Sistema Pornográfico Demoníaco - Capítulo 783
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Capítulo 783: Recién llegado inesperado
Kaiden buscó confirmación a través de su vínculo de Maestro de Mazmorras, y la firma se manifestó cálida y familiar. La mazmorra solo registraba esa señal para aquellos que él había reclamado como suyos. Una figura doméstica rubia y discretamente competente que no tenía absolutamente nada que hacer en un radio de cien kilómetros de este lugar en este momento.
«No…».
…
Los Demonios del Cielo los transportaron a través de la caverna en menos de un minuto. Las formas evolucionadas eran algo completamente distinto a los cazadores del tamaño de un perro que habían utilizado para desplazarse; de alas anchas y con lomo de caballo, la cresta a lo largo de sus espinas dorsales estaba hecha para que un jinete se sentara sin problemas. Kaiden se deslizó desde el hombro de su montura en el instante en que sus garras tocaron la piedra de la Zona Segura.
Alexandra subía por la pendiente hacia el sendero de la Caverna Abisal, y lo estaba consiguiendo a pura terquedad y fuerza de piernas.
Dos bolsas de lona colgaban de sus hombros, con las correas clavándose en su delgado uniforme de doncella. Una tercera bolsa la sujetaba bajo el brazo derecho. Una cuarta estaba enganchada en su codo izquierdo. Una cesta de mimbre se balanceaba contra su cadera, cubierta con un paño. Dos bolsas más a sus pies, detrás de ella, que acababa de soltar para tomar un respiro, con un contenido lo bastante sospechoso como para insinuar ollas, cucharones y verdaderos utensilios de cocina.
Su cabello se había soltado de su habitual pulcritud, mientras que sus mejillas estaban sonrojadas por el esfuerzo.
—¡Alex!
Alice se separó del grupo antes de que nadie más se percatara de la escena, y su forma de halo oscuro se disolvió en su aspecto normal mientras sus botas tocaban el suelo.
—¡Déjame ayudarte!
—Alice… —exhaló Alexandra, con el alivio inundando todo su rostro—. Gracias.
Alice ya le estaba quitando de un tirón una de las bolsas del hombro. Kaiden cubrió el resto de la distancia caminando, le quitó la cesta de la cadera y la bolsa de debajo del brazo con un solo movimiento fluido y luego se echó al hombro las correas de una tercera bolsa que ella ni siquiera había llegado a soltar.
Alexandra soltó un largo y audible suspiro. Sus hombros descendieron un par de centímetros. Se llevó una mano a la parte baja de la espalda y les dedicó a ambos una pequeña sonrisa avergonzada.
—Gracias a los dos.
—Alex, ¿por qué estás aquí?
Alexandra parpadeó, mirándolo.
Luego, con total desconcierto:
—¿Por qué… estoy aquí?
Frunció el ceño.
—Este también es mi hogar… Kai, tú mismo me lo dijiste. Que era parte de la familia.
Sus ojos azules se abrieron de par en par.
—…¿Has cambiado de opinión?
Las lágrimas brotaron al instante, y su expresión se transformó en pánico puro.
—…¿Soy una molestia?
El silencio de Kaiden duró medio segundo.
—No, por supuesto que no… Pero este lugar está a punto de ser atacado por un monstruo como el mundo no ha visto jamás. Dentro de unas horas, este será el lugar más peligroso del continente. Por eso pregunto.
Alexandra alzó la vista hacia él.
Las lágrimas no desaparecieron de sus ojos. Pero una calma férrea las acompañó.
—Sé todo eso, por supuesto. Puede que no sea un genio, pero hasta yo entiendo eso.
Lo dijo en voz baja. Luego, de nuevo, con más firmeza.
—Por eso estoy aquí. Mis amigos van a luchar por sus vidas y su libertad. Van a necesitar todo el apoyo que puedan conseguir. ¿Quién sabe cuánto durará esto? Un día, una semana, tal vez meses…
Enderezó la espalda y se puso ambas manos en las caderas. La energía de «cuidadora que no negocia» se apoderó de toda su postura.
—¿Quién preparará sus comidas?
Kaiden parpadeó.
—¿Quién lavará su ropa? ¿Quién se asegurará de que todos vuelvan a un hogar en vez de a una tumba llena de polvo y sangre? —Su barbilla se alzó con genuina ofensa ante la sola idea—. ¿Las criaturas abisales?
El agarre de Alice en la bolsa de lona se había paralizado.
—No —respondió Alexandra a su propia pregunta, y había en ello un orgullo territorial y discreto—. Seré yo.
Kaiden se le quedó mirando.
—Alex, esta es una situación extraordinaria. Podemos prescindir de las comidas calientes por un tiempo.
Alice se enderezó a su lado, con un destello de terquedad cruzando su mirada.
