Sobreviví sin sistema en mi infancia y por eso el mundo me concedió - Capítulo 126
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Capítulo 126: EL MUNDO DE LAS POSIBILIDADES
TEMPORADA 5 – CAPÍTULO 126: EL MUNDO DE LAS POSIBILIDADES 💫🎨
La tripulación quedó en silencio, maravillada y un poco sobrecogida. Estaban parados sobre lo que parecía suelo, pero al mirar hacia abajo veían infinitas líneas de luz que se bifurcaban en todas direcciones.
“Cada línea es un ‘qué pasaría si’”, explicó la entidad, que se hacía llamar El Trazador. “Aquí, el pensamiento no solo crea realidad, sino que crea posibilidades. Todo lo que pudo ser, todo lo que podría ser, y todo lo que será, existe simultáneamente como un boceto.”
“¿Entonces esto es el futuro?”, preguntó Jax, intentando escanear el entorno sin éxito.
“No exactamente”, respondió El Trazador. “Es el Almacén de las Potencialidades. Muchos caminos están dibujados, pero solo vosotros podéis elegir cuál se convierte en historia sólida. Sin embargo… hay un problema.”
La entidad extendió una proyección de luz y mostró una zona donde las líneas estaban rotas, oscurecidas, como si alguien hubiera borrado el dibujo.
“Algunas posibilidades están muriendo”, dijo con tristeza. “No por maldad, sino por olvido. Los seres del universo exterior se han vuelto tan cómodos en su realidad que han dejado de imaginar. Y lo que no se imagina, deja de existir.”
Lira sintió una punzada en el pecho. Comprendió entonces que la paz, si se vuelve estática, también puede ser una forma de muerte. La vida necesita movimiento, necesita sueño.
“¿Qué podemos hacer nosotros?”, preguntó Zora, asumiendo su rol de líder.
“Vuestro Corazón del Origen ya no es solo para sanar heridas”, dijo El Trazador mirando a Lira. “Ahora debe servir para sembrar visiones. Necesitamos que viajéis por estas ramas del tiempo y recuperéis las ideas que se están apagando. Traedlas de vuelta para que el árbol de la creación siga creciendo.”
“Suena hermoso”, intervino Kael, siempre analítico, “pero ¿hay peligro? Si todo es posible, ¿también es posible que nos perdamos aquí dentro?”
“Es el riesgo más grande”, advirtió El Trazador. “Si os quedáis demasiado tiempo en una sola posibilidad, vuestra realidad original se desvanecerá. Os convertiréis en parte del boceto y nunca podréis volver.”
Elena apretó el puño, lista para la acción.
—Entonces no nos distraigamos. Tenemos un trabajo que hacer.
El Trazador abrió un portal frente a ellos, una ventana hacia una realidad donde el cielo era de color verde y las ciudades crecían como árboles gigantescos.
—Vuestra primera misión: La Ciudad que Olvidó Volar. Allí, la gente perdió la capacidad de soñar con el cielo. Ayudadles a recordar.
Lira miró a su equipo. La aventura había cambiado de naturaleza. Ya no luchaban contra monstruos, sino contra el estancamiento.
—Vamos —dijo Lira con una sonrisa valiente—. Hagamos que la imaginación vuelva a fluir.
FIN DEL CAPÍTULO 126
TEMPORADA 5 – CAPÍTULO 127: LA CIUDAD DE LAS RAÍCES PROFUNDAS 🌳🏙️
El portal se cerró detrás de ellos y la tripulación se encontró de pie en una plaza inmensa. El aire era limpio y fresco, pero había algo extraño en el ambiente: todo era inmóvil, ordenado y… terrenal.
Los edificios no eran construcciones de metal o vidrio, sino estructuras vivientes, troncos gigantescos de árboles milenarios que se elevaban hacia el cielo, pero con una diferencia aterradora: nadie miraba hacia arriba.
La gente caminaba con la cabeza baja, vestida con ropas de tonos tierra y marrón, moviéndose como si siguieran una coreografía silenciosa y monótona. No había vuelos, no había naves, ni siquiera globos o aeronaves.
“Mira las señales”, dijo Mara señalando unos carteles de piedra tallada. “Dicen: ‘La seguridad está en la tierra. El cielo es vacío y peligroso.’”
“Aquí la gravedad no es una ley física, es una creencia”, observó Kael, dando una patada suave al suelo. “Sienten que si se elevan, caerán al olvido. Su imaginación está anclada.”
Lira cerró los ojos y extendió su mano. Podía sentir la energía del lugar: era densa, pesada, como barro húmedo. La creatividad estaba ahí, atrapada bajo la superficie, igual que las raíces de los árboles.
“Tenemos que ser delicados”, advirtió Lira. “No podemos obligarles a volar. Tienen que recordar que quieren hacerlo.”
Elena tuvo una idea.
—Si no pueden volar ellos, hagamos que vuele la música. Jax, ¿puedes amplificar la frecuencia de alegría?
—¡Enseguida! —respondió el piloto, activando unos emisores portátiles.
De repente, una melodía ligera, rápida y etérea comenzó a sonar por toda la plaza. No era una canción agresiva, sino una que recordaba al viento, al vuelo de los pájaros y a la sensación de caer suavemente hacia arriba.
Al principio, la gente solo se detuvo. Sus ojos se movieron inquietos, pero sin levantar la vista. Luego, un niño pequeño, que aún no había aprendido el miedo, comenzó a dar saltos. Y con cada salto… flotaba un poco más.
—¡Mamá, mira! —gritó el niño—. ¡Estoy tocando las nubes!
La madre quiso callarlo, pero al mirar a su hijo, vio la luz en sus ojos y algo en su interior se rompió. Levantó la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, miró el cielo azul.
—Él… él flota —susurró.
Fue el efecto dominó. Uno a uno, los ciudadanos alzaron la vista. La música de Jax y la luz de Lira hicieron el resto. La creencia de que “no se puede” se desvaneció, reemplazada por la pregunta: “¿Y si sí?”.
Las raíces de los edificios comenzaron a soltarse del suelo. Las estructuras, liberadas del peso mental, comenzaron a elevarse suavemente, convirtiéndose en islas flotantes conectadas por puentes de luz y enredaderas.
—¡Lo estamos logrando! —exclamó Serenidad de la Violeta, mientras los Luminiscos danzaban entre los edificios que ascendían.
Pero justo cuando la ciudad comenzaba a transformarse en un paraíso aéreo, el cielo se oscureció en una esquina. No era oscuridad maligna, sino una ausencia de color. Una figura vestida de gris apareció en el centro de la plaza.
—¿Quiénes sois para alterar el orden? —dijo la figura, y su voz apagaba la música a su paso—. Aquí todo está bien. Aquí nadie cae porque nadie se atreve a subir.
Era el Guardían del Hábito, la manifestación de la comodidad que mata el sueño.
—No está bien —respondió Lira, plantándose frente a él con valentía—. Estar quieto no es estar seguro. Es estar muerto en vida.
—¿Y prefieres el caos? —replicó el Guardián—. El viento, la incertidumbre, el riesgo de caer…
—Prefiero la libertad —intervino Zora—. Porque incluso si caemos, sabremos volar.
La batalla no fue de golpes, sino de convicciones. La ciudad tenía que elegir: ¿seguridad o posibilidad?
FIN DEL CAPÍTULO 127
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