Sobreviví sin sistema en mi infancia y por eso el mundo me concedió - Capítulo 127
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Capítulo 127: LA CIUDAD DE LAS RAÍCES PROFUNDAS
TEMPORADA 5 – CAPÍTULO 127: LA CIUDAD DE LAS RAÍCES PROFUNDAS 🌳🏙️
El portal se cerró detrás de ellos y la tripulación se encontró de pie en una plaza inmensa. El aire era limpio y fresco, pero había algo extraño en el ambiente: todo era inmóvil, ordenado y… terrenal.
Los edificios no eran construcciones de metal o vidrio, sino estructuras vivientes, troncos gigantescos de árboles milenarios que se elevaban hacia el cielo, pero con una diferencia aterradora: nadie miraba hacia arriba.
La gente caminaba con la cabeza baja, vestida con ropas de tonos tierra y marrón, moviéndose como si siguieran una coreografía silenciosa y monótona. No había vuelos, no había naves, ni siquiera globos o aeronaves.
“Mira las señales”, dijo Mara señalando unos carteles de piedra tallada. “Dicen: ‘La seguridad está en la tierra. El cielo es vacío y peligroso.’”
“Aquí la gravedad no es una ley física, es una creencia”, observó Kael, dando una patada suave al suelo. “Sienten que si se elevan, caerán al olvido. Su imaginación está anclada.”
Lira cerró los ojos y extendió su mano. Podía sentir la energía del lugar: era densa, pesada, como barro húmedo. La creatividad estaba ahí, atrapada bajo la superficie, igual que las raíces de los árboles.
“Tenemos que ser delicados”, advirtió Lira. “No podemos obligarles a volar. Tienen que recordar que quieren hacerlo.”
Elena tuvo una idea.
—Si no pueden volar ellos, hagamos que vuele la música. Jax, ¿puedes amplificar la frecuencia de alegría?
—¡Enseguida! —respondió el piloto, activando unos emisores portátiles.
De repente, una melodía ligera, rápida y etérea comenzó a sonar por toda la plaza. No era una canción agresiva, sino una que recordaba al viento, al vuelo de los pájaros y a la sensación de caer suavemente hacia arriba.
Al principio, la gente solo se detuvo. Sus ojos se movieron inquietos, pero sin levantar la vista. Luego, un niño pequeño, que aún no había aprendido el miedo, comenzó a dar saltos. Y con cada salto… flotaba un poco más.
—¡Mamá, mira! —gritó el niño—. ¡Estoy tocando las nubes!
La madre quiso callarlo, pero al mirar a su hijo, vio la luz en sus ojos y algo en su interior se rompió. Levantó la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, miró el cielo azul.
—Él… él flota —susurró.
Fue el efecto dominó. Uno a uno, los ciudadanos alzaron la vista. La música de Jax y la luz de Lira hicieron el resto. La creencia de que “no se puede” se desvaneció, reemplazada por la pregunta: “¿Y si sí?”.
Las raíces de los edificios comenzaron a soltarse del suelo. Las estructuras, liberadas del peso mental, comenzaron a elevarse suavemente, convirtiéndose en islas flotantes conectadas por puentes de luz y enredaderas.
—¡Lo estamos logrando! —exclamó Serenidad de la Violeta, mientras los Luminiscos danzaban entre los edificios que ascendían.
Pero justo cuando la ciudad comenzaba a transformarse en un paraíso aéreo, el cielo se oscureció en una esquina. No era oscuridad maligna, sino una ausencia de color. Una figura vestida de gris apareció en el centro de la plaza.
—¿Quiénes sois para alterar el orden? —dijo la figura, y su voz apagaba la música a su paso—. Aquí todo está bien. Aquí nadie cae porque nadie se atreve a subir.
Era el Guardían del Hábito, la manifestación de la comodidad que mata el sueño.
—No está bien —respondió Lira, plantándose frente a él con valentía—. Estar quieto no es estar seguro. Es estar muerto en vida.
—¿Y prefieres el caos? —replicó el Guardián—. El viento, la incertidumbre, el riesgo de caer…
—Prefiero la libertad —intervino Zora—. Porque incluso si caemos, sabremos volar.
La batalla no fue de golpes, sino de convicciones. La ciudad tenía que elegir: ¿seguridad o posibilidad?
FIN DEL CAPÍTULO 127
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