Sobreviví sin sistema en mi infancia y por eso el mundo me concedió - Capítulo 46
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Capítulo 46: Tierras Lejanas y el Legado de los Fundadores
CAPÍTULO 44
Tierras Lejanas y el Primer Susurro del Corazón
Un mes después, Akira tiene 18 años y medio, y la alianza vive un momento de gran alegría. Las cosechas mejoran, los caminos están llenos de viajeros, y él sigue trabajando para mantener seguras las rutas.
Ahora pasa más tiempo con Hana: juntos organizan los pergaminos en un pequeño espacio que han preparado cerca de la Escuela del Viento, que comienza a tomar forma bajo la dirección de Marcus. Akira le ayuda a recolectar corteza para hacer más pergaminos, y ella le enseña a reconocer las plantas que se usan para hacer la tinta.
Un día, llega Pacha, el mensajero del Mar Interior, con una carta tallada en madera. Sus ojos se fijan en la espada de Akira:
—”Esa es la espada de la que hablaban nuestros abuelos. Lleva la marca de los fundadores.”
El consejo decide enviar un grupo a las tierras del Mar Interior, y Akira y Hana son parte de él. Durante el viaje en canoa, Hana se encarga de registrar todo lo que ven: los paisajes, las plantas acuáticas, las canciones del mensajero. Akira la protege cuando navegan por zonas con corrientes fuertes, y algunas noches, mientras los demás descansan, ellos se quedan despiertos mirando las estrellas, ella contándole los nombres que su pueblo les da y él explicando lo que ha aprendido de Amaru.
—”Mi abuela decía que cada estrella es un antepasado que nos mira y nos protege” —cuenta Hana mientras apunta hacia el cielo—. “Esa de ahí es la estrella del guardián, dicen que cuida a quienes protegen a los demás.”
Akira sigue el rastro de la estrella con la mirada y luego la mira a ella:
—”Entonces debe estar cuidándonos a los dos, ¿no?”
Hana sonríe y baja la mirada, concentrándose en su pergamino para ocultar su sonrojo.
Cuando llegan al Mar Interior, son recibidos por los guardianes y por Tupa, su jefe. Este se acerca a Akira y también nota la espada:
—”Los fundadores dejaron un legado que debe ser protegido. Pero un guardián no puede hacerlo solo; necesita alguien que ayude a registrar y mantener vivo el conocimiento.”
Mientras visitan el templo sumergido, Hana se queda fascinada con las pinturas en las paredes, intentando copiarlas en sus pergaminos. Akira la ayuda a iluminar las paredes con antorchas, y cuando ella se acerca demasiado al agua, le toma la mano para evitar que se moje. Se quedan así un instante, mirándose a los ojos, antes de soltarla rápidamente y volver a ocuparse de las pinturas.
Por la noche, durante la celebración, los guardianes del Mar Interior bailan alrededor de un fuego. Akira invita a Hana a bailar, y aunque al principio son tímidos, poco a poco se dejan llevar por el ritmo. Cuando la danza termina, ellos siguen agarrados de la mano por un momento antes de separarse para saludar a los demás.
Al día siguiente, mientras preparan el regreso, Tupa les entrega un regalo a ambos: a Akira un colgante de piedra tallada con el símbolo de los fundadores, y a Hana un conjunto de plumas de aves acuáticas para escribir sus pergaminos.
—”Los fundadores también eran pareja” —dice Tupa con una sonrisa antes de despedirse—. “El guardián y la cronista, unidos para cuidar el legado.”
En el viaje de regreso, Akira y Hana se sientan juntos en la canoa. Él le pregunta si le gustaría acompañarlo en los próximos viajes, y ella asiente con una sonrisa:
—”Siempre que necesites alguien que registre lo que descubras, estaré ahí.”
Akira coloca el colgante que le dio Tupa alrededor del cuello, y luego mira a Hana, pensando que tal vez el camino del guardián no sea tan solitario como creía…
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