
—Tengo una entrada pagada.
Es un evento público —respondió Adrian con calma—.
A menos que quieras hacer una escena frente a la prensa y explicar por qué el “hijo pródigo” es expulsado de un evento de caridad, te sugiero que me dejes en paz.
Julian dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Adrian.
—Disfruta tu copa, hermanito.
Es lo único que podrás permitirte esta noche.
Julian se dio la vuelta, llevándose a su madre.
El enfrentamiento había sido breve, pero Adrian notó algo: Julian estaba nervioso.
No dejaba de mirar el catálogo de la subasta.
Adrian miró el catálogo digital en su teléfono.
Lote 24: “El Lamento del Guerrero”.
Una estatuilla de bronce de la dinastía Qing, ligeramente oxidada.
Julian quería esa estatua.
Adrian recordó una conversación de hace meses: su padre, Robert, era un coleccionista fanático de bronces asiáticos.
Julian planeaba comprarla para ganarse el favor definitivo del patriarca y asegurar su posición como CEO.
La subasta comenzó y Adrian se situó al fondo, observando.
Los primeros lotes pasaron sin pena ni gloria: viajes a las Bahamas, vinos añejos, pinturas modernas de artistas de moda.
Finalmente, llegó el Lote 24.
El subastador presentó la pequeña estatua de unos veinte centímetros.
Estaba cubierta de una pátina verdosa y parecía bastante deteriorada.
—Damas y caballeros, una pieza curiosa.
Bronce antiguo, datación incierta, recuperada de una colección privada en Macao.
Precio de salida: $5,000 dólares.
Adrian entrecerró los ojos y activó [Ojos de Tasador].
La información parpadeó, luchando contra la capa de suciedad y oxidación de la pieza.
[Objeto: Estatuilla “El General Olvidado”.] [Material: Bronce con núcleo de Oro Blanco.] [Origen: Dinastía Ming (Mal catalogada como Qing tardío).] [Estado: Sucio, pero estructuralmente perfecto.] [Valor de Mercado Actual (como chatarra/arte menor): $8,000 – $10,000.] [Valor Real (Restaurada): $1,200,000 USD.] El corazón de Adrian dio un vuelco, no era solo una baratija para impresionar a papá.
Era un tesoro nacional perdido.
Y Julian, con su ignorancia, solo la quería porque el asesor de arte le había dicho que era “bonita”.
—Cinco mil —dijo Julian levantando su paleta con arrogancia.
—Seis mil —dijo un coleccionista anciano en la primera fila.
—Ocho mil —contraatacó Julian, mirando alrededor para asegurarse de que todos lo vieran.
El anciano negó con la cabeza y bajó la mano.
La pieza no parecía valer tanto a simple vista.
—Tenemos ocho mil a la una…
ocho mil a las dos…
—canturreó el subastador.
—Diez mil —dijo Adrian.
Su voz fue clara y resonó en el salón.
Todas las cabezas se giraron.
Julian se puso rojo de ira al ver quién había ofertado.
—Doce mil —escupió Julian.
—Quince mil —respondió Adrian sin dudar, aunque por dentro estaba calculando.
Tenía un límite estricto de treinta y dos mil.
La multitud murmuraba.
“¿El desterrado tiene dinero?” “¿De dónde sacó quince mil dólares?” Julian se rió, una risa forzada y aguda.
—¿Vas a gastar tus últimos centavos en esto, Adrian?
¿Solo para molestarme?
Bien.
Juguemos.
Veinte mil.
Adrian mantuvo su rostro impasible.
Sabía que Julian tenía acceso a las tarjetas corporativas con límites de millones.
Adrian no podía ganar una guerra de desgaste.
Tenía que ganar una guerra psicológica.
Tenía que hacer creer a Julian que él sabía algo, o que simplemente estaba loco.
—Veinticinco mil —dijo Adrian.
Julian dudó.
Veinticinco mil por un trozo de metal oxidado era absurdo.
Su asesor le había dicho que valía diez como mucho.
Pero si Adrian lo quería tanto…
¿era valioso?
¿O Adrian solo quería arruinarle el regalo para su padre?
Si Julian pujaba más y ganaba, habría gastado una fortuna en chatarra y Adrian se reiría.
Si Julian se retiraba y resultaba ser valioso, Adrian ganaría.
Pero Julian pensó: “Adrian está desesperado.
Quiere comprar el favor de papá con esto.
No puedo dejar que tenga esa oportunidad”.
—Veintiséis mil —dijo Julian.
Adrian miró a Julian a los ojos.
Hizo una pausa larga.
Se tocó el auricular como si estuviera recibiendo una llamada (aunque no había nadie).
Sonrió levemente y levantó la paleta.
—Treinta mil dólares.
Fue un movimiento de “todo o nada”.
Era casi todo su capital.
Si Julian decía 31, Adrian estaba fuera y humillado.
