Sistema Naval de Gacha: ¡Es Hora de Monopolizar los Siete Mares! - Capítulo 121
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121: | 121 | Tiempos previstos 121: | 121 | Tiempos previstos En las turbulentas aguas de la colonia del archipiélago, un solitario barco mercante navegaba firmemente a través de la marea.
El bergantín medieval provenía de un Dominio Colonial cercano y tenía la intención de comprar esclavos de alta calidad de la colonia.
Aunque, por desgracia para ellos…
Fueron asaltados por los rebeldes de la Tribu del Pueblo Ciervo y sus desconocidos aliados.
—¡P-Por favor, no me maten!
—Rodeado por los cadáveres de sus guardias se encontraba el mercader extranjero.
Su expresión de incredulidad reflejaba el horror por lo que acababa de sucederle a su barco mercante.
—No te preocupes, mientras cooperes, no te mataremos —expresó Mercedes mientras ladeaba la cabeza, a lo que siguió una sonrisa.
En su mano, un cuchillo apuntaba a su garganta; una intimidación evidente.
Hermona se mantuvo a un lado mientras los jóvenes de la gente ciervo se llevaban los suministros y el oro almacenados en el bergantín.
Miró al mercader con una expresión decidida, aunque en su corazón, le resultaba difícil estar ahora realmente en contra de la humanidad.
«Ya no hay vuelta atrás.
Después de lo que he hecho y de haber elegido este camino…
solo puedo ver su final».
Sacudió la cabeza y desechó sus pensamientos compasivos.
Después de todo, necesitaban información del mercader.
—¡¿Q-Qué q-quieren de mí?!
—gritó el mercader, dispuesto a darle cualquier cosa a la bestia lobo plateada con tal de que lo dejara vivir.
—No es nada comparado con tu vida.
Quiero conocer más rutas de tus amigos mercaderes.
Especialmente las de aquellos que transportan armamento a la colonia.
Las comisuras de los labios de Mercedes se elevaron mientras entrecerraba los ojos.
—P-Pero, n-no puedo hacer eso…
La asociación de mercaderes me daría ca…
—tartamudeó el mercader antes de que el cuchillo de Mercedes le cortara la oreja, haciéndolo gritar de dolor.
—¡¡¡Aaargh!!!
—Permíteme recordártelo una vez más.
O hablas o pagas con tu vida —le recordó fríamente Mercedes al mercader, pues no estaba interesada en perder el tiempo jugando con él.
—¡V-Va-Vale!
¡Hablaré!
¡Por favor, no me mates, no quiero morir!
—suplicó mientras incontables lágrimas brotaban de sus ojos, empapando su aterrorizado rostro.
—No me hagas esperar —comentó ella con indiferencia, provocando que un escalofrío recorriera la espalda del mercader.
—L-Las rutas mercantes de este archipiélago están en este mapa.
A-Aunque serían útiles para los piratas, ya que la marina suele patrullar estas aguas.
El mercader sacó de su bolsillo un mapa pequeño pero detallado.
Era un tesoro, ya que su negocio dependía en gran medida de las rutas.
Y cartografiar dichas rutas requería muchos recursos que ni siquiera el dinero podía comprar.
—¿No es mucho mejor ser obediente desde el principio?
No habrías perdido una oreja.
Mercedes tomó el pequeño mapa y negó con la cabeza, decepcionada.
Dejó de apuntar con el cuchillo al cuello del mercader y se puso en pie.
—Muy bien, cúrenlo y asegúrense de encerrarlo bien.
Es un mercader de un Dominio Colonial cercano, así que podemos obtener mucha información de su cerebro.
Mercedes se señaló la cabeza y miró a sus hombres detrás de ella.
—Afirmativo, Primera Teniente Mercedes —saludó el Minokin mientras el resto del personal de la Unidad de Respuesta Especial saqueaba por completo el bergantín medieval.
No dejaron nada útil atrás.
