Sobreviví sin sistema en mi infancia y por eso el mundo me concedió - Capítulo 43
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Capítulo 43: El Último Tramo y el Susurro de los Cristales
CAPÍTULO 41
El Último Tramo y el Susurro de los Cristales
Al amanecer, el frío de la altura envuelve el campamento. Los cristales de rocío brillan en las plantas como pequeñas gemas, y el viento parece haber guardado su fuerza para el último desafío del camino.
—”Hoy llegaremos” —anuncia Ana, mirando hacia la cima cubierta de niebla—. “Pero antes tendremos que cruzar el Paso de las Sombras, donde los senderos desaparecen entre las rocas y el viento juega con la vista”.
Marina saca la concha que lleva consigo y la pasa por sus labios suavemente; un sonido profundo y melodioso se escapa, como si llamara al viento para pedirle clemencia. Amaru ajusta su astrolabio una vez más: las estrellas de la madrugada han marcado el rumbo exacto, pero la niebla hace difícil seguirlo con los ojos.
El grupo comienza a ascender por el paso. Los senderos, ya de por sí estrechos, se vuelven casi imperceptibles bajo una capa de musgo y piedras sueltas. Kael adelanta el paso, golpeando las rocas con un bastón para detectar desniveles ocultos.
—”¡Cuidado!” —grita de repente, deteniéndose bruscamente—. “El suelo se desmorona justo ahí adelante”.
Un abismo se abre a pocos pasos delante de ellos, cubierto parcialmente por la niebla. El viento sopla con fuerza desde el interior, llevando consigo pequeños cascajos que caen sin eco. Marcus mira alrededor, buscando una alternativa, mientras Lila se acerca a examinar las rocas del borde.
—”Mira” —dice ella, señalando unas hendiduras en la pared de roca—. “Hay unas estribaciones naturales, como escalones. Podemos trepar por ahí, aunque no será fácil”.
Ana asiente con la cabeza: —”Es el único camino. Los antiguos lo usaban cuando el paso se bloqueaba. El viento nos ayudará a mantener el equilibrio, pero debemos confiar en él y en nuestros propios pies”.
Uno por uno, comienzan la trepada. El viento les presiona contra la roca, como si los empujara hacia adelante, pero también hace que los cuerpos se tambaleen. Marina siente cómo la concha en su bolsillo vibra con cada soplo, y cuando cierra los ojos por un instante, parece escuchar unas palabras susurradas en su mente: “Sigue el sonido del viento que canta entre las piedras”.
Siguiendo esa intuición, ella dirige el grupo hacia un pequeño desfiladero donde el viento emite un tono claro y constante. Allí, el camino se hace más ancho, y la niebla comienza a disiparse. Al final del desfiladero, se abre una explanada circular, y en su centro, sobre una base de roca pulida por el tiempo, brillan los Cristales del Viento.
Son seis cristales de diferentes colores —azul, verde, amarillo, rojo, púrpura y blanco— dispuestos en forma de estrella. Cada uno emite una luz suave que parece moverse al compás del viento, y entre ellos fluye una corriente de energía visible como un haz de luz dorada.
—”Son más hermosos de lo que las historias cuentan” —susurra Marcus, acercándose con cautela.
Los jóvenes guías se detienen a la entrada de la explanada y hacen una reverencia. —”Nosotros no podemos avanzar más” —explica Ana—. “Cada quien debe acercarse a los cristales según su propio propósito. Ellos decidirán si compartirán su poder”.
Amaru, Marina, Marcus y Lila avanzan uno a uno. Cuando colocan sus manos sobre los cristales, cada uno siente algo diferente: Amaru percibe la conexión con las estrellas, Marina escucha el eco de todas las aguas del mundo, Marcus siente la fortaleza de las montañas, y Lila comprende el lenguaje de todas las plantas.
El viento comienza a cantar con fuerza, y los cristales emiten un brillo intenso que ilumina todo el valle. En ese momento, todos saben que su misión no es llevar los cristales consigo, sino compartir el conocimiento que estos les han dado, para conectar todas las tierras como el viento las conecta a ellas.
—”El camino no termina aquí” —dice Marina, mirando hacia el horizonte—. “Solo comienza”.
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