El salón quedó en silencio absoluto, Julian miró la estatua sucia.
Miró a su madre, que le hizo un gesto sutil de “déjalo, es basura”.
Treinta mil dólares era demasiado riesgo para una pieza no autenticada.
Si le regalaba a su padre una baratija sobrevalorada, quedaría como un idiota, no como un héroe.
Y lo más importante: Julian pensó que al hacer que Adrian gastara 30k en basura, lo dejaría en la ruina total.
Esa era la mejor victoria.
—Es toda tuya, hermano —dijo Julian con una sonrisa burlona, bajando su paleta—.
Espero que te sirva de pisapapeles en la calle.
—Treinta mil a la una…
a las dos…
¡Vendido al caballero del fondo!
—golpeó el mazo el subastador.
Un suspiro colectivo recorrió la sala.
Adrian caminó hacia la mesa de pagos.
Sentía las miradas clavadas en su espalda.
Había ganado, pero su cuenta bancaria estaba casi vacía de nuevo.
[¡Ding!] [Misión Principal “La Primera Bofetada” Completada.] [Objetivo: Ganar el objeto deseado por tu rival.] [Resultado: Éxito.
Has adquirido “El General Olvidado”.] [Recompensas:] 1.
Restauración Instantánea del Objeto (Opcional).
2.
Habilidad: [Etiqueta Social y Protocolo – Nivel Experto].
3.
Puntos de Prestigio: +100.
Adrian pagó con su tarjeta negra.
El cajero lo miró con sorpresa al ver que la transacción era aprobada, le entregaron la estatuilla envuelta en papel de seda dentro de una caja de madera simple.
Adrian salió al vestíbulo, donde Julian y un grupo de aduladores lo esperaban para burlarse.
—Felicidades, magnate —se mofó Julian—.
¿Qué vas a hacer con eso?
¿Derretirlo para vender el cobre?
Has gastado la herencia de tu madre en basura.
Papá se reirá cuando se entere.
Adrian se detuvo.
Miró a Julian y luego a la caja.
El Sistema le ofreció una opción en su retina: [¿Activar Restauración Instantánea?
Coste: 10 Puntos de Energía.] Sí.
Adrian sintió un calor emanar de la caja.
Imperceptible para los demás.
—Sabes, Julian…
El problema contigo es que solo ves el precio de las cosas, nunca su valor.
Adrian abrió la caja sobre una mesa auxiliar del vestíbulo.
Ya no había óxido, la estatua brillaba con un dorado profundo y magnífico.
El bronce había sido limpiado para revelar incrustaciones de oro blanco en la armadura del guerrero que formaban patrones de dragones exquisitos.
En la base, ahora limpia, se leía claramente el sello imperial de la Dinastía Ming.
El silencio que siguió fue sepulcral, un experto en arte que pasaba por allí se detuvo en seco, boquiabierto.
Se ajustó las gafas y se acercó casi corriendo.
—¡Dios santo!
—exclamó el experto—.
¡Esos patrones…!
¡Es el trabajo del maestro Zhang!
¡Se creía perdida en el incendio del Palacio de Verano!
Julian palideció.
Su copa tembló en su mano.
—No…
es imposible.
Era un trozo de óxido hace un momento…
—Estaba sucia, Julian —dijo Adrian, cerrando la caja con calma—.
Solo hacía falta tener buen ojo.
Algo que el dinero no puede comprar.
Adrian miró al experto.
—¿Cuál sería su estimación, profesor?
—En subasta internacional…
—balbuceó el hombre—.
Fácilmente un millón de dólares.
Tal vez más.
Es una pieza de museo.
La mandíbula de Julian cayó.
Cassandra parecía haber tragado un limón entero.
Acababan de dejar escapar un millón de dólares por treinta mil.
Y lo peor: Adrian lo tenía.
Adrian tomó la caja bajo el brazo.
—Buenas noches, “familia”.
Gracias por dejarme ganar esta…
bagatela.
Salió por las puertas giratorias hacia la noche fresca, dejando atrás un caos de murmullos y a un Julian Blackwood que parecía a punto de vomitar por la rabia.
[Alerta de Sistema:] [Has humillado a un enemigo de Nivel 2 (Julian Blackwood) en público.] [Bonificación de “Face-Slapping”: +$50,000 USD (Depositados en cuenta).] [Tu leyenda comienza a crecer.] Adrian sonrió mientras el aire frío golpeaba su rostro, tenía la estatua (activo de $1M), $50k en efectivo (más de lo que tenía al entrar) y la satisfacción de haber visto el miedo en los ojos de su hermano.
Subió a un taxi.
—A las Tierras Baldías, por favor.
El conductor lo miró por el retrovisor.
—¿A ese basurero a estas horas?
—Ya no es un basurero —dijo Adrian, acariciando la caja de madera—.
Es la sede central de mi imperio.
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