Hermona se percató de este rasgo y se preguntó si en secreto siempre habían sido piratas.
En cualquier caso, pensó en el momento en que Mercedes había eliminado a varios guardias con facilidad.
Ni siquiera ella podía moverse tan rápido, lo que la dejó impresionada por el asombroso físico que tenía Mercedes.
—Señorita Hermona, tenemos las rutas que necesitamos para continuar nuestras incursiones.
¿Le gustaría continuar?
—inquirió Mercedes mientras jugaba con el pequeño mapa entre sus dedos.
Hermona miró a la bestia lobo plateada y asintió de inmediato.
—Continuemos.
Necesito las armas que contiene uno de estos barcos para dar comienzo a la rebelión.
—La rebelión necesitaba todo el armamento que pudiera conseguir.
Y la única forma de obtenerlo sin enfrentarse a toda la armada colonial local era asaltando barcos mercantes.
No era una forma bonita de adquirir armas, pero era suficiente y satisfactoria para su circunstancia actual.
—De acuerdo, ya que simplemente los estamos acompañando.
Seguiremos cualquier plan que tengas en mente.
Mercedes le lanzó el pequeño mapa a la joven, que lo atrapó con facilidad.
Por otro lado, el mercader finalmente se fijó en que había una chica humana con estos animales.
La señaló conmocionado y gritó: —¡U-Una traidora!
¡Cómo pudis…!
El mercader no pudo continuar al notar la afilada mirada de Mercedes fija en él.
Era como si le estuviera advirtiendo.
En el momento en que otra palabra saliera de su sucia boca, su cabeza saldría volando de su cuerpo.
Y esta advertencia oculta fue suficiente para el mercader.
Cerró la boca y no siguió hablando, a pesar de su insignificante opinión sobre que Hermona ayudara a las gentes bestia en su rebelión.
—No te preocupes mucho por lo que dice.
Su opinión es tan inútil como el monstruo que quemaste.
La única razón por la que lo mantenemos con vida es por la información que tiene en la cabeza.
Así que las palabras de un hombre muerto no significan nada —comentó Mercedes, haciendo que Hermona frunciera el ceño.
Sus emociones encadenadas se desbordaban mientras la ansiedad, el miedo y la sensación de estar perdida comenzaban a consumirla.
—Yo…
estoy sola —musitó ella.
Pero la bestia lobo plateada simplemente sonrió ante sus palabras.
Mercedes negó con la cabeza y le aclaró a la jinete de guiverno.
—No, no lo estás.
No eres la única humana que lucha contra la tiranía de la humanidad.
Hay muchos otros como tú, y ellos fueron los que me salvaron.
Las palabras de Mercedes hicieron que la titilante luz en el corazón de Hermona brillara con más fuerza.
—¿Te refieres a ellos?
—preguntó Hermona, pues entendió lo que Mercedes había querido decir con sus palabras anteriores.
Al oír la pregunta de la joven, la loba plateada sonrió con aire de suficiencia y respondió:
—Así es…
La Marina Unida.
—Los humanos por los que lucharíamos hasta la muerte.
Los que nos salvaron.
Los que nos liberaron.
No son otros que la Marina Unida, y se convertirán en la fuerza dominante del Mar Ferus.
—Los Soberanos, las Deidades Primordiales Bestiales o cualquier otra raza, si a eso vamos, son insignificantes para nosotros en comparación con ellos.
Nos aseguraremos de que sigan existiendo; como gentes bestia que fueron salvadas y liberadas, es nuestro deber hacerlo.
El breve discurso de Mercedes resonó por todo el bergantín medieval.
Fue una declaración que hizo que todos dejaran de mover un solo músculo.
Los Minokins y las gentes bestia de la Marina Unida se sintieron iluminados, mientras que Espada soltó una risita.
—La Primera Teniente tiene razón.
¡La Marina Unida se convertirá en la más fuerte, y nosotros, las gentes bestia, nos aseguraremos de ello!