—¡Sí! Tú me enseñaste a cocinar. ¡Yo puedo hacerlo! ¡Me he vuelto muy buena!
La cabeza de Alexandra giró bruscamente hacia Alice y su expresión era de la más absoluta seriedad.
—No. En absoluto.
—Pero…
—Tú también vas a estar luchando, Alice. Vas a estar igual de cansada que el resto. O más, incluso —la mano de Alexandra se alzó y, con cariño distraído, le colocó un mechón de pelo suelto detrás de la oreja—. Si algo sé de ti es que harás hasta lo imposible por proteger a tus seres queridos.
La boca de Alice se había abierto.
Permaneció abierta.
Luego se cerró.
Su puchero llegó un segundo después, total e inconfundible.
—… Hum.
Aria había estado observando todo el intercambio con la mirada fija, y cuando el gruñido de Alice se asentó en el silencio, finalmente intervino.
—Kai.
Su voz era suave, pero contenía un matiz de corrección afectuosa.
—Alexandra es una mujer adulta capaz de tomar sus propias decisiones sobre su propia vida. Aceptaste mi decisión de arriesgar mi vida por nuestros objetivos comunes. Aceptaste la de Luna, la de Calipso, la de Bastet y la de Nyx. ¿Por qué Alex debería ser tratada de forma diferente?
—Especialmente —añadió Bastet, uniéndose a la conversación con un suave ronroneo, mientras su cola barría el suelo de piedra con un movimiento lento y elegante—, porque no es simplemente «una mujer adulta».
Su barbilla se alzó con autoridad regia.
—Es la doncella de los Pecadores de Valhalla. La única e inigualable. Ella sola gestiona las necesidades de un hogar de este tamaño y tan peculiar, que, por si a alguien le interesa recordarlo, incluye a cinco mujeres con apetitos de combatiente y, debo admitir a regañadientes, con altos requisitos de mantenimiento, una adolescente de Nivel S que es igual de problemática de cuidar, si no más, y un hombre que…
Sus labios temblaron mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas, antes de que sus ojos se entrecerraran y su cola se agitara. —Bueno, tú no necesitas demasiado. Pero eso no cambia que si no fuera por el talento y el esfuerzo de nuestra increíble doncella, necesitaríamos tres asistentes a tiempo completo para hacer lo que ella sola logra a diario.
—¡Y aporta más que solo cuidados! —se unió Alice—. Es nuestra amiga, no una sirvienta. ¡Su presencia me hace más feliz!
El sonrojo de Alexandra se intensificó mientras escuchaba a sus amigas cantar sus alabanzas y asentía con absoluta convicción.
—… Es correcto.
Kaiden la miró con sequedad y luego se pellizcó el puente de la nariz.
Bajó la vista hacia Alice.
Alice había pasado de la preocupación a la esperanza en unos tres segundos. Ahora agarraba la correa de la bolsa con ambos puños. Sus ojos eran enormes.
—Hermano mayor. ¡Quiero que se quede!
—Alice…
—¡Simplemente mataremos a cada monstruo que entre en la mazmorra y nos aseguraremos de que esté protegida en todo momento!
Kaiden miró fijamente el rostro de su hermana pequeña.
Luego miró a Alexandra.
La doncella que, en el transcurso de los últimos meses, se había abierto paso silenciosamente en su corazón con la misma seguridad con que lo había hecho en los de cada una de las mujeres que lo rodeaban. Una prueba más de ello era Aria —la mismísima Princesa Yandere—, que acababa de defender la idea de que una bonita doncella rubia compartiera su hogar durante un asedio en lugar de ahuyentarla de la entrada con un siseo.
Junto con Alice, Alexandra lo miraba con grandes y suplicantes ojos de cachorrito. Se mordía muy suavemente el labio inferior. El rubor aún era intenso en sus mejillas.
Era una mirada demoledora.
Kaiden exhaló.
—… Está bien.
Alexandra esbozó la sonrisa más radiante que Kaiden le había visto en meses.
—¡Sí! —chilló Alice, soltando su bolsa en la piedra y abalanzándose sobre Alexandra en un abrazo que casi derriba a la doncella. Alexandra la sujetó y se rio en su pelo, y ambas permanecieron abrazadas un buen rato, con los brazos de Alice rodeando con fuerza la cintura de Alexandra, y la mejilla de esta última apoyada en la coronilla de Alice.
—¡Habría sido tan raro si hubiera tenido que pasar todo esto sola! —declaró Alice contra su hombro—. El estúpido de mi hermano mayor se acuesta con todas sus mujeres cada noche, y yo me habría quedado atrapada pasando el rato con Scarlet y mamá toda la noche. ¡QUÉ HORROR! ¡Ahora en cambio puedo pasar el rato con Alex!
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