—siguió su ejemplo y declaró sin dudarlo ni un instante.
Hermona se sintió asombrada por las confiadas palabras de las gentes bestia.
El hecho de que declararan que darían la vida por los humanos la hizo sentir extraña.
Fue algo encantador darse cuenta de que el camino que había tomado no era uno que recorría en solitario.
—Así que no te preocupes por estar sola, jovencita.
Estás muy lejos de estarlo.
—Mercedes le sonrió a Hermona mientras la brisa del viento alborotaba su pelaje plateado.
…
En las turbulentas aguas del norte, más allá del horizonte de Crescere, Charlotte se encontraba en el puente de mando mientras este temblaba y se sacudía por las explosiones circundantes.
¡PUM!
¡PUM!
¡PUM!
¡PUM!
Los cañones navales disparaban su salva completa hacia la flota enemiga.
Algunos impactos fueron evitados, pero la mayoría alcanzó sus objetivos.
Los escudos de los acorazados enemigos se agrietaron al contacto, mientras que otros colapsaron de inmediato.
Aquellos escudos colapsados fueron inmediatamente machacados con ataques de misiles de las fragatas circundantes, que también disparaban sus respectivos cañones navales hacia los acorazados enemigos.
—¡Vicealmirante, se ha confirmado el hundimiento de dos naves enemigas!
¡Tres están gravemente dañadas por el bombardeo!
¡Las naves restantes se están dispersando!
—informó un oficial de inteligencia a la comandante del UNS Trinidad del Consuelo.
—¡No duden!
¡Mantengan el bombardeo!
¡No les den tiempo a respirar!
—ordenó a su personal naval, que obedeció con presteza.
Siguió otra salva de los cañones navales de 16 pulgadas.
¡PUM!
¡PUM!
¡PUM!
¡PUM!
Por otro lado, el Comandante de la Flota Ignis se aferraba a las barandillas mientras varias explosiones los envolvían.
Apretó los dientes con fastidio, ya que su adversario tenía demasiada potencia de fuego en sus manos.
—¡Inquisidores!
¿Cuándo van a actuar?
—gritó a los hombres de capa oscura que mantenían los escudos del acorazado de Ignis.
De lo contrario, ya estaría en el fondo de las profundidades abisales con lo mucho que el UNS Trinidad del Consuelo lo estaba bombardeando.
—¡No nos molestes ahora mismo, viejo!
Tus escudos solo se mantienen gracias a nosotros.
Evita la confrontación con su nave capital y danos un respiro.
El supuestamente tranquilo Inquisidor rubio estaba sudando por lo mucho que tenían que reparar el sistema de escudos rúnicos.
…
Mientras tanto, mientras el norte y el archipiélago luchaban por el dominio de su isla, en el sur un solitario buque de guerra metálico navegaba hacia una colonia sureña que, según los rumores, albergaba a más de decenas de miles de esclavos.
El solitario buque de guerra era el UNS Guardián de Alta Mar, comandado por el Capitán Howard.
Junto al UNS Guardián de Alta Mar se encontraba la fuerza principal de la Unidad de Respuesta Especial, que superaba el millar.
Estas gentes bestia y humanos fueron entrenados por la propia dragonesa, lo que demostraba su potencia en combate.
Pero esto hace que uno se pregunte…
¿dónde estaba la dragonesa?
Bueno, la respuesta a esa pregunta era bastante simple.
En la proa del gigantesco buque de guerra metálico había una figura de pie contra el viento.
Su cabello blanco ondeaba a su espalda mientras sus cuernos oscuros brillaban con una luminiscencia negra.
Su abrigo negro se agitaba mientras sus colas negras permanecían inmóviles.
Miraba tranquilamente hacia el horizonte, con iris dorados que refulgían con brillantez.
Era el Dragón de la Marina Unida, Laplace, la Libertadora.
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